Responsum

 Reflexión.

Respuesta católica ante la Declaración de Fe de la FSSPX

Me adhiero a la fe católica contenida en la Declaración: creo la fe apostólica, la fe de los Padres, de los Concilios, del Magisterio infalible y de la Tradición viva de la Iglesia. Creo que Nuestro Señor Jesucristo es el único Salvador, que la Iglesia católica es la única Iglesia fundada por Él, que la Santa Misa es verdadero sacrificio propiciatorio, que la ley moral no puede ser alterada por ninguna autoridad humana y que el Romano Pontífice no recibe autoridad para crear una doctrina nueva, sino para custodiar fielmente el depósito recibido.

Sin embargo, adhiriéndome al contenido sustancial de la fe allí confesada, rechazo el modo en que la Declaración parece plantearse como una interpelación casi ultimativa al Romano Pontífice. La verdad debe ser confesada con firmeza, pero también con forma católica. Y la forma católica incluye reverencia, obediencia, paciencia, prudencia y reconocimiento efectivo de la autoridad visible de Pedro.

No niego que, desde hace décadas, parece existir una animadversión persistente contra la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en ciertos sectores de la Curia. Tampoco ignoro que la crisis doctrinal, litúrgica y moral que atraviesa parte del clero —especialmente visible en ciertos desarrollos del camino sinodal alemán— es alarmante. Pero nada de esto autoriza a romper la forma católica de la comunión.

Como católico, afirmo que estoy sujeto al Romano Pontífice y a la Iglesia para mi salvación. No se puede separar a Cristo de su Iglesia, ni a la Iglesia de su constitución jerárquica visible. La obediencia al Papa no es servilismo, pero tampoco puede reducirse a una adhesión puramente selectiva. Si quien ocupa el oficio actuara de modo gravemente dañoso para la fe, el deber católico no sería la rebelión, sino la resistencia filial: someterse al oficio y resistir el error. Esto parece paradójico, pero no es contradicción. Es precisamente la forma católica: obedecer en lo legítimo, no obedecer lo que contradiga a Dios, y no destruir la autoridad que se pretende corregir.

Sobre la eventual ordenación de obispos sin mandato pontificio, no me corresponde juzgar definitivamente el estado de necesidad. No soy obispo ni Romano Pontífice. Según la disciplina canónica vigente, tal acto es gravísimo. La apelación a un estado de necesidad pertenece a un juicio extraordinario que no puede usarse livianamente. La situación actual de la Iglesia puede parecer grave; pero precisamente por eso se exige más prudencia, no menos.

Al cardenal Fernández corresponde prudencia, sensatez, oración, conversión y humildad. Si su presencia se ha convertido en causa de confusión doctrinal o escándalo eclesial, un paso al lado podría ser acto de servicio a la Iglesia.

Al padre Davide Pagliarani corresponde también prudencia y humildad. Como presbítero, pertenece a un orden subordinado al episcopado, y el colegio episcopal tiene como cabeza visible al Romano Pontífice. Por ello, debe corregir el tono, retirar toda apariencia de ultimátum, suprimir fechas que parezcan condicionar al Papa, y mostrar explícitamente sumisión filial al Sucesor de Pedro.

Al Romano Pontífice imploramos su bendición. Pedimos que confirme a todos en la fe, que custodie íntegramente el depósito apostólico, que disipe la confusión, que proteja la liturgia, que sostenga la moral católica y que ore por nuestra conversión a Cristo. No pedimos una Iglesia conforme al mundo, sino una Iglesia fiel a su Señor. Y pedimos permanecer en ella, no fuera de ella; bajo Pedro, no contra Pedro; en la Tradición, no en la ruptura.

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