Causa primera

 Responsum

Un individuo en tiktok postula esto: Los teístas y más específicamente los tomistas, no tienen una base sólida; cambian sus argumentos acorde a lo que más les conviene, en este caso sobre la causa primera. Alegan mucho del principio de causalidad, en este caso para proponer que solo ellos tienen la respuesta a cual sería la primera causa, proponen que está causa es imperceptible e indetectable, a pesar de que causó todo lo que vemos. Y es qué, una causa por el mero principio de causalidad, no puede ser imperceptible e indetectable, ¿por qué? Porque las podemos detectar y las podemos percibir mediante el efecto que tienen de forma contrafactica. La unica pistola que no mata es la que no dispara, la única causa imperceptible e indetectable es la que no sucedio.

Considerandos

Para refutar con rigor la objeción planteada es necesario, antes que nada, restituir el terreno conceptual en el que la discusión debería situarse. El error más grave del planteamiento no es una conclusión equivocada, sino una confusión de planos: se discute una noción metafísica —la causa primera— como si fuera una hipótesis empírica sometida a los criterios de detección propios de las ciencias experimentales. Desde el realismo filosófico de raíz agustiniano-tomista, esta confusión invalida desde el inicio la crítica, porque obliga a la metafísica a responder a preguntas que no le corresponden y, simultáneamente, priva a la razón de su capacidad propia para alcanzar principios universales del ser.

Partamos, pues, de lo más elemental: qué se entiende por causa y qué se entiende por efecto. En sentido filosófico clásico, causa es aquello de lo cual algo depende en su ser o en su devenir. No se trata, por tanto, de una mera sucesión temporal ni de una regularidad observable, sino de una relación ontológica de dependencia real. El efecto no es simplemente algo que sucede después, sino algo que recibe el ser —o una determinación del ser— de otro. Esta noción es anterior y más profunda que cualquier formalización científica del concepto de causalidad, porque la ciencia empírica presupone ya que los fenómenos tienen causas, aunque limite su análisis a causas segundas, medibles y cuantificables.

Desde esta perspectiva, el principio de causalidad no se formula como una generalización inductiva del tipo “siempre que observamos A, sigue B”, sino como un principio del ser: omne quod est ab alio est, todo lo que es por participación o por dependencia recibe de otro aquello que no tiene por sí mismo. Este principio no surge de la observación aislada de fenómenos, sino del análisis racional del ente en cuanto ente. Si algo no tiene en sí mismo la razón suficiente de su ser, entonces necesariamente la recibe de otro. Negar esto no es negar una teoría científica concreta, sino renunciar a la inteligibilidad misma de lo real.

Aquí conviene introducir una distinción decisiva que el discurso tiktokero ignora por completo: la diferencia entre causalidad empírica y causalidad metafísica. La primera es objeto de las ciencias naturales y se mueve en el orden de los fenómenos observables, mensurables y repetibles. La segunda pertenece al orden del ser y no depende de instrumentos, mediciones ni observación sensorial directa. Cuando la ciencia detecta una causa, lo hace siempre dentro de un marco ya dado de existencia: estudia cómo interactúan realidades que ya son. La metafísica, en cambio, se pregunta por qué hay realidades en absoluto y por qué no son nada.

La objeción según la cual una causa imperceptible e indetectable no puede ser causa revela precisamente esta confusión. Se asume, sin justificación, que toda causa debe ser perceptible o detectable empíricamente. Pero esto no es un principio racional, sino un prejuicio positivista. De hecho, incluso en la práctica científica ordinaria se admiten causas que no son directamente observables, sino inferidas a partir de sus efectos, como ocurre con campos, fuerzas, partículas teóricas o estructuras matemáticas subyacentes. La diferencia es que, en el orden empírico, estas causas siguen perteneciendo al mismo plano ontológico que sus efectos. La causa primera, en cambio, no pertenece al mismo orden que lo causado, y precisamente por eso no puede ser detectada como una causa entre otras.

Aquí es donde la noción de causa primera debe ser definida con precisión. La causa primera no es la primera en una serie temporal, como si fuera el evento inicial de una cadena cronológica. Tampoco es una “cosa” (ens - ente) más dentro del universo que simplemente no podemos ver todavía. La causa primera es primera en el orden del ser, no en el orden del tiempo. Es aquello de lo cual depende aquí y ahora la existencia de todo lo que existe por participación. No compite con las causas segundas ni las reemplaza; las fundamenta.

Errores conceptuales del postulante

El primer error fundamental es la confusión de planos epistemológicos y ontológicos. El postulante analiza la noción de causa primera como si se tratara de una causa empírica dentro del mundo físico, sometida a criterios de detectabilidad sensorial o instrumental. Al hacerlo, reduce la causalidad a causalidad eficiente físico-fenoménica, ignorando que la causalidad metafísica no se define por la observación directa, sino por la dependencia ontológica del ser. Este error no es menor: invalida el argumento desde su punto de partida.

Un segundo error es asumir implícitamente un criterio positivista de realidad: solo es real aquello que puede ser percibido o detectado empíricamente. Este criterio no se justifica racionalmente, sino que se presupone dogmáticamente. Desde el realismo, en cambio, la inteligibilidad del ser no se agota en lo sensible; lo sensible es solo el punto de partida del conocimiento, no su límite último.

El tercer error consiste en malinterpretar el principio de causalidad como una generalización inductiva basada en la experiencia empírica (“todas las causas que conozco son perceptibles, luego toda causa debe ser perceptible”). El principio de causalidad, en la tradición clásica, no es inductivo, sino metafísico: se deriva del análisis del ente contingente y de la imposibilidad de que lo que no tiene en sí la razón de su ser se explique por sí mismo.

Un cuarto error es confundir indetectabilidad empírica con inexistencia ontológica. La afirmación “la única causa indetectable es la que no ocurrió” solo tendría validez si toda causalidad fuera del mismo orden que los eventos físicos. Pero precisamente la causa primera no es un evento ocurrido en el pasado, sino el fundamento actual y permanente del ser de todo lo que existe.

Finalmente, hay un error lógico de categoría: se exige que la causa primera sea detectable del mismo modo que las causas segundas, lo cual equivale a pedir que lo trascendental se comporte como lo categorial. Esto no es una exigencia racional, sino una confusión conceptual.

¿Qué postula el teísmo?

El teísmo, en su formulación filosófica clásica, postula la existencia de un principio absoluto, personal y trascendente que es causa del ser del mundo y distinto de él. No se trata, en su núcleo racional, de una hipótesis científica ni de una entidad empírica aún no descubierta, sino de la afirmación de que la realidad finita, contingente y dependiente no puede explicarse a sí misma de manera suficiente.

El teísmo afirma que este principio primero no pertenece al mismo orden ontológico que las criaturas. No es un ente más dentro del conjunto de los entes, sino el fundamento del ser de todos ellos. Por eso su causalidad no es competitiva con las causas naturales, sino fundante: las hace posibles. En este sentido, el teísmo no niega la autonomía relativa de las ciencias ni de las causas segundas, sino que las presupone y las explica en su raíz última.

¿Qué postula el tomismo?

El tomismo es una forma rigurosa y sistemática de teísmo filosófico fundada en la metafísica del ser. Su afirmación central es que Dios es ipsum esse subsistens, el acto puro de ser, en quien esencia y existencia se identifican plenamente. Todo lo demás existe por participación, no por identidad con el ser.

Desde esta perspectiva, la causa primera no es simplemente la primera causa eficiente en una cadena temporal, sino la causa del acto de ser de todo ente finito aquí y ahora. La causalidad divina no se ejerce como un empujón inicial que luego se retira, sino como una donación continua del ser. Por eso Dios no es perceptible como objeto sensible: no porque sea una causa “vacía”, sino porque no pertenece al orden de los objetos.

El tomismo articula esta afirmación a partir de principios metafísicos sólidos: la distinción real entre esencia y existencia, la contingencia del ente creado, el principio de no contradicción y el principio de causalidad entendido como dependencia ontológica. No hay aquí adaptación oportunista de argumentos, sino un sistema coherente que puede ser abordado desde distintos puntos sin perder su unidad interna.

¿Qué tiene que ver el tomismo intensivo?

El llamado tomismo intensivo —aunque no siempre definido de manera unívoca— suele referirse a una profundización del tomismo centrada especialmente en la noción de actus essendi. Frente a lecturas más esencialistas o meramente lógicas de Santo Tomás, el tomismo intensivo subraya que el núcleo de su metafísica no es la esencia, sino el acto de ser como perfección suprema y fuente de toda actualidad.

En este enfoque, la causalidad divina se comprende de modo aún más radical: Dios no solo explica por qué las cosas comenzaron a existir, sino por qué existen en cada instante. Esto refuerza, y no debilita, la tesis de que la causa primera no es detectable empíricamente, porque su causalidad no añade un fenómeno observable más, sino que sostiene ontológicamente todos los fenómenos posibles.

En relación con la crítica del postulante, el tomismo intensivo permite ver con mayor claridad que exigir detectabilidad empírica de la causa primera es desconocer que el ser mismo no es un objeto entre objetos, sino la condición de posibilidad de cualquier objeto.

¿Qué postula el realismo filosófico?

El realismo filosófico postula, en primer lugar, que existe una realidad independiente del sujeto cognoscente y que esa realidad es inteligible. El conocimiento humano no crea su objeto, sino que lo recibe y lo adecua en el entendimiento. De aquí se deriva la concepción clásica de la verdad como adaequatio rei et intellectus.

En segundo lugar, el realismo afirma que la razón humana es capaz de conocer no solo fenómenos, sino principios del ser. Esto incluye principios lógicos (identidad, no contradicción), principios ontológicos (acto y potencia, sustancia y accidente) y principios metafísicos como la causalidad y la participación del ser.

Desde este horizonte, el teísmo y el tomismo no son añadidos ideológicos, sino desarrollos coherentes de una filosofía que toma en serio la realidad tal como se da y la capacidad de la razón para comprenderla. Negar la causa primera no es un acto de mayor rigor racional, sino, con frecuencia, la consecuencia de haber reducido previamente la razón a lo empírico y la realidad a lo medible.

En suma, el error del postulante no consiste en discrepar de una conclusión concreta, sino en haber abandonado, sin advertirlo, el terreno mismo en el que la discusión filosófica es posible. Desde el realismo agustiniano-tomista, la noción de causa primera no es un artificio retórico ni una causa “imperceptible que no ocurrió”, sino la condición racional para que el ser, la verdad y la inteligibilidad del mundo no se disuelvan en la arbitrariedad o en la contradicción.

Síntesis 

Cuando el tomismo afirma que Dios es causa primera, no está diciendo que Dios sea una causa empíricamente imperceptible que produjo el universo en el pasado y luego desapareció. Está afirmando que Dios es el ipsum esse subsistens, el Ser mismo subsistente, aquel cuya esencia es existir y que comunica el ser a todo lo demás sin recibirlo de nadie. Por eso su causalidad no es del mismo tipo que la de una pistola que dispara una bala. La analogía propuesta —“la única pistola que no mata es la que no dispara”— es inadecuada porque reduce la causalidad a un mecanismo físico eficiente dentro del mundo, cuando precisamente de lo que se trata es de la causa del ser del mundo como tal.

Desde el realismo agustiniano-tomista, esta distinción se articula a partir de la diferencia entre esencia y existencia. Todo ente creado tiene una esencia que no implica necesariamente su existencia. Puede ser pensado sin existir. El hecho de que exista requiere una causa que no solo lo modifique, sino que lo haga ser. Esa causa no puede ser otro ente cuya esencia tampoco implique la existencia, porque entonces el problema se desplaza indefinidamente. Se requiere, por necesidad metafísica, un ser cuya esencia sea existir. Esta no es una conclusión arbitraria ni acomodaticia, sino una exigencia racional derivada del análisis del ente.

La crítica según la cual los tomistas “cambian sus argumentos según conviene” suele apoyarse en una incomprensión de la analogía del ser y de la pluralidad de vías racionales hacia una misma verdad. Que existan distintos argumentos para llegar a la afirmación de una causa primera no implica incoherencia, sino riqueza racional. Santo Tomás no propone un único razonamiento dogmático, sino varias vías que parten de distintos aspectos de la experiencia del ser: el movimiento, la causalidad eficiente, la contingencia, los grados de perfección y el orden del mundo. Todas convergen no por conveniencia retórica, sino porque la realidad es una y la verdad es una.

En este punto resulta fundamental aclarar el papel del principio de no contradicción y del principio de identidad. Decir que algo es causa de sí mismo en el orden del ser implica una contradicción: sería anterior a sí mismo para causarse, lo cual es imposible. Decir que algo existe sin razón alguna de su existencia equivale a renunciar a la inteligibilidad de lo real. El principio de causalidad no es un añadido opcional, sino una consecuencia directa de estos principios lógicos fundamentales aplicados al ser. Negarlos no refuta al tomismo; destruye la posibilidad misma de la filosofía.

Desde esta base, la acusación de que una causa “imperceptible e indetectable” no puede ser causa se revela como una petición de principio. Se asume como criterio absoluto de realidad la perceptibilidad empírica, cuando precisamente eso es lo que está en discusión. El tomismo no afirma que Dios sea indetectable en sentido absoluto, sino que no es detectable por los sentidos ni por instrumentos, porque no es un objeto entre objetos. Es inteligible por sus efectos en cuanto causa del ser, no por efectos contrafácticos empíricos del tipo “si no existiera, tal evento no habría ocurrido”, sino por la dependencia ontológica radical de todo lo que existe respecto del acto de ser.

Aquí se entiende también la continuidad profunda entre San Agustín y Santo Tomás. En Agustín, la verdad se reconoce como aquello que ilumina la inteligencia y la hace capaz de conocer lo real; en Tomás, esa iluminación se articula metafísicamente como participación del ser y de la verdad en el Ser subsistente. No hay ruptura, sino desarrollo orgánico. El realismo agustiniano-tomista parte del hecho elemental de que hay una realidad, que esa realidad es inteligible y que la razón humana, aunque limitada, es capaz de alcanzar principios verdaderos acerca de ella.

En conclusión, la crítica presentada no refuta la noción tomista de causa primera porque no llega siquiera a tocarla. Ataca una caricatura empírica de la causalidad que el tomismo nunca sostuvo. Al exigir que la causa primera sea perceptible y detectable como una causa física, se desconoce la diferencia esencial entre el orden del ser y el orden del fenómeno. Desde el realismo filosófico, y en particular desde la síntesis agustiniano-tomista, la causa primera no es una hipótesis ad hoc ni un recurso apologético conveniente, sino una exigencia racional ineludible si se quiere pensar el ser sin contradicción y sin renunciar a la inteligibilidad de lo real.


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