Realismo Objetivista Agustiniano–Tomista como fundamento de la teología como scientia Dei
Ensayo
El “realismo objetivista agustiniano–tomista” puede formularse, en términos estrictamente jerárquicos, como la tesis de que la primacía ontológica del ser —y, en su vértice, del Ser divino— funda (1) la objetividad del conocer (primacía epistemológica derivada) y culmina (2) en la posibilidad y excelencia de la teología como ciencia que procede desde principios revelados que participan de la ciencia de Dios (primacía teológica). Esta estructura no es una yuxtaposición de tres tratados, sino una dependencia interna: lo epistemológico no puede ser el primer fundamento, porque presupone el “haber” de lo real; y lo teológico, si pretende ser ciencia, presupone tanto la inteligibilidad del ser como la capacidad del intelecto para una recepción racionalmente no contradictoria de lo suprarracional.
En el eje agustiniano, la objetividad radica en el orden
de razones eternas y el ejemplarismo divino: las “ideas” no son una
producción del sujeto humano, sino razones inmutables en el Verbo por las que
Dios conoce y crea; el intelecto humano se ordena a la verdad en cuanto
participa (de modo natural y/o por asistencia) de la luz divina. En
el eje tomista, la objetividad se articula con precisión mediante (a) la
metafísica del esse y la participación, y (b) la teoría del
conocimiento por abstracción y la definición clásica de verdad como adaequatio
rei et intellectus, sin perder la tesis de que lo creado está
intrínsecamente referido al intelecto divino como a su causa.
La hipótesis doctoral que organiza los ensayos siguientes es
que esta constelación —si se mantiene el orden ontología → epistemología →
teología— constituye un paradigma metodológicamente robusto para
la teología entendida como scientia Dei (ciencia de lo
revelado desde Dios), porque: (i) preserva la trascendencia de la revelación
sin degradar la racionalidad; (ii) protege la objetividad del contenido
teológico frente a derivas subjetivistas; (iii) ofrece criterios críticos para
juzgar fidelidades y desviaciones en tomismos contemporáneos.
Jerarquía ontológica y ejemplarismo en Agustín de
Hipona
Ontología. Un punto axial del realismo
agustiniano es que el ser y la verdad poseen un fundamento superior e
inmutable: Dios es el “que es” y, por ello, el criterio último de
inteligibilidad. En De Trinitate VII, Agustín sostiene que el
término “esencia” es propiamente atribuible a Dios de modo singular,
precisamente por su inmutabilidad y unicidad, enlazando explícitamente con la
autoidentificación divina (Ego sum qui sum). Con ello se
perfila una jerarquía ontológica: lo mutable y participado remite a lo
inmutable y fontal; la creatura “es” por dependencia, y esa dependencia no es
meramente causal extrínseca sino orden constitutivo.
Desde esta altura se entiende el ejemplarismo:
las ideas divinas no son universales psicológicos, sino “razones eternas”
inmutables en el Verbo, por las cuales Dios conoce lo creado antes de crearlo y
según las cuales lo crea. Un estudio reciente de historia doctrinal resume esta
tesis como una teoría consistente: (i) en el Verbo hay razones inmutables de
todas las especies de realidades mutables; (ii) esas razones son eternas e
increadas y son la vía del conocer y del crear divinos; (iii) la mente humana
es inferior a esas razones, aunque naturalmente ordenada a ellas.
Epistemología. Dado ese fundamento, la
objetividad del conocimiento no puede descansar en la auto-constitución del
sujeto, sino en la conformidad del intelecto con una verdad que lo excede y lo
mide. La tradición agustiniana formula esto mediante el lenguaje de la
iluminación y del “maestro interior”: la mente conoce con verdad en la medida
en que no queda encerrada en sus fluctuaciones, sino que se ordena a lo estable
e inteligible. La reconstrucción filosófica contemporánea de la doctrina de la
iluminación muestra precisamente que el intento agustiniano es explicar cómo el
intelecto puede tener acceso a verdades necesarias y estables sin reducirlas a
impresiones sensibles variables.
Teología. La consecuencia teológica es directa:
si el orden ejemplar está en Dios, entonces la revelación no es un agregado
extrínseco a un mundo “neutro”, sino la manifestación histórica de un
fundamento ontológico previo. La teología, por tanto, no sería un discurso
meramente interpretativo sobre experiencias religiosas, sino una scientia cuyo
objeto último es el Ser verdadero y cuya inteligibilidad se apoya en la
prioridad ontológica del Dios que es. Esta línea agustiniana es decisiva para
que la teología pueda presentarse como conocimiento verdadero y no como
proyección, porque lo revelado se ancla en el orden de verdad que mide toda
mente.
Metafísica del esse y participación en Tomás de
Aquino
Ontología. El núcleo tomista que hace de bisagra
entre ontología y teología es la tesis de que en Dios esencia y
existencia son idénticas: Dios “no solo es su esencia… sino también su
existencia”. De aquí se deriva el carácter de Dios como Ser
subsistente y primer principio, y se clarifica por qué el esse se
compara a la esencia como acto a potencia: si en Dios no hay potencia, no puede
haber composición real de esencia y existir.
En las creaturas, en cambio, el ser es participado:
lo finito no es “su propio ser”, sino que tiene ser por participación; y esa
participación admite grados (más o menos perfecto), lo que remite a una fuente
única del ser. Este razonamiento aparece con fuerte densidad metafísica en la
explicación de que “todo lo que se halla en algo por participación debe ser
causado en ello por aquello a lo cual pertenece esencialmente”, y por eso
“todos los seres aparte de Dios… son seres por participación”.
Esta estructura ontológica hace inteligible, sin
psicologismo, la realidad de los universales: (i) en Dios, como ideas
ejemplares; (ii) en las cosas, como formas naturales determinantes; (iii) en el
intelecto, como universales conocidos. En el tratamiento de la ejemplaridad,
Tomás sostiene que las “ideas” (formas ejemplares en la mente divina) están en
Dios y que, aunque “multiplicadas por sus relaciones”, no se separan realmente
de la esencia divina. Este punto es crucial para el realismo objetivista:
los universales no dependen de la constitución subjetiva humana, sino del orden
formal del ser creado y, en último término, del intelecto divino como causa
ejemplar.
Epistemología. Si el ser es participado y
formalmente determinante, el conocer verdadero se comprende como una adecuación
al orden real. Tomás articula esta tesis con una doble precisión: primero,
reconoce definiciones de verdad que la fundan en el ser (“lo verdadero es lo
que es”, atribuido a Agustín) y, segundo, ofrece la fórmula clásica: “verdad es
la adecuación de cosa e intelecto” (veritas est adaequatio rei et
intellectus). Esta adecuación no significa que la verdad sea un
“objeto mental” autónomo; por el contrario, el estatuto de lo verdadero en el
intelecto humano deriva de la relación del conocer con la verdad del intelecto
divino, y las cosas son verdaderas de modo inseparable por su referencia causal
a ese intelecto creador.
Teología. La metafísica del esse prepara
la inteligibilidad teológica de dos modos: (1) fija el sentido en que Dios es
primario “por ser” y no por un mero orden conceptual; (2) ofrece la gramática
de la participación por la cual la creación, la analogía y el lenguaje
teológico evitan tanto el univocismo como el escepticismo. No es casual que la
recepción contemporánea del tomismo haya considerado la doctrina de Dios
como ipsum esse un centro explicativo “de importancia capital”
y objeto de debate filosófico precisamente por su densidad metafísica.
Epistemología realista: de la iluminación a la
abstracción y la adaequatio
Ontología. La transición agustiniano–tomista en
el plano del conocer no puede leerse como simple sustitución de “Dios” por
“psicología”, sino como reconfiguración de un mismo presupuesto ontológico: la
inteligibilidad procede del ser. En Agustín, la estabilidad de lo inteligible
se arraiga en razones eternas; en Tomás, la forma real en la cosa hace posible
la forma intencional en el intelecto. Ambos rechazan un mundo ontológicamente
opaco en el que la mente tenga que “poner” universalidad sin fundamento.
Epistemología. La literatura especializada sobre
iluminación subraya que Agustín otorga un papel prominente a la iluminación
para explicar la posibilidad del conocimiento (en particular, racional
insight). Pero la misma reconstrucción muestra que, en el siglo
XIII, Tomás rearticula el problema desplazando el foco hacia el intelecto
agente y la abstracción, sin negar toda forma de iluminación: en la Summa (tratado
del hombre), Tomás responde a una objeción agustiniana afirmando que
“requerimos la luz del intelecto agente” para conocer inmutablemente la verdad
en cosas mudables. Esta operación es metodológicamente decisiva: la
objetividad se salva no por acceso directo a las ideas divinas como objeto (lo
cual Tomás niega en esta vida), sino por la capacidad natural del intelecto
para recibir, desde lo sensible, la forma inteligible sin convertirla en
construcción arbitraria.
En Tomás, además, la verdad aparece jerarquizada: es
primaria en el intelecto divino; secundaria, aunque propia, en el intelecto
humano; y “en las cosas”, en cuanto ordenadas al intelecto (sobre todo al
divino como causa). Esta tesis permite un realismo epistemológico
fuerte: el intelecto humano puede errar, pero el orden de verdad no depende de
él; y el acceso humano a lo real no es un mero “fenómeno” sin contacto con el
ser, sino una participación cognoscitiva regulada por el orden de las cosas.
Teología. Sobre este realismo se apoya la
posibilidad de abordar verdades suprarracionales sin contradicción: si la
verdad natural y la verdad de fe no pueden oponerse como verdadero contra
verdadero, entonces la razón puede (a) demostrar ciertas verdades preámbulas,
(b) aclarar conceptos, (c) refutar objeciones, y (d) mostrar la
no-contradicción de lo revelado, sin reducirlo a lo demostrable. Tomás lo
expresa sin ambigüedad en Summa contra Gentiles I, 7: la
verdad de la fe supera la capacidad de la razón, pero las verdades naturalmente
conocidas por la razón no pueden ser contrarias a la fe; solo lo falso se opone
a lo verdadero. En paralelo, en De veritate se
sostiene que los autores inspirados no dicen nada contra la razón natural,
aunque digan cosas que exceden su comprensión y por eso “parecen”
contradecirla.
Teología como scientia Dei y coherencia
filosofía–teología
Ontología. La excelencia de la teología se
funda, primero, en la primacía ontológica de su objeto: Dios no es un objeto
entre otros, sino el principio fontal del ser. Por eso, cuando Tomás explica
que Dios es ser subsistente y que todo lo demás participa del ser, está fijando
el marco ontológico en el que la teología puede reclamar un objeto supremamente
noble sin disolverlo en categorías intramundanas.
Epistemología. La teología puede ser ciencia si
procede desde principios verdaderos, aunque no sean evidentes para todos: Tomás
distingue ciencias que proceden de principios evidentes por luz natural
(aritmética, geometría) y ciencias que proceden de principios conocidos por una
ciencia superior; así, la doctrina sagrada es ciencia porque procede de
principios establecidos por la “luz de una ciencia superior”, a saber, la
ciencia de Dios y de los bienaventurados. Con ello la teología queda
definida como scientia subalternata: ciencia que recibe sus
principios (revelados) de una ciencia superior (divina), sin por ello renunciar
a la racionalidad científica en su propio orden.
Teología. Esta estructura permite, además,
comprender la relación entre filosofía y teología sin confusión de métodos. En
la Summa, Tomás afirma que lo que puede conocerse por razón natural
puede también ser enseñado por una ciencia distinta en cuanto cae bajo
revelación, y por ello la teología de la doctrina sagrada difiere
específicamente de la teología como parte de la filosofía. La
doctrina sagrada es “una” ciencia por la formalidad “ser divinamente revelado”,
y trata de Dios “primariamente” y de las criaturas en cuanto ordenadas a Dios
como origen o fin.
En este marco se ubica críticamente el adagio philosophia
ancilla theologiae. La investigación histórica señala que la fórmula
medieval tiene variantes y usos, y que su sentido no es necesariamente el
silenciamiento de la razón, sino la determinación del orden de fines: la
filosofía sirve a la teología cuando proporciona instrumentos conceptuales para
expresar con rigor lo revelado, sin convertirse en principio constitutivo de la
revelación. Un estudio académico sobre el adagio analiza precisamente sus
límites y su interpretación en la tradición medieval. En lectura tomista
estricta, la “ancilaridad” es compatible con una autonomía relativa de la
filosofía en su método (razón natural) y con una heteronomía en el fin último
(ordenación al conocimiento de Dios), evitando dos extremos: (i) una teología
absorbida por filosofía como si fuese un capítulo de metafísica; (ii) una
teología anti-intelectual que renuncia a la cientificidad.
Tomismos contemporáneos y criterio de fidelidad al
realismo objetivista
Ontología. Para evaluar variantes contemporáneas
del tomismo en clave de realismo objetivista, es útil adoptar un criterio
mínimo: una corriente es fiel al realismo clásico si mantiene (a) la primacía
ontológica del ser (incluida la participación y la centralidad
del esse), (b) la inteligibilidad objetiva del mundo (formas,
naturaleza, causalidad), (c) una crítica a los universales como “creaciones”
sin fundamento real.
Epistemología. El segundo criterio es
epistemológico: fidelidad al realismo si sostiene que la verdad del conocer se
mide por la cosa (adaequatio), y si evita convertir el análisis del
conocer (crítica) en fundamento ontológico último. En este punto, es
significativo que Jacques Maritain defendiera explícitamente la
prioridad de la metafísica sobre la epistemología y un “realismo crítico” que
rechaza el nominalismo moderno (universales como creaciones mentales sin
fundamento), sosteniendo que lo conocido por la mente es idéntico a lo que
existe —aunque conocido inmaterialmente (esse intentionale).
Teología. El tercer criterio es
teológico-metodológico: fidelidad si mantiene la ciencia teológica como scientia
subalternata fundada en revelación (no en auto-constitución del
sentido religioso), compatible con la razón pero irreductible a ella.
Aplicando esos criterios:
El tomismo “existencial” —asociado comúnmente a la
recuperación del actus essendi y de la participación— suele
presentarse como intensificación del núcleo metafísico tomista. Un ejemplo
decisivo de su impacto es que la exégesis de Tomás centrada en la
“interpretación existencial” ha sido lo bastante influyente como para requerir
análisis crítico sobre sus supuestos semánticos modernos y su fidelidad textual
a Tomás. En la medida en que este tomismo protege la prioridad del
ser y interpreta el esse como acto, tiende a ser altamente
compatible con el realismo objetivista clásico; pero su debilidad potencial
aparece cuando el lenguaje moderno de “existencia” se desliza hacia
presupuestos lógicos o semánticos ajenos al marco aristotélico-tomista
(problema hermenéutico).
El tomismo “trascendental” —originado en Joseph
Maréchal y desarrollado en autores como Karl
Rahner y Bernard Lonergan— nace explícitamente como intento de
diálogo con el método crítico kantiano. Un estudio académico sobre Maréchal
resume su proyecto como búsqueda de un “fundamento para el conocimiento
objetivo”, criticando a Kant por situar la unidad sujeto-objeto en la
conciencia y proponiendo, en cambio, encontrar dicha unidad en el
Ser. En su mejor versión, el tomismo trascendental intenta conservar
el realismo (el Ser como horizonte), pero su riesgo estructural está en
el desplazamiento metodológico: si el punto de partida
transcendental se absolutiza como condición última, puede leerse como “giro” en
el que lo ontológico queda subordinado a lo subjetivo-histórico. La crítica
académica al entorno rahneriano subraya precisamente reconfiguraciones donde el
conocer se entiende como mediado por fenómeno e historia, con tensiones
respecto del esquema clásico de abstracción desde la realidad. En
consecuencia, la fidelidad al realismo objetivista clásico en este tomismo
dependerá de si el “transcendental” queda como método de clarificación del acto
de conocer o si se convierte en principio de constitución ontológica.
El tomismo “analítico” se define más por método
(herramientas de filosofía analítica) que por contenido único. Es
históricamente identificable, al menos como rótulo programático, por la
formulación de John Haldane en The Monist 80/4
(1997). Un análisis académico del debate en lengua inglesa indica
que la colaboración entre tomismo y filosofía analítica se ha presentado como
vía para restablecer una perspectiva realista frente al contextualismo, e
incluso como recurso para problemas contemporáneos como mente–cuerpo; pero
también identifica el “principal obstáculo” en la doctrina tomista del ser
(distinción real esencia–ser y Dios como Ipsum Esse Subsistens),
justamente el núcleo metafísico que el realismo objetivista considera
irrenunciable. Por tanto, la fidelidad del tomismo analítico al
realismo clásico se decide por su capacidad de no traducir
reductivamente la metafísica del esse a meras tesis
lógico-lingüísticas, manteniendo la prioridad ontológica.
Pertinencia normativa del realismo objetivista
agustiniano–tomista hoy
Ontología. Como paradigma normativo
contemporáneo, el realismo objetivista agustiniano–tomista ofrece una ventaja
decisiva: resiste la tentación, común en ciertos giros modernos, de fundar la
verdad en el sujeto o en prácticas discursivas, y mantiene que lo real —en su
estructura formal y en su dependencia del Ser divino— es anterior a cualquier
constitución epistemológica. La tesis tomista de que Dios es su existencia y
que lo creado participa del ser configura una ontología capaz de explicar
inteligibilidad, gradación de perfección, causalidad y dependencia sin
dualismos.
Epistemología. En epistemología, la fuerza
normativa radica en la conjunción de dos afirmaciones: (i) la verdad como adaequatio;
(ii) la prioridad de la verdad divina, de la que derivan las verdades humanas,
y a la que las cosas están inseparablemente ordenadas como a causa. Este
doble anclaje evita tanto el escepticismo (porque el conocer se mide por lo
real) como el racionalismo autosuficiente (porque la mente no es medida última
de la verdad). Su actualidad se percibe incluso en debates contemporáneos en
torno a la inteligibilidad de Dios como ipsum esse y la
necesidad de comprender qué significa esse en Tomás para
evitar críticas por malentendido conceptual.
Teología. En teología, la pertinencia normativa
depende de conservar la “cientificidad” en sentido tomista: la doctrina sagrada
es ciencia por proceder desde principios revelados por una ciencia superior —la
de Dios—, y por tratar de Dios primariamente. En consecuencia, la
teología como scientia Dei es “suprarracional” no por
irracionalidad, sino por exceder la razón sin contradecirla: tal como Tomás
sostiene, la verdad de fe no puede oponerse a la verdad natural, porque solo lo
falso se opone a lo verdadero.
Críticamente, este paradigma enfrenta dos desafíos
contemporáneos principales. Primero, el desafío hermenéutico: cómo traducir
categorías como esse, participación, ejemplaridad, etc., a
lenguajes filosóficos actuales sin perder su densidad ontológica (riesgo
visible tanto en lecturas “existencialistas” como en traducciones
“analíticas”). Segundo, el desafío metodológico: cómo dialogar con
enfoques trascendentales e históricos sin invertir el orden de primacía (hacer
depender el ser de condiciones de subjetividad).
Aun con estos desafíos, la tesis final es que el realismo objetivista agustiniano–tomista, mantenido según el orden ontología → epistemología → teología, sigue siendo un paradigma normativo especialmente apto para una filosofía y teología cristianas que quieran (i) afirmar la objetividad del ser y de la verdad, (ii) sostener la racionalidad del intelecto sin autosuficiencia, y (iii) articular una teología verdaderamente científica en cuanto subalternada a la ciencia de Dios, sin reducirla a fenomenología religiosa ni a pura historia de interpretaciones.
Realismo objetivista
agustiniano–tomista como paradigma (ontológico→epistemológico→teológico) para la
teología como scientia Dei
Este ensayo defiende, en clave
propositiva, que el “verdadero agustiniano–tomismo” no consiste en una simple
suma de motivos de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, sino en
un paradigma jerárquico en el que (i) la primacía
ontológica del ser —culminante en Dios como plenitud inmutable del
ser— funda (ii) la objetividad epistemológica como adecuación
del intelecto a lo real y culmina (iii) en la cientificidad
suprarracional de la teología como doctrina que procede “por luz de
una ciencia superior” (scientia Dei et beatorum) y juzga sin ser juzgada
por las ciencias inferiores. (De Trin. I, 8.17; ST I, q.1, a.2).
La tesis central es doble. Primero: la metafísica (ser, participación, ejemplaridad, jerarquía) no es un “preambulo opcional”, sino la condición de posibilidad de la objetividad del conocer y, por tanto, del carácter científico de la teología. (De civ. Dei XII, 2; ST I, q.3, a.4; ST I, q.44, a.3). Segundo: las variantes contemporáneas del tomismo solo son “fieles” al realismo objetivista clásico si no invierten el orden de dependencia (si no hacen derivar el ser de condiciones del sujeto), y si conservan la centralidad del esse participado y la verdad como adecuación. (Nini 2016; Berti 2012; Kerr 2012; Ayala 2023).
Ontología como primacía: ser,
ejemplaridad y jerarquía
El núcleo ontológico del
agustiniano–tomismo puede formularse así: lo real es primero; el
ser no es un producto del sujeto, y la inteligibilidad de las cosas depende de
su inserción en una jerarquía de participación cuyo fundamento último es Dios.
Esta tesis es explícita en la lectura agustiniana del nombre divino: la
Escritura reserva raramente “lo propio” de Dios, y entre esas expresiones se
encuentra Ego sum qui sum, precisamente porque el “ser” en Dios
debe entenderse “en un modo propio” que no se predica del cuerpo o del alma del
mismo modo. (De Trin. I, 2–3; en especial I, 1–2 y el pasaje sobre Ex 3,14 en
I, 2; I, 8.17).
La consecuencia ontológica
inmediata es la afirmación de una diferencia cualitativa entre
el ser divino y los seres creados: Dios es inmutable; lo creado es mutable y
recibido. La De civitate Dei lo expresa con una precisión
programática: “Dios es suma esencia” (summa essentia), “es” en grado
sumo y por eso es inmutable; a lo creado “le dio ser”, pero “no ser sumo”, y
por ello “ordenó las naturalezas de las esencias por grados”. (De civ. Dei XII,
2). Este texto es casi un manifiesto de realismo objetivista: (i)
hay esencia/ser en las cosas; (ii) hay grados reales; (iii) la escala no se
funda en perspectiva humana sino en la causalidad del Ser primero.
Ahora bien, el “verdadero
agustiniano–tomismo” no absolutiza una metafísica separada de la Trinidad o de
la revelación; más bien sostiene que la inteligibilidad teológica
presupone un orden del ser. Es significativo que en el mismo contexto
agustiniano, el conocimiento teologal culmine en contemplación del Dios
inmutable: el Ego sum qui sum no es solo una tesis ontológica,
sino el fin de la peregrinación cognoscitiva (“esto contemplaremos cuando
vivamos eternamente”). (De Trin. I, 8.17).
En Summa Theologiae, el
equivalente tomista aparece en la doctrina de la simplicidad divina y la
identidad de esencia y existir en Dios: “siendo Dios simple”, su ser no es
añadido ni recibido; por eso, en Dios, esencia y existencia son lo mismo (ST I,
q.3, a.4). La tesis no es un tecnicismo: fija el punto ontológico
del que depende todo realismo objetivista clásico, a saber, que el ser creado
es participado y, por tanto, inteligible en referencia a una
fuente de ser que no participa de nada.
Esta ontología se completa con
una tesis sobre los universales y la ejemplaridad: no porque el universal
“flote” desligado de las cosas, sino porque el orden formal de lo real remite a
una causa ejemplar. Aquinas lo formula en clave de causalidad: además de causa
eficiente y final, Dios mismo es causa ejemplar; no hay “otro” ejemplar fuera
de Dios que funde el orden de las formas. (ST I, q.44, a.3). El
agustiniano–tomismo auténtico lee aquí una convergencia: el ejemplarismo
agustiniano (razones eternas) y la causalidad ejemplar tomista no compiten; se
iluminan: la jerarquía del ser se explica como participación de un orden
inteligible que está formalmente en el intelecto divino.
Propuesta ontológica: el realismo
objetivista agustiniano–tomista debería presentarse, hoy, como una
ontología anti-reduccionista: (a) afirma la objetividad del ser;
(b) preserva la inmutabilidad trascendente de Dios; (c) sostiene una estructura
de participación y ejemplaridad que permite hablar de universales sin
nominalismo ni constructivismo; (d) hace inteligible que el conocimiento
verdadero sea posible porque el ser es inteligible antes de ser pensado.
Epistemología como derivación:
adecuación, iluminación y abstracción
Si lo ontológico es primero, el
conocer verdadero aparece como derivación: el intelecto no funda el
ser; se mide por él. Agustín es explícito al distinguir entre lo que la
Escritura dice “en” la creatura (metáforas pedagógicas) y lo que dice de Dios
“propiamente”; el punto es epistemológico: hay un modo de significar que revela
la trascendencia del objeto y, por ello, corrige las proyecciones del sujeto.
(De Trin. I, 2). En este marco, la iluminación no debe leerse como
sustitución de la realidad por “ideas internas”, sino como garantía de que la
verdad no se reduce a estados psíquicos: el acceso a lo necesario requiere una
medida superior a lo mutable.
Este hilo se vuelve más explícito
en De Trin. VII, cuando Agustín vincula simplicidad ontológica y verdad
cognoscitiva: “allí” (en Dios) hay “esencia sumamente simple” (summe simplex
essentia), y por ello “ser es lo mismo que ser sabio” (hoc ergo est ibi
esse quod sapere). (De Trin. VII, 1.2–2.2; especialmente el pasaje
sobre summa simplicitas y la identidad esse/sapere). Esta
identidad no equivale a psicologismo, sino a una tesis fuerte: la
inteligibilidad suprema no es añadida al ser, sino idéntica al ser divino; y
por eso el conocer humano, si es verdadero, participa (de modo proporcional) en
una inteligibilidad que lo precede.
El tomismo formula el correlato
con la gramática clásica de la verdad: “la verdad es adecuación de la cosa y
del intelecto” (veritas est adaequatio rei et intellectus). (De
veritate, q.1, a.1). Lo decisivo, para el realismo objetivista, es
que la adecuación no se entiende como copia material; se entiende como
conformidad intencional en el juicio, fundada en que la cosa es inteligible y
puede ser “recibida” sin convertirse en el intelecto en un artefacto subjetivo.
La transición de Agustín a Tomás
—iluminación a abstracción— puede ser propuesta con una tesis de conciliación:
no se trata de “dejar a Dios atrás”, sino de distinguir causalidad
ontológica de la verdad y método natural del conocer humano.
El intelecto humano abstrae desde lo sensible y juzga adecuándose a la cosa;
pero esa posibilidad descansa en una ontología de formas, participación y
ejemplaridad. Por eso, cuando Tomás define la teología como ciencia por
proceder desde una ciencia superior, no destruye la racionalidad; la presupone
y la ordena. (ST I, q.1, a.2).
Propuesta epistemológica: el
agustiniano–tomismo debe defender hoy un realismo crítico fuerte (en
el sentido clásico, no kantiano): (i) la verdad se mide por la cosa; (ii) el
sujeto conoce realmente, aunque de modo finito; (iii) lo divino no reemplaza el
orden natural del conocer, sino que es fundamento ontológico último y, en el
orden de la fe, principio luminoso superior.
Aquí se abre el punto
metodológico clave para la teología: si el intelecto puede conocer
verdaderamente lo creado, entonces puede también recibir verdades
suprarracionales sin contradicción, porque la razón no queda encerrada en el
fenómeno subjetivo, sino abierta a una realidad que la excede. Esa apertura no
es “irracional”; es la forma propia de una racionalidad finita fundada en el
ser.
Teología como
culminación: scientia Dei, subalternación y ancilla
theologiae
La teología, en el paradigma
agustiniano–tomista, no ocupa el primer lugar por “autoridad extrínseca”, sino
porque su objeto y su modo de conocer presuponen y coronan el orden de
primacía. Agustín sitúa el fin del itinerario en la contemplación: el “ser”
revelado a Moisés (Ego sum qui sum) es aquello que contemplaremos en la
vida eterna; la verdad divina no es un tema entre otros, sino el término al que
convergen acción, purificación y conocimiento. (De Trin. I, 8.17–8.18).
Tomás formula el estatuto
científico de la doctrina sagrada con una precisión que es, por sí misma, un
programa epistemológico-teológico: la doctrina sagrada es ciencia porque
“procede de principios conocidos por la luz de una ciencia superior: la ciencia
de Dios y de los bienaventurados”. (ST I, q.1, a.2). Esto
caracteriza la teología como scientia subalternata: sus principios
son revelados, pero su discurso es racional en su orden, porque la
cientificidad no exige que el sujeto humano “demuestre” todos los principios
desde la razón natural, sino que los reciba de una ciencia superior y razone
coherentemente desde ellos.
La primacía teológica, entonces,
no destruye la primacía ontológica: la presupone. La revelación no es real si
no hay realidad; y la teología no es ciencia si el conocimiento no puede
adecuarse objetivamente. Por eso la causalidad ejemplar en la creación (Dios
como causa ejemplar) tiene fuerza metodológica: si Dios es ejemplar de lo
creado, la analogía y el lenguaje teológico no se convierten en mera
proyección, sino en discurso regulado por una estructura real. (ST I, q.44,
a.3).
En este punto encaja con rigor el
principio Philosophia ancilla theologiae. Limites y avatares de un adagio:
no como “humillación” de la filosofía, sino como ordenación de fines y
subordinación metodológica de herramientas. Un estudio académico clásico sobre
el adagio, publicado en Scripta Theologica, muestra precisamente que el
lema tiene historia, límites y reinterpretaciones, y que su uso acrítico hoy es
problemático si se entiende como negación de la autonomía relativa de la
filosofía. El agustiniano–tomismo auténtico lo entiende así:
filosofía y teología se distinguen por formalidad y principios; la filosofía
sirve como instrumento conceptual y crítico, pero no constituye la revelación
ni define su verdad.
Propuesta teológica: para
presentar la teología como scientia Dei en un contexto
contemporáneo, el paradigma debe insistir en tres tesis articuladas: (i) Dios
es ontológicamente primero; (ii) el intelecto humano conoce adecuándose a lo
real; (iii) la teología es ciencia suprarracional porque participa, por gracia
y revelación, en una ciencia superior sin abolir la razón.
hace posible
fundamenta analogía
regula e integra
Primacía ontológica: ser real,
participación y jerarquía
Primacía epistemológica: verdad
como adecuación intelecto-cosa
Primacía teológica: doctrina sagrada como scientia subalternata
Discernimiento crítico de
variantes contemporáneas del tomismo
El debate contemporáneo exige un
criterio de “fidelidad” no meramente terminológico, sino estructural: es fiel
al realismo objetivista clásico aquello que mantiene la primacía
ontológica del ser (incluida la participación y la ejemplaridad),
sostiene una epistemología de adecuación y preserva la teología como ciencia
subalternada a la revelación (no como construcción trascendental del sujeto).
La variante trascendental se
define, programáticamente, como intento de adaptar el tomismo al método crítico
kantiano. En un artículo académico de McGill University, Matthew
Nini caracteriza el tomismo trascendental de Joseph Maréchal como
“intento de adaptar el pensamiento escolástico al método crítico”
de Immanuel Kant, situando el problema en la relación entre analogía y
metafísica y en la función del intelecto agente. (Nini 2016). Esta
autodefinición ya enuncia el riesgo: si “método crítico” se convierte en punto
de partida absoluto, el ser deja de ser primero “en sí” para convertirse en
horizonte constituido por condiciones del sujeto.
El tomismo analítico, por su
parte, es ante todo un programa metodológico: diálogo entre tomismo y filosofía
analítica, con riesgo doble: (i) reducción semántica de tesis metafísicas, o
(ii) clarificación conceptual al servicio de una metafísica robusta. Fergus
Kerr, en su revisión académica del tomismo analítico, describe su pretensión de
diálogo y su necesidad de preservar algo más que análisis del lenguaje si
quiere tratar de teología natural y de predicación sobre Dios. (Kerr
2012). En la misma línea, Enrico Berti analiza
críticamente las objeciones de filósofos analíticos (p. ej., Geach y Kenny) a
la concepción tomista del ser, mostrando que el campo de batalla no es
“estilístico”, sino la inteligibilidad del actus essendi y la
doctrina de Dios como ser subsistente. (Berti 2012). Un texto
introductorio académico sobre el programa del tomismo analítico (Paterson 2006)
formula explícitamente la cuestión: si el vínculo con la filosofía analítica es
mera herramienta interpretativa o si pretende iluminar los fundamentos
conceptuales más profundos del pensamiento tomista.
El tomismo existencial, asociado
a la centralidad del actus essendi, suele presentarse como
recuperación del nervio metafísico de Tomás. La literatura académica de
historia del tomismo vinculada a Étienne Gilson (por ejemplo, la
traducción de su sexta edición) muestra la intención de comprender el tomismo
como una filosofía del ser y no como lógica de esencias. El examen
filológico y sistemático de la metafísica tomista por John F.
Wippel se ha convertido en referencia contemporánea precisamente porque
reconstruye con rigor la estructura “de lo finito a lo increado” evitando
reducciones. En esta línea, Cornelio Fabro representa una
intensificación del tema participación/ser; un artículo en The
Thomist remite a su obra Participation et causalité selon S.
Thomas d’Aquin como hito para discutir causalidad y participación, a
la vez que registra debates críticos sobre su lectura histórica.
Finalmente, el
“agustiniano–tomismo” propuesto aquí no es una “escuela más”, sino un criterio
normativo: recuperar simultáneamente el eje agustiniano de trascendencia del
ser divino (inmutabilidad, contemplación, primacía de la verdad) y el eje
tomista de la participación del esse, la distinción real y la
definición de verdad como adecuación.
Tabla comparativa de fidelidad
al realismo objetivista
|
Autor/escuela |
Rasgos ontológicos |
Rasgos epistemológicos |
Rasgos teológicos |
Fidelidad al realismo objetivista |
|
Agustín |
Dios como “summa essentia”, inmutable; grados reales de ser en lo
creado; jerarquía ontológica (De civ. Dei XII, 2). |
Conocer regulado por la trascendencia del objeto; “ser” dicho
propiamente de Dios; fin contemplativo del conocer (De Trin. I, 2; I, 8.17). |
Contemplación del Ser divino como término; intelección de la fe
ordenada a visión (De Trin. I, 8.17–8.18). |
Alta (fundacional en primacía del ser) |
|
Tomás |
Dios simple; identidad
esencia-existencia en Dios (ST I, q.3, a.4); Dios causa ejemplar (ST I, q.44,
a.3). |
Verdad como adaequatio rei
et intellectus (De veritate, q.1, a.1); razón capaz de conocer lo
real y ordenar discurso científico. |
Doctrina sagrada como ciencia por
principios de ciencia superior (ST I, q.1, a.2). |
Muy alta (articulación sistemática
del paradigma) |
|
Tomismo existencial |
Centralidad del actus essendi; ser participado como
clave hermenéutica (historia del tomismo en Gilson; síntesis metafísica en
Wippel). |
Tendencia a reforzar prioridad de metafísica del ser sobre
epistemología; riesgo controlable: traducciones modernas del término
“existencia”. |
Suele subrayar analogía del ser y accesibilidad racional a Dios
sin reducir teología a filosofía. |
Alta (si no se reduce a “existencialismo” moderno) |
|
Tomismo trascendental |
Relectura del tomismo desde el
método crítico; “adaptación” a Kant en Maréchal (Nini 2016). |
Punto de partida en condiciones de
posibilidad del conocer; riesgo de invertir primacía (ser como horizonte del
sujeto). |
Puede favorecer “antropologización”
del método teológico si el sujeto trascendental absorbe el objeto. |
Media-baja (dependiente del grado
de kantianización) |
|
Tomismo analítico |
Metodología analítica aplicada a temas tomistas; debate sobre
el esse como núcleo problemático (Berti 2012; Kerr 2012;
Paterson 2006). |
Aporta clarificación conceptual; riesgo: reducción
lógico-lingüística del esse y de la participación. |
Puede renovar teología natural si preserva metafísica fuerte; si
no, se vuelve formalista. |
Media (alta si sostiene metafísica del ser) |
|
Maritain |
Defensa explícita de “realismo
crítico” aristotélico-tomista; jerarquía de saberes; preservación de
metafísica (The Degrees of Knowledge). |
Concepción de adecuación sin “copia
material”; crítica del positivismo; integración de órdenes de
conocimiento. |
Filosofía cristiana en diálogo con
teología; reflexión sobre ancilla theologiae como adagio
históricamente ambiguo. |
Alta (con matices por pluralidad
interna) |
|
Fabro |
Participación y causalidad como estructura metafísica central;
lectura fuerte de esse y participación (referencia académica
en The Thomist). |
Subraya locus epistemológico de la distinción real y su anclaje
ontológico; crítica a confusiones entre Tomás y Kant. |
Crítica al “giro antropológico” en teología moderna; defensa de
teología fundada en ser, no en constitución del sujeto. |
Muy alta (según el criterio de primacía del esse) |
|
Rahner |
Reconfiguración trascendental con
horizonte de “misterio” y mediación antropológica; integración en la línea
trascendental. |
Partida en el sujeto y sus
condiciones; riesgo de correlacionismo (objeto como correlato). |
Teología con fuerte mediación
antropológica; tensión con scientia subalternata clásica si
la revelación queda subordinada al a priori. |
Baja (incompatible si se adopta el
giro kantiano) |
Crítica final: por qué Rahner
y el giro kantiano son incompatibles con el realismo objetivista
La incompatibilidad no debe
formularse en términos personales, sino estructurales: el conflicto no es
“Rahner versus Tomás”, sino Kantianismo trascendental versus primacía
ontológica del ser.
Primero, el realismo objetivista
agustiniano–tomista sostiene que el intelecto es verdadero en la medida en que
se adecua a lo real, y que la realidad es inteligible por su estructura
ontológica (formas, participación, ejemplaridad). En Agustín, el Ego
sum qui sum y la tesis de Dios como “summa essentia” aseguran que la
verdad no depende del sujeto: lo creado tiene ser recibido y ordenado por
grados, y el conocimiento culmina en contemplación del Ser inmutable. (De civ.
Dei XII, 2; De Trin. I, 2; I, 8.17). En Tomás, la objetividad se
fija mediante: (a) identidad esencia-existencia en Dios (ST I, q.3, a.4), (b)
causalidad ejemplar divina (ST I, q.44, a.3), (c) verdad como adecuación (De
veritate, q.1, a.1), y (d) teología como ciencia por principios de ciencia
superior (ST I, q.1, a.2). El orden de dependencia es inequívoco:
ontología → epistemología → teología.
Segundo, el giro kantiano —en su
forma clásica— desplaza el fundamento de la objetividad hacia condiciones
trascendentales del sujeto: el objeto conocido queda mediado por formas a
priori, y la metafísica del ser pierde estatuto como conocimiento de lo real en
sí. El tomismo trascendental intenta responder a este diagnóstico sin renunciar
a la metafísica, pero lo hace aceptando (al menos metodológicamente) un punto
de partida crítico. El dato decisivo es que el proyecto nace como “adaptación”
de lo escolástico al método crítico; así lo formula Nini al presentar el
tomismo trascendental de Maréchal. (Nini 2016).
Tercero, esta aceptación
metodológica tiende a reconfigurar la noción de inteligibilidad: lo que en
Tomás es inteligible porque participa del ser (y el intelecto se adecua), en
clave trascendental puede pasar a ser “inteligible” porque cae bajo condiciones
subjetivas de posibilidad. El riesgo no es meramente terminológico; es una
inversión del orden. Un estudio contemporáneo sobre la influencia de Kant en el
tomismo trascendental advierte explícitamente del peligro de confundir
contribuciones tomistas con el punto de partida kantiano, y del efecto de esa
alianza en lectores no advertidos. Y, en un trabajo doctoral sobre
el intelecto agente, Ayala subraya que si Tomás se confunde con Kant, “la
contribución de Tomás se pierde”, precisamente porque “inteligible” se usa en
sentidos distintos: en Tomás, como recepción de forma inteligible fundada en
ser; en Kant, como estructuración formal del objeto de experiencia.
Cuarto, en Karl
Rahner la situación se radicaliza por la orientación antropológica del
método. La bibliografía académica especializada insiste en que la comprensión
de su teología exige atender a su filosofía y a su punto de partida, y que la crítica
no se reduce a malentendidos: el problema se juega en el tipo de fundamentación
(fundacionalista o no) y en el estatuto del punto de partida. Karl Rahner:
Theology and Philosophy es representativo en este sentido al examinar
críticamente la relación entre la teología rahneriana y su filosofía,
incluyendo objeciones sobre el “punto de partida” filosófico. Si ese
punto de partida es trascendental-kantiano, la teología tiende a describirse
como explicitación del horizonte del sujeto (“misterio” como condición), y la
revelación corre el riesgo de quedar metodológicamente subordinada a la
estructura a priori, en lugar de ser principio superior que subalterna una
ciencia (ST I, q.1, a.2).
Conclusión crítica: el agustiniano–tomismo realista no puede aceptar el giro kantiano como fundamento último sin renunciar a su propia tesis de primacía ontológica. Puede, eso sí, dialogar con interrogantes críticos (mediación, historicidad, lenguaje), pero solo si los integra como problemas secundarios sin invertir el orden ontológico→epistemológico→teológico. En ese sentido, la incompatibilidad con un rahnerianismo estrictamente trascendental no es moral ni biográfica: es una incompatibilidad de principio, porque el realismo objetivista afirma que el ser mide al intelecto, mientras que el giro kantiano tiende a situar la medida en condiciones del sujeto.
La incompatibilidad entre el realismo objetivista agustiniano–tomista y el giro trascendental de matriz kantiana conviene formularla en términos estrictamente estructurales, no personales. El punto decisivo no es una oposición biográfica entre autores, sino la diferencia entre dos órdenes de fundamentación: en el primero, propio del realismo clásico, el ser es anterior al conocer y mide al intelecto; en el segundo, propio del enfoque trascendental, la objetividad queda condicionada por las estructuras del sujeto cognoscente. Desde la perspectiva agustiniano–tomista, esta inversión resulta inaceptable, porque desarticula precisamente aquello que hace posible la objetividad de la verdad y, con ella, el estatuto científico de la teología. En Agustín, Dios como summa essentia y ser inmutable garantiza que la verdad no nace del sujeto, sino que lo precede y lo juzga; en Tomás, la identidad de esencia y esse en Dios, la causalidad ejemplar divina y la verdad entendida como adecuación del intelecto a la cosa confirman el mismo principio en forma sistemática. Por eso, el orden de dependencia no es negociable: primero ontología, luego epistemología, y finalmente teología como culminación de ese mismo orden.
El problema del giro kantiano, y de las variantes de tomismo que asumen su punto de partida como criterio metodológico dominante, consiste en que desplaza el centro de gravedad desde la inteligibilidad de lo real hacia las condiciones de posibilidad del conocimiento. Aunque algunas de estas corrientes intenten conservar vocabulario tomista, el riesgo permanece: el ser deja de ser principio y pasa a aparecer como correlato del sujeto. En ese marco, nociones como participación, ejemplaridad, analogía y verdad pueden sobrevivir terminológicamente, pero pierden su densidad metafísica. Este desplazamiento no es un matiz secundario, sino una alteración de principio, porque si la inteligibilidad depende primariamente del sujeto, entonces la metafísica del esse deja de ser fundamento y se vuelve interpretación posterior. En consecuencia, también la teología queda expuesta a una reconfiguración antropocéntrica: ya no aparece como ciencia subalternada a la scientia Dei, que recibe sus principios de una ciencia superior, sino como explicitación de una estructura trascendental de la conciencia religiosa. Ahí se rompe la arquitectura clásica.
Por eso, si se quiere “aterrizar” la propuesta y convertirla en un criterio operativo para el ensayo, la formulación final puede ser esta: el verdadero agustiniano–tomismo solo es viable hoy si mantiene sin concesiones la primacía ontológica del ser, entiende la verdad como adecuación a lo real y defiende la teología como ciencia que razona desde principios revelados sin subordinar la revelación al a priori del sujeto. Esto no impide dialogar con problemas modernos —lenguaje, mediación histórica, autoconciencia, crítica del conocimiento—, pero obliga a integrarlos como cuestiones derivadas y no como fundamento último. En términos metodológicos, el criterio de fidelidad será siempre el mismo: una propuesta será compatible con el realismo objetivista en la medida en que preserve el orden ser → verdad → teología; y será incompatible en la medida en que lo invierta, aunque conserve terminología tomista. Con ello, la crítica a Rahner y al giro kantiano queda delimitada con precisión: no se trata de una descalificación retórica, sino de una incompatibilidad principial respecto del fundamento del conocer y del estatuto mismo de la teología.

