De Ecclesiae Crisi
Ensayo breve
Crisis eclesial, disciplinar y doctrinal ante una confessio fidei tradicional
Proemio
La crisis contemporánea de la Iglesia católica constituye uno de los fenómenos religiosos, filosóficos y culturales más complejos de la historia moderna. No se trata exclusivamente de una tensión disciplinar, ni de una mera disputa litúrgica o pastoral, sino de una crisis que afecta simultáneamente la comprensión de la autoridad, la naturaleza de la Tradición, la inteligibilidad de la doctrina, la unidad visible de la Iglesia y la relación entre verdad revelada y adaptación histórica. La gravedad de esta situación se manifiesta en un hecho singular: numerosos fieles, sacerdotes e incluso obispos afirman defender la Iglesia apelando a principios aparentemente incompatibles entre sí, mientras invocan simultáneamente obediencia, tradición, conciencia, pastoralidad y fidelidad al Evangelio.
Desde mediados del siglo XX, especialmente tras el Concilio Vaticano II, se ha desarrollado una profunda discusión acerca de la interpretación auténtica de la continuidad doctrinal de la Iglesia. Mientras algunos sostienen que el Concilio representa un desarrollo homogéneo del depósito revelado conforme al dinamismo histórico de la Tradición viva [1], otros consideran que ciertas formulaciones conciliares y desarrollos posteriores introdujeron ambigüedades incompatibles con el magisterio precedente, particularmente en materias relativas al ecumenismo, la libertad religiosa, la colegialidad episcopal, la relación Iglesia-mundo y la reforma litúrgica [2].
La crisis no puede reducirse a categorías meramente jurídicas o administrativas. El positivismo canónico resulta insuficiente para explicar una situación donde el problema fundamental no radica solamente en la obediencia externa, sino en la percepción —real o aparente— de una tensión entre autoridad visible y continuidad doctrinal. La cuestión central se vuelve entonces ontológica y eclesiológica: ¿qué ocurre cuando sectores significativos de fieles consideran que determinadas orientaciones pastorales o doctrinales parecen distanciarse del depósito tradicional de la fe? ¿Puede existir una resistencia legítima dentro de la obediencia católica? ¿Cuál es el límite entre fidelidad a la Tradición y ruptura práctica de la comunión visible?
Estas preguntas no son nuevas en la historia de la Iglesia. La crisis arriana del siglo IV mostró que incluso amplios sectores episcopales podían caer en ambigüedades doctrinales respecto de verdades fundamentales sobre Cristo [3]. San Atanasio se convirtió en símbolo de resistencia doctrinal frente a presiones eclesiásticas y políticas que buscaban fórmulas de compromiso incompatibles con la integridad del dogma niceno [4]. Del mismo modo, las controversias monotelitas, el cisma de Occidente y las tensiones jansenistas revelaron históricamente la dificultad de distinguir entre desarrollo legítimo, error doctrinal, abuso disciplinar y prudencia pastoral.
Sin embargo, la crisis contemporánea posee características particulares. La secularización acelerada de Occidente, el subjetivismo filosófico heredado del giro antropocéntrico moderno, el relativismo moral, el historicismo teológico y la pérdida progresiva de una metafísica del ser han afectado profundamente la capacidad de comprensión de la doctrina católica [5]. La verdad dejó de ser concebida como adecuación del intelecto a la realidad (adaequatio intellectus et rei) para convertirse frecuentemente en experiencia subjetiva, consenso histórico o construcción sociocultural [6]. Esta transformación filosófica penetró también en numerosos ámbitos teológicos y pastorales.
Desde la perspectiva del realismo tomista, la Iglesia no puede comprenderse únicamente como fenómeno sociológico, comunidad histórica o estructura institucional mutable. Ella es simultáneamente sociedad visible y Cuerpo Místico de Cristo [7]. Su unidad visible depende de la profesión de una misma fe, de la comunión sacramental y de la subordinación legítima a los pastores constituidos por Cristo, especialmente al Romano Pontífice [8]. Pero esta subordinación no constituye una obediencia voluntarista desligada de la verdad revelada. El oficio petrino existe precisamente para custodiar el depósito apostólico, no para transformarlo sustancialmente [9].
La tensión contemporánea surge cuando algunos fieles perciben que determinadas formulaciones pastorales parecen relativizar principios previamente enseñados con claridad doctrinal. Las controversias sobre moral sexual, acceso sacramental, bendiciones irregulares, ecumenismo práctico, libertad religiosa o sinodalidad muestran que el problema actual no es meramente litúrgico, sino profundamente antropológico y teológico [10]. En el trasfondo aparece una cuestión decisiva: si la verdad revelada posee carácter objetivo e inmutable, ¿hasta dónde puede llegar el desarrollo pastoral sin alterar el contenido mismo de la fe?
En este contexto se sitúa también la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Fundada por monseñor Marcel Lefebvre en reacción a determinadas reformas posteriores al Concilio Vaticano II, la Fraternidad se convirtió progresivamente en símbolo de la resistencia tradicionalista dentro del catolicismo contemporáneo [11]. Sus críticas a la reforma litúrgica, al ecumenismo y a ciertos aspectos doctrinales del Concilio han sido consideradas por muchos como una defensa legítima de la Tradición, mientras que otros las interpretan como expresión de una eclesiología deficiente que pone en riesgo la comunión jerárquica [12].
La reciente “Declaración de Fe Católica” dirigida al Romano Pontífice por el padre Davide Pagliarani reabre estas tensiones bajo una forma particularmente intensa. El documento no se presenta simplemente como petición disciplinar, sino como confesión doctrinal dirigida explícitamente al Sucesor de Pedro para que confirme públicamente la fe tradicional [13]. Ello genera interrogantes eclesiológicos de enorme gravedad: ¿es una legítima profesión de fe en tiempos de confusión doctrinal? ¿O constituye una forma implícita de presión sobre el Romano Pontífice? ¿Puede una confesión doctrinal convertirse en criterio práctico de legitimidad eclesial frente a la autoridad visible?
La presente investigación busca analizar esta crisis desde una perspectiva filosófico-teológica fundada en el realismo tomista y en la teología católica clásica anterior al Concilio Vaticano II. El objetivo no consiste en promover posiciones facciosas ni justificar rupturas eclesiales, sino examinar críticamente las raíces doctrinales, disciplinarias y metafísicas de la crisis actual. Para ello será necesario distinguir cuidadosamente entre dogma y prudencia pastoral, entre indefectibilidad de la Iglesia y falibilidad de sus miembros, entre obediencia legítima y voluntarismo jurídico, entre desarrollo homogéneo y mutación doctrinal.
Asimismo, este ensayo sostendrá que la solución auténticamente católica no puede encontrarse ni en el progresismo relativista ni en un tradicionalismo desvinculado de la estructura visible de la Iglesia. La Tradición católica no existe separada del oficio petrino, pero tampoco puede reducirse a obediencia formal vacía de contenido doctrinal. La autoridad y la verdad no son principios opuestos dentro de la Iglesia; por el contrario, la autoridad existe precisamente para servir a la verdad revelada [14].
La gravedad de la crisis exige, por tanto, una reflexión serena, rigurosa y profundamente católica. Ni el sentimentalismo pastoral ni el rigorismo polémico bastan para comprender el momento presente. Solo una recuperación de la metafísica del ser, de la objetividad de la verdad, de la naturaleza sacrificial de la Iglesia y de la comprensión tradicional de la autoridad permitirá discernir adecuadamente la magnitud de la crisis contemporánea y sus posibles vías de superación.
Desarrollo
Naturaleza de la crisis eclesial contemporánea
La crisis contemporánea de la Iglesia no puede entenderse adecuadamente si se la reduce a una mera disputa entre sectores “conservadores” y “progresistas”, ni tampoco como un conflicto exclusivamente disciplinar entre obediencia y desobediencia. Su raíz es mucho más profunda: se trata de una crisis de inteligibilidad de la verdad revelada y de la relación entre autoridad, Tradición y realidad sobrenatural. En otras palabras, la crisis actual es simultáneamente metafísica, teológica, litúrgica, moral y eclesiológica.
Desde una perspectiva tomista, toda crisis doctrinal presupone previamente una crisis filosófica. La corrupción del intelecto precede a la corrupción de la praxis. Santo Tomás enseña que el entendimiento humano se ordena naturalmente hacia la verdad, y que la verdad consiste en la adecuación entre el intelecto y la realidad [15]. Cuando esta relación se rompe, el ser deja de ser el fundamento objetivo del pensamiento y la realidad es reemplazada por categorías subjetivas, históricas o voluntaristas. Precisamente esto ocurrió en la modernidad filosófica.
El giro antropocéntrico iniciado progresivamente desde el nominalismo tardomedieval y consolidado con Descartes, Kant y el idealismo alemán desplazó el fundamento de la verdad desde el ser hacia la conciencia subjetiva [16-18]. La consecuencia teológica de este proceso fue inevitable: si la verdad ya no es recibida como participación en el Logos divino, entonces la Revelación comienza a reinterpretarse como experiencia religiosa histórica, mutable y condicionada culturalmente [19].
El modernismo condenado por san Pío X no fue simplemente una herejía aislada, sino la síntesis sistemática de este proceso filosófico [20]. Su núcleo consiste en someter el dogma a la evolución de la conciencia religiosa y de la historia. Según esta perspectiva, las fórmulas dogmáticas no expresarían verdades objetivas e inmutables, sino símbolos históricos susceptibles de reinterpretación continua [21]. Por ello, san Pío X definió el modernismo como “la síntesis de todas las herejías” [22].
La crisis contemporánea debe analizarse precisamente desde este horizonte. El problema fundamental no consiste únicamente en abusos pastorales o excesos disciplinarios, sino en una transformación progresiva de la noción misma de verdad. Allí donde la verdad deja de ser objetiva, la doctrina se convierte en experiencia; la moral en acompañamiento psicológico; la liturgia en expresión comunitaria; y la autoridad en administración de consensos.
Esta mutación explica por qué numerosas controversias contemporáneas poseen simultáneamente dimensión doctrinal y pastoral. Las discusiones sobre moral sexual, acceso sacramental, bendiciones irregulares, intercomunión, libertad religiosa o sinodalidad no son simples debates administrativos: afectan directamente la relación entre verdad objetiva y praxis eclesial [23].
La crisis aparece particularmente intensa en el ámbito litúrgico. La liturgia constituye la expresión visible de la fe de la Iglesia (lex orandi, lex credendi). Por ello, una modificación sustancial de la comprensión litúrgica produce inevitablemente consecuencias doctrinales [24]. La reducción de la Misa a mera asamblea comunitaria, memorial simbólico o celebración horizontal afecta directamente la comprensión sacrificial del sacerdocio y de la Redención [25].
Autores como el cardenal Ottaviani y monseñor Lefebvre advirtieron tempranamente que ciertas tendencias posteriores a la reforma litúrgica favorecían interpretaciones ambiguas respecto del carácter propiciatorio del sacrificio eucarístico [26-27]. Aunque la doctrina oficial de la Iglesia nunca negó formalmente el carácter sacrificial de la Misa, sí se desarrolló en numerosos ambientes una praxis y un lenguaje teológico que tendían a minimizarlo pastoralmente [28].
La crisis doctrinal se relaciona también con la transformación de la noción de autoridad. Tradicionalmente, la autoridad católica era comprendida de manera ministerial: el Papa y los obispos custodian una verdad recibida, no producida por ellos mismos [29]. El magisterio no crea el depósito revelado; lo protege, lo explica y lo transmite. Por ello el Concilio Vaticano I enseñó que el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para revelar doctrinas nuevas, sino para custodiar fielmente la Revelación apostólica [30].
Sin embargo, en amplios sectores eclesiales contemporáneos se desarrolló una comprensión funcional o voluntarista de la autoridad. Según esta lógica, la legitimidad doctrinal derivaría principalmente del acto actual de gobierno y no de la continuidad objetiva con la Tradición. El resultado práctico es una especie de positivismo eclesiástico donde aquello que hoy se permite pastoralmente parecería adquirir automáticamente legitimidad doctrinal.
El problema de esta concepción es profundamente metafísico. Desde el realismo tomista, ninguna autoridad posee poder para alterar la naturaleza de las cosas. La autoridad humana no puede convertir el mal en bien ni la falsedad en verdad [31]. Su función consiste en ordenar racionalmente hacia el bien común conforme a la ley divina y natural. Por ello, incluso la obediencia cristiana posee límites intrínsecos: nadie puede obedecer válidamente aquello que contradice objetivamente la ley de Dios [32].
Esta tensión se vuelve dramática cuando sectores de fieles perciben contradicción entre determinadas orientaciones pastorales contemporáneas y el magisterio previo. Allí surge el fenómeno de la “resistencia” tradicionalista. El problema fundamental no es simplemente disciplinar, sino ontológico: ¿qué debe hacer un católico cuando percibe conflicto entre autoridad actual y enseñanza tradicional recibida?
Históricamente, la Iglesia conoció situaciones semejantes. Durante la crisis arriana, numerosos obispos y autoridades imperiales promovieron fórmulas ambiguas respecto de la divinidad de Cristo [33]. San Atanasio resistió públicamente tales ambigüedades sin negar por ello la constitución jerárquica de la Iglesia [34]. Del mismo modo, san Máximo el Confesor resistió la imposición monotelita defendida incluso por importantes autoridades eclesiásticas orientales [35].
Sin embargo, estos precedentes deben manejarse con extrema prudencia. La resistencia doctrinal legítima nunca equivale automáticamente a ruptura eclesial ni autoriza una autonomía absoluta respecto de la autoridad visible. El catolicismo no es una religión de juicio privado. La fe se recibe dentro de una comunión visible fundada sobre Pedro [36].
Aquí aparece uno de los dramas centrales de la crisis contemporánea: ciertos sectores progresistas parecen relativizar la objetividad doctrinal en nombre de la pastoral, mientras ciertos sectores tradicionalistas corren el riesgo opuesto de absolutizar su interpretación de la Tradición debilitando la sumisión efectiva al Romano Pontífice. Ambos extremos lesionan la naturaleza católica de la Iglesia.
El progresismo doctrinal tiende a historicizar el dogma. La Tradición deja de ser transmisión objetiva de una verdad revelada y se convierte en proceso evolutivo abierto [37]. La consecuencia es una eclesiología fluida donde la identidad doctrinal parece constantemente redefinible según las necesidades culturales del momento.
Por otra parte, ciertos tradicionalismos pueden terminar concibiendo la Tradición como realidad prácticamente separada de la autoridad visible de la Iglesia. La obediencia se vuelve entonces condicional según el grado de conformidad percibida entre actos presentes y formulaciones pasadas [38]. El peligro de esta postura es convertir al fiel individual o al grupo particular en criterio práctico último de ortodoxia.
Desde el realismo tomista, ambas posiciones son insuficientes porque separan principios que deben permanecer unidos. La verdad revelada es objetiva e inmutable, pero fue confiada a una Iglesia visible y jerárquica [39]. La autoridad existe para custodiar la Tradición, y la Tradición existe dentro de la Iglesia visible. Separar estos principios destruye el equilibrio católico.
La crisis actual se agrava además por el colapso general de la civilización cristiana occidental. La secularización moderna no solo expulsó progresivamente a Dios de la vida pública, sino que transformó radicalmente la antropología. El hombre contemporáneo ya no se concibe como criatura ordenada hacia Dios, sino como sujeto autónomo constructor de significado [40]. Esta antropología afecta inevitablemente la comprensión del pecado, de la gracia, del matrimonio, de la sexualidad y de la salvación.
En consecuencia, la presión cultural sobre la Iglesia es inmensa. Numerosos sectores eclesiales intentan adaptar el lenguaje doctrinal para hacerlo compatible con la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, el riesgo permanente consiste en que la adaptación pastoral termine transformando sustancialmente el contenido doctrinal que pretende comunicar.
La situación alemana constituye probablemente el ejemplo más visible de esta tensión. Las propuestas vinculadas al camino sinodal alemán —bendiciones de parejas irregulares, revisión de la moral sexual, cuestionamiento de estructuras jerárquicas tradicionales y reinterpretaciones sacramentales— han generado preocupación incluso dentro de sectores moderados de la Iglesia [41]. El problema ya no aparece únicamente como debate pastoral, sino como posible divergencia doctrinal efectiva respecto de la tradición moral católica.
En este contexto, la reacción tradicionalista encuentra terreno fértil. Muchos fieles perciben que la defensa de la liturgia tradicional, de la moral objetiva y de la doctrina clásica constituye una forma de preservar la identidad católica frente a la disolución contemporánea. Sin embargo, esta reacción puede derivar en un endurecimiento eclesiológico donde toda iniciativa romana es sospechada de modernismo.
La crisis contemporánea revela así una paradoja profundamente católica: la Iglesia permanece indefectible e indefectiblemente santa en su constitución divina, pero sus miembros —incluyendo pastores y teólogos— pueden introducir confusión, ambigüedad y escándalo [42]. La indefectibilidad no significa ausencia de crisis históricas, sino imposibilidad de destrucción esencial de la Iglesia fundada por Cristo.
Por ello, la solución no puede consistir ni en la absorción acrítica del mundo moderno ni en una eclesiología de resistencia permanente desligada de la autoridad visible. La auténtica respuesta católica exige restaurar simultáneamente la metafísica del ser, la objetividad doctrinal, la centralidad sacrificial de la liturgia, la moral natural y sobrenatural, y la comprensión tradicional de la autoridad como servicio a la verdad.
Solo desde esta restauración integral podrá superarse la falsa oposición contemporánea entre obediencia y Tradición, autoridad y verdad, pastoralidad y dogma, misericordia y justicia, unidad visible y fidelidad doctrinal.
Crisis doctrinal y problema hermenéutico
La cuestión doctrinal constituye el núcleo más profundo de la crisis contemporánea de la Iglesia. Aunque los conflictos visibles suelen manifestarse en ámbitos pastorales, litúrgicos o disciplinarios, la raíz de la fractura permanece esencialmente hermenéutica: ¿cómo debe interpretarse la continuidad doctrinal de la Iglesia a través de la historia? La crisis actual no gira simplemente en torno a doctrinas aisladas, sino alrededor de la posibilidad misma de mantener una identidad dogmática objetiva y reconocible en medio de cambios históricos acelerados.
El problema hermenéutico contemporáneo nace cuando el concepto de “desarrollo doctrinal” deja de entenderse como explicitación homogénea del depósito revelado y comienza a concebirse como transformación sustancial del contenido doctrinal [43]. Desde la perspectiva católica clásica, el desarrollo auténtico preserva identidad esencial. San Vicente de Lerins utilizó la analogía del crecimiento orgánico: la doctrina puede desarrollarse “según el mismo dogma, el mismo sentido y la misma sentencia” (eodem sensu eademque sententia) [44]. El crecimiento legítimo no altera la naturaleza de aquello que crece.
El problema aparece cuando ciertas interpretaciones contemporáneas parecen introducir discontinuidades materiales entre formulaciones doctrinales previas y posteriores. La discusión sobre el Concilio Vaticano II se sitúa precisamente en este punto. El problema no es la legitimidad del Concilio como acto magisterial legítimo, sino la interpretación de ciertos textos cuya formulación permitió lecturas divergentes [45].
Benedicto XVI intentó resolver esta tensión mediante la llamada “hermenéutica de la continuidad” [46]. Según esta perspectiva, el Concilio debe interpretarse necesariamente en continuidad con el magisterio precedente y no como ruptura. Sin embargo, la necesidad misma de formular este principio revela indirectamente la existencia de una crisis interpretativa real. Si no hubiera ambigüedad hermenéutica significativa, no sería necesario insistir en la continuidad.
La dificultad radica en que numerosos teólogos y agentes pastorales interpretaron ciertos textos conciliares bajo una lógica de discontinuidad práctica. Conceptos como “apertura al mundo”, “diálogo”, “ecumenismo” o “libertad religiosa” fueron frecuentemente utilizados para justificar transformaciones pastorales que parecían relativizar formulaciones doctrinales anteriores [47].
La cuestión de la libertad religiosa resulta paradigmática. Antes del Vaticano II, el magisterio pontificio había condenado reiteradamente el indiferentismo religioso y ciertas formulaciones liberales de libertad de conciencia entendidas como autonomía absoluta frente a la verdad revelada [48-49]. Posteriormente, la declaración Dignitatis Humanae afirmó el derecho de la persona humana a no ser coaccionada en materia religiosa dentro del orden civil [50]. La discusión no consiste simplemente en si ambas doctrinas pueden armonizarse, sino en cómo hacerlo sin negar la continuidad objetiva del magisterio.
Los defensores de la continuidad sostienen que el magisterio anterior condenaba el relativismo doctrinal, mientras que el Vaticano II desarrolló una doctrina sobre inmunidad de coacción civil [51]. Sin embargo, críticos tradicionalistas argumentan que ciertas formulaciones posteriores produjeron en la práctica una neutralización de la doctrina clásica sobre la realeza social de Cristo y sobre el deber de las sociedades de reconocer públicamente la verdad religiosa [52].
El problema hermenéutico afecta también al ecumenismo. Tradicionalmente, la Iglesia entendió que la unidad cristiana solo podía realizarse plenamente mediante el retorno de los no católicos a la única Iglesia fundada por Cristo [53]. Posteriormente, ciertas formulaciones ecuménicas fueron interpretadas en ambientes pastorales como si todas las confesiones cristianas constituyeran expresiones igualmente legítimas de la Iglesia de Cristo [54].
Aunque documentos posteriores como Dominus Iesus reafirmaron la unicidad y universalidad salvífica de Cristo y de la Iglesia católica [55], la percepción de ambigüedad doctrinal persistió en numerosos sectores. Esto se debe a que el problema contemporáneo no es solamente textual, sino práctico y pastoral. Muchas veces la praxis concreta parece transmitir una eclesiología distinta de la formulación dogmática oficial.
Aquí aparece una cuestión central desde el realismo tomista: la verdad no se comunica únicamente mediante definiciones abstractas, sino también mediante signos, actos y estructuras visibles. La praxis posee inevitablemente dimensión doctrinal. Una pastoral sostenida en el tiempo termina moldeando la comprensión objetiva de la fe [56]. Por ello, una contradicción prolongada entre doctrina formal y práctica pastoral produce inevitablemente confusión eclesial.
La controversia sobre el acceso sacramental de personas en situación objetivamente irregular constituye otro ejemplo significativo. La enseñanza tradicional sobre el matrimonio, el adulterio y la recepción digna de la Eucaristía fue formulada constantemente por el magisterio previo [57]. Sin embargo, determinadas interpretaciones pastorales contemporáneas fueron percibidas como relativización práctica de principios previamente considerados absolutos [58].
El problema no reside solamente en normas disciplinarias particulares, sino en la relación entre misericordia, pecado, gracia y verdad moral objetiva. Desde la perspectiva clásica, la misericordia no consiste en suspender el orden moral, sino en ayudar al pecador a volver al bien verdadero [59]. Cuando la pastoral parece desvincularse de la conversión objetiva, se altera la propia noción de salvación cristiana.
La crisis doctrinal contemporánea posee además una dimensión antropológica profunda. Gran parte de la teología moderna abandonó progresivamente la metafísica clásica del ser y adoptó categorías existencialistas, fenomenológicas o historicistas [60-61]. Como consecuencia, la naturaleza humana dejó de entenderse como realidad estable ordenada teleológicamente hacia fines objetivos y comenzó a concebirse como experiencia dinámica de autoconstrucción.
Este cambio afecta inevitablemente la moral sexual, la comprensión sacramental y la doctrina sobre la gracia. Si la naturaleza humana ya no posee estructura objetiva creada por Dios, entonces las categorías clásicas de ley natural, pecado contra naturaleza y finalidad objetiva del acto humano pierden inteligibilidad [62].
Precisamente por ello las discusiones contemporáneas sobre sexualidad, identidad y matrimonio no son simples debates éticos aislados. En el fondo expresan dos antropologías incompatibles: una fundada en el realismo metafísico clásico y otra basada en la autonomía subjetiva moderna. La Iglesia contemporánea experimenta internamente esta tensión cultural y filosófica.
El problema hermenéutico alcanza también la comprensión del propio magisterio. Tradicionalmente, el magisterio era entendido como servicio a una verdad objetiva preexistente [63]. Hoy, en ciertos ambientes, parece entenderse funcionalmente como instancia dinámica de reinterpretación continua. Esto genera una especie de “historicismo magisterial”, donde cada pontificado es leído como superación implícita del anterior.
Tal perspectiva resulta incompatible con la eclesiología católica clásica. El magisterio auténtico no puede contradecirse sustancialmente a sí mismo porque la verdad revelada es una. Puede existir desarrollo, explicitación o profundización, pero no negación material de principios previamente enseñados universalmente [64].
Sin embargo, debe evitarse también el extremo opuesto: transformar cada formulación histórica en definición irreformable. No todas las expresiones prudenciales poseen el mismo grado de autoridad doctrinal. La teología católica clásica distingue cuidadosamente entre dogma definido, doctrina definitiva, magisterio auténtico ordinario, opinión teológica y decisiones prudenciales [65]. La crisis contemporánea se agrava cuando estas distinciones desaparecen.
Muchos conflictos actuales derivan precisamente de la incapacidad para distinguir niveles de autoridad doctrinal. Algunos sectores progresistas relativizan incluso verdades definitivas apelando al cambio histórico. Simultáneamente, ciertos sectores tradicionalistas absolutizan formulaciones prudenciales o contextuales como si poseyeran el mismo peso que un dogma definido.
Desde el tomismo, la solución requiere restaurar la analogía y la jerarquía de los conceptos teológicos. No toda afirmación posee el mismo grado de necesidad doctrinal. Pero tampoco toda formulación puede reinterpretarse indefinidamente. La inteligencia católica exige precisión metafísica y teológica.
El caso de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X debe entenderse dentro de este contexto hermenéutico. Su crítica fundamental no se dirige primariamente contra el oficio petrino, sino contra determinadas interpretaciones doctrinales y pastorales posteriores al Concilio que consideran incompatibles con la Tradición previa [66]. El problema surge cuando esta resistencia tiende a adquirir estructura permanente y paralela respecto de la autoridad visible.
La dificultad teológica consiste en que ambas partes apelan parcialmente a principios verdaderos. Roma insiste legítimamente en la necesidad de comunión jerárquica visible. La FSSPX insiste legítimamente en la necesidad de continuidad doctrinal objetiva. La tragedia contemporánea consiste en que principios que deberían permanecer unidos aparecen psicológica y pastoralmente separados.
Desde una perspectiva auténticamente católica, ni la continuidad doctrinal puede existir separada del oficio petrino, ni el oficio petrino puede entenderse desligado de la Tradición apostólica. El Papa no es soberano absoluto sobre la Revelación; es su custodio. Pero la Tradición tampoco subsiste como realidad autónoma separada de la Iglesia visible fundada sobre Pedro [67].
La solución de la crisis hermenéutica requiere, por tanto, una restauración simultánea de la metafísica clásica, de la claridad doctrinal, de la jerarquía teológica y de la comprensión tradicional del magisterio. Solo así podrá superarse la falsa oposición contemporánea entre fidelidad doctrinal y obediencia eclesial.
La cuestión disciplinar y la autoridad
La dimensión disciplinar de la crisis contemporánea constituye probablemente el aspecto más visible y, al mismo tiempo, uno de los más mal comprendidos. Con frecuencia, tanto defensores como críticos de determinadas posiciones eclesiales reducen el conflicto a categorías puramente jurídicas: obediencia frente a desobediencia, regularidad frente a irregularidad, comunión frente a cisma. Sin embargo, desde una perspectiva católica clásica y tomista, el derecho canónico no constituye una realidad autosuficiente ni autónoma respecto de la verdad teológica. La disciplina eclesiástica existe al servicio del bien sobrenatural de las almas y subordinada a la naturaleza misma de la Iglesia [68].
La Iglesia no es una asociación voluntaria fundada exclusivamente sobre normas positivas. Es una sociedad sobrenatural instituida por Cristo con un fin salvífico objetivo [69]. Por ello, toda autoridad eclesiástica posee carácter ministerial y finalista: su legitimidad deriva de su ordenación al bien común sobrenatural y a la conservación de la fe. La ley canónica, aunque verdadera ley, no puede interpretarse aisladamente de este contexto metafísico y teológico.
Santo Tomás enseña que toda ley auténtica es una ordenación de la razón dirigida al bien común y promulgada por quien tiene cuidado de la comunidad [70]. Una norma puramente voluntarista desligada de la razón y del fin propio de la comunidad degenera en abuso de poder. Esta doctrina posee profundas implicaciones eclesiológicas. El ejercicio de la autoridad en la Iglesia no puede entenderse como potestad absoluta de innovación doctrinal o disciplinar arbitraria. El Papa y los obispos gobiernan dentro de una constitución divina recibida, no creada por ellos mismos [71].
Precisamente aquí surge una de las tensiones centrales de la crisis contemporánea. Después del Concilio Vaticano II se desarrolló progresivamente una tendencia a identificar la obediencia católica con adhesión inmediata y prácticamente irrestricta a toda orientación pastoral emanada de la autoridad actual. Esta concepción favoreció una especie de positivismo eclesiástico: aquello que la autoridad permite o promueve parecería adquirir legitimidad suficiente por el mero hecho de proceder de ella.
Sin embargo, la tradición católica jamás enseñó una obediencia ciega desligada de la verdad objetiva. La obediencia es virtud moral subordinada a la justicia y, en último término, a Dios [72]. Ninguna autoridad humana puede exigir válidamente aquello que contradice la ley divina o la fe revelada. El principio apostólico permanece inmutable: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” [73].
Esto no significa que cada fiel pueda convertirse en juez privado absoluto del magisterio o de la disciplina eclesiástica. La Iglesia no es protestante. El catolicismo presupone una autoridad visible instituida por Cristo con verdadera potestad de gobierno. Pero precisamente porque esa autoridad posee origen divino, su finalidad está intrínsecamente determinada: custodiar el depósito de la fe y conducir a las almas a la salvación [74].
La dificultad contemporánea aparece cuando algunos fieles consideran que ciertas orientaciones pastorales o disciplinarias parecen perjudicar objetivamente la fe o favorecer confusión doctrinal. Allí surge la noción de “resistencia”. Históricamente, esta categoría existió dentro de la tradición católica, aunque siempre de modo extraordinario y cuidadosamente delimitado.
Santo Tomás, comentando la corrección de san Pablo a san Pedro en Antioquía, enseña que en casos de peligro para la fe puede existir corrección pública incluso respecto de superiores eclesiásticos [75]. Sin embargo, esta resistencia nunca implica negación de la autoridad misma. San Pablo no negó el primado de Pedro; corrigió un comportamiento pastoral ambiguo que producía escándalo doctrinal.
La tradición posterior mantuvo esta distinción. Francisco Suárez y Roberto Belarmino admitieron la posibilidad teórica de resistir actos concretos de una autoridad eclesiástica si éstos resultaran manifiestamente nocivos para la fe o el bien común de la Iglesia [76-77]. Pero tal resistencia debía permanecer siempre dentro de la comunión eclesial y evitando cuidadosamente toda pretensión de constituir una autoridad paralela.
La crisis contemporánea complicó enormemente este equilibrio clásico. La reforma litúrgica, ciertas interpretaciones doctrinales posconciliares y la percepción de ambigüedad pastoral llevaron a sectores tradicionalistas a considerar que existía una situación excepcional prolongada dentro de la Iglesia. Monseñor Lefebvre interpretó progresivamente la crisis bajo categorías de “estado de necesidad” [78]. Según esta perspectiva, la preservación de la fe y del sacerdocio tradicional justificaría determinadas acciones extraordinarias incluso sin autorización explícita de Roma.
La cuestión de las consagraciones episcopales de 1988 constituye el punto culminante de este conflicto [79]. Desde el punto de vista jurídico positivo, la consagración de obispos sin mandato pontificio constituye acto gravemente ilícito sancionado por el derecho canónico [80]. Roma interpretó las consagraciones como acto cismático y aplicó las sanciones correspondientes.
Sin embargo, la FSSPX argumentó que existía un estado de necesidad extraordinario derivado de la crisis doctrinal y litúrgica de la Iglesia. Aquí aparece una cuestión teológica compleja: ¿puede un estado de necesidad justificar excepcionalmente actos disciplinarmente ilícitos para preservar bienes superiores como la fe o los sacramentos?
La tradición canónica reconoce efectivamente que la necesidad puede modificar ciertas obligaciones jurídicas [81]. El propio derecho canónico contempla principios como salus animarum suprema lex (“la salvación de las almas es la ley suprema”) [82]. No obstante, la aplicación de este principio exige extrema prudencia, especialmente cuando afecta la estructura jerárquica de la Iglesia.
El problema central consiste en determinar quién posee autoridad para juzgar objetivamente tal estado de necesidad. Si cada grupo eclesial pudiera declararlo autónomamente, la unidad visible de la Iglesia quedaría permanentemente amenazada. Pero si toda apelación a la necesidad fuera imposible incluso frente a crisis graves, la autoridad podría degenerar en puro legalismo positivista.
La situación actual del camino sinodal alemán reavivó estas tensiones. Numerosos fieles perciben que ciertas propuestas doctrinales y pastorales promovidas en Alemania contradicen enseñanzas tradicionales sobre sexualidad, sacramentos y autoridad eclesial [83]. La percepción de que tales desviaciones reciben respuestas romanas ambiguas o insuficientes fortalece psicológicamente el argumento tradicionalista de una crisis doctrinal generalizada.
Sin embargo, aquí debe introducirse una distinción fundamental. La existencia de confusión doctrinal o abusos pastorales no autoriza automáticamente cualquier forma de resistencia. La Iglesia permanece visible y jerárquica incluso en tiempos de crisis. La historia eclesiástica muestra numerosos periodos de corrupción, ambigüedad o debilidad pastoral sin que ello destruyera la legitimidad esencial de la autoridad romana [84].
El riesgo permanente del tradicionalismo es transformar una resistencia inicialmente defensiva en estructura eclesiológica paralela. Cuando la desconfianza hacia la autoridad visible se vuelve sistemática, la comunión efectiva comienza a erosionarse. Poco a poco, el criterio práctico de catolicidad deja de ser la comunión con Pedro y pasa a ser la coincidencia doctrinal percibida con una interpretación particular de la Tradición.
Pero el extremo opuesto resulta igualmente peligroso. Un positivismo eclesiástico absoluto convertiría la obediencia en principio autosuficiente desligado de la verdad objetiva. Bajo esta lógica, cualquier orientación pastoral quedaría automáticamente legitimada por provenir de la autoridad actual. Tal concepción contradice profundamente la tradición católica clásica y aproxima peligrosamente la autoridad eclesial a una forma de absolutismo voluntarista [85].
Desde el realismo tomista, la solución exige mantener unidos dos principios inseparables. Primero: la autoridad visible de la Iglesia posee origen divino y verdadera potestad de gobierno. Segundo: dicha autoridad está esencialmente subordinada a la Revelación y ordenada al bien sobrenatural de las almas. Separar cualquiera de estos principios destruye el equilibrio católico.
Por ello, la obediencia auténticamente católica no es servilismo irracional ni autonomía subjetiva. Es virtud racional y sobrenatural que reconoce en la autoridad un instrumento querido por Cristo para conducir a la verdad y a la salvación [86]. Pero precisamente porque la autoridad existe para la verdad, no puede ser concebida como fuente autónoma de una verdad nueva.
La actual crisis disciplinar revela también una transformación psicológica profunda en la percepción moderna de la autoridad. La cultura contemporánea oscila constantemente entre dos extremos: rechazo radical de toda autoridad o dependencia absoluta respecto del poder institucional. Esta oscilación afecta inevitablemente la vida eclesial.
Muchos progresismos contemporáneos desconfían estructuralmente de la autoridad doctrinal objetiva y privilegian la autonomía subjetiva. Simultáneamente, ciertos sectores ultramontanos reaccionan absolutizando prácticamente cada acto del pontífice reinante. Ambos extremos son modernos en su raíz porque sustituyen la comprensión clásica de la autoridad como participación racional en el orden querido por Dios.
La tradición católica anterior al Vaticano II mantenía una comprensión mucho más orgánica y metafísica de la autoridad. El Papa era considerado verdadero Vicario de Cristo, pero no monarca absoluto sobre la Revelación. El magisterio estaba profundamente integrado en la continuidad histórica de la Tradición apostólica [87]. La obediencia coexistía naturalmente con la conciencia de límites intrínsecos derivados de la propia constitución divina de la Iglesia.
La crisis contemporánea exige recuperar precisamente esta comprensión clásica. El Romano Pontífice debe ser obedecido como cabeza visible de la Iglesia, pero no interpretado como fuente autónoma de nuevas doctrinas desligadas del depósito recibido. Del mismo modo, la defensa de la Tradición no puede convertirse en resistencia permanente estructural frente al principio visible de unidad.
Solo restaurando esta síntesis tradicional podrá superarse la falsa dicotomía contemporánea entre obediencia y fidelidad doctrinal. La autoridad existe para custodiar la Tradición, y la Tradición vive concretamente dentro de la Iglesia jerárquica fundada sobre Pedro.
Tradición, obediencia y resistencia
La relación entre Tradición, obediencia y resistencia constituye uno de los problemas más delicados de la eclesiología contemporánea. La dificultad surge porque estos tres principios son simultáneamente verdaderos dentro de la constitución católica de la Iglesia, pero pueden parecer contradictorios en tiempos de crisis. La Tradición exige fidelidad al depósito revelado; la obediencia exige sumisión legítima a la autoridad visible; y la resistencia puede aparecer cuando ciertos actos concretos de autoridad parecen entrar en tensión con la continuidad doctrinal recibida. La cuestión decisiva consiste entonces en determinar cómo puede mantenerse la integridad de estos principios sin destruir la unidad católica.
Desde la perspectiva clásica, la Tradición no es mera acumulación arqueológica de costumbres antiguas ni simple repetición material de formulaciones históricas. La Tradición constituye la transmisión viva y objetiva de la Revelación confiada por Cristo a los Apóstoles y perpetuada en la Iglesia bajo asistencia del Espíritu Santo [88]. Su sujeto no es un grupo particular ni una sensibilidad eclesial determinada, sino la Iglesia universal en continuidad histórica y doctrinal.
Santo Tomás enseña que la fe se fundamenta formalmente en la autoridad de Dios revelante, transmitida mediante la Iglesia [89]. Esto implica una doble dimensión inseparable: objetividad doctrinal y mediación eclesial visible. La fe católica no surge del juicio privado ni de la interpretación individual de la Escritura o de la historia. Se recibe dentro de una comunidad jerárquica fundada por Cristo sobre Pedro.
Por ello, la obediencia eclesial no constituye un elemento accesorio de la vida católica. La unidad visible pertenece a la esencia misma de la Iglesia [90]. El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, ejerce un verdadero principio visible de unidad doctrinal y disciplinar [91]. Separarse voluntariamente de esta unidad hiere gravemente la constitución querida por Cristo para su Iglesia.
Sin embargo, la obediencia católica jamás fue concebida como sumisión irracional o voluntarista. La tradición escolástica distingue cuidadosamente entre autoridad legítima y abuso de autoridad. Toda potestad creada permanece subordinada a la ley divina y ordenada al bien común [92]. En consecuencia, una obediencia que condujera objetivamente al pecado o a la negación de la fe dejaría de ser virtud para convertirse en servilismo desordenado.
Precisamente aquí emerge el problema de la resistencia. Históricamente, la Iglesia conoció situaciones en las que santos, teólogos y obispos resistieron determinadas decisiones, presiones o comportamientos de autoridades eclesiásticas sin por ello romper la comunión católica. El caso paradigmático permanece siendo la corrección de san Pablo a san Pedro en Antioquía [93]. El problema no era doctrinal en sentido estricto —Pedro no negó formalmente el Evangelio—, sino disciplinar y pastoral: su conducta generaba confusión respecto de la universalidad de la salvación en Cristo.
Santo Tomás interpreta este episodio como prueba de que, en circunstancias excepcionales y por causa de la fe, incluso inferiores pueden corregir públicamente a superiores [94]. Pero introduce inmediatamente límites esenciales: tal corrección debe realizarse con humildad, sin negar la autoridad y motivada exclusivamente por el bien de la Iglesia.
La tradición posterior desarrolló prudentemente esta doctrina. Cayetano, Suárez y Belarmino admitieron diversas formas de resistencia legítima frente a actos concretos dañinos o ambiguos de la autoridad eclesiástica [95-97]. Pero ninguno de ellos concibió jamás una resistencia estructural permanente desligada de la comunión visible con Roma.
El problema contemporáneo consiste precisamente en que una situación inicialmente percibida como excepcional se prolongó durante décadas. Muchos tradicionalistas consideran que las crisis doctrinales, litúrgicas y morales posteriores al Vaticano II justifican una resistencia prolongada para preservar la fe recibida. El riesgo evidente es que la excepción termine convirtiéndose en principio ordinario de funcionamiento eclesial.
Desde el punto de vista psicológico y sociológico, este fenómeno resulta comprensible. Cuando sectores de fieles perciben ambigüedad doctrinal persistente, abusos litúrgicos tolerados o respuestas insuficientes frente a desviaciones graves, tienden naturalmente a desarrollar estructuras defensivas de preservación identitaria. La liturgia tradicional, la disciplina sacramental clásica y la doctrina preconciliar aparecen entonces como refugios de estabilidad frente a un mundo eclesial percibido como fluido o incierto.
Sin embargo, aquí debe hacerse una distinción decisiva. La conservación legítima de la Tradición no puede transformarse en principio autónomo separado de la estructura visible de la Iglesia. La Tradición católica nunca existió como realidad paralela al oficio petrino. La misma transmisión apostólica presupone continuidad sacramental y jerárquica [98].
El peligro permanente de ciertos tradicionalismos consiste en desplazar gradualmente el criterio práctico de catolicidad. Formalmente se sigue reconociendo al Papa, pero funcionalmente la autoridad efectiva queda subordinada a un juicio previo realizado por el grupo particular sobre la conformidad doctrinal de cada acto pontificio. En ese momento, aunque no exista cisma formal declarado, aparece una lógica eclesiológica profundamente inestable.
Pero el extremo opuesto resulta igualmente dañino. Muchos sectores contemporáneos identifican obediencia con adhesión inmediata e irrestricta a cualquier orientación pastoral o disciplinar emanada de la autoridad actual. Esta concepción reduce implícitamente la Tradición a un proceso dinámico indefinido regulado por el magisterio presente. La continuidad doctrinal objetiva queda así subordinada al ejercicio actual del poder eclesiástico.
Desde el realismo tomista, ambos errores derivan de separar principios que deben permanecer unidos. La Tradición sin autoridad visible degenera potencialmente en fragmentación sectaria; la autoridad sin subordinación objetiva a la Tradición degenera en positivismo voluntarista.
La Iglesia no es una democracia doctrinal donde cada generación redefine el contenido de la fe. Tampoco es una federación de grupos tradicionales autónomos unidos solamente por afinidad litúrgica o doctrinal. Es una sociedad sobrenatural fundada sobre una Revelación objetiva transmitida visiblemente mediante una jerarquía instituida por Cristo [99].
El problema contemporáneo se vuelve especialmente complejo debido a la percepción de contradicciones prácticas entre distintas etapas del magisterio reciente. Muchos fieles experimentan dificultad para armonizar ciertas expresiones pastorales contemporáneas con formulaciones anteriores consideradas doctrinalmente seguras. La controversia sobre bendiciones irregulares, acceso sacramental o ecumenismo práctico ha intensificado esta percepción [100].
En este contexto, la apelación a la Tradición se vuelve inevitable. Pero la cuestión decisiva consiste en cómo comprenderla. Desde la teología clásica, la Tradición no equivale a inmovilismo histórico absoluto. Existe desarrollo homogéneo, profundización conceptual y explicitación doctrinal legítima [101]. Sin embargo, este desarrollo posee límites objetivos: no puede alterar sustancialmente el significado del depósito revelado.
Por ello, la verdadera obediencia católica incluye necesariamente una dimensión doctrinal. No se obedece simplemente a una voluntad humana, sino a una autoridad instituida para custodiar la verdad revelada. El Papa no es obedecido como soberano absoluto desligado de la Tradición, sino precisamente como garante visible de ella [102].
Esta comprensión permite entender por qué la resistencia puede existir excepcionalmente sin destruir necesariamente la comunión. Si un fiel percibe seriamente que determinado acto pastoral produce daño doctrinal objetivo, puede experimentar conflicto de conciencia respecto de la obediencia práctica. Pero tal resistencia solo permanece católica si conserva simultáneamente reverencia, reconocimiento efectivo de la autoridad y rechazo explícito de toda constitución eclesial paralela.
La dificultad contemporánea radica en que amplios sectores eclesiales parecen haber perdido precisamente esta síntesis clásica. Algunos progresismos absolutizan la evolución pastoral hasta relativizar la continuidad doctrinal. Algunos tradicionalismos absolutizan la continuidad doctrinal hasta debilitar prácticamente la obediencia visible.
El resultado es una fragmentación psicológica de la conciencia católica. Muchos fieles viven internamente divididos entre fidelidad doctrinal y obediencia institucional. La crisis deja entonces de ser puramente intelectual y adquiere dimensión espiritual profunda.
La solución no puede consistir ni en negar la crisis ni en absolutizarla. La historia de la Iglesia demuestra que pueden existir periodos de gran confusión doctrinal, debilidad pastoral e incluso corrupción interna sin que la Iglesia pierda su indefectibilidad esencial [103]. Pero también demuestra que la fidelidad a la fe exige frecuentemente valentía, claridad doctrinal y resistencia frente al error.
La auténtica solución católica exige recuperar simultáneamente la metafísica clásica de la verdad, la comprensión tradicional de la autoridad y la naturaleza sobrenatural de la Iglesia. La obediencia debe reencontrar su fundamento teológico y no meramente jurídico; la Tradición debe entenderse como transmisión viva y objetiva dentro de la Iglesia visible; y la resistencia, cuando exista, debe permanecer estrictamente subordinada al bien de la comunión eclesial.
Solo así podrá evitarse la doble tentación contemporánea: un progresismo que diluye la identidad católica en nombre de la adaptación pastoral y un tradicionalismo que corre el riesgo de transformar la preservación de la fe en autonomía práctica respecto del principio visible de unidad.
La Iglesia permanece simultáneamente jerárquica y tradicional, visible y sobrenatural, histórica e indefectible. Separar cualquiera de estos elementos destruye el equilibrio profundamente católico de su constitución divina.
El problema litúrgico y sacramental
La crisis litúrgica no es secundaria, porque la liturgia expresa públicamente la fe de la Iglesia. Si la oración visible cambia de acento, también cambia progresivamente la comprensión práctica del misterio celebrado. Por eso Pío XII advirtió que la liturgia no puede ser tratada como simple materia arqueológica, estética o pastoral, sino como expresión regulada de la fe católica [104].
El punto central es la Misa. Según Trento, la Misa es verdadero sacrificio propiciatorio, en el cual se hace presente sacramentalmente el único sacrificio de la Cruz [105]. Por tanto, toda interpretación que reduzca la Eucaristía a banquete comunitario, memorial subjetivo o asamblea fraterna debilita la doctrina católica del sacerdocio, de la expiación y de la Redención.
La reforma litúrgica posterior al Vaticano II no negó formalmente esta doctrina, pero en muchos lugares su recepción práctica favoreció una comprensión horizontal, celebrativa y comunitarista del culto. Esta recepción produjo una mutación espiritual: el centro dejó de percibirse como el sacrificio ofrecido a Dios y pasó a experimentarse como la asamblea celebrándose a sí misma. Esa es la raíz del conflicto litúrgico contemporáneo.
Desde el realismo tomista, el signo sacramental no es indiferente. La forma sensible educa el intelecto y dispone la voluntad. Cuando los signos litúrgicos oscurecen la trascendencia, la adoración, el sacrificio y la orientación teocéntrica, la fe eucarística queda pastoralmente debilitada, aunque el dogma siga formulado correctamente en los textos oficiales.
La crisis moral contemporánea
La crisis moral procede de una pérdida de la ley natural y de la finalidad objetiva del acto humano. Para Santo Tomás, el bien moral no depende primariamente de la intención subjetiva ni de la situación psicológica, sino del objeto del acto, su fin y sus circunstancias [106]. Por ello, existen actos intrínsecamente desordenados que ninguna intención buena puede convertir en moralmente lícitos.
La moral católica clásica fue reafirmada con fuerza por Juan Pablo II en Veritatis Splendor, especialmente contra las teorías proporcionalistas y consecuencialistas que subordinan la norma moral a cálculos prudenciales o situaciones concretas [107]. Allí se recuerda que la conciencia no crea la verdad moral, sino que debe conformarse a ella.
La crisis actual aparece cuando la pastoral parece desplazar el lenguaje de pecado, conversión y gracia por categorías de acompañamiento, integración y discernimiento que, si no se precisan, pueden dar la impresión de que la norma moral permanece idealmente vigente pero prácticamente suspendida. Esta tensión se observa en debates sobre divorciados vueltos a casar, bendiciones de parejas irregulares, moral sexual, identidad personal y acceso sacramental.
La misericordia católica no consiste en confirmar al hombre en su desorden, sino en conducirlo hacia la verdad que salva. Separar misericordia y conversión equivale a vaciar la misericordia de su contenido sobrenatural.
El problema del modernismo y el subjetivismo
El modernismo es la matriz intelectual de gran parte de la crisis contemporánea. San Pío X lo definió como síntesis de todas las herejías porque no niega solo un dogma particular, sino la posibilidad misma de una verdad revelada objetiva, estable e inmutable [108]. Su método consiste en reinterpretar la fe como experiencia religiosa interior y el dogma como expresión histórica mutable de esa experiencia.
El subjetivismo moderno desplaza la verdad desde el ser hacia la conciencia. Desde Descartes hasta Kant, y luego en el historicismo posterior, la realidad deja de ser recibida como medida del pensamiento y el sujeto se convierte progresivamente en medida de la realidad [109]. Esta inversión afecta directamente a la teología: la Revelación ya no es considerada primariamente como verdad recibida de Dios, sino como experiencia comunitaria reinterpretada por la historia.
La consecuencia eclesial es grave: el dogma se vuelve flexible, la moral se vuelve situacional, la liturgia se vuelve expresiva y la autoridad se vuelve gestora de procesos. Frente a ello, el realismo tomista exige volver al ser, a la verdad objetiva y al principio de no contradicción. Una doctrina no puede ser verdadera en un siglo y falsa en otro si versa sobre una verdad revelada o una ley moral natural.
Por tanto, la superación de la crisis no será meramente disciplinar. Exige una restauración metafísica: recuperar que la verdad es anterior al consenso, que la gracia presupone la naturaleza, que la ley moral expresa el orden del ser, y que la autoridad eclesiástica existe para custodiar el depósito recibido, no para rehacerlo según la sensibilidad histórica dominante.
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X y la cuestión del estado de necesidad
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X surgió en un contexto de profunda transformación eclesial posterior al Concilio Vaticano II. Fundada por monseñor Marcel Lefebvre en 1970, su objetivo inicial consistía en preservar la formación sacerdotal tradicional, la liturgia romana clásica y la doctrina católica anterior a las reformas conciliares [110]. Con el paso del tiempo, la Fraternidad se convirtió en símbolo visible de la resistencia tradicionalista frente a determinados desarrollos doctrinales, litúrgicos y pastorales percibidos como incompatibles con la Tradición.
El concepto central que estructura la autocomprensión de la FSSPX es el de “estado de necesidad”. Según esta tesis, la magnitud de la crisis doctrinal y litúrgica contemporánea justificaría medidas extraordinarias orientadas a preservar la fe y los sacramentos aun en ausencia de autorización plena de la autoridad romana [111]. La apelación no se dirige inicialmente contra el papado en cuanto institución, sino contra decisiones concretas consideradas perjudiciales para el bien de las almas.
Desde el derecho canónico clásico, el estado de necesidad puede efectivamente modificar ciertas obligaciones jurídicas cuando está en juego un bien superior [112]. El propio derecho de la Iglesia reconoce que la salvación de las almas constituye la ley suprema (salus animarum suprema lex) [113]. Sin embargo, el problema fundamental no radica en la existencia abstracta del principio, sino en la legitimidad de su aplicación concreta y prolongada.
La dificultad teológica aparece porque la declaración autónoma y permanente de un estado de necesidad puede erosionar progresivamente la estructura visible de autoridad en la Iglesia. Si cada grupo eclesial pudiera determinar unilateralmente cuándo la autoridad actúa nocivamente, la unidad católica quedaría sometida al juicio privado colectivo. El riesgo no es solamente disciplinar, sino eclesiológico.
No obstante, también debe reconocerse que la percepción tradicionalista no surge en el vacío. La secularización litúrgica, los abusos doctrinales, ciertas ambigüedades pastorales y la aparente insuficiencia de respuestas romanas frente a desviaciones graves fortalecieron psicológicamente la idea de una crisis excepcional [114]. El camino sinodal alemán, las controversias sobre bendiciones irregulares y determinadas reinterpretaciones morales contemporáneas han intensificado esta percepción de urgencia doctrinal.
Aun así, desde una perspectiva católica clásica, el estado de necesidad no puede convertirse en principio ordinario de funcionamiento eclesial indefinido. La excepcionalidad permanente termina alterando la naturaleza misma de la comunión visible. La preservación de la Tradición no puede desligarse estructuralmente de la subordinación efectiva al Romano Pontífice.
Primado petrino, indefectibilidad y límites de la obediencia
El primado petrino constituye un elemento esencial de la constitución divina de la Iglesia. Cristo confirió a Pedro una autoridad singular como principio visible de unidad doctrinal y disciplinar [115]. Esta autoridad no es meramente honorífica ni administrativa; posee verdadero origen divino y continúa en los sucesores legítimos del apóstol.
El Concilio Vaticano I definió solemnemente el primado de jurisdicción universal del Romano Pontífice y su carisma de infalibilidad bajo condiciones específicas [116]. Sin embargo, el mismo Concilio estableció simultáneamente límites intrínsecos al oficio petrino: el Papa no recibe revelación nueva ni potestad para alterar el depósito apostólico, sino asistencia divina para custodiarlo fielmente [117].
La crisis contemporánea ha reabierto indirectamente una cuestión clásica: ¿cómo armonizar obediencia al Papa y fidelidad inmutable a la Tradición cuando ciertos actos pastorales generan percepción de discontinuidad doctrinal? Desde la teología católica clásica, la respuesta exige distinguir cuidadosamente entre el oficio petrino en sí mismo y el ejercicio prudencial concreto de la autoridad pontificia.
La indefectibilidad de la Iglesia significa que la Iglesia, como Iglesia de Cristo, no puede desaparecer ni perder esencialmente la fe [118]. Pero ello no implica que todos los actos prudenciales de autoridades eclesiásticas sean perfectos o irreformables. Papas, obispos y teólogos permanecen personalmente falibles fuera de las condiciones estrictas de la infalibilidad.
Por ello, la obediencia católica nunca fue concebida como absolutismo voluntarista. La autoridad papal es suprema, pero ministerial; real, pero subordinada al depósito revelado. Desde Santo Tomás hasta Belarmino, la tradición reconoce que la obediencia cesa cuando una autoridad ordena algo objetivamente contrario a la ley divina [119-120].
Sin embargo, esta doctrina exige prudencia extrema. El fiel individual no posee autoridad para convertirse fácilmente en juez definitivo del magisterio universal. La resistencia legítima, cuando excepcionalmente exista, debe permanecer acompañada de reverencia, humildad y reconocimiento efectivo del oficio petrino. De otro modo, la corrección degenera en principio autónomo de eclesialidad.
Perspectiva tomista sobre autoridad y verdad
El realismo tomista ofrece una de las claves más sólidas para comprender la crisis contemporánea porque restaura la relación objetiva entre ser, verdad y autoridad. Para Santo Tomás, la verdad no depende de la voluntad ni del consenso, sino de la adecuación entre el intelecto y la realidad [121]. La autoridad legítima existe precisamente para conducir racionalmente hacia el bien y la verdad, no para producirlos arbitrariamente.
Esta concepción resulta profundamente contraria al subjetivismo moderno. En gran parte de la cultura contemporánea, la autoridad tiende a concebirse como poder de construcción normativa: aquello que la autoridad declara o permite parecería convertirse automáticamente en verdadero o legítimo. El tomismo rechaza radicalmente esta idea. Ninguna autoridad creada puede alterar la naturaleza de las cosas ni modificar la ley divina [122].
Aplicado a la Iglesia, esto significa que el Papa no es fuente constitutiva del depósito revelado. Su autoridad es vicaria y ministerial. El Romano Pontífice sirve a la Tradición apostólica precisamente garantizando su conservación visible en la Iglesia universal. Por ello, autoridad y verdad no son principios opuestos, sino correlativos.
La crisis contemporánea aparece cuando esta relación se fractura psicológica o pastoralmente. Algunos sectores progresistas subordinan la verdad a la evolución pastoral e histórica. Algunos sectores tradicionalistas subordinan prácticamente la obediencia visible a su propia percepción doctrinal. Ambos extremos separan principios que el tomismo mantiene unidos.
Desde la metafísica clásica, la unidad católica solo puede preservarse restaurando simultáneamente la objetividad de la verdad, la subordinación de la autoridad al bien sobrenatural y la naturaleza visible y jerárquica de la Iglesia. La Tradición no es un museo inmóvil ni la autoridad un poder absoluto creador de doctrina. Ambas realidades existen orgánicamente ordenadas dentro del Cuerpo Místico de Cristo.
La superación auténtica de la crisis exige, por tanto, recuperar la primacía del ser sobre la voluntad, de la verdad sobre el consenso y de la finalidad sobrenatural de la Iglesia sobre cualquier adaptación puramente sociológica al mundo contemporáneo.
Conclusión
Las fuentes previamente citadas permiten advertir una línea doctrinal constante: la Iglesia no se comprende desde el poder, la sociología o la mera disciplina, sino desde la verdad revelada recibida, custodiada y transmitida. Desde Pastor Aeternus, Satis Cognitum, Mystici Corporis Christi, Mediator Dei, Trento, Dei Filius, Pascendi, Veritatis Splendor y la doctrina tomista, aparece un mismo principio: la autoridad eclesial es real, visible y obligante, pero no es constitutiva de la verdad; es ministerial respecto del depósito de la fe [24-25, 29-30, 39, 52, 63-64, 67, 69-71, 87, 91, 99, 102, 105, 107-108, 116-122]. La fe no nace del consenso histórico ni del acto voluntarista de gobierno, sino de Dios revelante, y la Iglesia la propone como maestra, madre y custodia. Por eso, cuando la autoridad confirma la verdad recibida, actúa según su fin propio; cuando parece oscurecerla por ambigüedad, omisión o praxis contradictoria, produce una crisis no meramente disciplinar, sino eclesial.
Las fuentes históricas y teológicas sobre la crisis arriana, san Atanasio, san Máximo, san Vicente de Lerins, Newman, Cayetano, Suárez, Belarmino, Lefebvre, la FSSPX y el estado de necesidad muestran que la historia de la Iglesia conoce momentos de conflicto entre claridad doctrinal, prudencia pastoral y obediencia visible [34-35, 43-44, 66, 75-81, 88-89, 93-98, 101, 103, 110-114, 119-120]. Pero esas mismas fuentes impiden soluciones simplistas. No es católico reducir la obediencia a positivismo jurídico; pero tampoco es católico transformar la resistencia en estructura ordinaria de vida eclesial. La Tradición no existe contra Pedro, pero Pedro no existe contra la Tradición. La unidad visible no puede separarse de la verdad objetiva, y la verdad objetiva no puede convertirse en bandera de autonomía práctica frente a la constitución jerárquica de la Iglesia.
Desde el realismo tomista, la síntesis debe comenzar por el ser. La verdad es adecuación del intelecto a la realidad, y en el orden sobrenatural esa realidad es el depósito revelado por Dios. Ninguna autoridad humana, ni civil ni eclesiástica, puede convertir el error en verdad, el pecado en virtud, la ambigüedad en doctrina, ni la praxis pastoral en sustituto del dogma. La autoridad legítima ordena hacia el bien común; en la Iglesia, ese bien común es sobrenatural: la gloria de Dios, la custodia de la fe, la santificación de las almas y la salvación eterna.
De ello se sigue una primera conclusión teológica: la crisis contemporánea es real cuando la praxis pastoral, litúrgica o disciplinar produce una percepción razonable de discontinuidad con la doctrina católica precedente. No basta decir que “nada ha cambiado” si los signos, los actos, las omisiones y las autorizaciones prácticas comunican otra cosa. La liturgia, la moral y la disciplina también enseñan. Por eso la confusión prolongada se convierte en hecho eclesial.
La segunda conclusión es que el Romano Pontífice debe ser reconocido, obedecido y venerado como principio visible de unidad. La sujeción a Pedro no es accidental para el católico. Pero esa obediencia es católica, no voluntarista: se dirige al oficio instituido por Cristo para confirmar en la fe, no a una voluntad humana concebida como absoluta. Si alguna orden o praxis contradijera manifiestamente la ley divina o la fe recibida, la resistencia filial podría ser legítima; pero solo si conserva reverencia, humildad, comunión visible y rechazo de toda pretensión paralela de autoridad.
La tercera conclusión es que la FSSPX plantea una cuestión doctrinal que no puede despacharse solo con sanciones canónicas. Si su preocupación versa sobre la continuidad de la fe, Roma debe responder también en el plano doctrinal, no únicamente disciplinar. Pero la FSSPX, por la misma razón, no puede convertir su defensa de la Tradición en una forma estable de excepcionalidad eclesial. El estado de necesidad, si se invoca, no puede transformarse en norma permanente sin dañar la eclesiología católica.
La conclusión filosófica final es que la crisis se resolverá solo recuperando la primacía del ser sobre la voluntad, de la verdad sobre el consenso, del dogma sobre la mera pastoralidad, y de la Tradición viva sobre la adaptación histórica. La Iglesia no debe elegir entre verdad y unidad, porque ambas proceden de Cristo. La salida católica no es progresismo sin depósito ni tradicionalismo sin obediencia, sino restauración integral: verdad objetiva, autoridad servicial, liturgia sacrificial, moral natural y sobrenatural, y comunión visible bajo Pedro en fidelidad al depósito apostólico.
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