Gnosticismo Rhaneriano

 Filosofía, Teología, Análisis

Quaestio maior disputata

Sobre si el rahnerianismo, considerado en su principio arquitectónico, deba ser juzgado como una gnosis trascendental y, por ello, como una mutación incompatible con la metafísica católica del ser y con la forma clásica de la sacra doctrina

Proemio

Entre los muchos males que han afligido a la teología en la edad moderna, no es el menor aquel por el cual, sin negar siempre de palabra la verdad revelada, se altera sin embargo el principio formal desde el cual ella es pensada. Pues no toda corrupción doctrinal entra primero por la puerta de una negación abierta; muchas veces penetra por la vía más sutil de una inversión metódica. Se conservan las palabras, pero se muda su centro; se mantienen los nombres, pero se altera su sintaxis profunda; se invoca a Dios, pero ya no como principio que mide la inteligencia, sino como término que comparece dentro del horizonte previamente constituido por el sujeto. Y cuando esto acontece, no sólo peligra un artículo o un punto de disciplina, sino la misma forma de la teología.

De aquí procede la necesidad de esta disputa. No se pregunta aquí si Karl Rahner fue hombre de talento, ni si intentó responder a problemas reales del mundo contemporáneo, ni si sus textos contienen muchas expresiones ortodoxas. Todo eso puede concederse, en diverso grado, sin resolver la cuestión principal. Lo que aquí se pregunta es otra cosa: si el sistema rahneriano, tomado en su arquitectura, permanece todavía dentro del orden agustiniano-tomista de la verdad, o si lo ha invertido; si la revelación continúa siendo en él el principio formal de la teología, o si ha sido metodológicamente subordinada a una antropología trascendental; si el ser sigue midiendo a la inteligencia, o si, por el contrario, la inteligibilidad queda condicionada por la estructura previa del sujeto.

Y porque este asunto no puede resolverse con fórmulas breves, procederé como conviene a materia grave: primero por objeciones; luego por autoridad contraria; después por respuesta principal; y finalmente por capítulos internos, donde se tratarán por separado el desorden ontológico, el desorden epistemológico y el desorden teológico del sistema. De este modo podrá verse no sólo que el rahnerianismo yerra en tal o cual punto, sino que constituye un viraje de conjunto, cuya nota más precisa puede designarse con la expresión gnosticismo trascendental.

Quaestio

Pregúntase si la teología trascendental de Karl Rahner, juzgada según su principio constitutivo y no sólo según fórmulas parciales, deba ser llamada con propiedad analógica una gnosis trascendental; y si, bajo este respecto, contradiga la metafísica católica del esse, la doctrina clásica de la verdad y el estatuto tradicional de la sacra teología.

Objectiones

Objeción primera

Parece que no. Porque la gnosis, tomada propiamente, designa una serie de sistemas antiguos caracterizados por dualismo cosmológico, mitologías de emanación, desprecio de la materia y elitismo esotérico. Pero Rahner no enseña tales cosas, ni niega la bondad de la creación, ni construye un mito de eones, ni divide a los hombres en naturalezas salvíficamente diversas. Luego llamarlo gnóstico es impropio.

Objeción segunda

Además, la atención al sujeto no es de suyo sospechosa. San Agustín exhorta al alma a retornar a sí misma; santo Tomás examina las potencias del conocimiento; toda teología fundamental debe considerar en alguna medida al receptor humano de la revelación. Luego no puede imputarse gnosis a un autor sólo por empezar desde la condición del hombre como oyente.

Objeción tercera

Además, Joseph Maréchal intentó responder al criticismo moderno sin abandonar la metafísica, y la bibliografía especializada lo identifica precisamente como figura central del llamado tomismo trascendental, nacido del diálogo con Kant. Si Rahner depende de Maréchal, su intento parecería ser el de una síntesis defensiva, no una corrupción.

Objeción cuarta

Además, estudios académicos recientes sobre Rahner han advertido contra lecturas simplistas de su pensamiento como si toda su teología estuviese mecánicamente deducida de un fundamento filosófico único. Karen Kilby, por ejemplo, ha discutido la lectura “fundacionalista” demasiado rígida de Rahner, mostrando la complejidad de la relación entre su filosofía y su teología. Luego parecería injusto condenar todo el sistema por su presunto “punto de partida”.

Objeción quinta

Además, Rahner sigue hablando de revelación, gracia, Cristo, Iglesia y escatología. Sus obras mayores no son tratados de mera fenomenología del sujeto, sino exposiciones extensas del contenido cristiano. De hecho, Foundations of Christian Faith incluye capítulos sobre historia de salvación, revelación, Jesucristo, Iglesia y vida cristiana. Luego no parece que la teología quede absorbida por la antropología.

Objeción sexta

Además, otros teólogos del siglo XX, incluidos autores tan importantes como Joseph Ratzinger, también dialogaron con la modernidad, con el problema del sujeto y con la necesidad de una teología fundamental capaz de hablar al hombre contemporáneo. Si tal diálogo bastara para denunciar gnosis, habría que condenar indiscriminadamente amplios sectores de la teología católica reciente.

Objeción séptima

Además, puede decirse que Rahner, lejos de antropologizar la teología, intenta mostrar la universal apertura del hombre a Dios y la posibilidad de que la revelación sea realmente recibida. Esto sería una defensa de la revelación, no su domesticación. Luego la acusación de gnosis parecería excesiva.

Objeción octava

Además, la analogía entre Rahner y una “línea protestante-moderna” parece desproporcionada. Pues Rahner sigue siendo un teólogo católico, mientras que la teología protestante moderna posee otros presupuestos eclesiológicos y sacramentales. Luego la semejanza estructural invocada parece demasiado amplia e insuficientemente probatoria.

 

Sed contra

Pero contra esto está que la teología, según santo Tomás, es ciencia por proceder de principios recibidos de una ciencia superior, y que la verdad consiste en la adecuación del intelecto a la cosa. Si, por tanto, un sistema subordina la inteligibilidad de la revelación a una estructura trascendental previa del sujeto, dicho sistema ha invertido a la vez el orden de la verdad y el orden de la teología.

Además, la misma descripción bibliográfica de Foundations of Christian Faith muestra que la obra se estructura desde capítulos como “The hearer of the message”, “Man in the presence of absolute mystery” y “Man as the event of God’s free and forgiving self-communication”, antes de avanzar hacia los loci dogmáticos clásicos. Esta disposición no es casual, sino sintomática.

Además, Hearers of the Word se presenta justamente como obra centrada en el hombre como oyente de la palabra; y Karl Rahner: Theology and Philosophy de Karen Kilby indica expresamente que uno de los ejes de interpretación de Rahner es la relación entre filosofía, teología, Vorgriff auf esse, “transcendental”, “hearer of the word” y “supernatural existential”. Por tanto, el problema del punto de partida no es una invención polémica, sino una cuestión objetiva de la literatura especializada.

 

Respondeo dicendum quod

Respondo diciendo que el rahnerianismo, considerado no según frases aisladas sino según su movimiento formal, debe ser llamado con propiedad analógica gnosticismo trascendental, y que por esta misma razón contradice, en el plano arquitectónico, la metafísica católica del ser, la doctrina realista de la verdad y la noción clásica de teología como ciencia subalternada a la revelación.

No digo que Rahner sea gnóstico en sentido histórico-material, como si repitiese literalmente a los gnósticos antiguos. Digo algo más sutil y, para el juicio doctrinal, más relevante: que reproduce la forma intelectual de la gnosis bajo lenguaje cristiano y aparato filosófico moderno. La gnosis, en su estructura formal, consiste en esto: que el acceso al misterio divino es interiorizado y hecho dependiente de una mediación originaria del sujeto. Lo divino no es recibido ante todo como verdad objetiva que desciende, juzga y eleva; es pensado desde una profundidad previa del espíritu, desde una apertura constitutiva, desde una inteligencia interior del misterio que hace posible, o al menos metodológicamente pensable, la revelación misma. La iniciativa soberana de Dios no desaparece necesariamente de la letra, pero sí pierde su primacía en el orden del saber.

Y esto mismo ocurre en el sistema de Rahner. Su gran operación consiste en colocar en el umbral de la teología una analítica trascendental del hombre, de su apertura al ser, de su orientación al misterio absoluto, de su condición de oyente posible de la palabra divina. El sujeto no es aquí mera potencia obediencial considerada como capacidad pasiva bajo la causalidad gratuita de Dios; es una estructura formal de autotrascendencia que opera como condición universal de posibilidad para la recepción inteligible del misterio. Por eso la teología ya no empieza de modo limpio por Dios que habla, sino por el hombre que es capaz de oír. Y aunque pueda parecer sutil, esta diferencia es decisiva. Pues quien determina el punto de partida determina también el régimen de inteligibilidad del sistema entero.

Ahora bien, esta gnosis no es mítica, sino trascendental. No brota de un relato cosmogónico, sino de la problemática moderna de las condiciones de posibilidad. En vez de preguntar primero qué es el ente y qué ha revelado Dios, pregunta cómo debe ser el sujeto para que el ser pueda ser anticipado, el misterio experimentado y la revelación oída. Esa forma de preguntar pertenece claramente al horizonte abierto por Kant y transformado por autores posteriores. Maréchal intentó introducir a Tomás en ese horizonte; la bibliografía especializada subraya justamente que su proyecto nace del diálogo con la filosofía crítica y del intento de repensar el punto de partida de la metafísica. Rahner recibe esa mediación y la extiende a la teología.

De ello se sigue un triple desorden.

Primero, un desorden ontológico: el esse deja de operar con toda su primacía como acto primero y fundamento objetivo de inteligibilidad, y es releído como horizonte anticipado por el dinamismo del espíritu. El ser ya no resplandece sólo como aquello que mide al intelecto; comparece también como aquello hacia lo cual el sujeto está trascendentalmente lanzado. En tal mutación, la metafísica se desplaza desde la primacía del acto hacia la primacía de la apertura.

Segundo, un desorden epistemológico: la verdad deja de ser contemplada ante todo como adecuación del intelecto al ente, y el problema del conocimiento se reordena a partir de las condiciones trascendentales del sujeto. La objetividad del conocer se vuelve inseparable de una analítica previa de la subjetividad. El ente ya no se ofrece simplemente como medida; debe entrar en el horizonte de anticipación del espíritu.

Tercero, un desorden teológico: la teología deja de ser considerada formalmente como discurso que procede desde la revelación recibida, y pasa a presentarse como explicitación refleja de la apertura trascendental del hombre al misterio. Entonces la revelación corre el riesgo de ser entendida como cumplimiento histórico de una estructura previa del sujeto, y la gracia de ser absorbida en una ontología implícita de la autotrascendencia.

Y puesto que en todos estos movimientos el misterio revelado queda metodológicamente reinscrito dentro de la estructura del sujeto, debe llamarse al sistema, con precisión analógica, gnosis trascendental.

Pero para que esto se vea con plena evidencia, conviene abrir la disputa en tres capítulos: uno ontológico, otro epistemológico y otro teológico.

 


 

CAPÍTULO PRIMERO

De errore ontologico rahneriano

Articulus I

Si en el rahnerianismo el ser permanezca como acto primero o sea desplazado a horizonte del sujeto

Objectiones

Objeción primera.

Parece que el ser permanece. Pues Rahner no abandona el lenguaje metafísico, sino que usa expresiones como ser, misterio absoluto, autocomunicación de Dios y apertura al ser. Luego no puede decirse que reemplace el esse por el sujeto.

Objeción segunda.

Además, si el hombre está orientado al ser, ello parece confirmar la prioridad del ser, no negarla. Pues lo orientado depende de aquello hacia lo cual se orienta. Luego el Vorgriff no destruiría la primacía del ser, sino que la presupondría.

Objeción tercera.

Además, el propio hecho de que Rahner utilice el vocabulario del tomismo trascendental parece indicar que no abandona la metafísica, sino que intenta salvarla frente al agnosticismo moderno.

Sed contra

Pero contra esto está que la estructura de la filosofía temprana de Rahner, tal como la presenta Karen Kilby, se articula justamente en torno a Spirit in the World, “transcendental”, Vorgriff auf esse y la relación entre filosofía y teología. Eso muestra que el ser entra en el sistema a través de una analítica del sujeto.

Respondeo

Respondo diciendo que en el rahnerianismo el lenguaje del ser no desaparece, pero sí cambia de estatuto. Y éste es justamente el punto que muchos lectores menos advertidos no perciben. No basta con preguntar si un autor usa o no la palabra “ser”; hay que preguntar cuál es la función arquitectónica de esa palabra en el sistema.

En la metafísica clásica, sobre todo tomista, el ser es acto primero, perfección de todas las perfecciones, raíz de inteligibilidad, fundamento de la verdad y vía primaria hacia Dios. El entendimiento se mide por el ente; la participación del ser explica la dependencia de la criatura; la analogía del ente permite ascender hasta el Ipsum Esse Subsistens. Aquí el ser no es horizonte del sujeto, sino fundamento objetivo que precede y mide toda apertura subjetiva.

En Rahner, por el contrario, el ser aparece ligado al Vorgriff, es decir, a una anticipación trascendental constitutiva del espíritu. El hombre no es meramente un intelecto que recibe el ente; es un sujeto cuya estructura lo lanza ilimitadamente hacia el ser y, en ese movimiento, constituye el horizonte dentro del cual cualquier ente particular puede comparecer. El ser, en cuanto término de esa anticipación, deja así de aparecer puramente como acto primero extramental y asume la función de horizonte de apertura. El resultado no es negación verbal del ser, sino su reubicación dentro del régimen trascendental del sujeto.

Y esta mutación tiene efectos gravísimos. Porque cuando el ser deja de ser ante todo aquello que funda la inteligencia y pasa a operar como aquello hacia lo cual la inteligencia está ya constitutivamente abierta, el centro metafísico se desplaza. Ya no domina la prioridad del acto; domina la prioridad de la apertura. Ya no manda la participación; manda la autotrascendencia. Ya no se explica el conocimiento desde el ente; se explica el ente conocido desde la estructura del conocer.

No basta replicar que el sujeto está “orientado” al ser y que, por tanto, el ser seguiría siendo primero. Eso sería verdad si la orientación fuese tratada como simple consecuencia de la naturaleza creada bajo la causalidad del acto divino. Pero en el esquema trascendental esa orientación se convierte en principio analítico del sistema. El ser sigue siendo nombrado, sí, pero es nombrado desde el sujeto. Y cuando lo primero para la inteligencia filosófica es el sujeto abierto al ser, el ser ha dejado ya de tener la primacía metodológica que poseía en el realismo clásico.

Ad obiecta

A la primera digo que no toda permanencia terminológica implica permanencia real de la estructura conceptual. Puede conservarse un léxico metafísico y, sin embargo, invertirlo desde dentro. Tal es precisamente el riesgo aquí.

A la segunda digo que la orientación al ser puede entenderse de dos maneras. Una, como simple dinamismo del intelecto creado dentro de un orden objetivo del ente; otra, como condición trascendental originaria que funciona como punto de partida del sistema. La primera es compatible con el realismo; la segunda lo altera.

A la tercera digo que la intención apologética de salvar la metafísica no basta para conservarla. También puede perderse precisamente en el acto mismo de “adaptarla”, si para salvarla se le exige comparecer ante el tribunal de la subjetividad moderna.

 

Articulus II

Si la categoría de participación quede subordinada a la autotrascendencia

Objectiones

Objeción primera.

Parece que no. Porque Rahner habla de Dios como misterio absoluto y de la criatura como receptora de la autocomunicación divina. Luego no elimina la dependencia de la criatura respecto de Dios.

Objeción segunda.

Además, la autotrascendencia podría entenderse simplemente como otro nombre para la apertura de la criatura hacia su causa y fin. Luego no habría oposición real entre participación y autotrascendencia.

Sed contra

Pero contra esto está que la organización temática de Foundations of Christian Faith describe al hombre como “in the presence of absolute mystery” y como “the event of God’s free and forgiving self-communication”, lo cual indica que la exposición dogmática se ordena desde la estructura del sujeto y su relación experiencial al misterio.

Respondeo

Respondo diciendo que la participación y la autotrascendencia no son equivalentes, aunque accidentalmente puedan tocarse. La participación pertenece al orden ontológico primario; la autotrascendencia, al orden dinámico-experiencial del sujeto. Una teología o metafísica puede hablar de autotrascendencia sin dejar de ser realista, siempre que esta noción permanezca subordinada a la participación. Pero si la autotrascendencia pasa a regir la inteligencia del sistema, entonces la ontología es absorbida por la antropología.

En la metafísica tomista, la criatura existe porque participa del ser recibido de Dios. De esa recepción provienen su inteligibilidad, su bondad, su orden final y su posibilidad de ser conocida. El dinamismo del sujeto es un aspecto secundario respecto de este fundamento. En el rahnerianismo, en cambio, la forma bajo la cual comparece la criatura es la del sujeto abierto ilimitadamente al misterio. El eje no es ya primero “lo que la criatura es por participación”, sino “cómo la criatura se trasciende hacia el misterio”. Y este desplazamiento no es menor. Porque donde manda la autotrascendencia, la criatura aparece menos como ente participado y más como polo de una estructura interior de apertura.

El peligro de este giro es doble. Primero, se debilita la dependencia ontológica estricta respecto del Ipsum Esse. Segundo, la gracia se vuelve más fácilmente pensable como cumplimiento de una estructura interior que como elevación gratuita de un sujeto creado. Así, la participación, que en la metafísica clásica es fundamento, se convierte casi en presupuesto mudo; mientras que la autotrascendencia, que debería ser efecto secundario del orden del ser, se vuelve principio manifiesto.

Ad obiecta

A la primera digo que el uso de lenguaje teocéntrico no basta si el orden del saber ha sido desplazado. Puede hablarse mucho de Dios y, sin embargo, hablar de Él desde una arquitectura antropocéntrica.

A la segunda digo que la autotrascendencia puede ser legítima sólo si es derivada del ser participado. Mas cuando ella ocupa el lugar de principio manifestativo del sistema, ya no sirve a la participación, sino que la eclipsa.

 

Articulus III

Si el giro rahneriano implique un viraje antropológico de la metafísica

Sed contra

Aquí basta advertir que la literatura sobre Rahner lo interpreta repetidamente bajo la categoría de “transcendental” y de relación estructural entre filosofía y teología, y que incluso sus críticos y defensores discuten el problema de si su obra debe leerse como un todo “fundacional” o no. Ello muestra que el carácter antropológico del punto de partida es real y no un mero recurso polémico.

Respondeo

Respondo que sí. Y lo llamo viraje antropológico no porque Rahner hable del hombre, sino porque habla de todo lo demás desde el hombre como punto de acceso universal. Toda filosofía y teología hablan del hombre de algún modo. La cuestión es si el hombre aparece como ente entre entes, criatura ordenada a Dios y medida por la verdad; o si aparece como lugar originario desde el cual se abre el horizonte mismo del ser, de la revelación y de la gracia. En el primer caso se conserva el orden católico. En el segundo se lo invierte.

Por eso la crítica más exacta al rahnerianismo no es que haya querido responder a la modernidad, sino que lo haya hecho aceptando una premisa moderna decisiva: que el problema radical del saber es el sujeto y sus condiciones de posibilidad. Desde ahí, toda metafísica queda expuesta a presentarse como prolongación de una antropología, y toda teología como explicitación de una estructura humana universal.

 

CAPÍTULO SEGUNDO

De errore epistemologico rahneriano

Articulus I

Si en el rahnerianismo la verdad permanezca como adecuación o sea desplazada hacia una inteligibilidad mediatizada por el sujeto

Objectiones

Objeción primera.

Parece que la verdad como adecuación no se niega. Pues Rahner no sostiene explícitamente que el sujeto “fabrique” la verdad.

Objeción segunda.

Además, el análisis de las condiciones del conocimiento no destruye necesariamente la objetividad, sino que puede servir para explicarla mejor.

Sed contra

Pero contra esto está que la bibliografía especializada sobre Maréchal y Rahner enfatiza la relación con la filosofía crítica, es decir, con el problema de las condiciones de posibilidad del conocimiento objetivo. El desplazamiento metodológico hacia ese problema es un hecho reconocido.

Respondeo

Respondo diciendo que el error epistemológico del rahnerianismo no consiste en afirmar crudamente que la verdad es producto del sujeto. Esa fórmula sería demasiado grosera y Rahner no la suscribiría. Su error es más sutil: consiste en hacer que la objetividad cognoscitiva quede mediada, desde el principio, por una analítica trascendental del sujeto.

En el realismo clásico, la inteligencia se explica desde su orden al ente. El objeto es primero; la inteligencia es potencia proporcionada a la inteligibilidad de lo real; la verdad se consuma cuando el juicio se adecua a la cosa. Es cierto que puede y debe haber reflexión crítica sobre el conocimiento, pero esa reflexión es segunda. No funda el realismo; lo presupone.

En cambio, en el horizonte trascendental moderno, el problema primero ya no es el ente sino la posibilidad del conocimiento objetivo. Y así, la reflexión sobre el sujeto deja de ser secundaria. Se vuelve portal del saber. Cuando Rahner asume este marco, aunque lo module cristianamente, introduce una variación decisiva: el ente ya no aparece con la simplicidad de aquello que mide a la inteligencia, sino como aquello que comparece dentro del horizonte anticipado del espíritu.

Entonces la verdad deja de resplandecer con nitidez como adecuación del intelecto a la realidad. Sigue pudiéndose usar la fórmula clásica, pero bajo ella opera otra lógica: la de una subjetividad cuya apertura trascendental condiciona el modo en que la realidad puede ser conocida. No se fabrica la verdad, ciertamente, pero se condiciona su accesibilidad formal a partir del sujeto. Ésta es la mutación.

Y de aquí nace una ambigüedad fatal acerca de lo inteligible. En Tomás, algo es inteligible porque es ente en acto y posee forma proporcionada al intelecto. En el esquema trascendental, algo es inteligible en la medida en que entra en el horizonte de la anticipación del espíritu. La diferencia parece pequeña, pero es inmensa. En un caso, la realidad mide. En el otro, la realidad conocida aparece ya recortada por la estructura del conocer.

Ad obiecta

A la primera digo que no se necesita afirmar un idealismo explícito para alterar el realismo. Basta con reordenar metódicamente el problema de la verdad desde el sujeto.

A la segunda digo que la crítica del conocimiento puede ser útil sólo si permanece subordinada a la metafísica del ente. Pero si se convierte en portal universal del saber, desplaza ya la primacía del ser.

 

Articulus II

Si la noción de “oyente de la palabra” reordene la teoría del conocimiento teológico

Sed contra

Hearers of the Word se presenta justamente bajo esa figura: el hombre como oyente de la Palabra. No es una caracterización marginal, sino programática.

Respondeo

Respondo que la noción de “oyente de la palabra”, tomada en sí, podría ser ortodoxa si significara simplemente que el hombre, en cuanto criatura racional, puede recibir una revelación divina. Pero en Rahner la expresión tiene más densidad. No designa sólo una capacidad obediencial de recepción, sino una estructura trascendental del sujeto por la cual éste se halla ya constituido hacia el oír posible de Dios.

Y aquí aparece la dificultad. Porque una cosa es decir: “Dios puede revelar, y el hombre puede escuchar si Dios le habla”. Otra muy distinta es decir: “el hombre es, en su estructura trascendental, oyente de la palabra”. La segunda fórmula tiende a convertir la receptividad sobrenatural en categoría antropológica universal. De ese modo, la posibilidad de la revelación ya no se piensa primariamente desde la libertad soberana de Dios, sino desde la constitución del sujeto humano.

Esto modifica la teoría del conocimiento teológico. Pues la fe ya no comparece simplemente como adhesión a la palabra externa e interna de Dios bajo el auxilio de la gracia, sino como explicitación histórica de una apertura ya siempre presente al misterio. La revelación sigue siendo afirmada, pero su inteligibilidad queda profundamente ligada a la antropología trascendental. Así, el sujeto gana una centralidad que en el orden clásico no tenía.

 

Articulus III

Si el punto de partida trascendental conduzca a una epistemología de tinte protoidealista

Objectiones

Objeción.
Parece que “protoidealista” es término excesivo. Pues Rahner no niega la trascendencia del objeto ni reduce la teología a conciencia de sí.

Respondeo

Respondo que el término debe tomarse con rigor y prudencia. No digo que Rahner sea idealista en el sentido fuerte de un Fichte o de un Hegel. Digo que el punto de partida trascendental introduce una dirección estructural que aproxima el sistema al clima idealista moderno, en cuanto la inteligibilidad objetiva se articula desde la forma de la subjetividad.

La modernidad filosófica no consiste toda en negar el mundo, sino en recolocar el fundamento del conocer. Descartes lo desplaza hacia la certeza del yo; Kant hacia las condiciones trascendentales de la experiencia; el idealismo posterior radicaliza esa tendencia. Rahner no repite ese trayecto de modo lineal, pero lo atraviesa y lo asimila parcialmente. Por eso su sistema puede describirse como católico en terminología, moderno en método y ambiguo en estatuto epistemológico.

En consecuencia, si no se quiere decir “idealismo” sin más, puede decirse al menos que el rahnerianismo vive bajo la presión de un problema idealista nunca plenamente superado: el de pensar lo objetivo desde la estructura del sujeto.

 

CAPÍTULO TERCERO

De errore theologico rahneriano

Articulus I

Si la teología rahneriana conserve a la revelación como principio formal o la subordine a la antropología trascendental

Objectiones

Objeción primera.

Parece que conserva la revelación, pues Foundations of Christian Faith trata de historia de salvación, revelación, Jesucristo, Iglesia y escatología.

Objeción segunda.

Además, hablar de autocomunicación de Dios parecería incluso reforzar la iniciativa divina.

Sed contra

Pero contra esto está que la misma estructura temática de la obra muestra que antes de llegar a los misterios revelados se despliega una extensa analítica del hombre en presencia del misterio absoluto y del hombre como evento de la autocomunicación divina.

Respondeo

Respondo diciendo que la cuestión no es si Rahner habla de revelación, sino desde dónde la hace inteligible. Éste es el punto que divide una teología clásica de una teología antropologizada. En la primera, la revelación es principio formal: Dios ha hablado; desde ahí discurre la teología. En la segunda, la revelación sigue siendo contenido afirmado, pero se vuelve inteligible desde una estructura humana previa.

Rahner pertenece al segundo caso. La revelación no desaparece; es reinterpretada desde la antropología trascendental. El hombre, en cuanto ser de autotrascendencia abierto al misterio absoluto, constituye el lugar universal en que la palabra revelada puede ser pensada. Entonces la revelación deja de imponerse como pura alteridad sobrenatural descendente y se deja leer como cumplimiento histórico de una estructura ya dada.

Esto antropologiza la teología en su raíz. No porque el hombre reemplace verbalmente a Dios, sino porque la inteligibilidad teológica se organiza desde la condición del hombre. Así, lo que en Tomás es secundario —la disposición del receptor— se vuelve preliminar y arquitectónico.

Ad obiecta

A la primera digo que una obra puede contener loci dogmáticos ortodoxos y, sin embargo, estar organizada por un principio metodológico impropio. No se juzga aquí el índice por sí solo, sino la función del comienzo.

A la segunda digo que “autocomunicación divina” es expresión compatible con la doctrina católica sólo si se mantiene sin ambigüedad la soberanía gratuita y objetiva del acto revelador. Pero si tal autocomunicación se hace inteligible desde la estructura previa del sujeto, la expresión empieza a operar en clave antropológica.

 

Articulus II

Si el rahnerianismo debilite la distinción entre naturaleza y gracia

Objectiones

Objeción primera.

Parece que no, porque Rahner sigue hablando de gracia y de perdón.

Objeción segunda.

Además, describir al hombre como abierto a Dios no implica que la visión de Dios deje de ser don gratuito.

Sed contra

Pero contra esto está que una parte importante de la discusión teológica moderna ha girado precisamente en torno al deseo natural de ver a Dios y a la frontera entre naturaleza y sobrenaturalidad; y estudios como el de Lawrence Feingold muestran cuán delicado es este punto y cómo ciertas interpretaciones modernas pueden desdibujar la gratuidad estricta del fin sobrenatural.

Respondeo

Respondo diciendo que el rahnerianismo no niega expresamente la gracia, pero sí crea un régimen conceptual en el cual la gracia tiende a ser pensada como cumplimiento de una estructura antropológica universal. Y allí radica el peligro.

En la doctrina clásica, el hombre tiene capacidad obediencial para lo sobrenatural, pero no una exigencia intrínseca de la visión beatífica. La gracia eleva; no simplemente actualiza una estructura que ya contendría formalmente la autocomunicación divina como su realización proporcionada. Hay ordenación a Dios como fin último, pero la participación inmediata en la vida trinitaria excede radicalmente la naturaleza creada.

Ahora bien, cuando el sujeto es descrito como ser de trascendencia ilimitada, siempre ya abierto al misterio absoluto, y cuando la autocomunicación divina es presentada en fuerte continuidad con esa estructura, la distinción formal entre naturaleza y gracia se vuelve menos nítida. La gracia comienza a aparecer menos como elevación absolutamente gratuita y más como consumación de una apertura constitutiva.

No digo que Rahner reduzca sin resto la gracia a naturaleza. Digo que su sistema vuelve poroso el límite. Y cuando esa porosidad se instala en el centro de la teología, se altera la inteligencia católica del orden sobrenatural.

 

Articulus III

Si la categoría de “misterio absoluto” favorezca una disolución de la objetividad cristológica y eclesial.

Objectiones

Objeción.
Parece que no, pues Rahner habla ampliamente de Jesucristo, Iglesia y sacramentos.

Respondeo

Respondo que el problema no es la ausencia material de esos contenidos, sino su estatuto. Cuando la categoría dominante es el “misterio absoluto” tal como comparece a la autotrascendencia del sujeto, existe el riesgo de que Cristo y la Iglesia aparezcan como explicitaciones históricas privilegiadas de un horizonte más universal, y no con toda la densidad de singularidad objetiva que poseen en la fe católica.

Cristo no es simplemente la formulación suprema de una estructura humana abierta a Dios. Es el Verbo encarnado, acontecimiento único, absoluto, irreductible. La Iglesia no es sólo la comunidad donde esa autocomprensión alcanza figura histórica; es cuerpo de Cristo, sacramento universal de salvación, sociedad visible y sobrenatural. Si el horizonte trascendental pasa a regir la inteligencia de ambos, entonces la singularidad objetiva del cristianismo corre el peligro de ser absorbida en una universalidad antropológica previa.

Éste es uno de los puntos por los que algunos críticos han visto en la teología trascendental una tendencia a desdogmatizar sin negar, a relativizar sin destruir, a integrar lo particular en un horizonte tan amplio que la concreción revelada pierde filo.

 

CAPÍTULO CUARTO

De affinitate structurae inter rahnerianismum et lineam modernam protestantico-cartesianam

Articulus I

Si la semejanza con la modernidad protestante deba entenderse como identidad o como afinidad estructural

Respondeo

Respondo que debe entenderse como afinidad estructural, no como identidad material. Sería simplista decir que Rahner “es protestante” sin más. No lo es en sentido confesional. Conserva elementos católicos decisivos que la teología protestante moderna no comparte del mismo modo. Pero sí existe una afinidad de estructura en cuanto el centro de gravedad del discurso religioso se desplaza hacia el sujeto y hacia sus condiciones de recepción del misterio.

La línea moderna que aquí interesa no es unívoca, pero puede describirse así: con Descartes el punto de certeza se traslada al yo pensante; con Kant, la objetividad se reordena desde las condiciones trascendentales del sujeto; con buena parte de la teología protestante moderna, la religión y la fe se interpretan desde la conciencia, la experiencia o la existencia. Rahner no repite servilmente cada etapa, pero entra en ese cauce general cuando asume que la teología debe justificarse desde una analítica previa del sujeto.

Por eso la afinidad con la línea protestante no es sacramental o canónica en primer término, sino metodológica: prioridad del oyente sobre la palabra, del horizonte sobre el ente, de la autocomprensión sobre la objetividad simple del dato.

 

Articulus II

Si el diálogo con la modernidad sea lícito sólo bajo subordinación ontológica

Respondeo

Respondo que sí. La teología puede y debe dialogar con la modernidad, pero sólo bajo una condición: que el ser permanezca primero, que la verdad permanezca como adecuación y que la revelación permanezca como principio formal. En cuanto el diálogo exige invertir ese orden, deja de ser diálogo y se vuelve capitulación metódica.

Aquí conviene distinguir entre uso instrumental de categorías modernas y aceptación de sus premisas constitutivas. Usar ciertos lenguajes, problemas o distinciones no es en sí ilícito. Lo que resulta inadmisible es permitir que la pregunta moderna por el sujeto se convierta en el tribunal universal ante el cual el ser y la revelación deban justificarse.

Y éste es precisamente el punto donde el rahnerianismo, a mi juicio, falla. No porque hable con el hombre moderno, sino porque empieza por él.

 

CAPÍTULO QUINTO

De comparatione cum Ratzinger et aliis auctoribus

 

Articulus I

Si Ratzinger deba colocarse simplemente en la misma línea

Respondeo

Respondo que no. Sería históricamente inexacto y teológicamente tosco colocar a Ratzinger sin más dentro del mismo esquema. Las publicaciones editoriales de Principles of Catholic Theology presentan la obra como “building stones for a fundamental theology” y subrayan temas como la estructura fundamental del cristianismo, la relación con otras formas de cristianismo y la distinción entre teología y magisterio. Esto ya sugiere un centro de gravedad más eclesial y fundamental-teológico que estrictamente trascendental.

Ratzinger dialoga con la modernidad, ciertamente. Pero su método es más bíblico, patrístico, cristológico y eclesial. No organiza la teología principalmente desde una analítica de la autotrascendencia humana, sino desde el acontecimiento de la fe de la Iglesia y la forma histórica de la revelación. Puede compartir con Rahner preocupaciones circunstanciales; no comparte necesariamente el mismo principio arquitectónico.

Por eso, si bien cabe estudiar influencias, tensiones y contactos, no es justo absorber a Ratzinger en el mismo diagnóstico sin matización. La crítica a Rahner gana fuerza precisamente cuando distingue y no cuando mezcla indiscriminadamente.

 

Articulus II

Si la disputa sobre Rahner sea reconocida por la academia y no sólo por controversia confesional

Respondeo

Respondo que sí. Y esto importa mucho. No se trata aquí de una mera reacción devocional, sino de un problema real de la historiografía teológica. Karen Kilby, por ejemplo, en Karl Rahner: Theology and Philosophy, identifica como ejes de interpretación precisamente Spirit in the World, la noción de “transcendental”, Hearer of the Word, el “supernatural existential”, la relación entre filosofía y teología, y la posibilidad de una lectura no fundacionalista de Rahner. Esto prueba que el debate sobre el punto de partida, la función de la filosofía y el estatuto del sistema no es inventado por sus críticos más duros, sino reconocido por especialistas de primer nivel.

 

 

DETERMINATIONES

Determinaciones más rigurosas sobre los errores del rahnerianismo

I. Error ontológico radical

El error ontológico radical del rahnerianismo consiste en que el esse, sin ser negado, es destronado. Ya no reina como acto primero que funda toda intelección, sino como horizonte correlativo de la apertura trascendental del sujeto. En vez de una metafísica del acto se tiene una metafísica de la apertura. En vez de participación como fundamento, autotrascendencia como clave. En vez de analogía del ente que asciende desde lo real, una estructura del sujeto que anticipa ilimitadamente el ser.

II. Error epistemológico radical

El error epistemológico radical consiste en reordenar el conocimiento desde las condiciones de posibilidad del sujeto. La verdad como adecuación no desaparece en la letra, pero queda funcionalmente subordinada a una teoría trascendental del conocer. El ente deja de ser simplemente medida y entra en el horizonte del Vorgriff. Así se instala una ambigüedad: se quiere conservar el realismo, pero se parte de un problema moderno que ya ha desplazado el centro.

III. Error teológico radical

El error teológico radical consiste en antropologizar el principio formal de la teología. La revelación no desaparece, mas es repensada como explicitación histórica del hombre abierto al misterio. La gracia no se niega, mas se presenta en fuerte continuidad con una estructura universal del sujeto. Cristo no es negado, mas puede quedar inteligido desde un horizonte trascendental previo. La Iglesia no es rechazada, mas se expone dentro de una arquitectura donde lo universalmente humano precede a la singularidad objetiva del dato revelado.

 

SENTENTIA FINALIS

Debe, por tanto, concluirse de manera firme:

Primero, que la expresión gnosticismo trascendental es adecuada, si se toma gnosis en sentido formal y analógico. No designa aquí una herejía antigua repetida materialmente, sino una estructura del pensamiento por la cual el acceso al misterio divino se interioriza y se subordina a la mediación originaria del sujeto.

Segundo, que Karl Rahner representa de modo eminente esta estructura, porque sitúa en el umbral de la teología una analítica trascendental del hombre como oyente de la palabra, abierto ilimitadamente al ser y al misterio absoluto.

Tercero, que tal operación introduce un triple desorden: ontológico, por debilitación de la primacía del esse; epistemológico, por desplazamiento de la verdad hacia la mediación trascendental del sujeto; y teológico, por antropologización del principio formal de la revelación.

Cuarto, que este sistema mantiene afinidad estructural con el cauce moderno que va de la subjetividad cartesiana al trascendentalismo kantiano y a ciertas formas de teología religiosa centrada en la conciencia, aunque no deba confundirse materialmente con todas ellas.

Quinto, que su contradicción con la filosofía y teología católica clásica no es principalmente verbal ni biográfica, sino arquitectónica. Pues la tradición agustiniano-tomista afirma: el ser precede al conocer; la verdad mide al intelecto desde la realidad; la gracia eleva gratuitamente; la revelación desciende soberanamente de Dios; la teología razona desde principios revelados. El rahnerianismo, en cambio, comienza por el sujeto y desde él reordena el resto.

Por eso, si se pregunta en una sola proposición qué es el rahnerianismo bajo su razón más formal, respondo: es el esfuerzo por traducir la fe católica al horizonte trascendental moderno, pagado al precio de subordinar la objetividad del ser y de la revelación a la estructura previa del sujeto. Y a ese precio no se lo puede absolver plenamente desde la metafísica católica del esse.

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Ad objectiones principales

Ad primam

A la primera objeción digo que la impropiedad desaparecería si se distinguiese entre gnosis material e histórica, y gnosis formal y analógica. La primera no conviene a Rahner; la segunda sí.

Ad secundam

A la segunda digo que una cosa es analizar al sujeto dentro de un orden objetivo de verdad, y otra hacer del sujeto el portal arquitectónico del sistema. Sólo lo segundo es aquí condenado.

Ad tertiam

A la tercera digo que Maréchal puede haber intentado salvar la metafísica; pero el hecho mismo de asumir el terreno crítico como punto de partida abre ya la posibilidad de una inversión profunda. La intención recta no garantiza la suficiencia del método.

Ad quartam

A la cuarta digo que la complejidad interna de Rahner no destruye el juicio estructural. Más bien lo exige. Precisamente porque no se trata de un mecanicismo simplista, debe analizarse su arquitectura más que sus fórmulas dispersas. Kilby muestra la centralidad de esa discusión.

Ad quintam

A la quinta digo que el hecho de incluir loci clásicos no basta para conservar la teología clásica. También importa desde qué principio se los articula. Y los contenidos de Foundations of Christian Faith muestran que la exposición dogmática está precedida y condicionada por una antropología trascendental.

Ad sextam

A la sexta digo que no todo diálogo con la modernidad es gnóstico. Pero el diálogo deja de ser legítimo cuando las premisas modernas ocupan el lugar del principio teológico. En eso Rahner va más lejos que otros.

Ad septimam

A la séptima digo que defender la posibilidad de la revelación desde el hombre puede ser legítimo sólo mientras no se subordine la revelación al hombre como su condición arquitectónica. Si esto último ocurre, la defensa se vuelve domesticación.

Ad octavam

A la octava digo que la afinidad con la línea protestante-moderna es estructural, no idéntica. Lo que se compara no son todas las doctrinas, sino la inversión del punto de partida.

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Bibliografía

Kilby, K. (2002). Philosophy, theology and foundationalism in the thought of Karl Rahner. Scottish Journal of Theology, 55(2), 127–140.

Kilby, K. (2004). Karl Rahner: Theology and Philosophy. Routledge.

Maréchal, J. (1922–1944). Le point de départ de la métaphysique. Museum Lessianum.

Rahner, K. (1969). Hearers of the Word. Herder and Herder.

Rahner, K. (1978). Foundations of Christian Faith: An Introduction to the Idea of Christianity. Seabury Press; ediciones posteriores Crossroad.

Ratzinger, J. (1987/1989). Principles of Catholic Theology: Building Stones for a Fundamental Theology. Ignatius Press.

Feingold, L. (2010). The Natural Desire to See God According to St. Thomas Aquinas and His Interpreters (2nd ed.). Sapientia Press.

 

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