Adán cromosomico

 Reflexión

La crisis contemporánea no radica propiamente en la ciencia empírica, sino en el empirismo filosófico que ha terminado por sustituir la auténtica racionalidad metafísica. La ciencia, entendida en sentido clásico, describe procesos, relaciones y regularidades observables; el empirismo, en cambio, absolutiza dicho método y pretende convertirlo en criterio único de verdad. Allí se produce la confusión fundamental de nuestra época.

Precisamente por ello, el llamado “cuello de botella genético” o las referencias al “Adán cromosómico” y a la “Eva mitocondrial” no constituyen, por sí mismos, una demostración teológica ni filosófica de la unicidad originaria del hombre en el sentido pleno de la tradición cristiana. Tales categorías pertenecen al orden descriptivo de la biología poblacional y de la genética evolutiva; describen linajes y relaciones genéticas, pero no pueden responder qué es el hombre en cuanto hombre.

La cuestión antropológica fundamental no es simplemente cuándo apareció un organismo biológicamente clasificable como Homo sapiens, sino cuándo existe una criatura racional dotada de alma espiritual, inteligencia y libertad. Esa pregunta no es reducible al laboratorio, porque el acto libre, la intelección universal y la autoconciencia no son magnitudes cuantificables bajo un método puramente experimental. La biología puede describir estructuras orgánicas; no puede, por sí sola, agotar la naturaleza metafísica de la persona.

Por ello resulta insuficiente la interpretación difundida por ciertos divulgadores contemporáneos que reducen el relato de Adán a una simple reelaboración teológica de mitos mesopotámicos durante el exilio babilónico. Esa tesis, heredera del racionalismo histórico-crítico extremo, presupone que el texto sagrado debe ser explicado exclusivamente desde condicionamientos sociológicos o literarios, eliminando de antemano la posibilidad de revelación divina. El problema no es el estudio histórico de los textos —que puede ser legítimo— sino la reducción metodológica que transforma toda teología en mera producción cultural humana.

Lo mismo ocurre con ciertos enfoques del llamado “Jesús histórico”, donde se separa artificialmente al Cristo de la fe del Cristo real, subordinando la tradición doctrinal a reconstrucciones hipotéticas condicionadas por paradigmas académicos cambiantes. De este modo, la teología deja de ser scientia Dei sub ratione revelationis y termina subordinada a presupuestos naturalistas ajenos a su propio objeto formal.

La tradición clásica, especialmente la escolástica y autores como Melchor Cano, ya había advertido el peligro de subordinar la teología a categorías filosóficas incompatibles con la Revelación. La doctrina sagrada posee primacía formal porque su principio no es la opinión humana, sino Dios que revela. La teología, como ciencia humana subordinada, trabaja racionalmente sobre ese dato revelado sin reducirlo a mera construcción histórica.

Por ello, el problema de fondo no es aceptar o rechazar la evolución como teoría científica. La evolución, entendida en sentido estrictamente biológico, constituye un modelo explicativo acerca de cómo los organismos llegan a ser lo que son mediante procesos naturales. Pero incluso si dicho modelo describe correctamente ciertos mecanismos biológicos, permanece incapaz de responder las preguntas metafísicas últimas: por qué existe el ser, cuál es el fundamento de la racionalidad humana, cuál es el fin del hombre y qué significa realmente ser persona.

La ciencia describe procesos; no funda el ser. Explica dinámicas materiales; no agota la inteligibilidad de la realidad. El “cómo” no sustituye al “por qué”. Y precisamente allí comienza la filosofía primera y, más aún, la teología.

En este sentido, el relato bíblico de la creación no debe entenderse como mito en el sentido pagano —esto es, como proyección simbólica de fuerzas naturales o construcciones psicológicas colectivas— sino como revelación teológica acerca del origen, naturaleza y fin del hombre. Los dioses de los mitos son proyecciones humanas; el Dios de la Revelación bíblica es el fundamento trascendente del ser mismo.

La modernidad y la postmodernidad han intentado reducir toda verdad a historicidad, lenguaje, consenso o experiencia empírica. Pero ni el empirismo, ni el historicismo, ni el materialismo pueden explicar plenamente aquello que hace al hombre verdaderamente humano: su apertura al ser, a la verdad, al bien y a Dios.

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