katejon
Reflexión
El análisis de la situación eclesial contemporánea exige situarse en un plano donde la escatología bíblica y la historia reciente de la Iglesia se iluminan mutuamente. No se trata de identificar de manera simplista figuras apocalípticas, sino de examinar dinámicas espirituales y teológicas a la luz del principio paulino del “misterio de la iniquidad” y de la figura del katejon, “el que retiene”, mencionada en la Segunda Carta a los Tesalonicenses. En esta clave interpretativa, la transición entre los pontificados recientes puede ser leída como un momento de tensión entre continuidad doctrinal y apertura a una mutación pastoral que algunos perciben como ruptura.
Desde esta perspectiva, muchos han visto en Benedicto XVI una figura análoga al katejon (ὁ κατέχων): no como un actor político o disciplinar, sino como una presencia teológica que, por su misma existencia, operaba como principio de contención frente a la disolución doctrinal. Su pontificado estuvo marcado por la insistencia en la verdad objetiva de la fe, la centralidad del Logos y la continuidad hermenéutica de la Tradición. Incluso tras su renuncia en 2013, su retiro al monasterio Mater Ecclesiae mantuvo, para muchos, una función simbólica y espiritual de freno. No intervenía, no corregía, no polemizaba; pero su presencia silenciosa representaba una continuidad viva con la teología clásica, la liturgia tradicional y la comprensión metafísica del cristianismo.
Este silencio ha sido interpretado, en clave escatológica, como una forma de “retención pasiva”. La tradición apocalíptica atribuye al número tres años y medio —los 1.260 días del Apocalipsis— un tiempo de prueba, durante el cual el obstáculo que contiene el mal es debilitado o apartado. Sin necesidad de convertir esta simbología en cronología estricta, algunos han observado que el progresivo eclipse público de Benedicto, debido a su fragilidad física, coincidió con la consolidación de un giro pastoral que parecía emanciparse definitivamente de la hermenéutica de la continuidad. Así, el “retener” no desaparece abruptamente, sino que se desvanece, dejando libre el campo para tendencias previamente contenidas.
En este marco se sitúa la crítica al llamado “espíritu del anticristo”, que no implica acusar a una persona concreta, sino identificar una lógica teológica que, según esta lectura, anticipa el tipo de engaño religioso descrito por la escatología cristiana. Este espíritu se manifestaría en la relativización progresiva de la verdad doctrinal, el desplazamiento del eje teológico hacia el antropocentrismo y la subordinación del dogma a la praxis sociopolítica. El punto de inflexión intelectual de esta tendencia suele situarse en el llamado “giro antropológico” asociado a Karl Rahner, cuya propuesta de un “cristianismo anónimo” y de una gracia universalmente presente en la autocomprensión humana ha sido interpretada por sus críticos como una dilución de la Revelación en un humanismo religioso.
Cuando la teología se horizontaliza, el riesgo no es solamente disciplinar, sino metafísico. La fe deja de ser recepción de una verdad revelada para convertirse en experiencia subjetiva; la gracia deja de ser don sobrenatural para identificarse con la conciencia humana; la Iglesia deja de ser sacramento de salvación para transformarse en mediación social. En ese contexto, el error no aparece como negación frontal, sino como desplazamiento progresivo. El anticristo, en la tradición patrística, no se caracteriza ante todo por la persecución violenta, sino por el engaño religioso: una apariencia de bien que desfigura la verdad desde dentro.
Algunos acontecimientos simbólicos del pontificado de Francisco han sido interpretados, desde esta sensibilidad tradicional, como signos de esa mutación. El episodio de la Pachamama durante el Sínodo Amazónico de 2019 fue visto por estos sectores como una introducción de elementos religiosos ambiguos en el espacio sagrado, mientras que la intención oficial se presentó como un gesto cultural y ecológico. De manera similar, los gestos hacia la figura de Lutero, especialmente en el contexto del quinto centenario de la Reforma, fueron interpretados por unos como un paso ecuménico necesario y por otros como una rehabilitación implícita de una ruptura doctrinal histórica. En ambos casos, la controversia no se limita a los hechos, sino a su significado teológico: si se trata de inculturación legítima o de relativización de la verdad.
Desde este ángulo, el contraste entre Benedicto XVI y el pontificado de Francisco se percibe como el paso de una Iglesia centrada en la verdad objetiva a una Iglesia centrada en el acompañamiento subjetivo. La misericordia, desligada de la verdad, corre el riesgo de convertirse en permisividad; la pastoral, separada del dogma, se vuelve pragmatismo; la apertura al mundo, sin criterio doctrinal, deriva en adaptación. En la escatología cristiana, este proceso no se describe como apostasía explícita, sino como engaño religioso: una Iglesia que, conservando su forma externa, pierde progresivamente su función de faro doctrinal.
Así, la figura del katejon aplicada a Benedicto XVI no implica canonizar una interpretación histórica, sino expresar una intuición: que su pontificado representó la última gran afirmación sistemática de la continuidad doctrinal frente a una corriente teológica que tiende a la disolución. Del mismo modo, hablar del “espíritu del anticristo” no significa identificar un enemigo personal, sino señalar una dinámica en la cual la verdad revelada es sustituida por un consenso pastoral cambiante. En esta lectura, el peligro no reside en la persecución externa, sino en la transformación interna: cuando la Iglesia deja de confrontar al mundo y comienza a reflejarlo.
El problema, por tanto, no es meramente disciplinar ni político, sino teológico. La escatología cristiana advierte que el engaño final será religioso, no secular; vendrá con apariencia de misericordia, no de violencia; se presentará como renovación, no como negación. Bajo esta luz, la tensión entre continuidad y ruptura en la Iglesia contemporánea es interpretada por algunos como un momento decisivo: el paso desde la retención del error hacia su libre expansión. Y en esa transición, la figura silenciosa de Benedicto XVI aparece, para esta lectura, como el último signo de una resistencia doctrinal que, una vez debilitada, permitió el avance de una pastoral que corre el riesgo de separar la misericordia de la verdad, comprometiendo así el fin supremo de la Iglesia: custodiar íntegramente la Revelación y conducir las almas hacia la salvación. He ahí el desafío para León XIV.

