La realidad de la medicina pública en el Ecuador

 Opinión 

Hablar de la realidad de la medicina pública en el Ecuador exige ir más allá de la coyuntura, del hospital específico o del conflicto puntual. Lo que hoy viven médicos, enfermeras y demás profesionales de la salud no es un fenómeno reciente ni producto de malas decisiones aisladas, sino la consecuencia acumulada de un modelo de gestión que se arrastra por décadas y que, pese a los cambios de gobierno, reformas legales y discursos de modernización, se ha mantenido esencialmente intacto. Se trata de una forma de organizar el trabajo sanitario que normaliza el desgaste, naturaliza la sobrecarga y convierte la vocación en un sustituto informal de derechos laborales.

El sistema presupuestario del sector público es uno de los pilares silenciosos de este problema. Desde hace más de treinta, incluso cuarenta años, la lógica de ejecución presupuestaria se ha basado en un principio perverso: el presupuesto debe gastarse casi en su totalidad hasta noviembre o diciembre, porque no hacerlo es interpretado como mala ejecución. Quien no gasta “todo” es considerado ineficiente; y quien es considerado ineficiente recibe menos presupuesto al año siguiente, bajo la premisa de que “no lo necesitó”. Este mecanismo, lejos de incentivar una planificación responsable, promueve el gasto apresurado, castiga el ahorro racional y desalienta cualquier intento serio de proyección a mediano o largo plazo.

En salud, esta lógica resulta particularmente dañina. La atención médica no es una cadena de producción industrial ni una oficina administrativa donde las cargas de trabajo pueden preverse con exactitud matemática. La enfermedad no responde al calendario fiscal, los picos epidemiológicos no se alinean con los cierres presupuestarios y el desgaste del personal no se resuelve porque el sistema “cumplió” con ejecutar un porcentaje de gasto. Sin embargo, el modelo presupuestario obliga a las instituciones a pensar en términos contables antes que sanitarios, y a administrar personas como si fueran cifras ajustables.

Este esquema impacta directamente en la organización de las jornadas laborales. En la carrera sanitaria, particularmente en servicios como emergencia, se mantienen jornadas especiales con guardias de veinticuatro horas que, en teoría, reconocen la naturaleza continua de la atención. En la práctica, estas guardias se convierten en espacios de disponibilidad permanente donde los límites entre tiempo de trabajo, tiempo de descanso y tiempo personal se diluyen. Aunque el horario legal pueda constar en un biométrico, la dinámica real del servicio impone extensiones informales de la jornada que no se pagan, no se compensan y no se registran, pero que se exigen como si fueran parte natural del oficio.

La llamada “entrega de guardia” es un ejemplo emblemático. En muchos hospitales se asume como una obligación tácita, aunque no esté claramente regulada ni reconocida como tiempo de trabajo. El profesional que termina su turno se queda más allá de su hora legal para asegurar la continuidad del servicio, no porque exista un acto administrativo que lo ordene, sino porque el sistema ha decidido que ese vacío organizacional debe ser cubierto por la buena voluntad individual. La institución no corrige la planificación de horarios, no ajusta los relevos, no reconoce el tiempo adicional, pero espera que el trabajador absorba el costo.

Esta forma de operar se sostiene, en gran medida, sobre un discurso ético mal utilizado. Se apela constantemente a la vocación, al compromiso con el paciente, a la responsabilidad moral del médico o del personal de salud. Lo que no se dice es que la ética profesional no puede convertirse en una herramienta para justificar trabajo no remunerado, jornadas excesivas o condiciones laborales deficientes. La ética orienta el ejercicio de la medicina, pero no sustituye las obligaciones del empleador ni corrige fallas estructurales de gestión.

La capacitación continua, otro elemento central del discurso institucional, reproduce la misma contradicción. Aunque la Constitución reconoce el derecho y la obligación de la formación permanente, muchas capacitaciones se programan fuera de la jornada reconocida, inmediatamente después de guardias extensas, sin planificación que permita realizarlas dentro del horario laboral. Así, la capacitación deja de ser una política de fortalecimiento institucional y se transforma en una carga adicional, asumida individualmente por trabajadores ya fatigados. El sistema exige actualización constante, pero no crea las condiciones reales para que esta ocurra de manera digna y efectiva.

El tema del descanso durante las guardias prolongadas evidencia aún más la distancia entre la normativa internacional y la práctica local. La medicina moderna reconoce ampliamente que la fatiga prolongada aumenta el riesgo de errores diagnósticos y terapéuticos. Los convenios internacionales sobre seguridad y salud en el trabajo, ratificados por el Ecuador, promueven la prevención del desgaste físico y mental. Sin embargo, en la práctica hospitalaria, el descanso intra-jornada suele tratarse como una concesión informal, sujeta a la “buena voluntad” de la jefatura o a la carga asistencial del momento, en lugar de ser entendido como un componente necesario de la seguridad del paciente y del trabajador.

A esta realidad se suma la precariedad en la provisión de herramientas básicas de trabajo. Instrumentos esenciales para la práctica clínica, como el estetoscopio, frecuentemente son asumidos como responsabilidad personal del profesional, pese a que constituyen medios de trabajo indispensables. La falta de provisión institucional, de espacios seguros de almacenamiento o de casilleros adecuados refuerza la idea de que el trabajador debe suplir con recursos propios las deficiencias del sistema. Esta lógica, normalizada durante años, desplaza costos estructurales hacia individuos que ya enfrentan salarios estancados y escasas oportunidades de recalificación.

Las residencias médicas, concebidas como espacios de descanso para quienes cumplen guardias prolongadas, reflejan también la falta de planificación normativa. La coexistencia de distintos regímenes laborales dentro de un mismo servicio, sin reglas claras sobre el uso de estos espacios, genera conflictos innecesarios entre profesionales que no compiten entre sí, sino que comparten un mismo entorno de precariedad. En lugar de regular y diferenciar de manera técnica las necesidades de cada grupo, la institución opta por soluciones improvisadas que trasladan el problema al nivel interpersonal.

Todo este entramado se sostiene en el tiempo porque no resulta políticamente rentable cambiarlo. Reformar de manera profunda la organización del trabajo sanitario implicaría revisar el modelo presupuestario, reconocer costos reales, invertir en talento humano y aceptar que la salud pública no puede gestionarse con la misma lógica que una oficina administrativa. Implicaría también reconocer que el agotamiento del personal no es un problema individual, sino un síntoma de un sistema que ha aprendido a funcionar al límite, exprimiendo recursos humanos hasta que fallan y luego reemplazándolos sin corregir la causa.

La realidad de la medicina pública en el Ecuador no es, entonces, la suma de casos aislados ni la consecuencia de una generación “menos resistente”. Es el resultado de décadas de normalización de prácticas que contradicen tanto la normativa vigente como el sentido común sanitario. Mientras no se cuestione de fondo este modelo, cualquier mejora será superficial y transitoria. Un sistema que se proclama garante del derecho a la salud no puede seguir ignorando la salud de quienes lo sostienen. Reconocer esta realidad no es un acto de confrontación, sino el primer paso para pensar, finalmente, en un cambio que lleva demasiado tiempo postergado.

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