El Djinn y el mortal
Fábula.
Hace muchos años, cuando los hombres todavía creían que los deseos podían cambiar el mundo, vivía un mortal que encontró una lámpara antigua.
Al frotarla, apareció un djinn envuelto en humo y luz.
—Te concederé tres deseos —dijo el genio—. Pero piensa bien lo que pides, porque las palabras tienen consecuencias.
El mortal meditó largo rato.
—Deseo que todas las enfermedades virales, bacterianas y cancerígenas tengan cura.
El djinn levantó una mano y el deseo se cumplió.
Los médicos descubrieron remedios que antes parecían imposibles. Muchas personas que estaban condenadas a morir recuperaron la salud y millones de familias dejaron de temer enfermedades que durante siglos habían causado sufrimiento.
Pero el genio advirtió:
—Has curado muchas enfermedades, pero no todas las que existen.
El mortal comprendió que incluso los grandes deseos tenían límites.
Después dijo:
—Deseo el fin de todas las guerras.
El djinn volvió a levantar la mano.
Los cañones callaron, los ejércitos abandonaron los campos de batalla y los tratados sustituyeron a las declaraciones de guerra.
Sin embargo, el genio explicó:
—Has terminado con las guerras, pero no has eliminado del corazón humano la ambición, el odio ni la violencia.
El mortal comprendió entonces que la paz necesitaba algo más que silencio entre las armas.
Pasó algún tiempo.
Un día, mientras discutían acerca del poder de los deseos, el mortal dijo:
—Quiero que añadas un electrón a cada átomo del universo.
El djinn interpretó aquellas palabras como una orden.
En un instante, la materia comenzó a alterarse. Los átomos recibieron una carga que no les correspondía, las moléculas perdieron su equilibrio y el universo entero pareció precipitarse hacia el caos.
Pero ocurrió algo inesperado.
La magia se detuvo.
Todo regresó a su estado anterior.
El mortal observó al genio y dijo:
—Yo dije que lo quería. Nunca dije que ése fuera mi tercer deseo.
El djinn guardó silencio.
Había intentado aprovechar la literalidad de las palabras del mortal y había acabado atrapado por esa misma literalidad.
—Tienes razón —admitió finalmente—. Tu tercer deseo sigue intacto.
Desde aquel momento, el genio dejó de buscar trampas en las palabras del hombre.
—Cuando formules tu último deseo —le prometió—, intentaré cumplir lo que realmente quieras, no utilizar tus palabras contra ti.
Entonces el mortal pronunció cuidadosamente:
—Deseo tener el poder de desear y conceder mis propios deseos. Deseo juventud eterna, salud perpetua, una vida que no termine por enfermedad ni envejecimiento, y la capacidad de comprender y modificar la materia y las fuerzas que sostienen el universo.
El djinn cumplió su palabra.
El mortal dejó de envejecer. Las enfermedades ya no podían destruirlo. Aprendió a percibir aquello que antes estaba oculto a los sentidos humanos. Con el tiempo comprendió los átomos, las estrellas, la gravedad y las fuerzas invisibles que mantenían unido el mundo.
Su poder llegó a superar al del propio genio.
Pero entonces surgió en él una pregunta.
—Si puedo concederme cualquier conocimiento —dijo—, ¿podría desear la omnisciencia?
El djinn respondió:
—Puedes aprender más de lo que ningún hombre haya aprendido jamás. Tal vez puedas conocer cuanto una criatura sea capaz de conocer. Pero eso no hará de ti Dios.
—¿Por qué?
—Porque puedes transformar aquello que existe, pero no eres la causa de que exista. Puedes estudiar la creación, recorrerla e incluso modificarla, pero tú mismo recibiste la existencia. Dios, si verdaderamente es Dios, no recibe el ser de nadie.
El mortal permaneció pensativo.
Por primera vez desde que había adquirido su enorme poder, comprendió que había cosas que no podían medirse por la fuerza.
—Entonces soy una anomalía —dijo—. Quizá algo como yo no debería existir.
Pero el djinn negó con la cabeza.
—Ser extraordinario no significa ser un error. El verdadero problema no es cuánto poder tienes, sino qué decides hacer con él.
El mortal miró sus manos.
Podía transformar la materia.
Podía viajar hasta lugares que sus antepasados apenas habían imaginado.
Podía continuar viviendo cuando generaciones enteras hubieran nacido y muerto.
Sin embargo, no deseó convertirse en rey.
No quiso ser adorado.
No quiso gobernar la voluntad de los demás.
En cambio, se volvió hacia el djinn.
—Entonces observemos.
—¿Observemos qué?
—Todo.
El mortal hizo aparecer una mesa pequeña.
El djinn hizo aparecer una cafetera.
Y así comenzó una amistad que duró siglos.
Vieron crecer ciudades.
Contemplaron a los hombres viajar más allá de su mundo.
Aprendieron lenguas nuevas y conservaron el recuerdo de otras que desaparecieron.
Presenciaron errores, descubrimientos, guerras evitadas y reconciliaciones inesperadas.
Muchas veces pudieron intervenir.
Algunas veces lo hicieron.
Otras comprendieron que ayudar consistía precisamente en no hacerlo.
Quinientos años después, un anciano contó aquella historia a un niño.
Cuando terminó, el pequeño preguntó:
—¿Qué ocurrió al final con el mortal y el djinn?
El anciano señaló hacia las estrellas.
—Dicen que todavía siguen observando.
—¿Y después de quinientos años no se aburren?
El anciano sonrió.
—El universo es grande.
—¿Y qué aprendieron?
El hombre miró al niño antes de responder.
—Que conseguir poder es mucho más fácil que aprender cuándo no utilizarlo.
El niño guardó silencio.
En una terraza cercana había una pequeña mesa con dos tazas de café.
Nadie parecía estar sentado allí.
Pero una de las tazas todavía estaba caliente.
Moraleja: Quien posee un gran poder no demuestra su sabiduría usándolo siempre, sino aprendiendo cuándo debe emplearlo y cuándo debe contenerlo.
