De Trinitate
Reflexión
La Trinidad es misterio de unidad y distinción, y toda formulación debe evitar introducir composición o subordinación. En la conversación previa se cometieron errores graves: se habló de que el Hijo “recibe la divinidad” del Padre, se confundió “principio” con “causa” en sentido temporal, y se preguntó qué procede del Espíritu Santo ad intra, como si pudiera originar una cuarta hipóstasis.
La fe de la Iglesia, desde Nicea, afirma que el Hijo es consustancial al Padre. San Atanasio lo declara: “El Hijo es consustancial al Padre, no hecho, sino engendrado” (Oratio contra Arianos, I, 19). Decir que el Hijo recibe la divinidad es caer en subordinacionismo, pues implicaría que hubo un momento en que no era plenamente Dios. Tomás de Aquino lo corrige: “El Hijo no recibe la esencia del Padre como si fuera inferior, sino que la generación es relación eterna” (ST, I, q.42, a.3).
Otro error es confundir principio con causa. En la discusión se habló de “causalidad hipostática”, como si el Padre fuera causa eficiente del Hijo y del Espíritu. Pero en Dios no hay causas temporales. San Gregorio Nacianceno advierte: “No nos atrevamos a hablar de causa en Dios como si fuera temporal, sino de relaciones eternas” (Oratio 31). Por eso la teología latina distingue: principium no es causa, sino relación de origen. Tomás de Aquino responde a Focio en la Mistagogia: “El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio, no como de dos” (ST, I, q.36, a.4). Así se evita el error de pensar en dos fuentes independientes.
La pregunta “¿qué procede del Espíritu Santo?” también es errónea si se formula ad intra. Nada procede del Espíritu Santo dentro de la vida divina, pues no hay cuarta hipóstasis. San Ireneo lo expresa: “El Padre obra todas las cosas por el Hijo en el Espíritu” (Adversus Haereses, IV, 20). Esto significa que el Espíritu Santo participa plenamente en las operaciones ad extra, pero no origina otra persona. Confundir esto lleva a pensar que el Espíritu es incompleto o inferior, lo cual contradice la consustancialidad.
Finalmente, se confundió la recepción de poder en Cristo. La Escritura dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Esta recepción no se refiere a la divinidad del Hijo, sino a su humanidad glorificada. San León Magno lo explica: “Lo que era propio de la naturaleza divina, se comunicó a la naturaleza humana, sin que la divinidad perdiera nada” (Sermón sobre la Natividad). Aplicar esta recepción a la divinidad es un error que introduce subordinación.
En conclusión, los errores de la conversación previa se resumen en tres:
1. Afirmar que el Hijo o el Espíritu “reciben” la divinidad, lo cual implica subordinacionismo.
2. Confundir principio con causa, introduciendo nociones temporales en la eternidad divina.
3. Preguntar qué procede del Espíritu Santo ad intra, lo que llevaría a postular una cuarta hipóstasis.
La teología tomista evita estos errores distinguiendo entre atributos esenciales (comunes a las tres personas) y propiedades relacionales (paternidad, filiación, espiración). La teología palamita, al insistir en el Padre como única causa, corre el riesgo de introducir dependencia ontológica. Ambas tradiciones intentan expresar el misterio, pero es necesario precisar los términos para no caer en contradicciones. Como recuerda San Agustín: “Si comprendes, no es Dios” (Sermón 52).
