Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre

 Análisis

Fundamento metafísico, unión hipostática, kénosis y resurrección gloriosa.

Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος, καὶ ὁ Λόγος ἦν πρὸς τὸν Θεόν, καὶ Θεὸς ἦν ὁ Λόγος

Del Lógos eterno al Verbo encarnado

La discusión acerca de la divinidad, la humanidad, la muerte y la resurrección de Jesucristo debe comenzar por el término con el cual san Juan identifica al sujeto de la Encarnación: Lógos. Antes de preguntar qué cuerpo asumió Cristo, si conservó su divinidad, con qué cuerpo resucitó o de qué modo subsiste corporalmente en la gloria, es necesario determinar quién es aquel de quien se predican todos esos acontecimientos. La cristología no comienza propiamente con el cuerpo de Jesús, ni siquiera con su nacimiento temporal, sino con su identidad eterna: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1).

El sustantivo griego λόγος, lógos, posee una amplitud semántica mayor que la palabra española «verbo» entendida en su sentido meramente gramatical. Puede significar palabra, discurso, razón, sentido, principio inteligible o expresión racional. Benedicto XVI lo sintetizó indicando que Lógos significa «razón», «sentido» y «palabra»: no una razón muda ni una palabra irracional, sino una razón que se expresa y una palabra portadora de sentido. Por ello, cuando san Juan denomina Lógos al Hijo eterno, no lo presenta como un sonido pronunciado por Dios, como una idea transitoria de la mente divina ni como una fuerza cósmica impersonal. Lo presenta como la Palabra personal, racional, creadora y autorreveladora de Dios.

El Lógos joánico integra y lleva a plenitud dos grandes líneas de la revelación veterotestamentaria: la Palabra eficaz de Dios —dabar— y su Sabiduría eterna —okmāh o sophía—. La palabra de Dios no es, en el lenguaje bíblico, una mera información verbal. Es una palabra eficaz que realiza aquello que significa. Dios habla y las cosas comienzan a existir. El salmista declara: «La palabra del Señor hizo el cielo» y añade: «Él lo dijo, y existió; él lo mandó y todo fue creado» (Sal 33,6.9). La Palabra divina no describe pasivamente la realidad: la llama al ser, la ordena y la sostiene.

Junto a esta dimensión creadora aparece la Sabiduría divina, presentada en los libros sapienciales como anterior al orden visible, participante del designio creador y principio de armonía del universo. Proverbios la sitúa «al principio» de las obras divinas (Pr 8,22-31), mientras que el libro de la Sabiduría la denomina «efluvio del poder de Dios», «irradiación de la luz eterna» e «imagen de su bondad» (Sab 7,25-26). Estas personificaciones no constituyen todavía la formulación completa del dogma trinitario, pero preparan el lenguaje mediante el cual el Nuevo Testamento revelará que la Palabra y la Sabiduría de Dios no son abstracciones: subsisten personalmente en el Hijo.

San Juan recoge estas categorías bíblicas y las conduce a una afirmación radicalmente nueva. El Lógos no solo procede de Dios, habla en nombre de Dios o ejecuta las órdenes de Dios. El Lógos «estaba junto a Dios» y «era Dios» (Jn 1,1). De este modo, el prólogo afirma simultáneamente una distinción personal y una identidad de naturaleza. El Verbo está «junto a Dios», de modo que no es personalmente el Padre; pero el Verbo «era Dios», de modo que no pertenece al orden de las criaturas. Es distinto del Padre según la Persona y uno con Él según la divinidad.

Las tres proposiciones iniciales del prólogo deben conservarse inseparablemente. «En el principio existía el Verbo» afirma su preexistencia eterna; «el Verbo estaba junto a Dios» establece su relación personal con el Padre; «el Verbo era Dios» confiesa su naturaleza divina. Si se elimina la primera, el Hijo se convierte en una criatura temporal; si se elimina la segunda, se confunden el Padre y el Hijo; si se elimina la tercera, el Verbo queda reducido a un mediador creado. La fe cristiana mantiene las tres: eternidad, distinción personal y plena divinidad.

La expresión «en el principio» —ν ρχ, en archē— remite deliberadamente al comienzo del Génesis: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1,1). Sin embargo, san Juan introduce una diferencia decisiva. El Génesis comienza con el acto creador; el cuarto Evangelio se remonta a aquello que ya existía cuando comenzó la creación. No dice que en el principio el Verbo fue creado, apareció o comenzó a existir. Dice que «era». Cuando todo lo creado comienza, el Verbo ya existe. Por eso el evangelista añade: «Todo se hizo por medio de Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto se ha hecho» (Jn 1,3). El Verbo no puede formar parte del conjunto de las cosas hechas porque es el principio personal por medio del cual todas ellas fueron hechas.

Esta misma doctrina aparece en la cristología paulina. San Pablo afirma que el Hijo «es imagen del Dios invisible», que «en Él fueron creadas todas las cosas», que «todo fue creado por Él y para Él», que «Él es anterior a todo» y que «todo se mantiene en Él» (Col 1,15-17). La preposición «por» expresa su mediación creadora; la expresión «para Él» indica que también es término y finalidad de la creación; su anterioridad respecto de todas las cosas excluye que pertenezca al orden creado.

Por consiguiente, el Lógos no es simplemente una palabra pronunciada en cierto momento por Dios. Es el Hijo eterno, su perfecta autoexpresión personal, su Sabiduría subsistente y la Razón creadora mediante la cual todo recibe existencia, inteligibilidad, orden y finalidad. El cristianismo no sostiene que en el origen del universo exista una fuerza ciega, una necesidad irracional o un caos absoluto, sino el Lógos: inteligencia, sentido, palabra y comunión personal. La estructura racional de la realidad remite a una Razón creadora que no permanece cerrada sobre sí misma, sino que puede expresarse, revelarse y comunicarse.

No obstante, san Juan introduce una afirmación todavía más desconcertante: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). El que se hace carne no es otro distinto del que era en el principio. El sujeto gramatical, personal y ontológico permanece idéntico. Aquel que «era Dios» es el mismo que «se hizo carne». Por eso la Encarnación no puede interpretarse como la aparición de un hombre posteriormente adoptado por Dios, como la inhabitación especial de Dios en una persona humana autónoma ni como la sustitución temporal de la divinidad por la humanidad. Es el Lógos eterno quien asume personalmente la naturaleza humana.

La palabra «carne» —σάρξ, sárx— no significa que el Verbo asumiera únicamente materia corporal, dejando fuera el alma, la inteligencia o la voluntad humanas. En el lenguaje bíblico, «carne» puede designar al ser humano entero considerado en su condición creada, vulnerable, histórica y mortal. La afirmación «el Verbo se hizo carne» significa, por tanto, que entró realmente en la condición humana. No asumió una apariencia de hombre, no utilizó un cuerpo como vestidura externa y no habitó provisionalmente en una persona previamente existente. Se hizo verdaderamente hombre, con cuerpo, alma racional, inteligencia, voluntad, afectividad y capacidad de sufrir y morir.

Debe precisarse también el sentido del verbo «se hizo». No significa que la naturaleza divina se transformara en naturaleza humana. Una transformación semejante destruiría aquello que pretende explicar: si la divinidad se convirtiera en humanidad, el resultado ya no sería Dios; y si ambas naturalezas se mezclaran para producir una tercera realidad híbrida, Cristo no sería plenamente Dios ni plenamente hombre. La Encarnación no es conversión de una esencia en otra, sino asunción de la naturaleza humana por la Persona divina.

El Catecismo expresa esta distinción afirmando que el Hijo de Dios se hizo verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios. La humanidad de Cristo pertenece realmente al Verbo, pero la divinidad no se reduce ni se altera. El mismo sujeto posee ambas naturalezas: la divina, eternamente; la humana, desde la Encarnación.

En este punto resulta indispensable distinguir entre persona y naturaleza. La naturaleza responde a la pregunta «¿qué es?». La persona responde a la pregunta «¿quién es?». En Jesucristo, la respuesta a la pregunta «¿quién?» es única: el Hijo eterno, el Lógos, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La respuesta a la pregunta «¿qué es?» es doble: verdadero Dios según la naturaleza divina y verdadero hombre según la naturaleza humana.

No existen, por tanto, dos personas en Cristo. No hay un hombre Jesús junto al Verbo divino, unidos por cooperación moral, inspiración religiosa o inhabitación sobrenatural. Tampoco existe una persona humana absorbida posteriormente por Dios. La humanidad de Cristo nunca tuvo un sujeto personal separado del Verbo. Desde el primer instante de su concepción, el «yo» que subsiste, conoce, quiere y actúa mediante esa humanidad es el Hijo eterno.

Esto explica por qué la Persona de Cristo es divina por principio —in principio, en archē— y humana por asunción de la naturaleza. La Persona no se convierte en una persona humana ni adquiere una segunda personalidad. El Verbo continúa siendo personalmente quien siempre fue, pero comienza a existir y obrar también según una naturaleza humana. El término de la unión no es una nueva persona compuesta, sino la única Persona preexistente del Hijo.

La distinción es decisiva para responder a la afirmación de que Cristo habría «dejado su divinidad». La divinidad no es una función, una profesión, una investidura ni un estado externo del que el Verbo pudiera despojarse conservando intacta su identidad. Una persona puede dejar un empleo porque el empleo no constituye su esencia. Puede renunciar a un cargo y seguir siendo el mismo sujeto humano. El Verbo, en cambio, no tiene la divinidad como algo accidentalmente añadido: es Dios por naturaleza.

Si el Verbo dejara de poseer la naturaleza divina, no continuaría siendo el mismo Verbo bajo una modalidad diferente. Habría dejado de ser aquello que esencialmente es. No puede afirmarse simultáneamente que el Verbo dejó de ser Dios y que el mismo Verbo continuó existiendo, porque su identidad personal es inseparable de su filiación eterna y de su naturaleza divina.

La fórmula «el ser no puede dejar de ser» requiere aquí una precisión metafísica. Las criaturas pueden cambiar, comenzar a existir y dejar de existir. También pueden perder cualidades accidentales sin perder su identidad sustancial. Pero ninguna realidad puede perder aquello que constituye su esencia y continuar siendo, bajo el mismo aspecto, exactamente lo que era. La humanidad no puede dejar de ser racional y seguir siendo naturaleza humana; la divinidad no puede dejar de ser eterna, necesaria e inmutable y continuar siendo divinidad.

En Dios esta imposibilidad es absoluta, porque Dios no recibe el ser como las criaturas, sino que es el Ser subsistente. La naturaleza divina no está compuesta de partes separables ni sometida a mutación. El Hijo no puede abandonar su divinidad, del mismo modo que el Padre no puede dejar de ser Dios. La Encarnación introduce una novedad real en la humanidad creada, no una alteración de la esencia divina.

Desde esta perspectiva debe interpretarse la kénosis descrita por san Pablo. Filipenses 2,6-7 afirma que Cristo, «existiendo en forma de Dios», se anonadó a sí mismo «tomando forma de siervo». El texto no dice que dejó de existir en forma de Dios, que entregó su naturaleza divina o que se convirtió ontológicamente en una criatura. Explica el anonadamiento mediante una asunción: «tomando». El Verbo no se vacía por pérdida, sino por donación; no por eliminación de su divinidad, sino por aceptación de nuestra condición.

La kénosis consiste en que quien posee por naturaleza la gloria divina acepta no manifestarla permanentemente bajo la forma visible de majestad. El Hijo entra en la pobreza, la obediencia, la vulnerabilidad, el sufrimiento y la muerte. No exige ser tratado conforme a la gloria que le es debida, sino que toma la condición del siervo. Su humillación es real precisamente porque quien se humilla no es un hombre que carece de gloria, sino el Señor de la gloria que voluntariamente asume la condición humana.

Decir que Cristo «renuncia a su gloria» solo es correcto si se entiende como renuncia a su manifestación ordinaria y al ejercicio visible de las prerrogativas correspondientes a su majestad, no como pérdida de la gloria esencial ni de los atributos divinos. Durante su vida terrena Cristo sigue perdonando pecados, conociendo los corazones, dominando la naturaleza, recibiendo adoración y manifestando en determinados momentos la gloria habitualmente velada. La Transfiguración no le concede una gloria que antes no poseía: hace visible, por un instante, aquella que permanecía oculta bajo la forma del siervo.

San Pablo elimina toda interpretación reductiva al afirmar que en Cristo «habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9). La divinidad no está ausente del cuerpo de Cristo ni suspendida durante su existencia terrena. No habita en Él una fracción del poder divino ni una presencia comparable a la gracia recibida por los santos. Habita «toda la plenitud» y habita «corporalmente». El cuerpo verdadero y la divinidad plena concurren en el único sujeto personal del Verbo.

Por ello, la presencia de Dios en los creyentes no puede equipararse con la Encarnación. Dios habita en el justo por la gracia, pero el justo continúa siendo una persona humana creada. Participa de la vida divina, pero no se convierte en Dios por naturaleza. En Cristo no hay una persona humana que recibe una inhabitación superior a la de los demás: hay una Persona divina que ha asumido una naturaleza humana. Nosotros recibimos la gracia; Cristo es su fuente. Nosotros somos hijos por adopción; Él es el Hijo por naturaleza.

La doctrina cristológica puede así formularse sin contradicción: la Persona es una, las naturalezas son dos; la naturaleza divina no cambia, la naturaleza humana no es absorbida; la humanidad es completa, pero no constituye una segunda persona. La unidad se encuentra en el sujeto; la distinción se conserva en las naturalezas y operaciones.

Esta es la verdad que la Iglesia fue obligada a expresar con creciente precisión frente a interpretaciones incompatibles entre sí. El Concilio de Nicea confesó al Hijo como «Dios verdadero de Dios verdadero», engendrado y no creado, consustancial al Padre. Éfeso defendió la unidad personal del Verbo encarnado. Calcedonia confesó «uno y el mismo Hijo», perfecto en divinidad y perfecto en humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, reconocido en dos naturalezas «sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación».

Las cuatro determinaciones calcedonenses poseen una función lógica precisa. «Sin confusión» impide mezclar divinidad y humanidad; «sin cambio» niega que una naturaleza se transforme en la otra; «sin división» excluye dos sujetos personales; «sin separación» rechaza una unión meramente externa. El mismo Jesucristo es consustancial al Padre según la divinidad y consustancial a nosotros según la humanidad.

La verdadera humanidad de Cristo no queda disminuida por su concepción virginal. El modo sobrenatural de la concepción no determina la integridad de la naturaleza concebida. Cristo no es mitad humano por María y mitad divino por el Espíritu Santo. La divinidad no fue producida en el seno de María, pues el Verbo ya era eternamente Dios. Lo que comenzó a existir en la concepción fue la naturaleza humana completa del Hijo: verdadero cuerpo y verdadera alma racional.

La concepción virginal no debe imaginarse como la sustitución de un padre biológico por el Espíritu Santo. El Espíritu no desempeña una función sexual ni aporta una materia divina que se mezcle con la carne de María. Mediante su poder creador produce en María la humanidad que el Verbo asume como propia. El origen es milagroso; la naturaleza resultante es plenamente humana.

Esta integridad será decisiva también para comprender la muerte y la Resurrección. El que muere en la cruz es el mismo Lógos encarnado. La naturaleza divina no muere, porque es inmortal e impasible; pero la Persona que padece y muere según su humanidad es verdaderamente divina. Por eso san Pablo puede decir que fue crucificado «el Señor de la gloria» (1 Cor 2,8). No murió una persona humana separada de Dios: murió en la carne el Hijo eterno.

La Resurrección tampoco significa que Cristo recupere una divinidad previamente abandonada. El Verbo nunca dejó de ser Dios. Lo que acontece en la Pascua es la glorificación de la naturaleza humana. El mismo cuerpo que nació de María, padeció y fue depositado en el sepulcro resucita incorruptible. La identidad corporal permanece; cambia su estado. No aparece otro cuerpo ni se sustituye la carne por una entidad espiritual inmaterial.

La Resurrección gloriosa constituye, por tanto, la consumación de la Encarnación, no su revocación. El Lógos no abandona la humanidad después de utilizarla como instrumento temporal. La conserva para siempre, ahora liberada de la corrupción, del sufrimiento y de la muerte. Jesucristo continúa siendo verdadero Dios y verdadero hombre.

De aquí se sigue que las preguntas puramente biológicas —por ejemplo, si Cristo necesita oxígeno en el cielo— solo pueden responderse después de distinguir entre naturaleza humana y estado mortal. Necesitar oxígeno para evitar la muerte pertenece al funcionamiento del cuerpo humano corruptible, no a la esencia metafísica de la corporeidad. El cuerpo glorioso sigue siendo verdadero cuerpo humano, pero ya no se encuentra sometido a la muerte ni depende necesariamente de los procesos destinados a impedirla.

El problema de fondo no consiste, por tanto, en decidir si Cristo posee cuerpo, pues el Evangelio afirma explícitamente la realidad corporal del Resucitado. Consiste en reconocer que el cuerpo glorioso no puede ser reducido al estado fisiológico anterior a la Pascua. La Resurrección conserva la identidad somática y transforma radicalmente su condición: «se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; se siembra en debilidad, resucita en poder» (1 Cor 15,42-43).

La cristología debe comenzar y concluir, por ello, en la identidad del Lógos. El mismo que estaba en el principio junto al Padre y era Dios es quien se hizo carne; el mismo que se hizo carne murió realmente; el mismo que murió resucitó corporalmente; y el mismo que resucitó permanece eternamente como Dios verdadero y hombre verdadero. No existe ruptura de sujeto entre preexistencia, Encarnación, vida terrena, muerte, Resurrección y Ascensión.

La doctrina católica no es, en consecuencia, una elaboración filosófica superpuesta tardíamente a un Jesús meramente humano. Las categorías metafísicas y conciliares fueron empleadas para preservar la unidad de las afirmaciones apostólicas: el Verbo era Dios; el Verbo se hizo carne; en Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad; fue crucificado el Señor de la gloria; el Resucitado posee carne y huesos; y el hombre Cristo Jesús permanece como mediador.

La tesis central de esta disertación puede formularse así: Jesucristo es la única Persona eterna del Lógos, consustancial al Padre según la divinidad, que asumió sin mutación una naturaleza humana completa y consustancial a nosotros; vivió y murió verdaderamente según esa humanidad, sin perder jamás su divinidad, y resucitó con el mismo cuerpo, transformado en incorruptible y glorioso. En Él no existen dos personas, ni una naturaleza híbrida, ni una divinidad abandonada, ni una humanidad incompleta o descartada después de la Pascua. Existe uno y el mismo Hijo, vere Deus et vere homo.

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