In quadragesimo anno aetatis meae

 Reflexión

In quadragesimo anno aetatis meae. He llegado a una edad en la que el tiempo ya no se presenta como una promesa ilimitada, sino como una sustancia concreta, mensurable y, por ello mismo, sagrada. Durante la juventud se vive como si los días nacieran de una fuente inagotable; se aplazan las obras, se toleran las dispersiones y se supone que siempre habrá una mañana disponible para corregir lo que hoy se dejó incompleto. A los cuarenta años, en cambio, cada jornada adquiere el peso de una elección. Ya no basta con haber vivido: es necesario preguntarse qué ha sido edificado con la vida recibida, qué merece conservarse, qué debe ser abandonado y qué obra exige todavía ser llevada hasta su término.

No contemplo este año como la entrada resignada en una decadencia, sino como el umbral de una madurez que obliga a ordenar la existencia. No soy ya el hombre que podía imaginarse de muchas maneras sin comprometerse enteramente con ninguna. Lo vivido ha ido reduciendo la multiplicidad de las posibilidades y revelando, bajo ellas, una vocación más precisa. Soy médico, investigador y escritor; pero estas palabras no designan tres ocupaciones separadas. En las tres busco una misma cosa: comprender la realidad, servir a la verdad y preservar al hombre frente a todo aquello que pretende reducirlo a objeto, estadística, expediente o mecanismo.

La medicina me enseñó que el ser humano nunca es una abstracción. El cuerpo enfermo tiene un nombre, una historia, una familia, un miedo y una esperanza. Ningún protocolo, por necesario que sea, puede sustituir el juicio prudencial que reconoce a la persona concreta. He visto cómo la enfermedad despoja al hombre de sus seguridades y lo devuelve a su condición esencial: criatura vulnerable, necesitada de cuidado y dependiente de otros. También he visto cómo las instituciones, concebidas para proteger la vida, pueden degradarse cuando el procedimiento ocupa el lugar de la justicia, cuando el ahorro se confunde con la prudencia o cuando la obediencia administrativa pretende cancelar la responsabilidad moral del médico.

Por eso no puedo entender mi profesión como el cumplimiento silencioso de órdenes. Obedecer no significa abdicar de la conciencia, ni ser fiel a una institución equivale a someterse a cuanto ella disponga. La verdadera fidelidad exige reclamar que la institución sea fiel a su propia razón de existir. Quien trabaja al servicio de la salud no debe contribuir a la ruina del sistema por complacencia, pero tampoco puede aceptar que la crisis sea utilizada para normalizar lo injusto, ocultar la improvisación o trasladar sobre trabajadores y pacientes las consecuencias de decisiones que ellos no tomaron. Hay una forma falsa de paz que consiste en callar; y hay una forma más alta de concordia que comienza por llamar a cada cosa por su nombre.

En estos años he debido aprender que el derecho no es una concesión benigna de la autoridad. Es una medida objetiva de la justicia y, por tanto, un límite para quien gobierna. La ley escrita carecería de dignidad si pudiera ser suspendida indefinidamente mediante excusas administrativas, silencios calculados o respuestas que evitan pronunciarse sobre el fondo. No reclamo privilegios. Reclamo que las palabras obligatorias con las que la comunidad política reconoce la dignidad del trabajador no sean convertidas en fórmulas vacías. Una jornada tiene límites; el tiempo entregado posee valor; la noche, el feriado, el agotamiento y el riesgo no desaparecen porque una oficina omita certificarlos.

Esta lucha me ha revelado algo más profundo que un conflicto laboral. Me ha mostrado la tensión permanente entre la persona y el aparato, entre el derecho vivo y el documento utilizado para eludirlo, entre la autoridad que sirve y el poder que se protege a sí mismo. También me ha obligado a purificar mis propias intenciones. No basta con tener razón; es necesario aprender a expresarla sin odio, sostenerla sin vanidad y defenderla sin convertirse en aquello que se combate. La justicia pierde parte de su nobleza cuando se transforma en resentimiento. El hombre que reclama debe vigilar su corazón para que la herida no se convierta en identidad.

La escritura ha sido mi manera de ordenar estas experiencias. Escribo porque la realidad no se deja poseer de una sola vez. El pensamiento necesita regresar sobre ella, distinguir sus partes, descubrir vínculos y dar forma verbal a aquello que inicialmente sólo se presenta como intuición, dolor o asombro. Escribir es ejercer una forma de medicina sobre la memoria: separar lo vivo de lo corrupto, limpiar la herida, suturar aquello que todavía puede unirse y aceptar que ciertas cicatrices no deben desaparecer, porque constituyen el testimonio de haber sobrevivido.

En mis obras científicas busco precisión; en mis ensayos, coherencia; en mis novelas, totalidad. Pero incluso la fantasía nace en mí de una necesidad metafísica. No imagino mundos para huir de éste, sino para contemplarlo desde una distancia que permita reconocer sus estructuras. Los imperios, las estrellas, los seres antiguos, las guerras del fin de los tiempos y las ciudades suspendidas sobre abismos cósmicos son símbolos de preguntas enteramente humanas: qué es el poder, por qué cae quien se adora a sí mismo, si la libertad puede coexistir con el orden, qué permanece después de la culpa y de qué manera un hombre manchado puede todavía cumplir una misión que lo excede.

Por eso mis personajes no son inocentes figuras de una perfección irreal. El hombre que nunca ha caído puede resultar admirable, pero difícilmente será espejo de quien conoce el peso de su propia historia. Me interesa el personaje que ha pecado, que ha visto sus límites, que ha perdido parte de la imagen que tenía de sí mismo y que, sin embargo, no ha sido abandonado por la Providencia. La vocación no siempre se concede a los intactos. A veces alcanza al hombre después de sus derrotas, cuando ya no puede atribuirse a sí mismo la gloria de la obra.

A los cuarenta años conozco suficientemente mis faltas para no confundirme con el ideal que persigo. Sé que he desperdiciado tiempo, que he permitido que el temor gobierne decisiones que debieron pertenecer a la verdad y que he buscado en ocasiones la aprobación de quienes nunca podrían concederme paz. He experimentado la dificultad de habitar mi propia vida cuando las expectativas familiares, sociales o religiosas parecían exigir una versión de mí mismo más aceptable para los demás. No necesito convertir esa experiencia en acusación perpetua. También quienes hieren actúan muchas veces desde sus propios temores, límites y concepciones incompletas del bien. Comprenderlo no vuelve justo lo injusto, pero impide que el dolor se transforme en odio.

Mi familia constituye el lugar donde la responsabilidad deja de ser teoría. Mantener un hogar, acompañar a quienes envejecen, soportar tensiones, proteger vínculos y permanecer cuando sería más sencillo retirarse son formas silenciosas de sacrificio. No poseen el brillo de las grandes gestas, pero quizá sean el terreno en el que se decide con mayor verdad quién es un hombre. La fidelidad familiar tampoco es esclavitud ni negación de sí. Sólo puede ser virtuosa cuando se ordena al bien de todos y cuando no exige que uno de sus miembros deje de existir para conservar una apariencia de armonía.

Mi fe se encuentra en el centro de estas preguntas. No la concibo como una decoración piadosa colocada sobre una existencia gobernada por otros principios. La fe afirma que la realidad tiene un orden, que la verdad no nace del consenso y que la dignidad del hombre no depende de su utilidad. Afirma también que la Iglesia es más que la suma de las debilidades de sus miembros, aunque tales debilidades puedan oscurecer gravemente su rostro. Amar a la Iglesia no consiste en negar sus crisis, sino en permanecer dentro de ella buscando aquello que ha recibido y que no le pertenece alterar.

La tradición no es para mí una colección de costumbres muertas ni la nostalgia de una época idealizada. Es la transmisión de una vida. Recibir significa reconocer que no comenzamos con nosotros mismos; que nuestra inteligencia, nuestra lengua, nuestra fe y nuestra civilización proceden de generaciones que pensaron, lucharon, erraron, corrigieron y entregaron algo que juzgaron digno de sobrevivirlas. Pero transmitir no es repetir mecánicamente. Quien recibe una herencia tiene el deber de comprenderla, purificarla de sus deformaciones y expresarla de manera inteligible para quienes ya no comparten espontáneamente sus categorías.

De ahí nace mi interés por la Cristiandad, Roma e Hispania. No busco reconstruir arqueológicamente un pasado desaparecido ni imponer sus formas accidentales sobre el presente. Intento rescatar una concepción del orden en la que la autoridad no se confundía necesariamente con arbitrariedad, la obediencia no significaba sumisión absoluta y la unidad no exigía uniformidad. Roma entregó el ius, la ciudadanía y la universalidad política; el cristianismo juzgó y elevó esa herencia al someter el poder a una ley superior. Hispania recibió esa síntesis y la convirtió en una forma histórica propia, destinada más tarde a extenderse por mares que para el antiguo mundo representaban los límites de lo conocido.

La Hispanidad, tal como la comprendo, no es un nacionalismo ampliado ni el dominio sentimental de una nación sobre otras. Tampoco puede reducirse a la lengua, aunque la lengua sea uno de sus vínculos más visibles. Es una comunidad de origen civilizatorio nacida de la romanidad cristiana, articulada por la Monarquía Católica y prolongada en pueblos que, al separarse políticamente, no dejaron por ello de proceder de una matriz común. Su unidad no reclama borrar las patrias actuales, sino reconocer que esas patrias no son extranjeras entre sí en el mismo sentido en que lo son civilizaciones nacidas de fundamentos completamente distintos.

Esta visión no exige encubrir abusos, violencias ni contradicciones. Una tradición que sólo puede sobrevivir mediante la falsificación de su historia ya está muerta. La grandeza auténtica soporta el examen porque distingue entre sus principios y la infidelidad de quienes los traicionaron. Hubo explotación allí donde se proclamó justicia, violencia allí donde se predicó evangelización y arbitrariedad allí donde el derecho debía poner límites. Pero precisamente la existencia de un orden normativo superior permitió denunciar esos males desde el interior de la misma civilización. La conciencia cristiana no impidió todo crimen, pero ofreció el lenguaje con el cual el crimen podía ser juzgado.

A los cuarenta años comprendo también que ninguna civilización se conserva sólo mediante argumentos. Una cultura subsiste porque existen hombres y mujeres capaces de encarnarla en la vida cotidiana. La defensa de la verdad no comienza en las grandes proclamaciones, sino en la exactitud con que se cumple el deber, en la justicia con que se trata al subordinado, en la serenidad con que se contradice al superior, en la fidelidad con que se cuida a un enfermo y en la honestidad con que se escribe una página. Todo proyecto universal se vuelve impostura cuando quien lo proclama descuida las obligaciones concretas que tiene delante.

No ignoro la muerte. La medicina me ha impedido considerarla una metáfora distante. He visto cómo llega sin consultar los planes del hombre, cómo reduce a silencio las disputas que parecían decisivas y cómo revela la fragilidad de cuanto se construye sin fundamento eterno. Pero el cristiano no contempla la muerte como un absurdo definitivo. Cristo, Primogénito de los Mártires y Testigo fiel, penetró en ella y le arrebató la última palabra. Desde entonces, morir no es simplemente desaparecer, aunque siga siendo separación, juicio y misterio.

La sangre de los mártires me recuerda que la verdad no se mide por la capacidad de imponerse. Roma creyó vencer cuando condenó a los cristianos; sin embargo, fueron los condenados quienes conquistaron espiritualmente a Roma. No la conquistaron mediante otra espada, sino mostrando que existía una autoridad ante la cual el César mismo debía inclinarse. La sangre derramada no santificó el sufrimiento por sí mismo; santificó la fidelidad a Cristo dentro del sufrimiento. El mártir no busca la muerte, sino que se niega a comprar la vida al precio de la apostasía.

Esa enseñanza interpela también las formas menores del testimonio. No todo hombre está llamado a entregar la sangre, pero todo cristiano debe decidir qué cosas no puede vender para conservar su comodidad. La verdad puede exigir la pérdida de una posición, una relación, una reputación o una seguridad. No debo magnificar mis conflictos comparándolos con el martirio, pero sí reconocer que pertenecen a la misma pregunta moral: qué estoy dispuesto a sacrificar y qué no tengo derecho a entregar.

En mi cuadragésimo año, no deseo inventar una versión heroica de mí mismo. Quiero alcanzar una vida unificada. Que el médico no contradiga al escritor; que el investigador no separe la evidencia de la conciencia; que el creyente no utilice la fe para ocultarse de la realidad; que el hijo y el hermano no conviertan el deber familiar en resentimiento; que el ciudadano no reclame justicia sólo cuando le favorece; y que el hombre privado no destruya con sus actos aquello que afirma defender en público.

No sé cuántos años me han sido concedidos. Sé, sin embargo, que cuarenta no es solamente una cifra. En la Escritura, el cuarenta señala prueba, purificación y tránsito: los días del diluvio, los años del desierto, la permanencia de Moisés en el monte, el ayuno de Cristo antes de comenzar su ministerio. No pretendo apropiarme de esa simbología como si mi vida poseyera una excepcionalidad profética. La recibo como una medida para examinarme. Cuarenta años son suficientes para haber conocido el desierto; quizá también para comenzar a discernir la tierra hacia la cual se debe caminar.

No deseo que lo que sigue sea una repetición corregida de lo anterior. Quiero que sea cumplimiento. Hay libros que deben terminarse, investigaciones que deben adquirir forma, derechos que deben defenderse y reconciliaciones que no pueden aplazarse indefinidamente. Hay también renuncias necesarias: abandonar la fantasía de agradar a todos, la necesidad de justificar cada aspecto de mi existencia y la costumbre de conceder al juicio ajeno una autoridad que no posee.

He llegado al punto en que debo escoger qué merece sobrevivirme. No puedo determinar cómo seré recordado, pero sí puedo decidir qué clase de obra entregaré. Quisiera que mis textos conservaran algo verdadero cuando ya no pueda explicarlos; que mi ejercicio médico haya aliviado sufrimientos concretos; que mi defensa de la justicia haya abierto una vía, aunque pequeña, para quienes vinieran después; y que quienes compartieron conmigo el hogar puedan decir que, aun con mis límites, no los abandoné.

No aspiro a una perfección sin heridas. Aspiro a una fidelidad que haya atravesado las contradicciones sin pactar definitivamente con ellas. La vida humana no se mide sólo por la ausencia de caída, sino también por la capacidad de levantarse, confesar la verdad y reanudar el camino. El orgullo desea una biografía impecable; la humildad acepta que la gracia trabaja con una materia dañada.

En mi cuadragésimo año, ya no pido ser preservado de toda prueba. Pido no desperdiciarla. No pido que desaparezcan todos mis adversarios, sino no convertirme en esclavo de su existencia. No pido que la verdad triunfe siempre según mis plazos, sino conservar la fortaleza necesaria para servirla cuando el resultado todavía no sea visible. No pido una vida fácil, sino una vida que pueda ser ofrecida.

He recibido una profesión, una familia, una inteligencia, una fe y una lengua. Ninguna de estas cosas me pertenece absolutamente. Son bienes confiados, y toda confianza implica una futura rendición de cuentas. Llegará el día en que ya no podré escribir otra página, formular otra petición, atender otro paciente ni corregir otra obra. Entonces no importará cuánto quise hacer, sino cuánto de aquello que me fue encomendado llegó realmente a ser.

Por eso este año no es sólo conmemoración. Es juicio y principio. Miro hacia atrás sin negar el bien ni absolver el mal; miro hacia delante sin presumir del tiempo. Entre ambos movimientos permanece el presente, único lugar donde la voluntad puede obedecer a la verdad.

He cumplido cuarenta años. No soy todavía quien debería ser, pero ya no ignoro enteramente quién estoy llamado a ser. Y mientras me sea concedido un día más, procuraré que la vida no se disperse en fragmentos inconexos, sino que avance hacia aquella unidad en la cual la inteligencia busca la verdad, la voluntad el bien, la palabra la belleza y el alma a Dios.

Galo Guillermo Alejandro Farfán Cano 

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