Escudriñar la Escritura no es enfrentarla consigo misma
Análisis, reflexión.
Respuesta bíblica, histórica y doctrinal a una lectura fragmentaria del cristianismo
La exhortación a «escudriñar las Escrituras» es legítima y profundamente cristiana, pero pierde su sentido cuando la palabra escudriñar se redefine arbitrariamente como «encontrar la diferencia» y toda diferencia se transforma de inmediato en contradicción. Escudriñar significa investigar con diligencia, examinar el contexto, distinguir los sentidos, comparar los pasajes relacionados y buscar aquello que el autor sagrado quiso afirmar. Cuando Jesucristo remite a las Escrituras, no invita a descomponerlas para desacreditarlas, sino a reconocer que ellas dan testimonio de Él: «Escudriñáis las Escrituras […] y ellas son las que dan testimonio de mí» (Jn 5,39). El examen bíblico serio no consiste, por tanto, en aislar frases, enfrentar autores ni convertir silencios narrativos en negaciones. Exige determinar si dos afirmaciones se refieren al mismo sujeto, en el mismo sentido, bajo las mismas circunstancias y desde la misma perspectiva. Sin estas condiciones puede haber diversidad, complementariedad o desarrollo, pero no contradicción lógica.
El primer error grave del argumento examinado aparece en su interpretación de Juan 7,39: «Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él, pues aún no había Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado». De esta frase se concluye que «no existía el Espíritu Santo» y que solo habría comenzado a existir después de la muerte de Jesús. Esta interpretación no solo contradice la fe trinitaria, sino también el propio Evangelio de san Juan. Antes de llegar a Juan 7,39, el evangelista ya ha narrado que Juan Bautista vio al Espíritu descender sobre Jesús y permanecer sobre Él (Jn 1,32-33); ya ha enseñado que es necesario nacer «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5); ha afirmado que Dios da el Espíritu sin medida (Jn 3,34), y ha puesto en boca de Cristo que «el Espíritu es el que da vida» (Jn 6,63). Es imposible que el mismo evangelista afirme primero la actuación del Espíritu y después pretenda negar su existencia.
La expresión de Juan 7,39 es elíptica y significa que el Espíritu todavía no había sido dado a los creyentes con la plenitud propia de la Nueva Alianza. Por eso numerosas traducciones explicitan correctamente: «todavía no había sido dado el Espíritu». La propia tradición exegética citada por santo Tomás interpreta el pasaje precisamente de este modo: «Aún no había sido dado el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido glorificado», y enseña que la promesa se cumplió después de la resurrección y ascensión de Cristo, particularmente en Pentecostés (Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, I-II, q. 106, a. 4).
La distinción fundamental es la existente entre la vida eterna del Espíritu Santo y su misión temporal en la historia de la salvación. El Espíritu Santo no comenzó a existir en Pentecostés. Es Persona divina, eterna, increada y consustancial al Padre y al Hijo. Lo que comienza después de la glorificación de Cristo no es su existencia, sino una modalidad nueva, pública y universal de su donación a la Iglesia. La misión temporal presupone la existencia eterna de quien es enviado. Del mismo modo, decir que el Hijo fue enviado al mundo no significa que comenzara a existir en Belén, pues el Verbo existía desde la eternidad; significa que asumió la naturaleza humana y entró visiblemente en la historia. Análogamente, la efusión pentecostal no produce al Espíritu Santo, sino que lo comunica a los creyentes como fruto de la Pascua.
El Antiguo Testamento impide igualmente sostener la inexistencia del Espíritu antes de la muerte de Cristo. El Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas desde el comienzo de la creación (Gén 1,2); inspiraba a los profetas; descendía sobre jueces y reyes; David suplicaba: «No retires de mí tu santo Espíritu» (Sal 50,13); Isaías afirmaba que Israel había contristado al Espíritu Santo (Is 63,10), y Joel anunciaba una futura efusión universal: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne» (Jl 3,1). El anuncio de una efusión futura no implica que el Espíritu aún no existiera, sino que todavía no había sido comunicado según aquella abundancia y universalidad prometidas.
La doctrina católica expresa esta distinción con precisión. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son «coesenciales, consustanciales, coeternos y omnipotentes»; además, Juan Bautista fue lleno del Espíritu Santo ya en el seno de su madre, antes de la Encarnación consumada, de la predicación pública de Cristo y, evidentemente, de su muerte (Denzinger, D 420-421). La fe niceno-constantinopolitana confiesa al Espíritu Santo como «Señor y vivificante», adorado y glorificado juntamente con el Padre y el Hijo, y afirma que «habló por los profetas». Si habló por los profetas, no comenzó a existir después del Calvario.
También es inexacto identificar sin más la glorificación de Jesús con el solo hecho de morir. En san Juan, la glorificación constituye una realidad pascual compleja que comprende la pasión, la elevación en la Cruz, la muerte, la resurrección, el retorno al Padre y la comunicación del Espíritu. Cristo anuncia: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» y explica inmediatamente esta glorificación mediante la imagen del grano que cae en tierra y muere para producir fruto (Jn 12,23-24). La muerte pertenece a la glorificación, pero no la agota. La resurrección y la ascensión no son añadidos secundarios, sino la victoria por la que la humanidad de Cristo entra plenamente en la gloria del Padre y el Espíritu es derramado sobre la Iglesia.
A partir de la falsa interpretación de Juan 7,39 se intenta desacreditar la concepción virginal afirmando que «todas las mitologías» narraban la llegada de un dios o de un ángel sobre una mujer. Pero el Evangelio no dice que el ángel Gabriel se uniera a María, se «posara» sobre ella o engendrara físicamente al Hijo. Gabriel es mensajero, no progenitor. El texto afirma: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). La expresión remite al lenguaje bíblico de la presencia de Dios, particularmente a la nube que cubría el tabernáculo (Éx 40,34-35), y no a los relatos paganos de dioses que adoptaban forma corporal para mantener relaciones sexuales con mujeres.
La concepción cristiana no narra la unión carnal de una divinidad masculina con una mujer, sino una acción creadora de Dios por la cual el Verbo eterno asume de María una naturaleza humana verdadera. La Iglesia confiesa que no se encarnaron el Padre ni el Espíritu Santo, sino únicamente el Hijo, quien recibió de la Virgen verdadera carne y alma humana racional, permaneciendo una sola Persona divina (Denzinger, D 422). Las semejanzas superficiales entre relatos religiosos tampoco demuestran copia, dependencia ni falsedad. Para establecer una dependencia literaria habría que probar contacto histórico, transmisión textual, correspondencias específicas, prioridad documental y una estructura común suficientemente singular. Decir simplemente que «todas las mitologías contaban lo mismo» es una generalización sin demostración y una falacia genética: pretende invalidar una afirmación por su supuesto parecido con relatos anteriores, sin examinar su contenido propio ni su verdad histórica.
Otro error evidente aparece en la lectura de Miqueas 5,2. El texto no dice que el Mesías nacería en «Belén, tierra de Efraín», sino: «Pero tú, Belén de Efrata, pequeño para ser contado entre los millares de Judá, de ti me saldrá quien señoreará en Israel» (Miq 5,1 según algunas numeraciones; 5,2 según otras). Efrata y Efraín no son términos intercambiables. Efrata está vinculada a Belén de Judá, mientras que Efraín designa una tribu y un territorio diferente. El propio versículo despeja cualquier duda al mencionar expresamente los millares o clanes de Judá.
La identificación de Efrata con Belén aparece ya en Génesis: «Murió Raquel y fue sepultada en el camino de Efrata, que es Belén» (Gén 35,19). Rut 4,11 une igualmente ambos nombres, y David es presentado como hijo de un efrateo de Belén de Judá (1 Sam 17,12). Es cierto que existía otra población llamada Belén en el territorio de Zabulón (Jos 19,15), pero precisamente por ello Miqueas especifica Belén de Efrata y añade su pertenencia a Judá. La profecía no sitúa el nacimiento en Efraín ni en un lugar distinto del narrado por Mateo y Lucas. La supuesta contradicción nace únicamente de sustituir la palabra Efrata por Efraín.
La comparación entre Mateo 27 y Hechos 1 sobre la muerte de Judas tampoco establece una contradicción necesaria. Mateo relata que Judas, arrepentido de haber entregado sangre inocente, devolvió las treinta monedas, las arrojó en el santuario, salió y se ahorcó; añade que los sumos sacerdotes, considerando ilícito introducir aquel dinero en el tesoro, compraron con él el campo del alfarero (Mt 27,3-10). Hechos afirma que Judas «adquirió un campo con el salario de su iniquidad» y que, cayendo, su cuerpo se abrió (Hch 1,18).
Mateo especifica quién realizó materialmente la compra: los sacerdotes. Hechos atribuye el campo a Judas porque fue comprado con el dinero procedente de su traición y como consecuencia directa de su delito. La Escritura puede atribuir causal o jurídicamente a una persona aquello que otros realizan con sus bienes o en virtud de sus actos. Judas no tuvo que acudir personalmente a celebrar la compraventa: el campo quedó ligado a él porque el precio fue el salario de su iniquidad. De manera semejante, se dice que alguien construyó una casa aunque la obra material la realizaran trabajadores contratados.
Tampoco se excluyen el ahorcamiento y la posterior caída del cuerpo. Mateo describe el acto por el que Judas se dio muerte; Hechos puede describir el desenlace físico de su cadáver. Mateo no afirma que el cuerpo jamás cayera, y Hechos no afirma que Judas no se hubiera ahorcado. Es posible que, al romperse la cuerda, la rama o el punto de suspensión, el cadáver cayera y se abriera. La reconstrucción exacta no puede demostrarse con certeza, pero para refutar la acusación de contradicción basta advertir que los dos relatos no contienen negaciones mutuamente excluyentes. Ambos coinciden en lo esencial: la traición, el dinero inicuo, el campo vinculado a ese dinero, la muerte deshonrosa de Judas y la denominación «Campo de Sangre».
La observación de que Judas arrojó las monedas en un «templo» y no en una «iglesia» es igualmente irrelevante. Judas se encontraba en Jerusalén, antes de Pentecostés, y el relato se refiere al santuario judío. Nadie afirma que arrojara las monedas en un edificio cristiano. El término griego naós designa un santuario y puede aplicarse tanto al templo del Dios verdadero como a un santuario pagano, según el contexto. Una palabra no queda esencialmente contaminada porque también sea utilizada en religiones falsas. Los paganos tenían templos, altares, sacrificios, sacerdotes, himnos y oraciones; Israel también los tenía, pero ordenados al culto del Dios verdadero. La identidad material de ciertos términos no implica identidad doctrinal o religiosa.
La referencia a 2 Samuel 12 contiene una deformación aún más grave, pues se afirma que Jesús «mata a un niño de un golpe». El texto no narra que Jesús, durante su vida terrena, golpeara a ningún niño. El profeta Natán anuncia a David las consecuencias de su adulterio con Betsabé y del asesinato de Urías; posteriormente, el niño enferma y muere al séptimo día (2 Sam 12,13-18). La narración pertenece al reinado de David, siglos antes de la Encarnación, y no contiene ningún golpe de Cristo ni una escena comparable a «Dejad que los niños vengan a mí» (Mt 19,14).
La dificultad teológica real del pasaje no debe ocultarse: un niño inocente sufre y muere en el contexto del pecado de su padre. Sin embargo, esto no contradice Ezequiel 18,20: «El hijo no cargará con la iniquidad del padre». Ezequiel habla de la imputación de culpa moral. El hijo no se convierte en adúltero o asesino por los pecados de David, ni es presentado como culpable personal de ellos. Otra cuestión son las consecuencias temporales del pecado. En la historia, los actos de una persona afectan frecuentemente a inocentes: las guerras alcanzan a los hijos de quienes las provocan; la violencia destruye familias; la negligencia de los padres perjudica a los niños; las decisiones políticas injustas causan sufrimiento a generaciones que no participaron en ellas. Sufrir las consecuencias de un pecado ajeno no equivale a recibir su culpa moral.
También debe distinguirse entre Dios como Señor y autor de la vida y el hombre como administrador limitado de una vida que no se ha dado a sí mismo. El homicidio humano es injusto porque una criatura se arroga una autoridad que no posee. Dios, en cambio, no contrae deuda de existencia con la criatura y puede llamar a cada persona de esta vida en el tiempo determinado por su providencia. Esto no elimina el misterio doloroso de la muerte infantil, pero impide atribuir a Dios un homicidio en el mismo sentido moral en que se atribuye al hombre.
El discurso incurre después en errores filológicos al afirmar que «Biblia» es una palabra incorrecta y que la colección debería llamarse «Biblias» o «Biblos». En griego, býblos puede significar libro o rollo; biblíon significa igualmente libro, y biblía es el plural neutro: «los libros». La expresión tà biblía designaba «los libros» sagrados. Al pasar al latín tardío, Biblia fue comprendida como un sustantivo femenino singular que designaba la colección unitaria de esos libros. De allí procede el castellano «la Biblia». No hay error gramatical, sino una evolución lingüística perfectamente conocida: una forma originalmente plural llegó a funcionar como singular colectivo. «Biblos» no es el plural correcto, y «Biblias», en castellano, significa varios ejemplares, traducciones o ediciones de la Biblia, no la pluralidad interna de libros que componen una única colección canónica.
La reconstrucción histórica según la cual el catolicismo habría nacido en Betania, entre discípulos de Juan Bautista, y habría sido transformado o patentado en el año 325 tampoco tiene fundamento bíblico ni documental. Juan Bautista no fundó una Iglesia paralela ni presentó su movimiento como culminación definitiva. Declaró que no era el Cristo (Jn 1,20), señaló a Jesús como el Cordero de Dios (Jn 1,29) y afirmó: «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Algunos discípulos de Juan pasaron precisamente a seguir a Jesús. La misión del Bautista era preparar el camino del Mesías, no establecer el catolicismo en Betania.
La Iglesia procede de Cristo: Él llama a los Doce, constituye a Pedro como roca y le confía las llaves del Reino (Mt 16,18-19), celebra con ellos la Nueva Alianza, muere, resucita, comunica el Espíritu Santo y los envía a enseñar y bautizar a todas las naciones (Mt 28,18-20; Jn 20,21-23). La comunidad apostólica se encuentra reunida en Jerusalén y se manifiesta públicamente en Pentecostés (Hch 2). En Antioquía los discípulos reciben por primera vez el nombre de cristianos (Hch 11,26). No existe fuente antigua que sitúe el nacimiento del catolicismo en una asociación fundada por Juan Bautista en Betania.
Tampoco es verdad que la palabra ekklesía fuera inventada o patentada en el año 325. El término existía en griego antes del cristianismo y designaba una asamblea convocada. La traducción griega del Antiguo Testamento lo utilizó para referirse a la asamblea de Israel. Jesucristo mismo declara: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», empleando ekklēsía (Mt 16,18). El término aparece abundantemente en los Hechos y en las cartas apostólicas. La evolución lingüística es transparente: griego ekklēsía, latín ecclesia, castellano medieval eglesia y castellano moderno iglesia. No son instituciones diferentes, sino la misma palabra transmitida a través de distintas lenguas y etapas fonéticas.
La estructura jerárquica tampoco fue introducida por griegos tardíos para reemplazar a los apóstoles. El Nuevo Testamento menciona apóstoles, obispos, presbíteros y diáconos. Apóstolos significa enviado y designa, de manera eminente, a los testigos fundacionales elegidos por Cristo. Epískopos significa supervisor o guardián, no «servidor de dioses». San Pablo dirige su carta «a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos» (Flp 1,1); 1 Timoteo 3 enumera las cualidades requeridas para obispos y diáconos; Pablo manda a Tito establecer presbíteros en cada ciudad (Tit 1,5), y los Hechos narran que se designaban presbíteros en las comunidades (Hch 14,23). Estos ministerios no anularon el apostolado, sino que surgieron de la autoridad apostólica para continuar la enseñanza, el gobierno y la santificación de la Iglesia.
La documentación anterior a Constantino destruye definitivamente la teoría de una jerarquía inventada en Nicea. Denzinger recoge un testimonio del siglo III sobre la absolución concedida por una autoridad episcopal a quienes habían hecho penitencia (D 43); una profesión del año 252 habla expresamente de la «Santísima Iglesia Católica» y de un obispo legítimamente elegido (D 44); otro documento del año 251 menciona, solo en Roma, un obispo, cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos, siete subdiáconos y cuarenta y dos acólitos (D 45). Esto ocurre unas siete décadas antes del Concilio de Nicea.
Nicea tampoco inventó la Eucaristía. Uno de sus cánones ordena que no se prive del viático a quien se encuentre en peligro de muerte y denomina esa práctica «antigua ley canónica» (Denzinger, D 57). Una disciplina calificada ya como antigua en el año 325 no pudo haber sido creada por el propio Concilio. Además, la Eucaristía se encuentra expresamente en los escritos apostólicos. San Pablo, escribiendo décadas antes del final del siglo I, afirma haber recibido del Señor la tradición de la Última Cena: «Esto es mi cuerpo […] este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre» (1 Cor 11,23-26). También enseña que el cáliz es comunión con la sangre de Cristo y el pan comunión con su cuerpo (1 Cor 10,16). El testimonio paulino es anterior en más de dos siglos a Nicea.
La reconciliación sacramental tampoco consiste en que «un hombre perdone por su propio poder a otro hombre». Cristo resucitado sopla sobre los Apóstoles y les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20,22-23). La potestad es de Cristo; el ministro actúa como instrumento y representante suyo. La Iglesia no enseña que el sacerdote sustituya a Dios o posea una fuente autónoma de perdón. Enseña que Cristo quiso comunicar sacramentalmente su perdón por medio de un ministerio visible. El Concilio de Trento declara que, mediante esas palabras, Cristo comunicó a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener pecados (Denzinger, D 894-895).
Finalmente, afirmar que la Iglesia no puede llamarse santa porque entre sus miembros ha habido pecadores, abusos, injusticias y episodios históricos discutibles supone confundir santidad con impecabilidad sociológica. La Iglesia no enseña que todos sus miembros sean impecables, que todas las decisiones de sus autoridades sean prudentes o que cada actuación histórica realizada por católicos sea moralmente perfecta. La Iglesia es santa porque su fundador es santo, su alma es el Espíritu Santo, su doctrina revelada es santa, sus sacramentos comunican la gracia y su finalidad es conducir a los hombres a la santidad. Precisamente porque sus miembros pecan, el Credo confiesa conjuntamente la santa Iglesia Católica y el perdón de los pecados.
Cristo mismo enseñó que en el campo crecerían trigo y cizaña hasta la siega (Mt 13,24-30), que la red recogería peces buenos y malos (Mt 13,47-50) y que dentro de la comunidad sería necesaria la corrección fraterna (Mt 18,15-18). La presencia de pecadores no constituye una refutación de la Iglesia, sino una realidad anunciada por su propio Fundador. La santidad de la Iglesia es objetiva por su origen, sus dones y su misión, aunque sea contradicha subjetivamente por los pecados de algunos miembros.
Esto permite abordar con equilibrio cuestiones como la Inquisición. No es necesario justificar indistintamente cada tribunal, cada procedimiento o cada sentencia para mantener la santidad de la Iglesia. Es preciso distinguir entre doctrina, legislación, contexto histórico, intervención del poder civil, procedimientos concretos, abusos personales, propaganda posterior y datos verificables. Puede haber actuaciones injustas de eclesiásticos sin que la Iglesia deje de ser la Iglesia de Cristo. Judas fue Apóstol y traicionó al Señor; Pedro lo negó; los discípulos discutieron por los primeros puestos; las comunidades apostólicas padecieron divisiones y escándalos. Ninguno de esos pecados anuló la institución apostólica.
La Iglesia es una, santa, católica y apostólica no porque cada uno de sus integrantes realice perfectamente esas notas, sino porque permanece unida a Cristo, conserva el depósito de la fe, administra los medios de santificación y continúa la misión apostólica. La tradición doctrinal reconoce precisamente como notas inseparables de la verdadera Iglesia la unidad, la santidad, la catolicidad y la sucesión apostólica (Denzinger, D 1686-1687). La indefectibilidad tampoco significa ausencia de crisis, pecados o malos pastores. Significa que la Iglesia no dejará de existir como Iglesia de Cristo ni perderá definitivamente la fe, los sacramentos y la misión que recibió.
El discurso examinado no fracasa porque formule preguntas difíciles, pues la fe no teme las preguntas serias, sino porque las responde mediante confusiones constantes: confunde la existencia eterna del Espíritu con su efusión histórica; Efrata con Efraín; diferencia narrativa con contradicción lógica; causalidad con ejecución material; culpa moral con consecuencia temporal; evolución lingüística con falsificación; uso pagano de una palabra con origen pagano de una institución; apostolado con ausencia de jerarquía; ministerio sacramental con usurpación del poder divino; santidad de la Iglesia con impecabilidad de todos sus miembros.
Escudriñar verdaderamente la Escritura exige lo contrario: leer cada pasaje dentro de su contexto, atender al género y al propósito del autor, comparar los textos paralelos, respetar la historia de las palabras, distinguir los órdenes teológicos y recibir el testimonio completo de la Revelación. No se escudriña la Biblia cuando se seleccionan frases para obligarlas a decir lo que el texto entero niega. Se la escudriña cuando el lector está dispuesto a corregir sus propias conclusiones a la luz de la totalidad de la Palabra de Dios, de la fe apostólica y del testimonio histórico de la Iglesia que la recibió, la conservó y la transmitió.

