Quaestio de actione divina
Ensayo, Análisis,
Introducción
Durante el siglo XIV el Imperio Bizantino atravesaba una profunda crisis política, militar y religiosa. En este contexto surgió una de las controversias teológicas más importantes de la historia del cristianismo oriental: la controversia hesicasta. El debate enfrentó principalmente a Gregorio Palamas (1296-1359), monje athonita y posteriormente arzobispo de Tesalónica, con Barlaam de Calabria, intelectual formado en la tradición filosófica greco-latina. La cuestión central giraba en torno a la posibilidad del conocimiento de Dios, la naturaleza de la experiencia mística y la realidad de la deificación (theosis).
Barlaam sostenía que Dios, por ser absolutamente trascendente, no podía ser experimentado directamente por el hombre, mientras que los hesicastas afirmaban que los santos podían participar realmente de la vida divina y contemplar la misma luz increada manifestada en la Transfiguración del Señor en el monte Tabor. En defensa de esta tradición espiritual, Gregorio Palamas elaboró una síntesis teológica que se convertiría posteriormente en uno de los pilares doctrinales de la ortodoxia oriental..
La respuesta palamita se articula alrededor de la conocida distinción entre la esencia divina (ousia) y las energías divinas (energeiai). Según Palamas, la esencia de Dios permanece absolutamente inaccesible e imparticipable, mientras que las energías divinas son increadas, verdaderamente divinas y constituyen el modo por el cual Dios se comunica y se hace participable a las criaturas. Esta doctrina pretendía preservar simultáneamente la trascendencia absoluta de Dios y la realidad objetiva de la deificación cristiana.
Sin embargo, desde la perspectiva de la teología escolástica latina surge una dificultad fundamental. La doctrina católica ha afirmado tradicionalmente que Dios es absolutamente simple. El IV Concilio de Letrán definió la existencia de «una sola esencia, sustancia o naturaleza absolutamente simple» en Dios.
Sobre esta base, Santo Tomás de Aquino desarrolló una metafísica de la simplicidad divina según la cual en Dios no existe composición alguna entre esencia y existencia, naturaleza y operación, sustancia y accidente, potencia y acto. Dios es el Ipsum Esse Subsistens, el Acto Puro, en quien ser, conocer, querer y obrar son realmente idénticos. Toda multiplicidad pertenece a los efectos creados, no al ser divino mismo.
Precisamente en este punto aparece el problema doctrinal que motiva la presente investigación. Si las energías divinas son realmente distintas de la esencia divina y, al mismo tiempo, son increadas, eternas y verdaderamente divinas, surge la cuestión de si tal distinción puede conciliarse con la simplicidad absoluta definida por la doctrina católica. Diversos estudiosos contemporáneos reconocen que el núcleo de la controversia reside precisamente en determinar qué tipo de distinción defendió realmente Palamas y si ésta debe entenderse como una distinción ontológica real o como una distinción conceptual fundada en la realidad.
El objetivo general de este ensayo consiste en determinar la viabilidad doctrinal del sistema palamita a la luz del dogma católico de la simplicidad divina y de la explicación metafísica desarrollada por Santo Tomás de Aquino. Para ello se describirá el contexto histórico de la controversia hesicasta, se expondrán los principales postulados de Gregorio Palamas a partir de sus propias obras, se presentará la doctrina de la simplicidad divina según la tradición católica y ortodoxa, y finalmente se evaluará si la distinción entre esencia y energías implica o no una composición real en Dios.
La hipótesis que guía esta investigación sostiene que, aunque Gregorio Palamas buscó defender legítimamente la trascendencia divina y la realidad de la deificación cristiana, la formulación fuerte de la distinción real entre esencia divina y energías increadas introduce una pluralidad intradivina difícilmente conciliable con la doctrina católica de la simplicidad absoluta. En consecuencia, si las energías son concebidas como realidades increadas realmente distintas de la esencia divina y no identificadas con las Personas trinitarias, el sistema palamita resulta incompatible con la metafísica tomista y con la comprensión católica tradicional de la unidad y simplicidad del ser divino.
I. La controversia Hesicasta, la doctrina de Palamas y la Simplicidad Divina
Gregorio Palamas (1295/1296-1357) fue monje del Monte Athos, posteriormente arzobispo de Tesalónica, y una de las figuras más influyentes de la teología bizantina tardía. Su pensamiento se desarrolló en el contexto de la crisis política y religiosa del Imperio Bizantino durante el siglo XIV, período en el que surgió la denominada controversia hesicasta, considerada por diversos autores como el debate teológico más importante del cristianismo oriental medieval (Chouliaras, 2022, Gregory Palamas: The Hesychast Controversy and the Debate with Islam, DOI: 10.1093/jts/flab134).
La controversia hesicasta tuvo su origen en el enfrentamiento entre Gregorio Palamas y Barlaam de Calabria hacia 1336-1338. Según Russell (2017, The Hesychast Controversy, DOI: 10.1017/9781107300859.030), el problema fundamental era la naturaleza de la comunión entre Dios y el hombre. Mientras Barlaam sostenía que la trascendencia divina impedía una experiencia inmediata de Dios, Palamas defendía que los santos podían participar realmente de la vida divina mediante la gracia y contemplar la luz increada manifestada en la Transfiguración de Cristo.
La respuesta teológica de Palamas quedó formulada principalmente en sus Triadas en defensa de los santos hesicastas (Palamas, 1983, The Triads, ed. John Meyendorff, trad. Nicholas Gendle). Allí sostiene que existe una distinción entre la esencia divina (ousia), absolutamente trascendente e imparticipable, y las energías divinas (energeiai), mediante las cuales Dios se comunica realmente a las criaturas. Según una de sus formulaciones más citadas: "Conocemos a nuestro Dios por sus energías, pero no pretendemos acercarnos a su esencia" (Palamas, 1983, The Triads).
La importancia de esta controversia radica en que el propio Palamas consideró que dicha distinción permitía salvaguardar simultáneamente la trascendencia divina y la realidad de la deificación (theosis). Sin embargo, sus adversarios ya objetaban que tal doctrina podía comprometer la unidad divina. Russell señala que los opositores de Palamas llegaron a acusarlo de introducir una forma de "ditheísmo" al distinguir entre esencia y energías (Russell, 2017, The Hesychast Controversy, DOI: 10.1017/9781107300859.030).
Precisamente aquí surge el problema de investigación del presente ensayo: determinar si la distinción real entre esencia divina y energías increadas propuesta por Gregorio Palamas es compatible con el dogma de la simplicidad divina definido por la tradición católica y desarrollado sistemáticamente por Santo Tomás de Aquino, o si dicha distinción introduce indirectamente una composición real en Dios incompatible con la unidad absoluta del ser divino. Esta cuestión resulta especialmente relevante porque constituye el punto de divergencia metafísica más profundo entre la teología palamita y la teología tomista.
La doctrina de las energías divinas en Gregorio Palamas
La doctrina de las energías divinas constituye el núcleo de la síntesis teológica elaborada por Gregorio Palamas durante la controversia hesicasta del siglo XIV. Su propósito fundamental era explicar cómo puede existir una comunión real entre Dios y el hombre sin comprometer la trascendencia absoluta de la naturaleza divina (Russell, 2017, The Hesychast Controversy, DOI: 10.1017/9781107300859.030).
Según Palamas, Dios posee una esencia (ousia) absolutamente trascendente, imparticipable e incomunicable. Ninguna criatura puede conocer o participar directamente de lo que Dios es en sí mismo. Sin embargo, Dios no permanece encerrado en una trascendencia inaccesible, sino que se comunica realmente mediante sus energías (energeiai), que son eternas, increadas y verdaderamente divinas (Palamas, 1983, The Triads).
La formulación clásica de esta doctrina aparece en las Triadas, donde Palamas afirma: "Conocemos a nuestro Dios por sus energías, pero no pretendemos acercarnos a su esencia" (Palamas, 1983, The Triads, III, 2, 24).
Para Palamas, las energías no son criaturas, accidentes ni simples efectos producidos por Dios. Constituyen la presencia operante de Dios mismo en la creación y son el fundamento de toda participación sobrenatural. Por esta razón, la luz contemplada por los Apóstoles durante la Transfiguración no debe entenderse como una realidad creada, sino como una manifestación de la gloria increada de Dios (Palamas, 1983, The Triads).
La finalidad principal de esta doctrina es salvaguardar la posibilidad de la theosis o deificación. Según Hupalo (2018, Boskie energie i metoda teologiczna w nauczaniu św. Grzegorza Palamasa, DOI: 10.31743/vp.3261), el objetivo inmediato de Palamas era demostrar que el hombre puede participar realmente de la vida divina y llegar a ser semejante a Dios por gracia, aunque nunca por esencia.
La controversia surge porque Palamas no presenta la distinción entre esencia y energías como una mera diferencia conceptual. Russell (2017) señala que el núcleo del debate consistía precisamente en que Palamas afirmaba una distinción entre la esencia imparticipable y las energías participables, mientras sus adversarios consideraban que tal doctrina comprometía la unidad divina y llegaron a acusarlo de ditheísmo.
Por ello, la cuestión decisiva para la teología católica no es si Palamas quiso defender la trascendencia divina o la realidad de la deificación —objetivos compartidos por ambas tradiciones—, sino si la afirmación de energías increadas realmente distintas de la esencia divina puede conciliarse con la simplicidad absoluta de Dios. Esta cuestión constituye el punto central del debate contemporáneo entre la interpretación palamita y la metafísica tomista (Weinandy, 2024, Gregory Palamas, Essence and Energy: Eradicating Falsehood and Establishing Truth, DOI: 10.1111/ijst.12658).
Figura 1. Representación sintética de la doctrina de Gregorio Palamas. La esencia divina (ousia) permanece absolutamente trascendente e imparticipable, mientras que las energías divinas (energeiai) son increadas, eternas y participables. La comunión sobrenatural del hombre con Dios ocurre mediante las energías divinas y constituye el fundamento de la doctrina de la theosis (Palamas, 1983, The Triads; Russell, 2019, Gregory Palamas and the Making of Palamism; Hupalo, 2018, DOI: 10.31743/vp.3261).
El dogma de la simplicidad divina en la tradición cristiana
La simplicidad divina constituye uno de los atributos fundamentales de Dios en la tradición cristiana. Desde los Padres griegos y latinos hasta la escolástica medieval, la doctrina común sostiene que Dios no está compuesto de partes, accidentes o elementos realmente distintos. La simplicidad expresa que Dios es uno, indivisible, inmutable y perfecto, de tal manera que todo cuanto existe en Él es idéntico a su misma realidad divina (Denzinger, 2012, Enchiridion Symbolorum, DS 800).
La tradición patrística oriental defendió igualmente esta verdad. Los Padres Capadocios afirmaron que la esencia divina permanece única, simple e incomprensible, aun cuando Dios se manifieste mediante múltiples operaciones y acciones en el mundo. Basilio de Cesarea sostiene que conocemos a Dios por sus operaciones, pero no pretendemos aproximarnos a su esencia, porque las energías descienden hasta nosotros mientras que la esencia permanece inaccesible (Basilio de Cesarea, Epistula 234). Esta afirmación será posteriormente utilizada por Gregorio Palamas como uno de los fundamentos patrísticos de su doctrina de las energías divinas.
En Occidente, la simplicidad divina alcanzó una formulación dogmática explícita en el IV Concilio de Letrán. El concilio definió que existe:
"Una sola realidad suprema... absolutamente simple" (IV Concilio de Letrán, 1215, Firmiter credimus, DS 800).
Esta definición posee especial importancia porque establece que la simplicidad divina no constituye únicamente una conclusión filosófica, sino una verdad perteneciente al depósito de la fe (Denzinger, 2012, DS 800).
Santo Tomás de Aquino desarrolló esta doctrina con precisión metafísica. En la Summa Theologiae afirma que en Dios no existe composición entre esencia y existencia, materia y forma, sustancia y accidente, potencia y acto (Aquinas, ca. 1265-1274, Summa Theologiae, I, q. 3, aa. 1-8). Dios no posee el ser como una perfección recibida, sino que es el mismo ser subsistente (ipsum esse subsistens). Por ello, en Dios la esencia es idéntica a la existencia, la inteligencia es idéntica a la esencia, la voluntad es idéntica a la esencia y la operación divina es idéntica a la esencia (Aquinas, ca. 1265-1274, Summa Theologiae, I, q. 3; Fabro, 1960, Participazione e causalità).
Cornelio Fabro considera que esta identidad constituye el núcleo de la metafísica tomista. Según él, la simplicidad divina implica que en Dios no existe ninguna perfección añadida al ser divino; todas las perfecciones se identifican realmente con el acto puro de existir (Fabro, 1960, Participazione e causalità). De manera semejante, Garrigou-Lagrange afirma que en Dios "todo es uno donde no obsta la oposición de relación", de modo que las únicas distinciones reales intradivinas son las relaciones trinitarias que constituyen las Personas divinas (Garrigou-Lagrange, 1946, La synthèse thomiste).
Esta doctrina fue reafirmada por el Concilio de Florencia al declarar que en Dios "todo es uno donde no obsta la oposición de relación" (Concilio de Florencia, 1442, Decretum pro Iacobitis, DS 1330). La formulación florentina posee una relevancia decisiva para el presente estudio porque establece el criterio mediante el cual la teología católica evalúa cualquier distinción propuesta en el interior de la realidad divina.
Por consiguiente, tanto la tradición ortodoxa como la católica reconocen la simplicidad divina como una propiedad esencial de Dios. La cuestión controvertida no consiste en si Dios es simple, pues ambas tradiciones lo afirman, sino en determinar si la distinción entre esencia y energías propuesta por Gregorio Palamas puede interpretarse de modo compatible con dicha simplicidad o si introduce una pluralidad real que excede las distinciones personales admitidas por la doctrina trinitaria clásica. Esta cuestión constituye el punto de partida para el análisis crítico de la doctrina palamita.
II. La explicación de la acción divina en la tradición católica y su síntesis tomista
La doctrina católica de la acción divina surge de un principio fundamental compartido por la patrística griega, la patrística latina y la escolástica: Dios es absolutamente simple. La acción de Dios no puede entenderse como una actividad añadida a su naturaleza ni como una realidad distinta de su esencia, porque ello introduciría composición en el ser divino. Por el contrario, Dios obra precisamente porque es Acto Puro, de modo que su obrar es idéntico a su ser.
Esta comprensión hunde sus raíces en la misma revelación bíblica. Cuando Dios se revela a Moisés como "Yo soy el que soy" (Ex 3,14), los Padres de la Iglesia interpretan esta afirmación como indicio de una plenitud de ser que excluye toda limitación y toda composición. San Gregorio Nacianceno sostiene que Dios es "el océano infinito del ser" y que toda denominación humana resulta insuficiente para abarcar su realidad (Gregorio Nacianceno, ca. 380, Oratio 38). Del mismo modo, San Juan Crisóstomo afirma que la naturaleza divina es simple e incomprensible, mientras que las diversas obras divinas manifiestan aspectos de la misma bondad de Dios sin multiplicar su esencia (Juan Crisóstomo, Homiliae in Joannem).
Entre los Padres griegos, San Atanasio de Alejandría insiste en que el Padre obra todas las cosas por medio del Verbo y en el Espíritu Santo, no mediante múltiples acciones separadas, sino mediante una única operación divina inseparable de la Trinidad (Atanasio, ca. 360, Contra Arianos). San Basilio de Cesarea afirma igualmente que la actividad divina se manifiesta de múltiples maneras en la creación, pero procede de una única naturaleza divina (Basilio de Cesarea, ca. 375, De Spiritu Sancto). Incluso cuando distingue entre esencia y operación como modos de conocimiento, jamás presenta la operación como una realidad subsistente distinta de la naturaleza divina.
San Cirilo de Alejandría desarrolla este mismo principio al sostener que toda acción divina procede de la única naturaleza trinitaria y que las operaciones de Dios son inseparables de su esencia. Las criaturas conocen a Dios por sus obras, pero las obras no constituyen una realidad autónoma dentro de Dios (Cirilo de Alejandría, ca. 430, Thesaurus de Sancta et Consubstantiali Trinitate).
La tradición latina expresa esta misma doctrina con un lenguaje cada vez más preciso. San Hilario de Poitiers enseña que Dios es simplicidad absoluta y que en Él no existe distinción entre lo que es y aquello por lo que obra (Hilario de Poitiers, ca. 356, De Trinitate). San Ambrosio afirma que Dios es simple porque carece de toda composición y porque sus perfecciones no son accidentes añadidos a una sustancia previa (Ambrosio, ca. 381, De Fide).
Sin embargo, es San Agustín quien formula el principio que marcará decisivamente toda la tradición occidental. En De Trinitate sostiene que en Dios no existe diferencia real entre sabiduría, poder, bondad y esencia, pues Dios no posee estas perfecciones como cualidades accidentales, sino que es su misma sabiduría, su mismo poder y su misma bondad (Agustín, ca. 419, De Trinitate VII). Esta identidad de esencia y atributos constituye uno de los antecedentes directos de la doctrina tomista de la simplicidad divina.
La formulación dogmática definitiva aparece en el IV Concilio de Letrán, que define a Dios como "una sola realidad suprema… absolutamente simple" (Concilio Lateranense IV, 1215, Firmiter credimus, DS 800). Posteriormente, el Concilio de Florencia establece que en Dios "todo es uno donde no obsta la oposición de relación" (Concilio de Florencia, 1442, Decretum pro Iacobitis, DS 1330). Esta afirmación posee enorme importancia porque limita las distinciones reales intradivinas exclusivamente a las relaciones personales del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Sobre esta base doctrinal, Santo Tomás de Aquino desarrolla la síntesis metafísica más completa de la tradición cristiana. En la Summa Theologiae demuestra que en Dios no existe composición entre esencia y existencia, materia y forma, sustancia y accidente, potencia y acto (Tomás de Aquino, ca. 1265-1274, Summa Theologiae, I, q. 3). Dios no recibe el ser; Dios es el ser mismo subsistente. Por ello, en Él el conocer, el querer y el obrar no son facultades distintas de su esencia, sino idénticos a ella.
Tomás afirma expresamente que la inteligencia divina es la esencia divina, que la voluntad divina es la esencia divina y que la operación divina es la esencia divina (Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, qq. 14, 19 y 25). La multiplicidad que observamos en la creación no corresponde a una multiplicidad de actos en Dios, sino a la diversidad de efectos producidos por una única acción eterna e inmutable.
Cornelio Fabro considera que esta identidad constituye el corazón de la metafísica tomista. Según él, si existiera en Dios una perfección realmente distinta del acto de ser, Dios dejaría de ser Acto Puro y quedaría sujeto a alguna forma de composición metafísica (Fabro, 1960, Participazione e causalità). De manera semejante, Garrigou-Lagrange sostiene que la simplicidad divina implica la identidad real entre esencia, existencia, inteligencia, voluntad y operación, de tal modo que toda multiplicidad intradivina distinta de las relaciones trinitarias comprometería la perfección absoluta del ser divino (Garrigou-Lagrange, 1946, La synthèse thomiste).
Por consiguiente, la tradición católica concluye que Dios produce múltiples efectos —creación, providencia, gracia, santificación y glorificación— mediante una única operación divina idéntica a su esencia. La diversidad pertenece a los efectos creados y no al ser de Dios. Este principio constituirá el criterio fundamental para evaluar posteriormente la compatibilidad de la doctrina palamita de las energías increadas con la simplicidad absoluta de la naturaleza divina.
Figura 2. Representación sintética de la doctrina católica clásica sobre la acción divina. Según la tradición patrística, conciliar y tomista, Dios es absolutamente simple; en Él la esencia, el ser, la inteligencia, la voluntad y la operación se identifican realmente. La única operación divina eterna e inmutable produce múltiples efectos creados sin introducir multiplicidad en el ser divino. La participación sobrenatural del hombre en Dios se realiza mediante la gracia santificante y culmina en la inhabitación trinitaria y la visión beatífica (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q. 3; IV Concilio de Letrán, DS 800; Concilio de Florencia, DS 1330; Fabro, 1960; Garrigou-Lagrange, 1946).
III. La distinción esencia-energías ante el dogma de la simplicidad divina: examen crítico de la controversia palamita
Naturaleza del debate
La controversia entre palamismo y tomismo no versa sobre la posibilidad de la deificación, la trascendencia divina o la realidad de la comunión con Dios. Tanto la tradición ortodoxa como la tradición católica afirman que el hombre está llamado a participar de la vida divina y que Dios trasciende infinitamente toda comprensión creada. Norman Russell sostiene que el problema fundamental de la controversia hesicasta fue determinar la naturaleza de la comunión entre Dios y el hombre y cómo puede explicarse dicha participación sin comprometer la trascendencia divina (Russell, 2017, The Hesychast Controversy, DOI: 10.1017/9781107300859.030).
Por tanto, el objeto de la presente discusión no consiste en determinar si la theosis es verdadera o falsa, sino si la explicación ontológica propuesta por Gregorio Palamas resulta compatible con la doctrina de la simplicidad divina recibida por la tradición católica.
Lo que realmente enseñó Gregorio Palamas
Uno de los errores más frecuentes en la literatura polémica consiste en atribuir a Palamas una división de la divinidad o una multiplicación de entidades divinas. Las fuentes primarias no permiten sostener tal afirmación.
En las Triadas, Palamas distingue entre la esencia divina (ousia) y las energías divinas (energeiai). La esencia divina permanece absolutamente imparticipable, mientras que las energías constituyen el modo por el cual Dios se comunica a las criaturas. La formulación más conocida afirma: "Conocemos a Dios por sus energías, pero no pretendemos acercarnos a su esencia" (Palamas, Triads, III, 2, 24).
El objetivo de esta doctrina es preservar simultáneamente dos principios:
Dios permanece absolutamente trascendente,
El hombre participa realmente de Dios.
Russell resume esta posición afirmando que Palamas defendía una distinción entre la esencia divina, imparticipable, y las energías divinas, participables.
Por tanto, cualquier evaluación crítica debe reconocer que Palamas no pretendía formular una doctrina politeísta ni introducir una segunda divinidad junto a la esencia divina.
El problema interpretativo: Palamas y los neopalamitas
La controversia moderna no gira únicamente en torno a Palamas, sino también en torno a sus intérpretes.
Autores como Vladimir Lossky, John Meyendorff y John Romanides tendieron a presentar la distinción esencia-energías como una distinción objetiva y real. La interpretación dominante en gran parte de la teología ortodoxa contemporánea considera que la distinción no es simplemente conceptual.
Sin embargo, otros investigadores han propuesto lecturas más matizadas. Anna N. Williams, David Bentley Hart, Tollefsen y diversos autores contemporáneos cuestionan que Palamas pretendiera formular una distinción ontológica real en sentido escolástico. Algunos hablan de una distinción conceptual con fundamento real; otros la aproximan a la distinción formal escotista; otros consideran insuficiente la categoría latina de distinctio realis para describir el pensamiento palamita.
Esta diversidad interpretativa posee una importancia decisiva. Si la distinción es meramente conceptual, gran parte de la controversia desaparece. Si es ontológicamente real, surge inmediatamente la cuestión de la simplicidad divina.
La objeción tomista
La crítica tomista no se dirige contra la deificación ni contra la trascendencia divina, sino contra la estructura metafísica de la distinción.
Según Santo Tomás, Dios es Ipsum Esse Subsistens. En Él no existe composición entre esencia y existencia, potencia y acto, naturaleza y operación. La esencia divina es idéntica a la inteligencia divina, a la voluntad divina y a la operación divina (Summa Theologiae, I, q.3; q.14; q.19; q.25).
Fabro considera que esta identidad constituye el núcleo de la metafísica tomista. Si en Dios existiera una perfección realmente distinta del acto de ser, dejaría de existir simplicidad absoluta. Garrigou-Lagrange desarrolla el mismo principio afirmando que toda multiplicidad intradivina distinta de las relaciones personales comprometería la perfección del Acto Puro.
Por ello, el tomista formula la siguiente pregunta: Si las energías son: increadas,eternas, divinas; y además son realmente distintas de la esencia divina, ¿qué son ontológicamente? La dificultad aparece porque toda realidad increada pertenece al orden divino. Si las energías no son esencia divina, ni Personas divinas, ni criaturas, parecen constituir una categoría intradivina adicional.
¿Existe realmente composición en Dios?
Aquí se encuentra el núcleo de la controversia.
Los críticos del palamismo sostienen que una distinción real entre esencia y energías implica necesariamente algún tipo de pluralidad intradivina. Weinandy afirma que la distinción esencia-energías resulta filosófica y teológicamente problemática y considera que no logra resolver adecuadamente la cuestión de la acción divina. (Weinandy, 2024, Gregory Palamas, Essence and Energy: Eradicating Falsehood and Establishing Truth, DOI: 10.1111/ijst.12658).
La objeción se vuelve particularmente fuerte cuando se compara con el principio definido por Florencia: "Todo es uno donde no obsta la oposición de relación" (DS 1330).
Si la única distinción real admitida en Dios es la oposición relacional de las Personas divinas, entonces una distinción real adicional entre esencia y energías parecería exceder el marco tradicional de la simplicidad divina.
No obstante, los defensores del palamismo responden que la distinción no introduce partes ni composición. Palamas mismo insistió en que Dios permanece simple. Algunos autores contemporáneos sostienen que la categoría escolástica de "distinción real" no describe adecuadamente su pensamiento.
Por ello, la controversia continúa abierta.
Evaluación crítica provisional
Desde una perspectiva estrictamente tomista, la formulación fuerte del palamismo genera una tensión real con la simplicidad divina. Si las energías son realmente distintas de la esencia y son increadas, parece surgir una pluralidad intradivina distinta de las relaciones trinitarias. No obstante, la investigación también muestra que no existe consenso absoluto acerca de cómo debe interpretarse exactamente la distinción esencia-energías. Algunos intérpretes consideran que la lectura ontológica fuerte pertenece más al neopalamismo moderno que al propio Palamas. Otros sostienen que dicha lectura expresa fielmente la intención original del arzobispo de Tesalónica.
La evaluación de la compatibilidad entre el palamismo y la simplicidad divina se ve dificultada por la ausencia de consenso entre los propios intérpretes de Gregorio Palamas. Mientras algunos autores ortodoxos contemporáneos sostienen que la distinción esencia-energías constituye una distinción real objetiva, otros consideran que dicha formulación no debe interpretarse según las categorías metafísicas escolásticas occidentales. La literatura reciente reconoce expresamente esta diversidad hermenéutica y admite que la naturaleza exacta de la distinción continúa siendo objeto de debate académico.
Resulta particularmente significativo que algunos estudiosos contemporáneos cuestionen que Palamas haya pretendido introducir una distinción ontológica fuerte entre esencia y energías, mientras otros continúan defendiendo la interpretación tradicional del neopalamismo representada por Lossky y Romanides.
Esta diversidad interpretativa obliga a distinguir cuidadosamente entre las afirmaciones explícitas de Gregorio Palamas, las formulaciones de sus discípulos inmediatos y las reconstrucciones desarrolladas por el neopalamismo contemporáneo. En consecuencia, la crítica tomista debe dirigirse principalmente contra aquellas interpretaciones que atribuyen a las energías increadas una realidad distinta de la esencia divina en sentido ontológico fuerte, pues es precisamente esa formulación la que genera tensión con el principio de simplicidad absoluta definido por el IV Concilio de Letrán y reafirmado por la tradición escolástica.
Por tanto, la cuestión no puede resolverse simplemente afirmando que Palamas enseñó una composición en Dios. Lo que puede afirmarse con seguridad es que la interpretación fuerte de la distinción esencia-energías plantea dificultades serias frente a la doctrina católica de la simplicidad divina, mientras que interpretaciones más moderadas permiten explorar posibles vías de compatibilidad. Éste será precisamente el punto que deberá resolverse en las conclusiones generales del ensayo.
Figura 3. Comparación conceptual entre la doctrina palamita de la distinción esencia-energías y la explicación tomista de la participación sobrenatural en Dios. Ambos sistemas afirman la trascendencia divina, la realidad de la deificación y la posibilidad de una comunión auténtica entre Dios y el hombre. La divergencia principal radica en el estatuto ontológico de las energías divinas: para la tradición palamita constituyen energías increadas participables, mientras que para la tradición tomista toda operación divina es realmente idéntica a la esencia divina. Esta diferencia constituye el núcleo de la controversia sobre la compatibilidad del palamismo con el dogma de la simplicidad divina (Palamas, Triadas III, 2, 24; Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, qq. 3, 14, 19 y 25; Concilio de Florencia, DS 1330; Fabro, Participazione e causalità; Garrigou-Lagrange, La synthèse thomiste).
VI. ¿Implica la distinción esencia–energías una composición real en Dios? Discusión metafísica desde la simplicidad divina
Una vez expuestos los fundamentos históricos de la controversia hesicasta, la doctrina de las energías divinas formulada por Gregorio Palamas y la explicación clásica de la simplicidad divina desarrollada por la tradición patrística, conciliar y tomista, la cuestión central del presente estudio puede formularse con precisión. El problema ya no consiste en determinar si la deificación es una realidad auténticamente cristiana ni si Dios puede comunicarse verdaderamente al hombre, pues ambas tradiciones responden afirmativamente a estas preguntas. Tampoco se trata de decidir si Dios es simple o compuesto, ya que tanto la teología ortodoxa como la católica afirman explícitamente la simplicidad divina. El verdadero punto de divergencia consiste en establecer si la distinción entre esencia y energías propuesta por Gregorio Palamas puede sostenerse sin introducir algún tipo de pluralidad ontológica en Dios incompatible con la simplicidad absoluta definida por la tradición católica.
Esta cuestión no es secundaria. Norman Russell señala que el problema fundamental de la controversia hesicasta fue la naturaleza de la comunión entre Dios y el hombre y la manera en que dicha comunión podía explicarse sin comprometer la trascendencia divina (Russell, 2017, The Hesychast Controversy, DOI: 10.1017/9781107300859.030). Gregorio Palamas consideró que la solución consistía en distinguir entre la esencia divina, absolutamente imparticipable, y las energías divinas, participables e increadas. Gracias a esta distinción, el hombre podría participar realmente de Dios sin acceder jamás a la esencia divina. El sistema palamita pretende así resolver simultáneamente dos exigencias teológicas: preservar la trascendencia absoluta de Dios y garantizar la realidad objetiva de la theosis o deificación.
Sin embargo, precisamente porque Palamas afirma que las energías son increadas, eternas y verdaderamente divinas, surge una dificultad metafísica que no puede ser ignorada. Si las energías son simplemente efectos creados producidos por Dios, el problema desaparece, pero Palamas rechaza expresamente esta interpretación. Si, por el contrario, las energías son Dios mismo en cuanto comunicado a las criaturas, entonces debe explicarse qué relación guardan con la esencia divina. La cuestión fundamental consiste en determinar si dicha relación implica una distinción meramente conceptual, una distinción formal o una distinción real. De la respuesta a esta pregunta depende en gran medida la compatibilidad o incompatibilidad del sistema palamita con la doctrina católica de la simplicidad divina.
La tradición tomista parte de un principio radicalmente distinto. Santo Tomás de Aquino enseña que Dios es Ipsum Esse Subsistens, el ser mismo subsistente. En consecuencia, en Dios no existe composición entre esencia y existencia, potencia y acto, inteligencia y voluntad, naturaleza y operación. La acción divina no constituye una realidad añadida a la esencia divina, sino que es idéntica a ella. Dios no posee una operación; Dios es su propia operación. Del mismo modo, Dios no posee sabiduría, bondad o poder como cualidades distintas de su esencia, sino que es su misma sabiduría, su misma bondad y su mismo poder. Esta identidad absoluta constituye el núcleo de la simplicidad divina tomista (Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 3; q. 14; q. 19; q. 25).
Cornelio Fabro considera que esta doctrina representa la culminación metafísica de la tradición cristiana sobre Dios. Según Fabro, la identidad entre esencia y acto de ser excluye toda composición real en el interior de la realidad divina. Si existiera en Dios una perfección realmente distinta del acto puro de existir, Dios dejaría de ser absolutamente simple y surgiría alguna forma de composición metafísica incompatible con la noción de Acto Puro (Fabro, 1960, Participazione e causalità). Garrigou-Lagrange desarrolla la misma idea afirmando que toda distinción real intradivina debe reducirse a las relaciones trinitarias. Fuera de ellas, introducir nuevas distinciones reales comprometería la simplicidad absoluta de Dios (Garrigou-Lagrange, 1946, La synthèse thomiste).
Es precisamente aquí donde aparece el argumento crítico tradicional. Si las energías son increadas y realmente distintas de la esencia divina, parecería existir en Dios una pluralidad ontológica distinta de las relaciones personales del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El argumento puede formularse de manera sencilla. Todo lo increado pertenece necesariamente al orden divino. Las energías son increadas. Las energías son distintas de la esencia divina. Por consiguiente, existiría en Dios una realidad increada distinta de la esencia divina y distinta también de las Personas divinas. La pregunta que surge inmediatamente es si esta conclusión puede armonizarse con la definición del IV Concilio de Letrán acerca de una naturaleza divina “absolutamente simple” (DS 800) y con la afirmación del Concilio de Florencia según la cual “todo es uno donde no obsta la oposición de relación” (DS 1330).
La fuerza de esta objeción explica por qué algunos críticos latinos llegaron a acusar al palamismo de introducir una forma de pluralidad intradivina. Ya durante la controversia hesicasta, los adversarios de Palamas sostenían que la distinción entre esencia y energías comprometía la unidad divina. Russell observa que algunos opositores llegaron incluso a acusar a Palamas de ditheísmo, precisamente porque entendían que la distinción introducía dos niveles distintos de divinidad. Sin embargo, resulta fundamental reconocer que esta acusación no representa fielmente la intención explícita de Palamas. El arzobispo de Tesalónica insistió reiteradamente en que Dios permanece uno, simple e indivisible. Su intención nunca fue multiplicar la divinidad, sino explicar cómo la gracia y la deificación pueden ser una participación real en Dios sin implicar acceso a la esencia divina.
La discusión contemporánea ha mostrado además que la interpretación de la distinción esencia–energías es mucho más compleja de lo que suponían las polémicas medievales. Thomas Weinandy sostiene que la distinción defendida por Palamas resulta filosófica y teológicamente insostenible porque termina separando el modo en que Dios existe en sí mismo del modo en que actúa respecto de lo que no es Dios. A juicio de Weinandy, la doctrina palamita no logra resolver adecuadamente el problema que intenta abordar y termina introduciendo dificultades mayores que aquellas que pretendía evitar (Weinandy, 2024, Gregory Palamas, Essence and Energy: Eradicating Falsehood and Establishing Truth, DOI: 10.1111/ijst.12658).
No obstante, las respuestas ortodoxas contemporáneas muestran que el debate está lejos de haberse cerrado. Diversos autores sostienen que los críticos occidentales interpretan a Palamas mediante categorías metafísicas que le son ajenas. Según esta línea interpretativa, la distinción esencia–energías no debe entenderse como una separación entre entidades realmente distintas dentro de Dios, sino como una manera de expresar simultáneamente la trascendencia divina y la realidad de la participación sobrenatural. Algunos autores incluso sostienen que la función principal de la distinción es epistemológica antes que ontológica, es decir, pretende explicar cómo puede existir un conocimiento real de Dios sin comprometer su incomprensibilidad esencial.
Esta observación resulta particularmente relevante porque permite comprender por qué la recepción contemporánea del palamismo presenta interpretaciones tan diversas. Mientras Lossky, Romanides y buena parte del neopalamismo insisten en el carácter objetivo y real de la distinción esencia–energías, otros autores consideran que dicha formulación debe interpretarse con mayor cautela. Algunos hablan de una distinción formal; otros, de una distinción conceptual fundada en la realidad; otros rechazan incluso la aplicación de las categorías escolásticas occidentales al pensamiento de Palamas. La consecuencia inmediata es que la compatibilidad entre palamismo y simplicidad divina depende en gran medida del significado exacto atribuido a la palabra “distinción”.
Desde una perspectiva estrictamente tomista, sin embargo, la dificultad permanece. La razón es que la simplicidad divina no constituye únicamente una afirmación negativa según la cual Dios carece de partes. La simplicidad tomista implica una identidad positiva entre ser, esencia, inteligencia, voluntad y operación. En consecuencia, toda distinción real intradivina distinta de las relaciones personales parece introducir necesariamente algún grado de composición metafísica. Si las energías son realmente distintas de la esencia, el tomista preguntará inevitablemente si aquello que distingue a las energías de la esencia pertenece o no a la realidad divina. Si pertenece a ella, surge una pluralidad intradivina; si no pertenece a ella, la distinción pierde realidad ontológica.
La cuestión, por tanto, no consiste en decidir si Palamas fue ortodoxo o heterodoxo, ni en determinar si la tradición oriental posee una auténtica doctrina de la deificación. Ambas cuestiones quedan fuera de discusión. El problema es mucho más preciso y más técnico: determinar si la interpretación fuerte de la distinción esencia–energías puede armonizarse con una doctrina de la simplicidad divina que identifica absolutamente la esencia divina con todas sus perfecciones y operaciones. La investigación realizada hasta este punto permite afirmar que la respuesta depende fundamentalmente del tipo de distinción que se atribuya a Palamas. Si la distinción es entendida como una diferencia ontológica real entre realidades increadas intradivinas, la tensión con la simplicidad divina resulta considerable. Si, por el contrario, se interpreta como una distinción formal, epistemológica o conceptual fundada en la realidad divina, la incompatibilidad disminuye notablemente, aunque permanece abierta la cuestión de si tal interpretación refleja adecuadamente la intención original del propio Gregorio Palamas.
Figura 4. Visión de Dios desde el palamismo y el tomismo. Ambos sistemas afirman la trascendencia divina, la realidad de la gracia y la posibilidad de la deificación. (Palamas, Triadas III, 2, 24; Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.3; DS 800; DS 1330).
Conclusiones
La controversia hesicasta del siglo XIV constituyó uno de los debates teológicos más relevantes de la historia del cristianismo oriental porque obligó a afrontar una cuestión fundamental para toda la teología cristiana: cómo puede el hombre participar verdaderamente de Dios sin comprometer la trascendencia absoluta de la naturaleza divina. El análisis histórico realizado permite concluir que Gregorio Palamas desarrolló su doctrina en un contexto marcado por la confrontación con Barlaam de Calabria y que su intención principal consistió en defender la autenticidad de la experiencia hesicasta, la realidad de la gracia divina y la posibilidad de la deificación (theosis) sin atribuir al hombre un acceso directo a la esencia divina (Palamas, 1983, The Triads; Russell, 2017, The Hesychast Controversy, DOI: 10.1017/9781107300859.030). Desde esta perspectiva, resulta inexacto presentar a Palamas como un autor que pretendiera dividir la divinidad o multiplicar los principios constitutivos de Dios. Su objetivo explícito fue salvaguardar simultáneamente la trascendencia divina y la realidad de la comunión sobrenatural entre Dios y el hombre.
El estudio de los postulados fundamentales del palamismo ha permitido verificar que la doctrina de las energías divinas ocupa una posición central en todo el sistema teológico de Palamas. Según su formulación clásica, la esencia divina permanece absolutamente imparticipable, mientras que las energías divinas son increadas, eternas, verdaderamente divinas y participables por las criaturas racionales. La deificación consiste precisamente en esta participación real en las energías divinas y no en la esencia divina. El análisis de las Triadas muestra que Palamas no concibió las energías como criaturas ni como simples efectos producidos por Dios, sino como una verdadera autocomunicación divina que fundamenta la experiencia mística y la santificación. Esta conclusión confirma que la cuestión decisiva del debate no reside en la realidad de la gracia ni en la posibilidad de la deificación, doctrinas compartidas por Oriente y Occidente, sino en la naturaleza ontológica de las energías divinas y en la relación que mantienen con la esencia divina.
El examen de la doctrina de la simplicidad divina ha mostrado que tanto la tradición patrística oriental como la occidental afirman la simplicidad absoluta de Dios. Los Padres Capadocios, San Atanasio, San Cirilo de Alejandría, San Hilario, San Ambrosio y San Agustín sostienen unánimemente que Dios es uno, indivisible e incomprensible. Sin embargo, la tradición latina desarrolló progresivamente esta afirmación hasta alcanzar una formulación dogmática explícita en el IV Concilio de Letrán, que definió la existencia de una naturaleza divina “absolutamente simple” (DS 800), y en el Concilio de Florencia, que declaró que en Dios “todo es uno donde no obsta la oposición de relación” (DS 1330). Sobre esta base doctrinal, Santo Tomás de Aquino elaboró una metafísica de la simplicidad divina según la cual esencia, existencia, inteligencia, voluntad y operación divina se identifican realmente en el único acto puro de ser. La tradición tomista representada por Cornelio Fabro y Réginald Garrigou-Lagrange considera que esta identidad constituye el núcleo mismo de la doctrina cristiana sobre Dios.
La comparación sistemática entre ambos modelos permite concluir que la verdadera controversia no gira en torno a la deificación, la gracia o la trascendencia divina, sino en torno al significado de la distinción entre esencia y energías. El análisis de la literatura contemporánea demuestra que no existe consenso absoluto acerca de cómo debe interpretarse dicha distinción. Algunos autores ortodoxos contemporáneos, especialmente dentro del neopalamismo representado por Lossky, Romanides y determinados sectores de la teología ortodoxa moderna, sostienen una interpretación fuerte según la cual las energías constituyen una realidad objetiva y realmente distinta de la esencia divina. Otros autores proponen interpretaciones más moderadas, aproximándola a una distinción formal o conceptual fundada en la realidad y cuestionando la aplicabilidad directa de las categorías escolásticas occidentales al pensamiento de Palamas. Esta diversidad hermenéutica constituye uno de los hallazgos más importantes de la investigación porque obliga a distinguir cuidadosamente entre el Palamas histórico y algunas reconstrucciones posteriores de su pensamiento.
Respecto de la primera tesis examinada —la compatibilidad plena entre palamismo y tomismo—, los resultados obtenidos permiten afirmar que dicha posición resulta difícilmente sostenible si la distinción esencia–energías se entiende como una distinción ontológica real entre realidades increadas intradivinas. En efecto, la doctrina tomista sostiene que la operación divina es idéntica a la esencia divina y que toda realidad increada pertenece al único ser simple de Dios. Si las energías son increadas, eternas y distintas de la esencia, surge inevitablemente la cuestión de cuál es su estatuto ontológico. Desde la perspectiva tomista clásica, una pluralidad de realidades increadas distintas de la esencia y de las Personas divinas parece introducir una composición incompatible con la simplicidad absoluta afirmada por Letrán IV y Florencia. En consecuencia, la compatibilidad plena no puede afirmarse sin una profunda reinterpretación de alguno de los dos sistemas.
Respecto de la segunda tesis —la incompatibilidad fuerte—, el estudio tampoco permite concluir simplemente que Gregorio Palamas enseñó una división real en Dios o una forma de pluralidad incompatible con la fe cristiana. Tal afirmación excedería tanto las fuentes primarias como las conclusiones alcanzadas por la investigación contemporánea. Palamas afirmó explícitamente la unidad, simplicidad e indivisibilidad de Dios y rechazó toda interpretación que condujera al politeísmo o al ditheísmo. Además, la diversidad de interpretaciones existentes dentro de la propia tradición ortodoxa demuestra que no existe una única lectura obligatoria del significado ontológico de las energías. Por esta razón, la acusación de que Palamas habría enseñado directamente una composición real en Dios no puede sostenerse de manera concluyente a partir de las fuentes examinadas.
La investigación conduce, por tanto, a una tercera posición, que puede denominarse compatibilidad condicionada o compatibilidad limitada. Según esta interpretación, la posibilidad de armonizar ciertos aspectos del palamismo con la doctrina católica depende enteramente del significado atribuido a la distinción esencia–energías. Si las energías se entienden como realidades ontológicamente distintas de la esencia divina, la tensión con la simplicidad divina resulta considerable y difícilmente conciliable con la metafísica tomista. Si, por el contrario, se interpretan como modos reales de autocomunicación divina, distinciones formales o expresiones de la única operación divina sin introducir una pluralidad ontológica en Dios, la incompatibilidad disminuye notablemente. Sin embargo, permanece abierta la cuestión de si esta interpretación refleja adecuadamente la intención original de Gregorio Palamas o constituye una reinterpretación posterior destinada a facilitar el diálogo entre Oriente y Occidente.
En consecuencia, la hipótesis inicial de este estudio debe ser aceptada de manera matizada. Los resultados obtenidos permiten concluir que la formulación fuerte de la distinción esencia–energías, entendida como una distinción real entre realidades increadas intradivinas, resulta difícilmente conciliable con la doctrina católica de la simplicidad divina y con la metafísica desarrollada por Santo Tomás de Aquino. Sin embargo, no puede afirmarse con igual certeza que ésta haya sido necesariamente la única interpretación posible del pensamiento de Gregorio Palamas. La investigación muestra que una parte significativa de la controversia contemporánea depende de problemas hermenéuticos relacionados con la naturaleza exacta de la distinción palamita. Por ello, más que una condena definitiva del palamismo en cuanto tal, el análisis realizado permite concluir que el verdadero punto de conflicto reside en determinadas interpretaciones ontológicas de la distinción esencia–energías, las cuales parecen incompatibles con el principio católico según el cual en Dios todo es uno donde no obsta la oposición de relación (DS 1330). Esta cuestión continúa constituyendo uno de los principales desafíos para el diálogo teológico entre la tradición ortodoxa y la tradición católica.
Galo Guillermo Farfán Cano,
Escuela de pensamiento Católico Melchor Cano,
Instituto Teológico Encuentra,
Agradecimiento a Diego Medina Borrego (Ortodoxo)
