¿Por qué el realismo agustiniano–tomista sigue siendo decisivo para la teología?

 Análisis

Cuando se discute sobre filosofía y teología, muchas veces el debate se vuelve confuso porque se mezclan autores, escuelas y etiquetas sin identificar el punto de fondo. Pero la cuestión central puede formularse de manera simple: ¿el conocimiento humano debe partir de la realidad misma, o debe partir primero de las estructuras del sujeto que conoce? De la respuesta a esa pregunta depende no solo una teoría del conocimiento, sino también la posibilidad de una teología verdaderamente científica.

El realismo agustiniano–tomista sostiene que la realidad es anterior al pensamiento y que el intelecto humano conoce en la medida en que se adecua a lo que las cosas son. Esto significa que la verdad no es una construcción del sujeto, ni una proyección de su conciencia, ni un efecto de sus categorías internas. La verdad tiene fundamento objetivo porque el ser es previo al conocer. En términos clásicos: el intelecto no crea el ser; lo recibe, lo capta y lo juzga según su conformidad con lo real.

En san Agustín, esta convicción aparece en la afirmación de que la verdad no procede del hombre, sino que lo trasciende y lo mide. El alma no es fuente absoluta de la verdad, sino que participa de ella. Por eso su doctrina de la interioridad no debe confundirse con subjetivismo: entrar en uno mismo, en Agustín, no significa encerrarse en la conciencia, sino reconocer una dependencia radical de la Verdad superior, que es Dios. La iluminación divina no elimina el conocimiento humano, sino que funda su posibilidad última.

Santo Tomás de Aquino desarrolla esa misma orientación con una arquitectura metafísica más precisa. Su doctrina del esse, de la distinción entre esencia y acto de ser, de la participación y de la analogía permite explicar por qué las cosas son inteligibles y por qué el conocimiento humano puede ser objetivo sin ser absoluto. El intelecto conoce porque el ente es inteligible; y conoce de modo finito, porque el ser creado participa del ser sin agotarlo. En Dios, en cambio, no hay composición: Él es el Ser subsistente. Esa primacía del ser divino es lo que permite comprender por qué toda verdad creada remite, en último término, a una fuente trascendente.

Desde esta perspectiva, el problema del giro moderno de inspiración kantiana no es simplemente que “piense distinto”, sino que altera el orden del fundamento. En lugar de preguntar primero qué son las cosas, se pregunta cuáles son las condiciones subjetivas que hacen posible conocerlas. Ese cambio puede parecer metodológicamente útil en algunos ámbitos, pero se vuelve problemático cuando se transforma en criterio universal. Cuando eso ocurre, la objetividad deja de apoyarse en el ser y pasa a depender del sujeto. La metafísica ya no aparece como conocimiento del ente en cuanto ente, sino como algo sospechoso o secundario.

Aquí se entiende mejor la crítica a las corrientes teológicas que adoptan un punto de partida trascendental. Aunque conserven vocabulario cristiano o incluso tomista, el riesgo es desplazar el centro de gravedad de la teología: en vez de partir de Dios que se revela y de una verdad recibida, la reflexión termina organizándose desde la estructura del sujeto religioso. En ese marco, la revelación corre el peligro de convertirse en “explicitación” de una apertura interior, más que en palabra divina objetiva que juzga, corrige y eleva al hombre. La consecuencia no es menor: cambia el estatuto mismo de la teología.

Por eso, la propuesta de un realismo agustiniano–tomista hoy no debe entenderse como nostalgia académica ni como repetición mecánica del pasado. Se trata, más bien, de recuperar un orden de principios sin el cual la teología pierde consistencia: primero el ser, luego la verdad del conocimiento, y finalmente la teología como ciencia que razona desde principios revelados. Este orden —ontológico, epistemológico y teológico— permite evitar tanto el racionalismo (que pretende reducir lo divino a lo que la razón domina) como el fideísmo (que separa la fe de la inteligencia). También evita el subjetivismo, porque la fe no se funda en la autoconciencia, sino en Dios que habla.

Dicho de forma práctica: una propuesta filosófica o teológica será compatible con el realismo agustiniano–tomista si conserva la primacía de la realidad sobre el sujeto, si entiende la verdad como adecuación a lo real y si reconoce que la teología recibe sus principios de la revelación divina. En cambio, será incompatible si invierte ese orden, aunque mantenga términos tradicionales. Este criterio permite dialogar con la modernidad sin capitular ante ella: se pueden estudiar sus preguntas, aprovechar sus análisis y responder a sus desafíos, pero sin renunciar al fundamento metafísico que hace posible una teología verdadera.

En este sentido, el realismo agustiniano–tomista no es solo una escuela entre otras. Es un paradigma de inteligibilidad que preserva la objetividad del conocimiento, la trascendencia de Dios y la dignidad científica de la teología. Y precisamente por eso sigue siendo una base filosófica sólida para pensar la fe cristiana en el presente.

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