Super Bowl LX 2026
Opinión
Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido como Bad Bunny, es un producto típico —y exitoso— de la industria cultural contemporánea. Conviene decirlo sin rodeos: no estamos ante un creador cultural en sentido fuerte, ni ante un pensador, ni ante un artista que engrandezca racional o estéticamente a los pueblos hispanoamericanos. Sin embargo, hay un motivo preciso y delimitado por el cual este cantante ha tenido, desde hace tiempo, mi respeto personal. Y ese motivo no tiene absolutamente nada que ver con la calidad de sus letras ni con el contenido moral de su obra.
Mi respeto hacia Bad Bunny deriva de una afirmación suya, hecha en entrevista pública, cuando fue cuestionado por el carácter obsceno de sus canciones y por el hecho de que niños y adolescentes las consuman. Su respuesta fue directa, incómoda y honesta: él no es el padre de nadie, no tiene la obligación de regular lo que escuchan los hijos de otros, y su función es producir música dentro de una realidad social concreta para generar ingresos. No se presentó como educador moral, ni como referente ético, ni como redentor cultural. Se presentó como lo que es: un cantante dentro de un mercado.
Esa respuesta, guste o no, es intelectualmente honesta. No hay impostura moral, no hay pose pedagógica, no hay hipocresía. Él reconoce una realidad panamericana degradada, la asume y la explota económicamente. Desde ese punto de vista estrictamente personal y profesional, merece respeto. No pretende elevar lo que hace a la categoría de misión cultural ni se disfraza de conciencia social. Dice: esto existe, esto se consume, esto vende, y yo vivo de ello.
Ahora bien, dicho esto con toda claridad, ese respeto personal no se traduce en respeto cultural. Desde el ámbito hispanoamericano, desde una evaluación racional, estética y moral, sus letras no merecen respeto alguno. Son, en su gran mayoría, denigrantes hacia la mujer, reductivas del acto sexual, empobrecedoras del lenguaje y funcionales a una visión mecanicista y utilitaria del ser humano. Y esto no es un juicio moralista ni puritano; es un juicio cultural.
Conviene aquí hacer una distinción que suele perderse deliberadamente. La música popular, incluida la música con contenido erótico, no es en sí misma ilegítima. La historia de la cultura hispana está llena de expresiones musicales y poéticas intensas, sensuales, incluso provocadoras. La diferencia esencial es que, antaño, incluso cuando se evocaba el acto sexual, no se lo reducía a lo puramente animal o instrumental. Había eros, pero también había amor, vínculo, narrativa, afectividad, romanticismo. El acto no estaba separado de la persona ni despojado de toda dimensión simbólica.
El reguetón, en cambio, opera por reducción. Reduce el lenguaje, reduce la relación, reduce el cuerpo, reduce el deseo. No hay amor, hay uso; no hay vínculo, hay consumo; no hay relato, hay repetición. Musicalmente, además, se trata de un género armónicamente pobre, repetitivo hasta el cansancio, sin complejidad estructural ni búsqueda estética. Su función no es elevar, sino excitar; no es formar, sino estimular; no es comprender, sino repetir.
Por eso sostengo, sin ambigüedades, que el reguetón no aporta nada cultural ni racionalmente al mundo hispanoamericano. Puede cumplir una función festiva, como tantas músicas funcionales a lo largo de la historia, pero confundir función con valor es un error grave. Que algo se baile no lo vuelve valioso; que algo venda no lo convierte en cultura.
En este contexto debe leerse la reciente presentación de Bad Bunny en el Super Bowl. No fue un evento histórico. No fue una ruptura civilizatoria. Fue, nuevamente, un espectáculo mediado, cuidadosamente diseñado, calibrado y ejecutado por la industria del entretenimiento estadounidense. Cargado de simbolismos, sí, pero de simbolismos prefabricados, pensados para producir impacto emocional, polémica y consumo, no para generar reflexión profunda ni transformación real.
El uso de la nostalgia es clave aquí. Vivimos un momento en el que la nostalgia se ha convertido en uno de los principales motores de rentabilidad cultural. La industria ha comprendido que, en sociedades fragmentadas, desarraigadas y cansadas, la evocación de un pasado idealizado vende. Y por eso muchos artistas —no solo Bad Bunny— han empezado a “rescatar” sonidos, imágenes y referencias del pasado. No por convicción cultural, sino porque la nostalgia genera recursos. Es el anestésico perfecto: reconforta sin exigir, emociona sin comprometer, une sin transformar.
Que el último disco o la puesta en escena apelen a una supuesta identidad hispana no cambia esta lógica. Nombrar países, mostrar banderas, escenificar clichés culturales no constituye una respuesta identitaria real. A mí, como ecuatoriano, no me representa. No me soluciona nada, no me interpela en lo esencial, no mejora mi vida ni la de mi comunidad. La identidad no se construye desde un escenario patrocinado por grandes corporaciones, sino desde proyectos históricos, políticos y culturales concretos.
Si se quiere hablar seriamente de unidad hispánica, eso implicaría pensar en estructuras reales de articulación, incluso en una federación de naciones hispanas, algo que no puede hacerse sin España. Y en esto conviene ser claros: España, nos guste o no, forma parte de esta comunidad histórica y cultural. No es un agregado externo ni un enemigo ontológico. La inclusión de su bandera en el espectáculo, aunque simbólica y superficial, revela una verdad que muchos prefieren negar.
También es necesario desmontar ciertos relatos históricos falsificados. No fueron los pueblos hispanos quienes practicaron el exterminio sistemático de los pueblos originarios. Ese modelo pertenece al mundo anglosajón, al “destino manifiesto”, a la lógica protestante que justifica la eliminación del otro. La hispanidad, con todos sus pecados y errores, operó bajo una lógica distinta, integradora, mestiza y universalista. Negar esto no es crítica histórica; es ignorancia ideológica.
Por eso no me sorprende ni me afecta el rechazo de ciertos sectores estadounidenses al espectáculo. Estados Unidos es un país soberano y tiene derecho a decir que no quiere más inmigración. Pretender que un show musical cambie esa realidad es ingenuo. El Super Bowl sigue siendo un evento estadounidense, pensado por y para estadounidenses. No es universal, no es global, no es neutral.
Finalmente, conviene decirlo con toda crudeza: no elevemos a un producto industrial a la categoría de símbolo cultural. Bad Bunny no es un referente civilizatorio. Es un cantante exitoso dentro de un sistema que produce, consume y descarta. Su presencia en el Super Bowl responde a cálculos económicos, demográficos y políticos precisos. Generó dinero, audiencia y polémica. Nada más.
No cambió el mundo. No transformó estructuras. No resolvió tensiones identitarias profundas. Fue entretenimiento envuelto en simbología, útil para dividir, consumir y reforzar narrativas previamente diseñadas por quienes controlan los grandes aparatos culturales.
Y eso, precisamente, es lo que conviene no perder de vista.
Y es precisamente aquí donde conviene detenerse, no para reiterar lo ya expuesto, sino para fundamentar filosóficamente por qué estos fenómenos culturales, mediáticos y políticos no son casuales, ni meramente estéticos, ni aislados
.El problema de fondo no es Bad Bunny, ni siquiera el reguetón en sí mismo. Ambos son síntomas. El problema real es el marco filosófico que permite, legitima y reproduce tanto la degradación cultural como la fragmentación identitaria contemporánea. Y ese marco tiene un nombre preciso: nominalismo.
El nominalismo, al negar la existencia real de los universales, rompe la posibilidad de una naturaleza humana común. Si no existe una esencia compartida, si no hay una naturaleza humana inteligible y participada por todos los hombres, entonces no existe lo universal en sentido fuerte, sino únicamente agregados de individuos, tribus, etnias o colectivos funcionales. De ahí se sigue, de manera lógica e inevitable, la fragmentación del género humano.
Este quiebre filosófico no es una abstracción académica sin consecuencias históricas. Por el contrario, es el fundamento ontológico del racismo moderno. Allí donde se niega la universalidad del ser humano, surge la necesidad de clasificar, jerarquizar y separar. No porque alguien “odió” primero, sino porque el marco filosófico ya no permite pensar al otro como verdaderamente igual en naturaleza, sino apenas como semejante, útil o descartable.
No es casual que el racismo sistemático, científico y exterminador no nazca en el mundo hispánico, sino en el norte de Europa posmedieval y protestante. La Reforma, al romper con la metafísica del ser y con la noción de universalidad real, prepara el terreno para una visión fragmentada de la humanidad. Allí donde ya no hay naturaleza común, la diferencia deja de ser accidental y se vuelve ontológica. Y cuando la diferencia se vuelve ontológica, la exclusión se vuelve racionalmente justificable.
De este humus filosófico brotan tanto el colonialismo anglosajón como el “destino manifiesto”, la doctrina del “buen indio es el indio muerto”, la segregación racial, la eugenesia, y más tarde las pseudociencias raciales europeas del siglo XIX. Todas ellas no son desviaciones accidentales, sino consecuencias coherentes de una filosofía que ha perdido el ser.
Por eso resulta intelectualmente deshonesto reducir el racismo contemporáneo a un problema de actitudes individuales o de “odio cultural”. El racismo moderno es, ante todo, un problema metafísico mal resuelto. Y ese problema sigue operando hoy, aunque se lo disfrace con lenguajes de inclusión, diversidad o multiculturalismo. La fragmentación identitaria actual no supera el racismo; lo reformula.
En este contexto, la industria cultural —incluida la musical— funciona como aparato de gestión simbólica de esa fragmentación. No busca sanar la ruptura, sino administrarla. Por eso promueve identidades parciales, emocionales, consumibles, desprovistas de fundamento ontológico. Identidades que se sienten, pero no se piensan; que se celebran, pero no se articulan; que se exhiben, pero no se encarnan en proyectos históricos reales.
El reguetón, como fenómeno masivo, encaja perfectamente en esta lógica. No porque sea “latino”, sino porque reduce al sujeto a pulsión, al lenguaje a repetición y a la comunidad a consumo compartido. No crea unidad real; crea sincronía momentánea. No construye cultura; produce estímulo. No articula al hombre con la verdad; lo distrae de ella.
Por eso, cuando ciertos sectores anglosajones reaccionan con rechazo o incomodidad ante estos espectáculos, no estamos ante un simple choque cultural. Estamos ante la manifestación de una tensión interna no resuelta: una sociedad que ha perdido toda noción de universalidad, pero que al mismo tiempo teme ser reemplazada demográficamente por aquello que no reconoce como parte de una naturaleza común.
Y aquí conviene decirlo con toda claridad: ese miedo no se corrige con música, ni con espectáculos, ni con gestos simbólicos. Se corrige únicamente con una restauración del orden racional: con el reconocimiento de una naturaleza humana universal, con una metafísica del ser, con una antropología que vuelva a afirmar que todos los hombres participan de la misma dignidad ontológica, no por consenso, sino por realidad.
Mientras eso no ocurra, la industria seguirá produciendo símbolos vacíos, polémicas rentables y figuras elevadas artificialmente a la categoría de referentes culturales. Y nosotros seguiremos discutiendo efectos, cuando el problema está en la causa.
Por eso, elevar a un cantante —cualquiera que sea— a símbolo de identidad o de resistencia es un error de diagnóstico. No porque el individuo sea moralmente peor o mejor, sino porque el problema no se resuelve en el plano del espectáculo, sino en el plano del ser. Y ese plano, hoy, sigue siendo deliberadamente evitado.

