Sobre el Suicidio

 Reflexión

El suicidio de Judas Iscariote, Giovanni Canavesio.

El problema central no es el supuesto “rigorismo” de la Iglesia ni el “buenismo” contemporáneo; esos son solo puntos de partida retóricos. El problema real es la enseñanza sobre la condenación del alma en relación con el suicidio, y la progresiva confusión moderna entre juicio moral objetivo, responsabilidad subjetiva y acompañamiento pastoral.

La Iglesia ha enseñado siempre, de modo constante, que el suicidio es un pecado grave en su objeto. No se trata de una opinión histórica ni de una construcción cultural superada, sino de una conclusión necesaria de la ley natural y del quinto mandamiento. El suicidio es homicidio de sí mismo: una negación directa del dominio de Dios sobre la vida, un rechazo práctico de la condición creatural y una ruptura voluntaria del orden moral objetivo. En ese sentido, el suicidio, considerado en sí mismo, es materia grave y objetivamente desordenada.

Aquí conviene ser muy claro: decir que el suicidio es pecado grave no equivale a afirmar automáticamente que todo suicida está condenado. La Iglesia nunca ha enseñado eso. Lo que sí ha enseñado —y sigue enseñando— es que quien muere en pecado mortal no arrepentido se condena. Esa es la doctrina sobre el infierno, no una opinión pastoral. Por tanto, la cuestión decisiva no es si el acto es grave (lo es), sino si concurren o no las condiciones para el pecado mortal: pleno conocimiento y pleno consentimiento.

En la cristiandad premoderna, cuando la Iglesia negaba las exequias eclesiásticas a quienes se habían suicidado, no estaba haciendo un juicio psicológico retrospectivo ni un análisis clínico del estado mental del difunto. Actuaba en el fuero externo, sobre un acto público objetivamente gravísimo, con efectos sociales reales. Esa praxis tenía una función doctrinal y pedagógica: afirmar visiblemente que la vida no pertenece al individuo, que el suicidio no es un acto neutro ni heroico, y que no puede ser normalizado dentro del orden cristiano. No era una sentencia sobre el fuero interno del alma, sino una afirmación pública del orden moral objetivo.

El modernismo introduce aquí una distorsión doble. Por un lado, traslada categorías contemporáneas —psiquiatría, psicología clínica, subjetivismo moral— a épocas donde esas categorías no existían ni eran operativas. Por otro, utiliza esa lectura anacrónica para erosionar la doctrina misma, no solo la praxis histórica. El discurso pasa de “la Iglesia fue dura” a “la Iglesia se equivocó” y, finalmente, a “el suicidio no debería considerarse pecado”. Ese es el verdadero desliz, y no es accidental.

Es verdad —y la Iglesia lo reconoce explícitamente— que existen factores psicológicos graves que pueden disminuir o incluso anular la imputabilidad moral del acto: depresiones severas, estados obsesivos, trastornos profundos del juicio, angustia extrema prolongada. En esos casos, puede no haber pleno consentimiento, e incluso puede faltar el acto propiamente voluntario. Por eso la Iglesia, especialmente en su enseñanza más reciente, exhorta a orar por quienes se han suicidado y confía sus almas a la misericordia de Dios. Pero esto no modifica en absoluto la calificación moral objetiva del acto.

Aquí es donde se produce la confusión contemporánea: se pasa del reconocimiento de atenuantes subjetivos a la negación del mal objetivo. Se confunde misericordia con relativización moral, y compasión pastoral con suspensión de la verdad. Ese paso no es católico.

Decir que hay que orar por el alma de quien se ha suicidado no significa afirmar que el suicidio no conduce al infierno. Significa afirmar que no conocemos con certeza las condiciones internas del acto. Pero también es verdad —y esto no puede ser silenciado— que existen suicidios plenamente conscientes y deliberados: actos realizados sin alteración grave del juicio, con voluntad firme, rechazo explícito de Dios o de la vida como don, e incluso con intención de escándalo o desafío. En esos casos, si no hay arrepentimiento final, el suicidio constituye un pecado mortal consumado, y conduce objetivamente a la condenación.

Negar esto último es negar la doctrina del pecado mortal y, en última instancia, la doctrina del infierno. Por eso el debate no es sentimental ni psicológico, sino dogmático. No se trata de si “Dios comprende”, sino de si el hombre puede rechazar libremente a Dios hasta el final. La respuesta católica siempre ha sido sí.

La Iglesia, fiel a la Revelación, mantiene ambas cosas sin contradicción: afirma con claridad que el suicidio es un mal gravísimo que pone en peligro eterno el alma, y al mismo tiempo confía a la misericordia de Dios a quienes, por causas que solo Él conoce, pueden no haber actuado con plena libertad. El error moderno consiste en querer salvar la misericordia sacrificando la verdad. El realismo católico, en cambio, sostiene ambas, porque ambas proceden de Dios.

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