Elegía a Filadelfia

 Poesía 

Elegia ad Philadelphiam

Thrēnos eis Philadelpheian

Oíd, Filadelfia, ciudad llamada a guardar, no a inventar; a confesar, no a negociar; a obedecer, no a disputar. No os hablo con miel, sino con sal; no para acariciar el oído, sino para despertar el alma. Porque el siglo presente ama las sombras y llama “paz” a la tregua con el error; y cuando la verdad se vuelve incómoda, la multitud prefiere el sueño a la vigilia.

Fuiste alabada, no por agudeza de palabras, sino por firmeza de corazón: porque guardaste la palabra y no negaste el Nombre. Mas hoy, en muchos, la fidelidad se ha vuelto cálculo; la obediencia, condición; la claridad, un delito; y la ambigüedad, una virtud. Y esto no es prudencia, sino enfermedad del espíritu: es el viejo veneno vestido con ropas nuevas, para que el enfermo lo beba creyendo medicina.

Decidme, Filadelfia: ¿qué comunión es esa que se sostiene a fuerza de reservas? ¿Qué unidad es esa que se proclama con la boca mientras se hiere con los hechos? Quien habla de comunión y hace de la obediencia un contrato, no defiende la Iglesia: la somete a su juicio privado. Quien invoca la Tradición como permiso para desobedecer, no custodia lo recibido: lo usa como arma contra el mismo principio de unidad visible. La comunión no es sentimiento ni bandera; es vínculo real, objetivo, concreto, que se expresa en la fe íntegra y en la obediencia debida. Donde la obediencia se hace negociable, la comunión se hace frágil; y donde la desobediencia se vuelve estable, el cisma deja de ser riesgo y pasa a ser costumbre.

Mas no es éste el único abismo. Hay también apostasía con incienso: renuncia sin salir, abandono sin marcharse, negación bajo títulos y sellos. Se llama “camino” a la deserción; “pastoral” a la claudicación; “discernimiento” a la cobardía doctrinal. Se pone a votación lo que no es votable; se corrige la ley natural como si la creación fuese barro moldeable; se rebaja el dogma a símbolo útil; se sustituye el mandato divino por el aplauso del mundo. Y así se fabrica una religión con rostro de Iglesia y alma de siglo: mucha organización, poca fe; mucha palabra, poca verdad.

Y más pérfida aún es la herejía modernista, porque no entra como martillo sino como niebla; no se anuncia como ruptura sino como “profundidad”. Quiere bautizar la gnosis con agua bendita, llamar “madurez” a la duda perpetua y “desarrollo” a la negación. Quiere que lo revelado dependa del sentir; que lo definido se someta al tiempo; que la verdad objetiva se disuelva en experiencia interior. Y a ese artificio le ponen nombres de prestigio, para que el simple se avergüence de lo eterno y el docto se ría de lo perenne. Así pretenden coronar como sabiduría lo que, en el fondo, es soberbia: que el hombre juzgue a Dios, que la academia corrija al depósito, que el siglo catequice al altar.

No os engañéis: esto prepara la gran tribulación. No viene sólo por persecución externa, sino por debilitamiento interno; no empieza cuando la espada se alza, sino cuando la conciencia se adormece. El Anomos —el sin-ley— no conquista primero las plazas, sino las mentes: persuade al hombre de que la ley es opresión, de que la doctrina es violencia, de que la corrección es odio. Y cuando esa mentira arraiga, ya no necesita cadenas: el alma se entrega sola, porque ha aprendido a despreciar la verdad como si fuese enemiga.

Entonces se alzan los theríones: hombres anomizados, sin medida, sin orden, sin freno; no monstruos de fábula, sino voluntades desencajadas que llaman bien al mal con serenidad, y mal al bien con sonrisa. No derriban templos con piedras: los vacían con vocabulario. No prohíben la fe con decretos: la diluyen con interpretaciones. No persiguen siempre con furia: seducen con aceptación. Y la seducción es más mortal cuando se disfraza de misericordia.

Y el mar se perturba: lo mundano, lo terreno, lo utilitario, lo político y lo económico se agitan como olas contra el alma. Su espuma entra por puertas que se abrieron “para no incomodar”. Porque muchos, temiendo el juicio del mundo, consintieron que el mundo dictase el tono, el límite, la palabra permitida. Así se llega a la hora en que la tierra entera —la religión visible— es sacudida: no sólo lo profano, también lo sagrado edificado sobre consenso y no sobre roca; no sólo el pecado descarado, también la tibieza engalanada.

En aquel día se verá quién guardó la palabra y quién sólo la citó; quién obedeció y quién negoció; quién amó la verdad y quién amó su reputación. Se verá quién tuvo caridad verdadera —la que busca la conversión— y quién tuvo caridad falsa —la que evita el conflicto al precio de la salvación—. Porque no salva el eufemismo, no redime la ambigüedad, no convierte el silencio. Y tampoco salva el celo orgulloso, que corrige para ensalzarse; porque el ego, cuando se sienta en la cátedra, convierte la verdad en instrumento de vanidad.

Por eso os hablo con severidad: a ti, hereje contumaz, que llamas “opinión” a lo definido y “apertura” a la negación; no disputas, te rebelas. A ti, cismático, que desgarras la unidad visible por no soportar autoridad; dices servir a Cristo y deshonras el vínculo que Él mismo quiso. A ti, apóstata, que vuelves el rostro atrás después de haber recibido la luz; no abandonas una idea, traicionas una alianza. No os amonesto por odio, sino por misericordia severa: mejor ser corregido ahora que comparecer impenitente; mejor temblar ante la verdad en el tiempo que endurecerse hasta el juicio.

Y tú, Filadelfia, si todavía tienes nombre de vida, despierta. Ceñid la mente, purificad la intención, enderezad el paso. No os entrenéis para sobrevivir, sino para perseverar. No pidáis un Evangelio que no incomode, porque entonces pedís un Evangelio sin cruz; y donde no hay cruz, no hay victoria. Decid la verdad entera, con caridad verdadera, sin concesiones al siglo; porque el siglo no perdona al que cede: sólo lo usa y luego lo desprecia. Guardad la palabra, no por nostalgia, sino por justicia; no por dureza, sino por fidelidad; no por orgullo, sino por amor al alma que se pierde.

Si esta elegía hiere, bendita sea la herida, porque es herida de médico y no de verdugo. Mejor el desasosiego que despierta que la calma que adormece. Mirad al Cordero, no al mar. Porque sólo Él abre y nadie cierra; y cuando cierre, ya no quedará voz de amonestación, sino el silencio de la sentencia.

Populares