El ciclo de Samsara vuelve...
Opinión
Una mujer pronuncia una frase breve, y el aire cambia. No es grito. No es consigna. Es una constatación. “Ha llegado el momento”. En el mundo de los trueques invisibles, cuando se dice eso, lo que se mueve no es un ejército: es el precio. Y el precio siempre lo paga alguien.
Tomo “samsara” como nombre de esa rueda. No como verdad última, sino como metáfora que acusa. Una rueda que, en ciertas cosmologías orientales, envuelve a todos: hombres, bestias, y aun divinidades. Una rueda que promete salida por cese, por apagamiento, por un descanso que se compra negando el deseo. Yo no discuto aquí el mapa técnico de esas doctrinas; me basta la intuición literaria: la repetición como fatalidad, la historia como molino, la vida como vuelta. Y, bajo ese nombre, señalo lo que veo: no se repite el ser; se repite la herida. No se repite la vida; se repite el pecado.
Tokio. Nagatachō. Una piedra severa alzada en 1936, como si la política necesitara arquitectura para creerse eterna. Adentro, la liturgia laica del Estado. Afuera, el tránsito. Y en la cúspide del gabinete, una mujer designada como primera ministra —en la numeración histórica, la 105.ª—, con el peso simbólico de un hito y la frialdad operativa de la continuidad institucional.
La figura importa. No porque el sexo sea argumento, sino porque el símbolo ordena imaginarios. Japón conoce bien el poder de los símbolos: el crisantemo, la espada, el espejo, la joya. Conoce también el relato de la mujer que sostiene una frontera. No solo en la historia. También en el mito.
Amaterasu se encierra en la cueva. El mundo oscurece. Los dioses se inquietan. No hay cosecha. No hay ruta. No hay música. La luz retirada vuelve visibles las dependencias: todos vivían de un sol que no agradecían. Para sacar a la luz de su silencio hace falta danza, astucia, provocación, ruido ritual. Y cuando la luz vuelve, no vuelve por consenso: vuelve porque el orden no puede respirar sin ella.
Esa escena mítica —luz que se retrae, oscuridad que se instala, y un retorno que requiere conmoción— es útil para leer a un país que lleva décadas discutiendo el precio de su seguridad. La posguerra dejó un Japón contenido en una fórmula: prosperidad a cambio de restricción; comercio a cambio de prudencia; tecnología a cambio de silencio estratégico. Pero el mar no firma pactos con la nostalgia. El océano premia al fuerte y castiga al ingenuo. Y el Indo-Pacífico se ha ido llenando de fricción.
La actual primera ministra llega con una mayoría que, en la Cámara Baja, roza el martillo: un bloque capaz de imponer leyes incluso si la Cámara Alta se resiste, porque el sistema permite superar ciertas negativas del Senado japonés con una supermayoría en la cámara de representantes. Esa asimetría legislativa ensancha el margen de maniobra del Ejecutivo. ([AP News][2]) Pero no es omnipotencia. No lo es porque el “acto máximo” —la reforma constitucional— exige dos tercios en ambas cámaras y luego referéndum nacional. El umbral es deliberadamente alto: está diseñado para que la Constitución no sea arcilla de coyuntura.
Ese detalle técnico es decisivo para tu línea poética: el poder se siente absoluto, pero choca con límites; la voluntad se cree soberana, pero encuentra umbrales. Esa es, precisamente, la gramática del “ciclo”: fuerzas que empujan, resistencias que devuelven, avances que no cierran, tensiones que reaparecen.
En sus primeros discursos, el énfasis ha sido nítido: advertencia sobre la “coerción” china, revisión de documentos de seguridad, relajación de restricciones a exportaciones militares, aceleración del rearme, y el objetivo explícito de elevar el gasto de defensa hacia el 2% del PIB. ([Reuters][4]) No es solo retórica. Es un programa. Y, como todo programa, está hecho de decisiones que otros leerán como amenaza.
Aquí entra el mar. El Mar de China Meridional no es costa japonesa, pero es arteria japonesa. Por allí pasan rutas, energía, cadenas de suministro. Lo que se decida en esos archipiélagos de arrecifes y líneas trazadas con tinta política se contagia al Mar de China Oriental, a Taiwán, a Okinawa, a los estrechos que estrangulan o liberan economías enteras. La presión no es geográfica: es sistémica. Y por eso Japón estrecha vínculos de defensa con actores que están en la primera línea de ese mar, conectando de hecho ambos teatros —el oriental y el meridional— en una sola ecuación estratégica. ([thediplomat.com][5])
La rueda, entonces, vuelve a girar. No por “destino”. Por estructura. El dilema de seguridad es la forma moderna del antiguo miedo: yo me armo para no morir; tú me ves armarme y te armas para no morir; y el espacio se llena de armas. Cada uno se declara defensivo. Cada uno acusa al otro de agresivo. Y el mar, que debería ser camino, se convierte en borde.
Pero no es Japón solamente. La rueda es global.
Rusia y Ucrania. El lenguaje de la historia antigua vuelto a poner en comunicados modernos. Un conflicto que se enquista y educa generaciones en la desconfianza.
Oriente Medio. Fronteras que se vuelven heridas. Facciones que se vuelven religiones. Religiones que se vuelven banderas. Nadie queda puro en un fuego largo.
Europa. Cansancio espiritual. Autocrítica convertida en autonegación. La renuncia a la propia forma y luego el estupor de no poder resistir la presión de otras formas.
Hispanoamérica. Un sueño largo. Un pendular entre retórica y resignación. Una incapacidad de obedecer a la realidad. Y, cuando la realidad manda, una costumbre de llamarla “fatalidad” para no llamarla culpa.
En todas partes, la misma mecánica íntima. No es misterio. Es antropología. El hombre repite porque no se gobierna. El hombre repite porque confunde libertad con licencia y justicia con revancha. El hombre repite porque idolatra lo inmediato: el placer, la tribu, el dinero, el partido, la nación, la imagen de sí. Y cuando el ídolo cae, fabrica otro.
Por eso me sirve “samsara” como nombre literario: no porque la historia sea circular por esencia, sino porque la voluntad caída produce ciclos. Cambian los uniformes. No cambian los vicios. Cambian los mapas. No cambia la soberbia. Cambian las tecnologías. No cambia la concupiscencia.
Ahora bien: si el ensayo se queda ahí, se vuelve orientalista sin quererlo. Porque la fe cristiana niega la clausura circular como estructura última del mundo. El ser no es rueda cerrada. El ser participa. La historia no es retorno eterno: es camino bajo Providencia. Y la repetición —cuando ocurre— no es ley del cosmos, sino síntoma moral.
Aquí conviene una frase corta, casi jurídica: el ciclo no se rompe con técnica. Se rompe con conversión.
Por eso Hispanoamérica, si quiere unidad (aunque sea federativa, aunque sea difícil, aunque sea imperfecta), no la encontrará copiando modelos agotados ni comprando ideologías de importación como quien compra amuletos. La encontrará recuperando su principio formal: su identidad cristiana, en su núcleo católico. No como eslogan. Como estructura de sentido. Como disciplina de verdad. Como gramática de dignidad. Sin ese núcleo, la unidad será solo administración de intereses. Con ese núcleo, al menos existe una posibilidad de orden: no porque todos se vuelvan santos de golpe, sino porque el bien común vuelve a tener fundamento objetivo.
Y aquí hay una precisión necesaria, por higiene moral: afirmar a Cristo como centro no autoriza odio contra ningún pueblo. La Iglesia confiesa que Cristo es cumplimiento y plenitud, y precisamente por eso llama a todos —sin excepción— a la verdad con caridad. La denuncia del error no es permiso para la injuria. El Evangelio no se defiende con desprecio, sino con santidad, razón y firmeza.
Cuando el mundo grite “crisis” como si fuera novedad, recuerda que el Señor lo dijo antes: guerras y rumores de guerras; principio de dolores. No te hipnotices con la rueda. No te arrodilles ante el noticiero. No vendas tu alma al miedo. Mantén la calma. Examina. Reza. Trabaja. Ordena tu casa. Fortalece tu comunidad. Forma tu mente. Custodia la fe.
Y cuando el estruendo aumente, no te encorves como esclavo. Alza la cabeza. No porque seas ingenuo, sino porque la historia no termina en la rueda. Termina en un Juicio. Y la Paz verdadera —no la tregua, no el equilibrio, no el cansancio— no la producirá la humanidad por acumulación de acuerdos, sino el Rey cuando ponga a sus enemigos por estrado de sus pies.
