Un postulado filológico abierto sobre la posible autoría clementina de la Carta a los Hebreos

 Reflexión

No soy filólogo ni especialista o profesional en crítica textual del Nuevo Testamento, sino médico, habituado al análisis comparativo de datos, a la formulación de hipótesis y a su contraste con la evidencia disponible. Desde esa perspectiva, y con plena conciencia de los límites de mi formación específica, propongo el siguiente postulado como una reflexión abierta, razonada y deliberadamente provisional, destinada a ser considerada, evaluada y eventualmente refutada por quienes poseen competencia técnica plena en filología bíblica y patrística. El objetivo no es cerrar una discusión secular, sino aportar un marco interpretativo plausible que permita reexaminar un conjunto de datos conocidos bajo una luz ligeramente distinta.

La cuestión de la autoría de la llamada Carta a los Hebreos ha acompañado a la Iglesia desde los primeros siglos. Ya en la Antigüedad se percibía con claridad que el escrito no encajaba sin fricción en el corpus paulino, a pesar de que su contenido doctrinal resultara perfectamente consonante con la fe apostólica. El problema no era teológico, sino literario y filológico. Hebreos carece de la estructura epistolar clásica, no presenta identificación del autor ni de los destinatarios, no inicia con acción de gracias ni con fórmulas de bendición características, y se desarrolla más bien como una gran exhortación doctrinal de carácter homilético, cuidadosamente construida, con un griego de alto nivel retórico y un uso extremadamente preciso de la Septuaginta. El propio texto se define como un logos paraklēseōs, expresión técnica que remite a un discurso exhortativo destinado a la proclamación y a la escucha comunitaria más que a la correspondencia privada o administrativa.

Este dato de género literario resulta fundamental, porque permite situar el escrito en un contexto eclesial donde la autoridad no se expresa necesariamente a través de la firma explícita del autor, sino a través de la recepción litúrgica y doctrinal del texto. En el cristianismo del siglo I, la autoridad de un escrito se medía, en gran parte, por su uso en la asamblea, por su consonancia con la tradición recibida y por el reconocimiento tácito de su origen apostólico o subapostólico, aun cuando el nombre del autor no estuviera fijado de manera inequívoca.

En paralelo a la temprana y alta recepción de Hebreos, especialmente en ámbitos orientales pero también vinculados a Roma, se encuentra un hecho histórico de gran peso: la recepción extraordinaria de la Primera Carta de Clemente a los Corintios en la Iglesia de Corinto. No se trata simplemente de que el texto fuera conocido o respetado, sino de que fue leído públicamente durante décadas en la liturgia y tratado con una autoridad que, en términos funcionales, se asemeja a la concedida a los escritos que hoy llamamos canónicos. Este fenómeno no se repite de igual modo con otros textos patrísticos tempranos y exige, por tanto, una explicación que vaya más allá de la mera estima general.

La figura de Clemente de Roma ocupa aquí un lugar clave. Se trata de un personaje situado en un punto de transición crucial, vinculado a la generación apostólica y, al mismo tiempo, plenamente inserto en la organización eclesial emergente. Su intervención en los asuntos internos de la comunidad de Corinto revela una autoridad reconocida, no impuesta, y una conciencia clara de custodiar una tradición que no le pertenece en sentido privado, sino que ha sido recibida y debe ser transmitida íntegra. Clemente escribe en griego, conoce profundamente la Escritura, especialmente en su forma septuagintal, y razona desde ella con naturalidad, apelando a ejemplos veterotestamentarios, a la tipología y al orden querido por Dios en la creación y en la Iglesia.

Desde el punto de vista estrictamente filológico, suele objetarse que el estilo de Hebreos es superior, más elaborado y más densamente retórico que el de la Primera Carta de Clemente. Esta observación es real y no debe minimizarse. Sin embargo, tampoco puede absolutizarse sin matices. El registro literario de un autor puede variar considerablemente según el género, el contexto y la finalidad del escrito. Una exhortación doctrinal de amplio aliento, destinada a la proclamación, puede presentar una elaboración retórica muy distinta de una carta pastoral escrita para resolver un conflicto concreto. Además, en el mundo antiguo, y de modo particular en el cristianismo primitivo, la mediación de secretarios, colaboradores o redactores finales no era una excepción, sino una práctica habitual. Estas consideraciones no prueban la autoría clementina de Hebreos, pero impiden descartarla de manera inmediata y automática.

El núcleo de este postulado no reside tanto en afirmar que Clemente sea con certeza el autor material de Hebreos, cuanto en señalar que la hipótesis clementina posee una capacidad explicativa que merece atención. Si Hebreos procede del entorno romano y de una figura con autoridad comparable a la de Clemente, o si Clemente mismo estuvo implicado en su redacción, fijación o transmisión autorizada, entonces se comprende mejor por qué este escrito circula ampliamente sin nombre, pero con enorme peso doctrinal, y por qué la carta de Clemente a los Corintios fue recibida en esa misma comunidad con un respeto casi canónico. Ambos textos pertenecerían, así, a un mismo espacio eclesial de autoridad viva anterior al cierre formal del canon, donde la distinción estricta entre Escritura inspirada y escritos eclesiales normativos aún no se había formulado con la precisión posterior.

Reconozco que la hipótesis lucana resulta atractiva y cuenta con argumentos estilísticos serios, especialmente cuando se compara Hebreos con el griego de Hechos. No propongo descartarla ni sustituirla dogmáticamente, sino situarla en diálogo con una posibilidad alternativa que, aunque hoy menos explorada, fue considerada en la tradición antigua. Es posible incluso que el planteamiento moderno, obsesionado con identificar un único autor individual en sentido contemporáneo, no haga plena justicia a la realidad de la producción textual cristiana del siglo I, más cercana a dinámicas de escuela, círculo y autoridad de transmisión que a la autoría literaria moderna.

En definitiva, este postulado se ofrece como una invitación al estudio. Desde una posición externa a la filología profesional, pero respetuosa de sus métodos, sostengo que la hipótesis de una relación sustancial entre Clemente de Roma y la Carta a los Hebreos es históricamente coherente, filológicamente plausible y explicativamente fecunda. Corresponde a los especialistas examinarla con herramientas más finas, someterla a análisis estilométricos rigurosos, contrastarla con la tradición manuscrita y, llegado el caso, confirmarla, matizarla o descartarla. Ese proceso crítico, y no la afirmación apresurada, es el que permite que una hipótesis cumpla su función legítima dentro del pensamiento académico.

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