Ontología de la Resistencia

 Análisis 

Realismo Moral frente al Sistema Tiránico.

En el debate contemporáneo sobre los conflictos civiles y las intervenciones de fuerza, suele imperar un emocionalismo que desibuja las categorías éticas. Para recuperar la claridad, es imperativo someter los hechos a un análisis riguroso que proceda desde la arquitectura del ser hacia el orden del amor. Este ensayo se propone evaluar la licitud de la resistencia frente a la tiranía bajo dos prismas fundamentales: la adecuación a la realidad y la alineación con el Sumo Bien.

Desde la perspectiva de la verdad como adaequatio rei et intellectus (la adecuación de la cosa y el intelecto), el primer error de la modernidad es sustituir la dignidad por el valor. Mientras que el "valor" es una categoría relacional, mutable y sujeta al cálculo —ya sea bajo la lógica de la productividad capitalista o la funcionalidad colectivista del marxismo—, la dignidad es una cualidad ontológica. El ser humano es digno porque es, no por lo que aporta o produce.

Esta distinción es crucial para comprender que la vida humana, siendo un bien altísimo, es una dignidad participada y finita. Al absolutizar la vida en términos de "valor" intercambiable, caemos en un igualitarismo abstracto que ignora la realidad de los actos. La adecuación a la realidad nos exige reconocer que, aunque todo hombre posee dignidad imborrable, no todos los hombres ocupan la misma posición moral. Existe una diferencia real entre el inocente agredido y el agente que sostiene una maquinaria de opresión. Negar esta asimetría no es humanismo, es una ceguera ante la verdad del orden establecido.

Una vez establecida la realidad ontológica, debemos examinar la alineación de los actos con el Sumo Bien. San Agustín define la virtud como el ordo amoris (el orden del amor): amar cada bien según su importancia en la jerarquía divina. En este orden, la paz no es la mera ausencia de conflicto —que podría ser la "paz de los cementerios" bajo un tirano— sino la tranquillitas ordinis (la tranquilidad del orden).

Bajo esta premisa, la resistencia armada a una injusticia grave no se interpreta como un "mal necesario", sino como un acto de legítima defensa orientado a restaurar el orden de la justicia. Cuando el amor al prójimo y al bien común exige frenar al agresor para proteger al inocente, la acción de fuerza —siempre que sea proporcionada y de última instancia— se alinea con el Sumo Bien. No es la celebración de la muerte, sino la afirmación de que hay bienes, como la justicia y la libertad del alma, que no pueden ser sacrificados ante la voluntad de un déspota.

Al aplicar este marco al contexto de Venezuela, la conclusión es nítida. El régimen de Nicolás Maduro no representa una "desviación puntual" de un Estado de derecho, sino una tiranía estructuralmente criminal.

En el plano de la realidad: El sistema ha clausurado toda vía política y ha convertido al Estado en un aparato de dominación. Por tanto, apelar al formalismo jurídico internacional para descalificar cualquier intento de liberación es ignorar la realidad fáctica. La soberanía reside en el pueblo que busca su autodeterminación, no en la cúpula que lo oprime.

En el plano del bien: La responsabilidad moral primaria de cada vida perdida recae sobre el sistema que hace inevitable el conflicto. Quienes actúan para desarticular un entramado de poder que hambrea y persigue, no actúan por odio, sino por una exigencia de justicia.

En definitiva, la tragedia de la muerte no debe conducirnos a un moralismo paralizante. La razón moral nos exige jerarquizar los males: el mal mayor es la perpetuación de una tiranía que destruye la imagen de Dios en todo un pueblo. Entre la complicidad del silencio y la tragedia de la acción, el realismo cristiano opta por nombrar el mal, resistirlo con justicia y, finalmente, confiar el juicio de las almas al único que conoce los corazones en su totalidad.

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