El Vaticano II y la Crisis de la Hermenéutica
Opinión
Para comprender el fenómeno del Concilio Vaticano II no basta con analizar sus documentos; es imperativo remontarse a la realidad objetiva de los años que precedieron su convocatoria. Desde un realismo filosófico de raigambre tomista, entendemos que los eventos no ocurren en el vacío, sino que son la culminación de procesos que, en este caso, buscaban responder a una modernidad que se alejaba aceleradamente de la cosmovisión cristiana. La Iglesia, tras los pontificados de Pío XI y Pío XII, se encontraba en una posición de solidez doctrinal, pero también ante el desafío de una posguerra que planteaba nuevos dilemas morales y sociales.
La tradición, entendida no como un museo estático sino como la transmisión viva (traditio) del depósito de la fe, siempre había operado bajo una lógica de continuidad. Sin embargo, en las décadas de 1940 y 1950, empezaron a gestarse corrientes teológicas que buscaban una "nueva teología", una que no solo dialogara con el mundo, sino que, en ciertos casos, adoptara sus categorías de pensamiento. Es en este contexto donde el Papa Juan XXIII convoca el Concilio con una intención que marcó un hito en la historia de la Iglesia: por primera vez en dos milenios, un Concilio ecuménico no nacía de la necesidad urgente de extirpar una herejía específica o definir un dogma de fe ineludible bajo pena de excomunión.
Este antecedente es el meollo de la cuestión. Mientras que el Concilio de Trento se levantó como una muralla de claridad doctrinal frente a la ruptura protestante, y el Vaticano I definió la infalibilidad pontificia para proteger la autoridad de la sede de Pedro ante el racionalismo, el Vaticano II fue inaugurado bajo la bandera del aggiornamento. La palabra misma, "puesta al día", ya implicaba una distinción entre la esencia de la fe y la forma en que esta se presenta. Aquí surge la primera gran tensión histórica: el paso de un magisterio definitorio y condenatorio a uno meramente exhortativo y pastoral.
El realismo nos obliga a ver que, en el discurso de apertura Gaudet Mater Ecclesia, se estableció que la Iglesia preferiría usar "la medicina de la misericordia más que la de la severidad". Este cambio de enfoque no fue un detalle menor, sino el origen de lo que más tarde se convertiría en el "problema católico". Al renunciar a la condena de errores contemporáneos —como el comunismo o el materialismo rampante— de manera dogmática, el Concilio abrió un espacio de ambigüedad donde lo pastoral comenzó a ser percibido, erróneamente, como el nuevo criterio de verdad.
Los antecedentes históricos nos muestran que el Concilio fue secuestrado por una narrativa mediática y teológica que lo presentó como un "punto de ruptura" con el pasado. Se instaló la idea de que la Iglesia pre-conciliar era una entidad oscura y rígida que finalmente se abría a la luz del mundo moderno. Esta dialéctica, ajena al pensamiento de San Agustín o Santo Tomás, introdujo una división artificial en la historia de la salvación. El Concilio, válido en su convocatoria y desarrollo, empezó a ser leído por muchos como un "superdogma" capaz de subsumir y anular la herencia previa, ignorando que un evento pastoral no tiene la ontología necesaria para cambiar la naturaleza de la doctrina transmitida.
Por lo tanto, el escenario previo al Concilio revela una Iglesia que buscaba una nueva pedagogía, pero que en el camino se vio expuesta a una infiltración de pensamiento modernista que confundió el método (la pastoral) con el contenido (el dogma). La transmisión de la fe, que durante siglos fue un cauce claro y definido, empezó a verse amenazada por una interpretación que hoy llamaríamos "libre examen", donde la literalidad de lo que el Concilio realmente dijo fue sacrificada en el altar de un difuso "espíritu del Concilio". Esta es la raíz histórica de la crisis actual: la sustitución de la realidad objetiva de la fe por una praxis cambiante que pretende obligar a los fieles a una adhesión que solo se le debe a la verdad divina.
La crisis posconciliar no es solo un problema de interpretación terminológica, sino una quiebra en la estructura misma del pensamiento católico. Para abordar esta cuestión, debemos aplicar el realismo filosófico que distingue entre la sustancia (la doctrina inmutable) y los accidentes (la forma pastoral de presentarla). Si perdemos de vista esta distinción, caemos en el error de atribuir carácter absoluto a lo que, por su propia naturaleza jurídica y filosófica, es contingente.
Desde el punto de vista del derecho canónico y la teología dogmática, el nombre de un documento no determina automáticamente su grado de infalibilidad. El hecho de que el Vaticano II promulgara "Constituciones Dogmáticas" (como Lumen Gentium o Dei Verbum) ha llevado a muchos apologetas modernos a un error de bulto: creer que todo su contenido es, por tanto, dogma de fe. Sin embargo, la realidad jurídica es distinta. Una constitución dogmática puede contener exposición de doctrina ya definida anteriormente, pero si el Concilio no manifiesta de forma clara —mediante fórmulas canónicas precisas y el uso de la voluntad de definir— que está proclamando un nuevo dogma o condenando un error con carácter definitivo, dicho texto pertenece al Magisterio Ordinario.
El canonista y el teólogo deben observar que el carisma de la infalibilidad no es una propiedad inherente a la persona del Papa o al cuerpo de los obispos de forma permanente y arbitraria, sino un acto que se activa bajo condiciones muy estrictas. Al declararse un "Concilio Pastoral", el Vaticano II decidió voluntariamente no utilizar el grado supremo de su autoridad judicial y legislativa para obligar a la conciencia de los fieles en puntos nuevos. Por tanto, el vínculo jurídico que une al fiel con estos documentos es el del obsequio religioso de la voluntad y el entendimiento, un asentimiento que, a diferencia de la fe divina, permite el análisis teológico cuando una disposición pastoral parece entrar en colisión con la Tradición ya consolidada.
Desde la filosofía tomista, la autoridad se fundamenta en la verdad, no la verdad en la autoridad. El "problema católico" surge cuando se adopta un voluntarismo jurídico, donde algo se considera "verdad" simplemente porque el Concilio lo dijo, ignorando que la Iglesia no tiene el poder de cambiar la esencia de los sacramentos, la moral o la revelación. La Tradición es la transmisión de una realidad objetiva; si se intenta cambiar el contenido de esa transmisión bajo el pretexto de un "cambio de paradigma", se está violando el principio de no contradicción.
Filosóficamente, no se puede sostener que lo que era erróneo en 1950 (como ciertos aspectos del indiferentismo religioso o la noción de que el error tiene los mismos derechos que la verdad) pase a ser verdadero en 1965 por un simple deseo pastoral. La verdad teológica es adecuada a la realidad de la Revelación. Si el Concilio se utiliza para "crear" una nueva doctrina que no tiene raíces en la paradosis (la entrega de los Apóstoles), estamos ante una ruptura ontológica.
Aquí llegamos al punto más delicado: la paradoja de los defensores del "superdogma". Al desvincular al Concilio de la Tradición previa, estos supuestos apologetas han caído en un libre examen. Al igual que el protestante interpreta la Escritura al margen de la Iglesia, estos intérpretes analizan el Concilio al margen de los 260 papas anteriores. Niegan la vinculación con el Magisterio Perenne para abrazar una obediencia ciega a una pastoral caduca.
Desde el realismo, esto es una alienación: se prefiere la sombra (la interpretación subjetiva de un documento pastoral) que la luz (el dogma definido durante siglos). El derecho de la Iglesia no es un sistema de positivismo donde el legislador puede cambiar la ley natural o divina a su antojo. El límite del poder del Papa y de los Concilios es el Depósito de la Fe. Por ello, afirmar que el Concilio no es vinculante en aquello que se aparta de la Tradición no es un acto de rebeldía, sino un acto de fidelidad jurídica y filosófica a la Iglesia de Cristo.
La exposición de los antecedentes históricos, junto con el análisis jurídico, filosófico y teológico, nos permite concluir que el llamado "problema católico" no es una crisis de obediencia, sino una crisis de verdad. El realismo nos enseña que las cosas son lo que son, no lo que deseamos que sean. Por tanto, el Concilio Vaticano II debe ser devuelto a su justa dimensión: un evento eclesial de carácter pastoral que, si bien posee autoridad magisterial, no goza de la infalibilidad dogmática en sus propuestas contingentes ni tiene el poder de abrogar la Tradición de dos milenios.
La síntesis de nuestra postura es clara: no se puede ser más católico que la Iglesia, pero tampoco se puede ser "menos" católico que la Tradición. Aquellos que utilizan el Concilio como un martillo para demoler el pasado incurren en un voluntarismo que contradice la esencia misma del catolicismo. La obediencia en la Iglesia no es una sumisión ciega a la voluntad arbitraria de un jerarca o a un espíritu de época, sino una adhesión libre y racional a la Verdad Revelada. Cuando los "apologetas" del libre examen acusan de cisma a quienes defienden la fe de siempre, están olvidando que la comunión con Roma no es un acuerdo político, sino una unidad en la misma fe, los mismos sacramentos y la misma jerarquía bajo la luz de la verdad perenne.
El balance pastoral del aggiornamento —entendido como una apertura indiscriminada al mundo— arroja resultados que el realismo no puede ignorar. La pérdida de la identidad litúrgica, la dilución de la moral y la confusión teológica sobre la exclusividad salvífica de Cristo son los frutos de haber elevado lo pastoral al rango de absoluto. Al intentar que la Iglesia hablara el lenguaje del mundo, muchos terminaron permitiendo que el mundo dictara el mensaje de la Iglesia. El ejemplo del Islam es solo la punta del iceberg de un ecumenismo mal entendido que ha sustituido la conversión de las almas por un diálogo estéril que ignora el principio de no contradicción.
El camino de salida de esta crisis no pasa por negar el Concilio, sino por despojarlo de su aura de "revelación nueva". Debemos leer sus documentos a la luz de la literalidad y, sobre todo, bajo la guía del Magisterio anterior, que es el que otorga la clave de interpretación correcta. Un católico formado en el realismo tomista sabe que el Espíritu Santo no puede decir "A" en el Concilio de Trento y "no A" en el Vaticano II. La fe es una, como Cristo es uno.
Nuestra conclusión es, por tanto, una llamada a la resistencia intelectual y espiritual. Debemos rechazar la protestantización de nuestra fe que nos invita a un libre examen de los textos modernos. La verdadera fidelidad al Papa y a la Iglesia consiste en sostener que el Magisterio es una cadena ininterrumpida; si un eslabón pretende romper con los anteriores, ese eslabón pierde su fuerza vinculante en aquello que se aparta de la transmisión original. La salvación de las almas sigue siendo la ley suprema, y las almas no se salvan con ambigüedades pastorales, sino con la Verdad que nos hace libres.
Volver a la Tradición no es retroceder; es recuperar el suelo firme sobre el cual la Iglesia puede volver a edificar una civilización cristiana. El Concilio pasará, sus formas pastorales caducarán, pero la Palabra del Señor y el dogma definido por la Iglesia permanecerán para siempre. En esa roca, y no en la arena movediza de la pastoralidad cambiante, es donde descansa nuestra esperanza.

