El "Jesús Histórico"

 Análisis, ensayo.

Historia, filosofía y fe católica contra la reducción antiteísta de Jesús de Nazaret


Cuando el método termina sustituyendo a la Historia

Hablar del «Jesús histórico» parece, a primera vista, una expresión perfectamente legítima. La Historia posee un método propio: analiza fuentes, cronología, transmisión textual, testimonios independientes, contexto social, político y religioso. El problema comienza cuando ese método deja de investigar qué ocurrió y empieza a decidir, antes de examinar las fuentes, qué pudo o no pudo haber ocurrido. Entonces ya no estamos ante historiografía, sino ante filosofía aplicada a la Historia.

Éste es el punto de partida del "Jesús Histórico" (obra actualmente pendiente de revisión editorial). Su tesis central es sencilla, aunque sus consecuencias sean profundas: no existen dos Jesús, uno supuestamente «histórico», reducido de antemano a mero hombre, y otro «Cristo de la fe», construido posteriormente por los Apóstoles, San Pablo, San Juan o los concilios. Existe un solo Jesucristo.

Los Evangelios sinópticos, el Evangelio de San Juan, los Hechos y las cartas apostólicas pertenecen al conjunto de fuentes fundamentales del cristianismo primitivo. Sus diferencias de estilo, finalidad y profundidad teológica no permiten convertirlas arbitrariamente en documentos incompatibles. Marcos puede presentar a Cristo perdonando pecados y reclamando una autoridad que sus adversarios consideran propia de Dios; Pablo puede hablar del Hijo como aquel por quien existen todas las cosas; y Juan puede formular con extraordinaria precisión la verdad que recorre toda la predicación apostólica:

Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος — In principio erat Verbum — En el principio era el Verbo.

La elección del término griego Λόγος no es accidental. Durante siglos, la filosofía había buscado el principio racional del ser, la inteligibilidad del cosmos (el orden, no confundir con el uso vulgar de cosmos como universo) y el fundamento de la verdad. Heráclito había hablado del Logos; los estoicos desarrollarían la idea de una racionalidad que atraviesa el universo; Filón utilizaría el término dentro de una reflexión profundamente marcada por el encuentro entre pensamiento griego y tradición bíblica. San Juan da un paso que ninguna filosofía podía alcanzar por sí sola: el Logos no es una fuerza, una ley impersonal ni una abstracción.

El Logos es una Persona.

Y el Logos se hizo carne.

Ὁ λόγος σὰρξ ἐγένετο — Et Verbum caro factum est — Y el Verbo se hizo carne.

Aquí se encuentra el centro de la cuestión cristológica. Jesucristo no es un hombre posteriormente divinizado, ni una divinidad que sólo aparentó humanidad. Es verdadero Dios y verdadero hombre. Los concilios de Nicea, Éfeso y Calcedonia no inventaron esta identidad; desarrollaron el lenguaje necesario para protegerla frente a las interpretaciones que pretendían disminuirla, dividirla o deformarla.

Las fuentes externas al cristianismo —Josefo, Tácito, Suetonio y posteriormente las tradiciones rabínicas— tampoco describen el nacimiento tardío de un personaje imaginario, sino la existencia de un movimiento ya centrado en Cristo, su ejecución bajo Poncio Pilato y la temprana expansión de sus discípulos.

Por eso el verdadero problema del llamado «Jesús histórico» aparece cuando «histórico» comienza a significar necesariamente «no divino». Si se establece previamente que Dios no puede encarnarse, que los milagros no pueden ocurrir y que la Resurrección es imposible, el resultado de la investigación ya ha sido decidido antes de estudiar las fuentes.

La Historia puede distinguir. No puede mutilar.

El cristianismo afirma una identidad inseparable:

Iesus est Logos.

Iesus est Homo.

Iesus est Deus.

Iesus est Via, Veritas et Vita.

Y ese Jesús, no otro, es el que pertenece verdaderamente a la Historia...

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