El Ecuminismo

 Opinión 

Me pregunto con sinceridad cómo es posible hablar de un verdadero ecumenismo cuando, en la práctica, muchos de nuestros hermanos ortodoxos consideran a la Iglesia Católica como hereje, llaman traidores a los católicos orientales en comunión con Roma y veneran como santos a quienes denunciaron a la Iglesia latina como desviada de la fe. Esta realidad no es marginal: basta conocer el pensamiento de numerosos jerarcas, presbíteros, diáconos y teólogos ortodoxos para comprobar que, más allá de gestos diplomáticos, existe una convicción doctrinal de fondo que no reconoce la legitimidad de Roma como cabeza visible de la Iglesia de Cristo. Y frente a ello, a menudo se espera de los católicos una actitud de apertura unilateral, como si la Iglesia debiera ceder en cuestiones esenciales para lograr un acercamiento que, desde la otra parte, no encuentra reciprocidad.

Hablo desde mi lugar como católico latino, perteneciente al rito romano en su forma posterior al Concilio Vaticano II, que no desconoce la continuidad doctrinal que viene desde Trento, San Pío V y toda la tradición previa. Y es justamente desde esa conciencia eclesial que surge la inquietud: ¿es el ecumenismo un camino real para la unidad o, más bien, se ha convertido en un ejercicio diplomático que sacrifica claridad doctrinal en nombre de un acercamiento que nunca se concreta? La Iglesia siempre ha sido universal, inclusiva y acogedora, pero nunca al precio de diluir la verdad revelada ni de renunciar al depósito de la fe recibido de los Apóstoles, confirmado por los Padres, defendido por los concilios y custodiado por los sucesores de Pedro.

Lo que observo en los últimos años, particularmente bajo el pontificado actual, es una creciente ambigüedad en ciertos gestos, documentos y enfoques pastorales que generan confusión entre los fieles. La realidad eclesial en Alemania es un ejemplo doloroso: un camino sinodal que se aleja visiblemente del magisterio perenne, una estructura eclesiástica dependiente de un impuesto estatal que financia incluso instituciones contrarias a la moral natural, y un clima doctrinal impregnado de relativismo donde se presenta como “desarrollo” lo que en realidad contradice enseñanzas irreformables. Cuando la autoridad no corrige desvíos tan evidentes, el daño se amplifica: muchos fieles quedan desconcertados, otros asumen como legítimo lo que nunca podría serlo, y quienes permanecen fieles a la doctrina de siempre son tildados de rígidos o faltos de caridad.

No pretendo juzgar la intención interior de nadie, pero es imposible ignorar la confusión que producen documentos ambiguos como Fiducia supplicans, los cuales, al no distinguir adecuadamente entre personas y actos, terminan permitiendo interpretaciones que chocan con dos mil años de enseñanza moral. La misericordia siempre ha sido parte esencial de la Iglesia, pero nunca ha consistido en bendecir situaciones objetivamente contrarias al Evangelio. Jesús acogía, sí, pero también decía con claridad: “Ve y no peques más”. La Iglesia auténticamente inclusiva es aquella que abre sus puertas para invitar a la conversión, no para legitimar aquello que Dios mismo ha revelado como contrario a su designio.

La raíz de muchos desórdenes actuales es, en el fondo, una pérdida del sentido de la autoridad de Cristo. Porque si Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre —y lo es—, entonces su palabra no es negociable, su moral no depende de las épocas, y su Iglesia no puede contradecirse sin destruir su propia identidad. Nuestra fe no es una construcción humana adaptable al gusto de cada generación; es un don divino que se transmite íntegro. La unidad verdadera nunca ha surgido de pactos diplomáticos sino de la adhesión común a la verdad.

Por eso la cuestión ecuménica debe ser examinada sin ingenuidad. Si algunos sectores ortodoxos consideran que desde 1054 Roma perdió la fe, y si algunos sectores protestantes sostienen que la Iglesia católica es la “gran ramera” apocalíptica, ¿cómo construir un diálogo auténtico cuando las premisas de partida ya niegan nuestra identidad? ¿Acaso la unidad se consigue aceptando como válidas doctrinas contrarias al Evangelio? ¿O cediendo aspectos esenciales del dogma en nombre de una fraternidad abstracta? Si aceptáramos que en lo esencial estábamos equivocados, entonces deberíamos concluir que los santos latinos desde el cisma hasta hoy caminaron fuera de la verdad, que los concilios posteriores no fueron guiados por el Espíritu Santo y que miles de almas fueron engañadas durante un milenio entero. Esa conclusión es incompatible con la indefectibilidad de la Iglesia y con la promesa de Cristo de estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Cuando uno observa la historia, queda claro que la ruptura del siglo XI no se debió únicamente a diferencias teológicas, sino también a factores políticos, culturales y humanos. Y aunque respetamos profundamente la tradición oriental y su riqueza espiritual, ello no anula el hecho de que Cristo fundó su Iglesia sobre Pedro como principio visible de unidad. La distancia de casi mil años desde el cisma no se supera ignorando las causas, ni tampoco renunciando a la verdad para ganar simpatías. La verdadera caridad exige claridad: la unidad no es posible si no se reconoce el primado petrino y la autoridad del magisterio.

A la luz de esto, creo que la Iglesia está llamada a dialogar, sí, pero sin perder de vista que la unidad solo puede darse en la verdad que Cristo reveló y que la Iglesia ha custodiado fielmente. No se trata de “traerlos como sea”, aceptando errores en nombre de la paz, sino de anunciar con firmeza y humildad la plenitud de la fe católica. A quienes están separados se les ama como hermanos, pero se les invita a volver a la comunión plena, no a negociar la verdad. Y dentro de la Iglesia, a los propios pastores les corresponde custodiar sin ambigüedad ese depósito, corregir los errores cuando surgen y evitar que bajo el nombre de ecumenismo se introduzcan confusiones que perjudican la fe de los sencillos.

En definitiva, la unidad de los cristianos solo será real cuando sea una unidad en Cristo, que es la Verdad. No puede haber comunión plena si no hay un mismo credo, una misma moral, una misma aceptación del primado de Pedro, una misma fidelidad al magisterio. Por eso la misión de la Iglesia no es adaptarse al mundo ni diluir la doctrina, sino anunciar con claridad y amor aquello que hemos recibido. El ecumenismo auténtico no consiste en rebajar la verdad, sino en proponerla con caridad para que todos puedan volver a la Casa del Padre.

A partir de este punto deseo aclarar algo: entiendo que mi reflexión puede resultar extensa e incluso intensa, pero me mueve únicamente el amor por la verdad revelada. Cristo —verdadero Dios y verdadero hombre— aborrece el pecado y ama al pecador, y quiere su salvación, no su condenación. Desde esta certeza, que pertenece al núcleo mismo de la fe cristiana, la Iglesia ha empleado siempre la filosofía realista para explicar con claridad lo que enseña, porque la revelación no es un mito ni una idea, sino un hecho histórico y sobrenatural: la Encarnación, la predicación del Evangelio, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, y su envío de los Apóstoles, cuyos mártires y santos dieron su vida para conquistar Roma para Cristo y extender la fe hasta los confines del mundo.

Es desde esta perspectiva que deben comprenderse también ciertos juicios bíblicos que muchos malinterpretan. Cuando en el Apocalipsis se mencionan “los que se llaman judíos y no lo son, sino sinagoga de Satanás”, no se está hablando de raza ni de linaje —ni abrahámico, ni israelita, ni de Judá—, sino de una realidad espiritual: la oposición religiosa a la fe en Jesucristo. La Escritura denuncia, no a un pueblo en cuanto tal, sino a quienes, en cualquier época, niegan la divinidad del Señor, rechazan la Encarnación y combaten el misterio de la Redención. Esto no es antisemitismo ni lo ha sido jamás en la enseñanza de la Iglesia; se trata de una advertencia teológica que puede aplicarse a cualquier sistema religioso o ideológico que niegue que Jesucristo es Dios. La Primera Carta de Juan es explícita: “Todo espíritu que no confiesa a Jesucristo venido en carne no es de Dios; ese es el espíritu del anticristo”. La Iglesia, fiel a esta verdad, siempre ha orado por la conversión de todos, incluido el pueblo judío y todos aquellos que no reconocen a Cristo como Señor, sean paganos o pertenecientes al islam.

Respecto al islam, es necesario hablar con precisión. La Iglesia reconoce que afirman creer en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y en ese sentido pastoral y diplomático se emplean ciertos términos en documentos del Magisterio para promover la convivencia y el respeto mutuo. Pero la realidad doctrinal es otra: ellos niegan que Jesucristo sea Dios, niegan que el Espíritu Santo sea Dios, niegan la paternidad divina tal como la reveló el Hijo, y conciben a Dios desde una perspectiva que termina siendo profundamente distinta de la revelada en Cristo. La teología islámica, además, incorpora elementos de antiguas herejías cristianas —docetismo, adopcionismo, tendencias gnósticas, milenarismos carnalizados— fusionados de manera sincrética. Desde la fe católica, esto no puede considerarse continuidad con la revelación, sino una ruptura. Y aunque los católicos no estamos llamados a odiar, despreciar ni perseguir a nadie —eso sería contrario al Evangelio—, tampoco podemos negar que, históricamente, quienes no aceptan su religión han sido sometidos mediante tributo, presión social o incluso violencia, como testimonian múltiples fuentes.

Por eso me preocupa cuando algunos católicos afirman, con una ligereza impropia, que “los musulmanes creen en el mismo Dios que nosotros” en un sentido teológico estricto. Esa interpretación no responde al contenido del depósito de la fe, sino a un intento pastoral de promover la paz social, lo cual es legítimo en su ámbito, pero no debe confundirse con la verdad doctrinal. En lo esencial, la fe islámica niega lo que constituye el corazón mismo del cristianismo: la Encarnación del Verbo, la Trinidad, la Redención, la divinidad de Cristo. Y quien niega estos misterios niega la verdad revelada por Dios.

Lo mismo puede decirse —con los matices propios— de las diversas corrientes protestantes. El protestantismo no es una Iglesia, sino un conjunto de movimientos doctrinalmente fragmentados que, al negar aspectos esenciales de la fe, terminan reproduciendo el mismo patrón: cada líder se convierte en su propio intérprete supremo, su propia autoridad magisterial. Desde Lutero, Calvino, Zwinglio y Melanchthon hasta las ramas pentecostales y arminianas contemporáneas, la lógica es la misma: la Escritura sin la Tradición, la fe sin la unidad visible, la interpretación privada sin el Magisterio. Y eso conduce inevitablemente a la división, porque la herejía siempre conserva una parte de la verdad, pero mutilada o incompleta, lo cual engendra nuevas rupturas y finalmente desemboca en la negación de la verdad entera.

El padre de la mentira actúa precisamente así: mezclando verdad y error. Por eso la Iglesia, en fidelidad a Cristo, no puede aceptar como equivalentes doctrinas que niegan la revelación, ni puede considerar “caminos alternativos” sistemas religiosos que rechazan lo que Dios mismo ha manifestado en su Hijo. La caridad nos mueve a amar a todos; la verdad nos mueve a no llamar luz a lo que no lo es. La misión de la Iglesia es conducir todas las almas a Cristo, no dejarlas en el error. Porque sólo en Él está la salvación, y sólo su verdad hace libres a los hombres.

Galo Guillermo Alejandro Farfán Cano,

Laico de la Santa Romana Iglesia. 

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