Canonizaciones pendientes

 Opinión

En tiempos marcados por el relativismo moral, la fragmentación cultural y la creciente indiferencia religiosa, resulta especialmente necesario recuperar figuras históricas capaces de iluminar el presente con la solidez de sus virtudes. No se trata de idealizar un pasado ni de forzar analogías, sino de reconocer, con gratitud intelectual y honesta memoria, que algunas vidas humanas han encarnado principios objetivos y universales cuya vigencia permanece intacta. Entre esas figuras, tres merecen hoy una atención renovada: Catalina de Aragón, fray Francisco Jiménez de Cisneros e Isabel I de Castilla. No son santos canonizados, pero su testimonio —expresado en fidelidad, fortaleza, prudencia y sentido de misión— los convierte en modelos pertinentes para una época que confunde libertad con capricho, verdad con opinión y conciencia con sentimiento subjetivo.

Catalina de Aragón encarna la resistencia serena y firme ante la presión del poder, resistencia que no brota del orgullo ni del deseo de imponerse, sino de la convicción moral y de la fe. Su negativa a reconocer la invalidez del matrimonio con Enrique VIII no fue mero gesto político, sino afirmación de una verdad que supera conveniencias personales. En un mundo donde el vínculo matrimonial se trivializa, donde la fidelidad parece obsoleta y donde la palabra dada pierde fuerza frente al deseo inmediato, Catalina se alza como recordatorio viviente de que la verdad moral no se negocia y que la dignidad humana florece cuando se mantiene la coherencia interior aun a costa del sufrimiento. Su testimonio es una forma de martirio incruento: perderlo todo —posición, seguridad, afectos, incluso la cercanía de su hija— sin traicionar la verdad que se profesa.

Cisneros, por su parte, ofrece un contrapunto complementario: la reforma como camino de santidad y de responsabilidad. En él se sintetizan la austeridad franciscana, la inteligencia aguda y el sentido del bien común. No necesitó rupturas ni rebeldías para transformar la Iglesia y la sociedad; su renovación nació desde dentro, desde la conversión personal, desde la obediencia, desde la fidelidad a la tradición. Su espíritu reformador no es el del voluntarismo moderno que destruye para construir sobre ruinas, sino el humanismo cristiano que purifica, ordena, fortalece y eleva. En una época que confunde libertad con negación de la autoridad y progreso con ruptura absoluta, Cisneros recuerda que la verdadera reforma es hija de la virtud y no de la ideología, y que la disciplina —palabra hoy malentendida— es condición de la libertad interior y social. Su labor cultural, coronada por la Biblia Políglota Complutense, muestra que la fidelidad a la fe no está reñida con el estudio riguroso ni con la apertura intelectual, sino que se nutre de ellos.

Isabel la Católica completa este triángulo con la grandeza política y espiritual de quien entendió su poder como servicio. Frente a las versiones ideológicas que intentan simplificar su figura, la historia ofrece el retrato de una mujer de oración constante, de caridad efectiva, de visión política prudente y de firmeza orientada al bien común. Su capacidad de ordenar un reino devastado, su celo por la justicia, su protección de débiles y peregrinos, su apoyo decidido a la evangelización y su sentido profundo de responsabilidad revelan un modelo de gobernante que hoy resulta incómodo simplemente porque recuerda que la política auténtica no nace de la opinión fluctuante ni del cálculo electoral, sino de la noción objetiva de bien común. Allí donde el relativismo licúa todo principio, Isabel muestra que la autoridad puede ser ejercicio de virtud, que la ley puede ordenar a la paz y que la fe puede iluminar el ejercicio del poder sin convertirlo en tiranía.

Estas tres vidas —muy diferentes en contexto, carácter y vocación— se encuentran en un punto esencial: todas revelan que la verdad es normativa para la existencia humana. Ninguno de ellos actuó guiado por la comodidad, la popularidad o la conveniencia del momento; los tres comprendieron que la dignidad de la persona se juega en la adhesión a bienes objetivos que ni cambian ni envejecen. La fidelidad matrimonial de Catalina responde a la verdad sacramental del vínculo; la reforma de Cisneros, a la verdad de la vida eclesial ordenada por Cristo; la prudencia política de Isabel, a la verdad del bien común según la razón natural iluminada por la fe. Frente a un relativismo que disuelve la verdad en opinión y reduce el bien a preferencia subjetiva, estos tres «santos pendientes» —santos en potencia, santos en espíritu, santos en espera de reconocimiento— son como faros que no imponen, pero sí orientan.

En el fondo, lo que vuelve tan actuales estas figuras no es un romanticismo histórico, sino su capacidad para recordarnos que la fortaleza, la justicia, la templanza y la prudencia no son virtudes “del pasado”, sino exigencias permanentes de la naturaleza humana. En un tiempo que necesita testigos más que maestros, Catalina, Cisneros e Isabel ofrecen precisamente eso: testimonio. No predican desde abstracciones; se jugaron su vida, su reputación y su destino por aquello que creían verdadero. Su ejemplo invita a mirar de frente los desafíos contemporáneos —la fragilidad de la familia, la crisis de autoridad, la confusión moral, la pérdida de sentido— y a responder con la misma serenidad, firmeza y esperanza con que ellos respondieron a los suyos.

Quizá estos tres nombres, puestos juntos, parezcan poco habituales. Pero su convergencia ilumina lo que hoy falta: fidelidad, reforma y autoridad virtuosa. Si el relativismo actual tiene cura, no vendrá de nuevos discursos vacíos, sino de ejemplos concretos de vida; no vendrá de proclamas ideológicas, sino de la rehabilitación interior de las virtudes; no vendrá de la novedad por sí misma, sino del retorno consciente a lo verdadero, lo bueno y lo bello. Por eso, Catalina de Aragón, fray Francisco Jiménez de Cisneros e Isabel la Católica no son reliquias del pasado, sino brújulas para un presente que ha perdido el norte. Y tal vez, con el tiempo y la madurez espiritual del pueblo cristiano, lleguen a ser reconocidos oficialmente como lo que ya son por su testimonio: modelos luminosos para la Iglesia y ejemplos necesarios para una época que necesita, más que nunca, santos capaces de sostener la verdad sin miedo.

Galo Guillermo Farfán Cano,
Laico de la Santa Romana Iglesia 

Populares