León IX y la falsa tesis de la “fundación” de la Iglesia Católica: el sentido histórico y teológico del cisma de 1054
Apología
Introducción
Entre las confusiones más recientes que se difunden desde ciertos sectores de la ortodoxia oriental contemporánea se encuentra la afirmación de que la Iglesia Católica “fue fundada” o “surgió” con el papa León IX en el siglo XI, como si el pontífice hubiera creado una nueva institución al margen de la Iglesia primitiva.
Tal postura, además de carecer de fundamento histórico, incurre en una grave tergiversación eclesiológica: confunde la continuidad del Primado apostólico de Roma con la separación que ciertos patriarcados orientales consumaron por razones políticas, culturales y teológicas en el contexto del llamado Cisma de Oriente u Occidente del año 1054. En realidad, no fue Roma quien se apartó de la Iglesia, sino que fueron algunas Iglesias orientales las que rompieron la comunión visible con el patriarcado romano, alegando divergencias doctrinales menores y diferencias de rito que, con el tiempo, se convirtieron en pretextos para justificar una independencia eclesiástica no reconocida por la Tradición apostólica. Comprender este hecho con rigor implica examinar tanto las raíces históricas como los principios doctrinales que se encontraban en juego, y distinguir entre la economía política del Imperio bizantino y la economía salvífica de la Iglesia universal.
Desarrollo
La Iglesia fundada por Cristo no tuvo otro origen que el mandato divino dado a los Apóstoles y, en particular, a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). Desde los primeros siglos, la comunidad cristiana reconoció en la Sede de Roma la cátedra de Pedro, es decir, el principio de unidad visible de la Iglesia universal. Los grandes Padres orientales, como san Atanasio de Alejandría, san Basilio Magno, san Juan Crisóstomo y san Cirilo de Alejandría, reconocían en Roma la referencia doctrinal última cuando surgían controversias. En los concilios ecuménicos de los siglos IV y V, fue habitual que las decisiones finales fueran confirmadas por el obispo de Roma, cuya autoridad no se derivaba del poder imperial, sino de la sucesión apostólica. La noción de que el papado “surgió” con un pontífice concreto carece, por tanto, de sentido teológico: el Primado romano no fue una invención medieval, sino la expresión visible de una realidad que la Iglesia reconocía desde sus orígenes.
En los siglos IX al XI, sin embargo, el equilibrio entre Oriente y Occidente comenzó a deteriorarse. Constantinopla, convertida en la capital del Imperio bizantino, había adquirido un peso político y eclesiástico creciente. Los patriarcas de aquella sede empezaron a atribuirse un rango equiparable al de Roma, apoyándose en la organización civil del Imperio. Así, el título de “Patriarca Ecuménico”, usado por primera vez en el siglo VI, fue considerado por Roma como una desviación peligrosa, pues sugería una universalidad que solo correspondía al sucesor de Pedro. Detrás de las disputas teológicas —como la cuestión del Filioque o el uso del pan ácimo en la Eucaristía— se escondía un conflicto de jurisdicción: Constantinopla pretendía ejercer autoridad sobre regiones que Roma consideraba bajo su propia esfera apostólica, especialmente en el sur de Italia y los Balcanes.
El papa León IX (1049–1054), lejos de “fundar” una nueva Iglesia, fue precisamente quien defendió la continuidad y legitimidad del Primado romano frente a las pretensiones de independencia del patriarca Miguel Cerulario. Durante su pontificado, León IX intentó restablecer el orden y la comunión entre Oriente y Occidente, enviando legados a Constantinopla con la intención de resolver las tensiones. Sin embargo, el patriarca Cerulario, influido por factores políticos y por un profundo resentimiento hacia la hegemonía latina, cerró las iglesias latinas de Constantinopla, prohibió los ritos occidentales y escribió cartas insultantes contra Roma, acusando a los latinos de herejía por prácticas litúrgicas menores. El papa respondió defendiendo con firmeza la ortodoxia de la Iglesia romana, subrayando que su autoridad provenía de Cristo mismo y no de ninguna concesión imperial.
El momento decisivo ocurrió en julio de 1054, cuando los legados pontificios, encabezados por el cardenal Humberto de Silva Candida, depositaron en Santa Sofía la bula de excomunión contra Cerulario y sus seguidores, tras fracasar los intentos de reconciliación. El patriarca respondió con un sínodo local que excomulgó a los legados, y de este modo se consumó la ruptura. No obstante, ni León IX ni los obispos de Roma posteriores consideraron que la Iglesia católica se hubiera “fundado” entonces: simplemente permaneció fiel a su identidad apostólica, mientras que algunos patriarcados orientales se separaron de la comunión universal. La continuidad institucional y doctrinal permaneció en Roma; la ruptura fue oriental.
Decir que León IX “fundó” la Iglesia Católica implica desconocer el desarrollo histórico de la eclesiología. Roma no adoptó un nuevo credo ni instituyó un nuevo cuerpo eclesial: conservó lo que siempre había sido. El término catholica, usado desde los tiempos de san Ignacio de Antioquía (siglo I), designaba precisamente la universalidad de la Iglesia en comunión con la Sede de Pedro. De hecho, los documentos del siglo XI y posteriores muestran que los orientales fueron los que modificaron su propia autodefinición, pasando a llamarse “ortodoxos” —es decir, los que guardan la recta doctrina— como reacción frente a Roma. Por tanto, no fue Roma quien cambió de nombre, sino los patriarcados orientales que se separaron de ella. El papa León IX, en su correspondencia con Cerulario, insiste explícitamente en que la Iglesia romana no es una Iglesia particular entre otras, sino la misma Iglesia universal fundada por Cristo, y que apartarse de ella es apartarse de la comunión católica.
El trasfondo político también fue determinante. El Imperio bizantino, debilitado por presiones externas y conflictos internos, veía en la independencia eclesiástica un modo de afirmar su soberanía frente a Occidente. Cerulario y sus sucesores usaron la religión como instrumento de afirmación nacional, trasladando a la esfera teológica un conflicto de poder. En cambio, el papado, que había heredado el legado espiritual del Imperio romano, entendía su misión como universal: Roma no pretendía dominar políticamente a Oriente, sino custodiar la unidad de la fe. Cuando se dice que el papa “se arrogó” una supremacía, se olvida que esa supremacía no era jurídica sino sacramental. El Primado romano es un servicio de unidad instituido por Cristo, no una invención humana. De ahí que León IX actuara como garante de la comunión, no como fundador de una Iglesia nueva.
El Filioque, frecuentemente invocado como causa doctrinal del cisma, tampoco puede considerarse motivo legítimo de ruptura. La expresión “y del Hijo”, añadida al Credo niceno en Occidente, no alteraba el dogma trinitario, sino que explicaba una verdad ya presente en la Escritura y en los Padres: que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio. Muchos teólogos orientales de la antigüedad aceptaban esta doctrina, aunque no la formulaban en los mismos términos. Por tanto, el argumento teológico fue solo un pretexto para una separación ya decidida por intereses políticos y eclesiásticos. Lo que realmente estaba en juego era la autoridad universal del Papa y la unidad visible de la Iglesia.
En este sentido, la figura de León IX representa no el nacimiento, sino la defensa de la Iglesia Católica como depositaria íntegra de la fe apostólica. Su correspondencia y sus decretos revelan un pensamiento profundamente consciente de la continuidad histórica del papado: no se considera creador de nada nuevo, sino heredero del poder de las llaves confiado a Pedro. Los documentos contemporáneos al cisma demuestran que, mientras Roma mantenía la doctrina tradicional sobre la sucesión petrina, los patriarcados orientales empezaban a definir su identidad en oposición a Roma, generando una fragmentación que a lo largo de los siglos se multiplicaría en distintas Iglesias autocéfalas. Así, la unidad visible de la Iglesia, que desde los primeros concilios se reconocía bajo la autoridad del Papa, se perdió en Oriente, donde la sinodalidad reemplazó al Primado como principio de gobierno. La consecuencia teológica fue grave: la comunión dejó de tener un centro visible, convirtiéndose en una confederación de Iglesias locales sin vínculo magisterial universal.
Decir, entonces, que León IX “fundó” la Iglesia Católica es desconocer el principio básico de la eclesiología cristiana: que la Iglesia es una y visible desde Pentecostés, y que su unidad se mantiene a través de la sucesión apostólica de Pedro. Roma no nació en 1054; existía desde el siglo I como cabeza del cuerpo eclesial. Los que se separaron en 1054 fueron algunos miembros del cuerpo, no la cabeza. Atribuir al Papa León IX la “fundación” de la Iglesia Católica equivale a acusar a Pedro de haberse fundado a sí mismo cuando confesó a Cristo en Cesarea de Filipo. En realidad, la Iglesia Católica no puede tener otro fundador que Cristo, ni otra piedra visible que Pedro. Por ello, la afirmación ortodoxa carece de fundamento teológico y contradice los propios testimonios patrísticos que los orientales dicen venerar.
Conclusión
El cisma de 1054 no creó dos Iglesias; reveló la fractura de una comunión. León IX no fundó la Iglesia Católica: la defendió frente a una rebelión jurisdiccional motivada por intereses políticos y nacionalistas. La Iglesia Católica, como continuidad histórica y sacramental del Cuerpo de Cristo, existía desde los Apóstoles y siguió existiendo después del cisma, mientras que los patriarcados orientales adoptaron una forma de organización que, con el tiempo, los llevó a perder la unidad visible que Cristo quiso para su Iglesia. El problema, en última instancia, no fue el Filioque ni las diferencias litúrgicas, sino la negativa de Oriente a aceptar la oikonomía divina de la unidad bajo Pedro. Roma, fiel a su vocación, conservó la doctrina, la sucesión apostólica y la jurisdicción universal que siempre había ejercido. Quien hoy afirma que León IX “fundó” la Iglesia Católica incurre en una inversión histórica: fue precisamente bajo su pontificado que Roma reafirmó su identidad apostólica frente a la desobediencia oriental. La Iglesia Católica no se fundó en el siglo XI; fue entonces cuando se defendió de su primera gran escisión.
En definitiva, el cisma de 1054 no marca el nacimiento de la Iglesia Católica, sino la pérdida de comunión de algunos de sus miembros. La Iglesia no puede fundarse dos veces, porque es una realidad divina perpetuada en el tiempo. El Primado de Pedro, que León IX encarnó en un momento de crisis, no es una creación humana ni un artificio político, sino la manifestación visible de la voluntad de Cristo: que haya un solo rebaño bajo un solo Pastor.

