La Reforma: ruptura de la unidad y génesis del naturalismo teológico
Análisis
Este análisis no pretende ser una descalificación personal de quienes hoy se reconocen como protestantes, sino una reflexión doctrinal y filosófica sobre el fenómeno histórico y teológico de la Reforma, a la luz de la verdad católica. Es indispensable, antes que nada, comprender que la Reforma no fue únicamente un cisma visible entre cristianos, sino una ruptura metafísica y teológica con el principio mismo de unidad: la Iglesia de Cristo, Cuerpo Místico edificado sobre el fundamento de Pedro.
La Sede Apostólica de Roma, cabeza visible del Cuerpo, sucede al apóstol Pedro en su oficio petrino de confirmar en la fe a sus hermanos y apacentar el rebaño de Cristo. A Pedro le fueron dadas las llaves del Reino de los Cielos, que jamás le han sido quitadas ni transferidas a otro poder terreno. El texto del Apocalipsis que menciona las “llaves de David” no debe confundirse con las “llaves del Reino de los Cielos”: las primeras pertenecen al trono davídico y simbolizan la autoridad del mayordomo que custodia la casa del rey; las segundas pertenecen al poder espiritual conferido por Cristo al príncipe de los apóstoles. De esta continuidad apostólica nace la autoridad de la Iglesia Católica y la garantía de su indefectibilidad.
Del voluntarismo al naturalismo: la raíz filosófica del error.
El voluntarismo, heredado de Juan Duns Escoto, desplazó la primacía del entendimiento sobre la voluntad, subordinando la razón al querer divino concebido de modo arbitrario. Esta alteración del orden ontológico del ser llevó a negar la inteligibilidad de la realidad y a concebir la fe como un acto puramente subjetivo. De ese voluntarismo nació el nominalismo ockhamista, que destruyó la noción de naturaleza y de universal. El mundo dejó de ser participación del ser divino para convertirse en una suma de hechos particulares sin causa formal común.
Cuando Lutero y Calvino heredaron este modo de pensar, lo trasladaron al ámbito teológico. El resultado fue una nueva gnosis de carácter naturalista: el orden sobrenatural se disolvió en el plano de la experiencia humana. El naturalismo filosófico se convirtió en el fundamento del empirismo teológico, y de éste nació el cientificismo moderno.
El empirismo, hijo del naturalismo, redujo la verdad a lo mensurable, negando toda metafísica del ser. Y el cientificismo, su derivación ideológica, pretendió imponer como absoluta una verdad que sólo puede ser relativa, pues depende de métodos experimentales y de instrumentos de medición que cambian con el tiempo. La ciencia particular, por más rigurosa que sea, no puede elevar sus conclusiones al rango de dogma, porque sus verdades son condicionales, no inmutables.
El dogma de fe, en cambio, procede de la autoridad divina que revela y de la Iglesia que define y delimita esa revelación. La función del Magisterio no es inventar, sino purificar el pensamiento humano de error y conservar el depósito de la fe. Por eso la verdad revelada tiene un carácter inmutable y universal que ninguna ciencia particular puede alcanzar. La certeza teológica no se mide por la verificación empírica, sino por la infalibilidad del Magisterio unido a la Cátedra de Pedro, en comunión con el Cuerpo Místico de Cristo.
El principio de “semper reformanda”: un escepticismo teológico.
Desde esta base naturalista, el semper reformanda adquiere su verdadero significado: no como búsqueda de santidad o purificación interior, sino como negación de toda certeza doctrinal. Si la Iglesia debe reformarse perpetuamente, entonces se niega que haya una verdad definitiva. En este sentido, el protestantismo institucionalizó el escepticismo: el dogma ya no expresa la verdad, sino la opinión de una comunidad en un momento dado.
De aquí derivan las “quinque solas”, las cinco fórmulas reformadas que constituyen el núcleo doctrinal del protestantismo. Todas ellas, sin excepción, son peticiones de principio, es decir, círculos viciosos que se autovalidan sin prueba externa:
Sola Scriptura presupone la inspiración divina de la Escritura, pero niega la autoridad que la definió como tal.
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Sola Fide afirma la salvación por la fe sola, pero no puede demostrar qué constituye la verdadera fe.
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Sola Gratia invoca la gracia, pero sin los sacramentos instituidos para comunicarla.
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Solus Christus proclama a Cristo único mediador, pero rechaza el medio por el cual Él quiso continuar su obra: la Iglesia.
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Soli Deo Gloria exalta la gloria de Dios, pero al negar el orden jerárquico y sacramental establecido por Él, termina reduciendo la gloria divina a una experiencia subjetiva.
El resultado es un sistema autorreferencial, donde la autoridad doctrinal depende de la interpretación individual o de la comunidad local. Así, lo que hoy se enseña mañana puede negarse sin contradicción, porque no existe un principio de verdad común ni una instancia de juicio infalible.
Un ejemplo elocuente es la actual Iglesia Anglicana, que ha llegado a ordenar mujeres y a aceptar prácticas contrarias a la moral cristiana tradicional. Sin embargo, en ese mismo ámbito surgen comunidades que, escandalizadas por tales desviaciones, regresan a la Iglesia Católica, reconociendo en ella la continuidad doctrinal que la Reforma perdió.
Del racionalismo cartesiano al cientificismo teológico.
El pensamiento reformado, al romper con el principio de autoridad, absorbió también el racionalismo cartesiano. De Descartes heredó la duda metódica y el subjetivismo, que más tarde Kant llevaría al idealismo inmanentista. Cuando este modo de pensar se introduce en la teología, produce lo que podríamos llamar un “cientificismo teológico protestante”: la pretensión de someter la fe a los métodos de las ciencias humanas, disolviendo el misterio en análisis psicológico o moral.
En esta dinámica, la razón queda anulada y la teología se convierte en un laboratorio de opiniones. La verdad deja de ser adaequatio rei et intellectus (adecuación del entendimiento a la realidad) para ser adaequatio mentis ad voluntatem, es decir, adecuación de la mente a la propia voluntad o experiencia. De ahí la multiplicidad inagotable de sectas y confesiones: cada una interpreta la Escritura según su criterio y se erige en iglesia autónoma.
Paradójicamente, al llevar esta lógica hasta sus últimas consecuencias, algunos reformados contemporáneos han llegado a sostener que incluso los católicos pueden salvarse, porque —según su propia doctrina— la salvación depende únicamente de la fe interior que sólo Dios puede juzgar. Esta afirmación, que parece generosa, en realidad revela el colapso del sistema: si la fe basta y la fe no puede ser conocida ni juzgada, entonces toda distinción doctrinal carece de sentido. El protestantismo termina anulándose a sí mismo en un relativismo teológico absoluto.
Conclusión: el fruto del error filosófico.
El semper reformanda, más que un impulso espiritual, es la consecuencia lógica del naturalismo filosófico, del escepticismo epistemológico y del voluntarismo teológico. La Reforma trasladó al ámbito religioso los errores del pensamiento moderno: la ruptura de la unidad del ser, la negación de la causalidad formal y final, y la sustitución de la verdad por la experiencia subjetiva.
Por eso, el remedio no puede ser una nueva reforma, sino un retorno a la metafísica del ser y a la doctrina católica tradicional, que es la única capaz de sostener racionalmente la fe. La Iglesia, fundada por Cristo y edificada sobre Pedro, permanece una, santa, católica y apostólica. En ella subsiste la plenitud de la verdad porque en ella subsiste el Verbo encarnado, que es la Verdad misma.
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