El Partido Comunista Chino y la tiranía del liberalismo filosófico llevado al colectivismo extremo
Opinión
En el debate contemporáneo sobre libertad y autoritarismo, a menudo se suele pensar en el comunismo y el liberalismo capitalista como polos opuestos irreconciliables. Sin embargo, desde una perspectiva filosófica y tradicional, ambos son ramas de una misma raíz: el liberalismo filosófico surgido de la Ilustración y la Revolución Francesa, particularmente en su variante de izquierda liberal, que rompe con la tradición para elevar la autonomía individual o colectiva a un absoluto incondicional.
El Partido Comunista Chino (PCCh) ejemplifica, quizá con mayor crudeza que ningún otro régimen, cómo esta matriz ideológica, cuando se lleva a su extremo colectivista y estatalista, desemboca en una forma de tiranía. Pero no se trata de un antagonismo entre libertad y opresión desde la visión clásica, sino de un fracaso radical de la libertad misma, entendida como la capacidad de vivir conforme a la naturaleza humana y a la verdad objetiva, que la tradición siempre ha defendido.
La raíz común: la izquierda liberal francesa
Para comprender esta dinámica, es
esencial volver al origen filosófico que comparten tanto el liberalismo
capitalista como el social-comunitarismo marxista. Ambos emergen de la
izquierda liberal francesa, esa corriente intelectual que, a partir del siglo
XVIII, propuso la liberación del individuo o la comunidad frente a toda
autoridad tradicional —sea la monarquía, la Iglesia o el orden social heredado—
bajo el ideal de autonomía racional.
Este liberalismo filosófico
sostiene que la persona es soberana y debe decidir por sí misma, sin estar
sometida a estructuras consideradas arbitrarias o autoritarias. En el
liberalismo capitalista, esa soberanía se traduce en el individuo dueño de su
libertad económica y de expresión; en el marxismo social-comunitarista, en el
pueblo o clase obrera como sujeto colectivo que debe emanciparse y subordinar
todo al Estado revolucionario que garantice la justicia social.
Ambas vertientes son, en esencia,
proyectos emancipatorios que buscan liberar al hombre de toda forma
tradicional o trascendente de autoridad. Y aquí reside la paradoja: la
búsqueda obsesiva de libertad, cuando se reduce a la autonomía radical, termina
creando nuevas formas de esclavitud.
El colectivismo extremo y la tiranía del PCCh
El Partido Comunista Chino representa la radicalización máxima del social-comunitarismo colectivista. Pero su “liberación” es paradójica: se libera al pueblo de toda referencia trascendente —moral, religiosa o cultural— para imponer una ideología única y un Estado absoluto que controla cada aspecto de la vida.
Este colectivismo totalitario es la manifestación concreta de la tiranía del liberalismo filosófico llevado al extremo. Ya no hay espacio para la libertad genuina, porque la autonomía está reducida a la adhesión obligatoria al Partido, a la sinización absoluta de toda cultura y religión, y a la vigilancia constante.
La sinización de la religión —que hoy es noticia por su intento de controlar hasta la más íntima expresión de fe— no es sino una manifestación de esta lógica: cualquier institución o conciencia que no se someta al poder del Estado debe ser neutralizada, controlada o destruida. La libertad, en este esquema, no es un derecho natural sino una concesión política.
La tradición como guardiana de la libertad verdadera
Frente a esta visión
reduccionista y autoritaria, la tradición ofrece una concepción radicalmente
distinta de la libertad. Desde la tradición cristiana y filosófica occidental,
la verdadera libertad no es autonomía absoluta, sino vivir conforme a la
naturaleza humana y la ley moral objetiva, que trasciende al individuo y al
Estado.
La libertad no es poder hacer lo
que uno quiera, sino la capacidad de elegir el bien verdadero, lo que ennoblece
y da sentido a la existencia. Esta libertad se sostiene en la verdad y en el
orden natural, que la Ilustración y sus herederos liberales han intentado
socavar.
Por eso, la tiranía del PCCh no
es solo un problema político o económico, sino un síntoma del fracaso de la
modernidad liberal y su incapacidad para ofrecer un horizonte antropológico y
moral sólido.
¿Capitalismo o comunismo? Una falsa disyuntiva liberal
La narrativa dominante del siglo XX ha planteado el conflicto entre capitalismo y comunismo como la gran pugna ideológica de nuestro tiempo. Sin embargo, este antagonismo es superficial. Ambos sistemas, por más enfrentados que parezcan, surgen de una misma matriz: la cosmovisión moderna, liberal y secularizada, que ha roto con los principios trascendentes, con el orden simbólico y con la comunidad orgánica que daba sentido a la vida humana.
El capitalismo liberal,
hijo de la Ilustración y del racionalismo burgués, ensalza la libertad del
individuo entendido como átomo autosuficiente. El mercado se convierte en el
nuevo dios regulador, y la competencia, en la ley suprema de la existencia.
Pero esta libertad es una ilusión vacía: en lugar de liberar, disuelve los
vínculos comunitarios, convierte al prójimo en competidor o instrumento, y
reduce al ser humano a consumidor.
Por su parte, el comunismo, aunque pretende ser su opuesto, comparte los mismos presupuestos antropológicos y filosóficos: la negación de la trascendencia, la fe ciega en el progreso histórico, y la obsesión por reorganizar la sociedad desde cero. Donde el capitalismo destruye la comunidad por el mercado, el comunismo la destruye por el Estado. Uno absolutiza el individuo; el otro, el colectivo. Pero ambos desarraigan al hombre de su tradición, de su familia, de su religión, de su lugar.
Ambos sistemas fracasan porque
entienden la libertad como algo puramente externo: hacer lo que uno desea o
someterse a una supuesta voluntad histórica colectiva. Pero la libertad
auténtica —la que dignifica— sólo puede florecer en un marco de verdad,
enraizada en un orden moral objetivo, anterior al individuo y superior al
Estado.
El capitalismo lleva al relativismo: sin verdad ni bien común, todo se convierte en elección subjetiva. El comunismo, en cambio, impone una verdad única dictada por el partido o el líder, negando la dignidad del disenso. Pero en ambos casos, la libertad muere: o por exceso de elección sin sentido, o por supresión total de la voluntad individual.
Frente a esta falsa dicotomía, lo
que se impone no es una tercera vía ecléctica, sino un retorno al orden
anterior a la ruptura moderna: un modelo de sociedad basado en la
tradición, la virtud, la familia, la jerarquía natural y el sentido
trascendente de la vida. No una nostalgia reaccionaria, sino una recuperación
activa de los principios que hicieron florecer a las grandes civilizaciones:
comunidad orgánica, autoridad con responsabilidad, y libertad ordenada al bien.
Este orden no es utópico ni programático. No necesita reinventar al hombre, porque parte de lo que el hombre es: un ser finito, social, moral y abierto a lo trascendente. Frente al caos moderno, este modelo reconoce que la verdadera libertad no es elegir entre mil opciones, sino vivir conforme al bien que la razón y la tradición iluminan.
Reflexión final
El proyecto de sinización total impulsado por el Partido Comunista Chino, y su modelo de Estado omnipresente y absolutista, no es sino la manifestación más reciente y extrema de un proceso histórico que tiene sus raíces en la ruptura radical con la tradición natural y cristiana, iniciada con la Revolución Francesa y la exaltación desmedida del liberalismo filosófico moderno.
Como católicos, herederos de una tradición milenaria fundada en la Revelación divina y la ley natural, estamos llamados a defender la verdadera libertad: aquella que no es autonomía arbitraria ni licencia sin freno, sino la libertad ordenada al bien, a la verdad y a la justicia. La auténtica paz y la justicia social solo se alcanzan cuando la libertad se funda en el orden natural establecido por Dios, en la familia, en la comunidad y en la autoridad legítima que guía hacia el fin último del hombre.
El desafío que enfrentamos no es meramente político, sino profundamente cultural y espiritual. Es necesario reconocer que la libertad que proclama el colectivismo tiránico —como el del PCCh— no es libertad, sino esclavitud disfrazada de emancipación. La esclavitud del cuerpo y del alma que reniega de Dios y de la dignidad inherente al hombre creado a su imagen.
Frente a esta realidad, nuestra tarea es testimoniar con claridad y valentía que la libertad auténtica solo puede existir enraizada en la verdad revelada y el orden moral natural, y que la única esperanza duradera para la humanidad reside en volver a Cristo y a Su Iglesia, fundamento firme e inmutable en medio de las tempestades del mundo.

