Cristología de la Inmaculada
Reflexión
Desde el principio de la historia humana, la revelación ha mostrado que el drama del pecado no es un accidente del alma, sino una ruptura ontológica en la comunión del hombre con Dios. En el mismo momento de la caída, cuando el hombre se sustrae del orden de la verdad y se arroja a la esclavitud de su propio querer, Dios pronuncia la sentencia que contiene ya la promesa de redención: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su talón”. En esta fórmula se cifra el núcleo entero de la economía salvífica. Dios no sólo anuncia un castigo al tentador, sino que decreta una enemistad absoluta, un abismo ontológico entre el principio del mal y la mujer de cuya descendencia vendrá el Redentor. Desde entonces, toda la historia de la salvación se orienta hacia esa Mujer y hacia ese Hijo, en los cuales el mal será destruido no por la fuerza, sino por la santidad. La enemistad que Dios pone no es moral, sino metafísica: no es el simple odio de la virtud hacia el vicio, sino la imposibilidad de coexistencia entre la plenitud de la gracia y la sombra del pecado.
Aquí se inserta el misterio de la Inmaculada Concepción, no como un privilegio accidental de María, sino como exigencia interna de la Encarnación del Verbo. En la estructura de la redención, Cristo es el nuevo Adán, cabeza de una humanidad restaurada en la gracia; y como el primer Adán fue formado de una tierra pura, así el segundo debía tomar carne de un seno inmaculado. La concepción sin mancha de María no es, pues, una concesión aislada, sino el cumplimiento de una coherencia teológica. Si el Verbo eterno, que es la Verdad subsistente y la Luz sin sombra, iba a unirse hipostáticamente a la naturaleza humana, no podía hacerlo en una materia ya corrompida por el desorden original. La unión hipostática no admite mezcla con el pecado, porque el pecado es precisamente la negación de Dios. Como enseña Santo Tomás de Aquino, Dios, que es la fuente de toda pureza, no podía asumir una carne mancillada sin contradicción: “No convenía que el Autor de la gracia naciera de una mujer que careciese de ella” (S.Th. III, q.27, a.1).
El dogma de la Inmaculada Concepción, definido solemnemente por el beato Pío IX en 1854 en la bula Ineffabilis Deus, expresa esta verdad con precisión metafísica: María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano. Esto significa que María también fue redimida, pero de un modo más perfecto: no por liberación del pecado ya contraído, sino por preservación previa. En ella la gracia operó de modo anticipado, aplicando la virtud de la cruz de Cristo antes de su acontecimiento histórico. De este modo, la redención alcanza su expresión más pura en aquella que debía ser Madre del Redentor.
El error protestante, al rechazar la doctrina de la Inmaculada, no es un malentendido menor, sino una consecuencia lógica de su propia teología deficiente. Al negar la cooperación de la gracia y la libertad en la economía de la salvación, el protestantismo disuelve el orden ontológico de la redención en un puro acto jurídico de imputación. En esta perspectiva, María ya no puede ser concebida como tipo y plenitud de la Iglesia, sino como una simple mujer elegida por una decisión arbitraria de Dios. Pero si la elección no transforma, la Encarnación misma se vuelve un acto externo: Cristo no asume verdaderamente la carne para santificarla desde dentro, sino que la utiliza como instrumento pasivo. De esta falsa antropología se sigue una cristología deformada, que llega a afirmar —como algunos reformadores lo hicieron— que Cristo tomó “carne de pecado” o que su bautismo fue un rito de purificación. La consecuencia implícita es gravísima: si el Verbo encarnado necesitó purificarse, entonces no es el Santo de Dios, sino un hombre entre los hombres; y si la carne que asumió era pecadora, entonces el pecado no fue redimido, sino asumido.
Contra esta deformación se alza toda la tradición patrística. San Ireneo, el primero en formular el paralelismo entre Eva y María, enseña que así como Eva, virgen desobediente, introdujo el pecado, María, virgen obediente, trajo la salvación. Este principio se funda en la tipología adámica: Cristo es el nuevo Adán, y María, la nueva Eva. Pero el paralelismo exige una correspondencia plena: así como el primer Adán procedió de una tierra virgen y pura, el nuevo Adán debía proceder de una Virgen purísima. El pecado no puede ser vencido si el Vencedor lo lleva en sí mismo. Por eso María, en cuanto Madre del Verbo, debía estar totalmente libre de la herencia de Adán, para que su Hijo no heredara lo que venía a destruir. De este modo, la Inmaculada Concepción no es un adorno devocional, sino una verdad estrictamente cristológica: asegura la realidad de la santidad de Cristo y la pureza absoluta de su humanidad.
Los protestantes que objetan que María no pudo ser concebida sin pecado porque sus padres eran pecadores, confunden el orden natural de la generación con el orden sobrenatural de la gracia. Dios no necesitó padres inmaculados para obrar un milagro de preservación: bastó con aplicar los méritos futuros de Cristo al instante de la concepción de María. La gracia no anula la naturaleza, pero la eleva y la sana. Así como Cristo resucitó muertos sin que los padres de éstos fuesen inmortales, así preservó a su Madre del pecado sin que sus progenitores fuesen puros. En María, la omnipotencia divina mostró que la redención no sólo limpia lo impuro, sino que puede también impedir que lo puro se manche. Esta modalidad preventiva de la gracia es la más perfecta, porque manifiesta la victoria absoluta de Dios sobre el mal antes de que éste actúe.
Otra deformación protestante consiste en atribuir a Cristo una carne “pecadora” hasta el momento de su bautismo. Esta afirmación, además de blasfema, contradice las Escrituras y toda la Tradición. San Pablo, en Romanos 8,3, dice que Dios envió a su Hijo “en semejanza de carne de pecado”, no “en carne de pecado”. La distinción es esencial: Cristo asumió la condición humana pasible, sujeta al dolor y a la muerte, pero no la corrupción del pecado. Él fue “tentado en todo, excepto en el pecado” (Heb 4,15). Su bautismo en el Jordán no fue para ser purificado, sino para purificar. San Gregorio Nacianceno lo expresa con claridad: “Cristo no fue purificado por las aguas, sino que Él purificó las aguas”. Al descender al Jordán, santificó el elemento mismo de la creación, anticipando la regeneración bautismal de los hombres. Pensar que Cristo necesitó purificación es negar su divinidad, y al mismo tiempo destruir la posibilidad de la salvación, porque sólo el Inmaculado puede borrar el pecado.
De aquí se desprende el nexo profundo entre cristología e inmaculismo. María no es inmaculada por sí misma, sino por Cristo; y Cristo, al ser concebido en una naturaleza sin pecado, realiza una unión hipostática sin mancha. En la Virgen, la humanidad alcanza su punto más alto de cooperación con la gracia: la libre aceptación del plan divino, el fiat, que abre el camino de la encarnación. Si la Virgen hubiera estado bajo el dominio del pecado, su consentimiento no habría podido ser plenamente libre ni meritorio. Sólo una voluntad plenamente libre de toda esclavitud interior puede responder con plenitud al llamado de Dios. Así, la Inmaculada no es solo la Madre corporal de Cristo, sino su primera colaboradora en el orden de la redención, como nueva Eva unida al nuevo Adán en la obra de restaurar la humanidad.
Cristo no podía coexistir con el pecado, ni en su ser ni en su origen. El pecado no es una sustancia, sino una privación del bien debido; pero, en cuanto privación, introduce un desorden en la naturaleza. Dios, que es el Orden subsistente, no puede unirse personalmente a lo desordenado. Por eso la Encarnación exige la pureza absoluta del instrumento humano a través del cual el Verbo asume la carne. La unión hipostática no se realiza entre Dios y una persona humana, sino entre la Persona divina y la naturaleza humana, pero esa naturaleza debía ser íntegra, libre de toda privación que implicara repugnancia al acto mismo de la unión. La Inmaculada Concepción es, en consecuencia, una exigencia metafísica de la cristología: la humanidad de Cristo debía proceder de una raíz sin corrupción, para que su ser humano fuera perfecto y verdaderamente santo.
La consecuencia espiritual de este misterio se refleja también en la economía de la gracia. El Espíritu Santo, que es el vínculo del amor entre el Padre y el Hijo, no habita en el alma en pecado mortal, porque el pecado destruye la caridad, y sin caridad no hay presencia trinitaria. De modo análogo, en el orden de la Encarnación, el Espíritu Santo, que obró el milagro de la concepción de Cristo en María, no podía operar en un sujeto manchado por el pecado. La plenitud del Espíritu requería una plenitud de pureza. En María, la gracia no solo borra, sino que impide; no sólo limpia, sino que conserva. Por eso la liturgia la llama tota pulchra, toda hermosa, y la tradición la reconoce como la “llena de gracia”, no en sentido afectivo, sino ontológico: el ser mismo de María fue colmado de la vida divina desde su origen.
La pureza de María, sin embargo, no la separa de la humanidad, sino que la consuma. Lejos de ser una excepción que la distancia de nosotros, la Inmaculada muestra lo que el hombre debía ser y lo que será por la gracia de Cristo. En ella se anticipa la restauración final del género humano: la victoria plena de la gracia sobre la naturaleza caída. En la Virgen, Dios rehace a la mujer, y por ella, al hombre. La enemistad entre la mujer y la serpiente se cumple no en un odio exterior, sino en una victoria interior del bien sobre el mal. María, por su pureza, aplasta la cabeza del tentador no por fuerza, sino por humildad; no por venganza, sino por santidad. Cristo, nacido de ella, prolonga esa victoria en la cruz, donde el pecado es destruido por el amor.
Así, la cristología de la Inmaculada revela el sentido profundo de la redención: el Verbo asume la humanidad no para convivir con el pecado, sino para extirparlo desde sus raíces. En su Madre, Dios muestra el modelo de la nueva creación, en la que la gracia no sólo restaura, sino que previene. María no necesitó ser purificada, porque nunca fue impura; y Cristo, que de ella tomó carne, no necesitó purificarse, porque Él es la pureza misma. La lógica del amor divino no es la de la reparación únicamente, sino la de la prevención por plenitud. Lo que en nosotros es curación, en María fue preservación; lo que en nosotros es don recibido después de la caída, en ella fue don que impidió caer.
Por eso la teología de la Inmaculada no puede separarse de la cristología. La santidad de María garantiza la santidad de Cristo en su humanidad; y la santidad de Cristo es la fuente de la nuestra. Negar la Inmaculada es debilitar la Encarnación, porque se hace del Verbo un huésped de la carne caída. La ortodoxia, en cambio, reconoce que la unión del Verbo y la carne se realizó en el orden más puro, donde el Espíritu Santo encontró morada perfecta. En la Virgen, la humanidad entera es ofrecida a Dios en su forma más pura; en Cristo, Dios se entrega al hombre en su forma más plena. De ese intercambio perfecto surge la salvación del mundo.
La teología moderna, al perder de vista la dimensión ontológica del pecado y de la gracia, ha tendido a reducir la Inmaculada a una categoría simbólica o a un privilegio piadoso. Pero en realidad se trata de una verdad estructural del cristianismo: la unión de Dios con la humanidad exige una humanidad sin pecado. El Verbo, que es el acto puro, no puede asumir una naturaleza corrompida sin contradicción. María, en su concepción inmaculada, es el punto de convergencia entre el orden natural y el sobrenatural: en ella la creación es plenamente dócil al Creador, y por eso en ella puede realizarse la Encarnación.
En suma, la cristología de la Inmaculada muestra que la salvación no es una idea moral ni una simple absolución jurídica, sino una transformación ontológica de la realidad humana. Dios no se limita a perdonar el pecado; lo destruye, lo erradica de su raíz. Y lo hace comenzando por aquella en quien su Hijo habría de tomar carne. María es la primera redimida y la primera criatura plenamente nueva. Su pureza no es un lujo teológico, sino la condición de posibilidad de la Encarnación. Ella es, en sentido pleno, el primer fruto de la redención y el espejo donde se refleja la santidad de Cristo.
El misterio de la Inmaculada Concepción no se comprende sino a la luz de Cristo, y Cristo no se entiende sino a la luz de su Madre. En el orden de la gracia, como en el de la naturaleza, la Madre precede al Hijo según la carne, pero el Hijo la precede en la gracia. María existe por Cristo, y Cristo toma carne por María. Esta reciprocidad perfecta manifiesta el plan eterno de Dios: la santidad absoluta de su Hijo y la pureza absoluta del seno que lo engendró. Allí donde el pecado abundó, la gracia sobreabundó; y en María, la gracia sobreabundó antes de que el pecado pudiera siquiera tocarla.
De este modo, la cristología de la Inmaculada revela el rostro más profundo del misterio cristiano: Dios no sólo salva al hombre del pecado, sino que lo eleva a participar de su santidad misma. María es el primer signo de esa participación plena. En ella, la humanidad es ya lo que será al final de los tiempos: toda santa, toda pura, toda de Dios. Y por eso su pureza no disminuye la gloria de Cristo, sino que la proclama, porque sólo el Redentor podía obrar una redención tan perfecta que comenzara por su propia Madre. En la Inmaculada se cumple el designio eterno: el Verbo se hace carne en la plenitud de la gracia, para que la gracia venza definitivamente al pecado.
En primer lugar, la “mujer” del Génesis no se refiere únicamente a Eva, sino en sentido pleno a María. Eva es tipo imperfecto de la Mujer futura, como Adán lo es del Hombre futuro, Cristo. La enemistad que Dios promete no se agota en la relación entre la primera mujer y el tentador, sino que se realiza definitivamente en la segunda, la que no cae ni participa del pecado. La descendencia de Eva, en cuanto nacida del pecado original, está efectivamente herida por la culpa, pero la descendencia de María, entendida en sentido pleno —Cristo—, está libre de toda mancha. El error protestante consiste en confundir la descendencia biológica universal de Eva con la descendencia mesiánica prometida en el Protoevangelio. Dios no prometió que todos los hijos de mujer serían sin pecado, sino que de la mujer nacería aquel que destruiría el pecado.
Así, la enemistad puesta por Dios no se entiende como un estado psicológico de oposición, sino como una realidad ontológica y teológica. En María y en su Hijo se realiza la enemistad perfecta: en ellos el demonio no tiene parte. En el resto de la humanidad, esa enemistad existe como llamada y posibilidad de gracia, pero no como estado consumado. Por eso, aunque los hombres nacen en pecado por herencia de Adán, nacen también bajo el signo de la promesa, es decir, en el horizonte de una redención ya decretada. El pecado no anula la palabra de Dios, sino que la prepara, mostrando la necesidad del Redentor. En la historia humana, la enemistad entre la mujer y la serpiente se va desplegando como combate espiritual, hasta alcanzar su cumplimiento total en la Virgen Inmaculada y en Cristo. En ellos, la oposición al mal no es parcial ni moral, sino absoluta y victoriosa.
El protestante, al negar la Inmaculada, destruye la consistencia de esa enemistad divina, porque si María hubiera nacido en pecado, entonces, durante algún tiempo, la serpiente habría tenido dominio sobre la misma mujer que debía aplastarle la cabeza. La enemistad dejaría de ser total para volverse relativa, y la palabra divina perdería su carácter absoluto. Pero Dios no habla en metáforas impotentes: lo que Él decreta se cumple sin restricción. Si Él pone enemistad, esa enemistad es perfecta; y si es perfecta, excluye el pecado en la mujer y en su descendencia mesiánica. En otras palabras, la Inmaculada Concepción es la condición de posibilidad de que la palabra de Dios en Génesis 3,15 sea verdadera en sentido pleno. Negarla equivale a decir que la serpiente triunfó, al menos momentáneamente, sobre la Mujer, lo cual es incompatible con el designio divino.
El nacimiento de los hombres en pecado no contradice esta enemistad, porque el pecado original no procede de una derrota de Dios, sino de la libertad mal usada del hombre. Dios permite el pecado para manifestar su misericordia y su justicia. Pero en su plan, la victoria final no se produce en la línea del pecado, sino en la de la gracia. María representa esa humanidad redimida que no cae; Cristo, esa humanidad divinizada que redime. Por eso, aunque los hijos de Eva nacen en pecado, los hijos de María —es decir, los renacidos en Cristo por el bautismo— nacen para la vida nueva. En ellos, la enemistad divina se actualiza y prolonga: el cristiano es llamado a vivir en oposición al demonio, al mundo y a la carne, reproduciendo en su alma la pureza de María y la obediencia de Cristo.
El argumento protestante, al apoyarse en la experiencia del pecado universal, olvida que el plan divino es progresivo y que la revelación del Génesis contiene en germen la plenitud de la gracia que sólo se manifestará en Cristo. En el orden de la promesa, los hombres nacen bajo el pecado; en el orden de la redención, nacen de nuevo por el Espíritu. La enemistad entre la mujer y la serpiente no se refiere al estado caído del hombre, sino al acto redentor de Dios. Por eso, el que nace de mujer según la carne es pecador, pero el que nace de María según el Espíritu es santo. En esta distinción se resuelve toda la dificultad: el protestante lee el texto según la carne; la Iglesia lo interpreta según el Espíritu.
La Escritura, además, muestra que Dios puede y quiere intervenir de modo singular en la historia humana para preservar a algunos de la corrupción universal, no porque ellos lo merezcan, sino porque Él lo dispone para su gloria. Así fue con Noé, preservado del diluvio; con Abraham, llamado de entre los idólatras; con Jeremías y Juan Bautista, santificados antes del nacimiento. ¿Por qué no habría de poder preservar a la Madre de su Hijo de la mancha del pecado? El poder de Dios no se limita a limpiar; también puede impedir. Y su decreto de enemistad no se contenta con una victoria parcial: en la Mujer y en su descendencia esa enemistad es absoluta. Por eso María es tota sine labe concepta, toda concebida sin mancha, porque sólo así se cumple la promesa divina con plenitud.
En conclusión, el hecho de que los hombres nazcan pecadores no anula la enemistad entre la mujer y la serpiente, sino que la resalta. En medio de la humanidad caída, Dios elige una Mujer en quien el pecado no tiene cabida, y de ella hace nacer al Hijo que destruye el poder del mal. En ella la palabra del Génesis se realiza sin residuo: la serpiente no la toca, ni la mancha, ni la domina. En el resto de la humanidad, la enemistad subsiste como combate, no como estado perfecto. La promesa de Dios no fue que todos serían inmaculados, sino que habría una Mujer y una descendencia en quienes la serpiente sería vencida para siempre. Esa Mujer es María, y esa descendencia es Cristo. En ellos se cumple la fidelidad divina y se revela que, aunque el pecado abunde en los hijos de Eva, la gracia reina en los hijos de María, porque la victoria de Dios no se mide por la cantidad de caídos, sino por la pureza invicta de los que Él eligió para la redención del mundo.
La cristología de la Inmaculada Concepción y la falacia protestante sobre la carne pecadora de Cristo
El texto del Génesis (3,15) constituye el primer anuncio mesiánico de la historia de la salvación. Dice el Señor Dios a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; ella te aplastará la cabeza mientras tú acechas su talón.” Este versículo, denominado Protoevangelium, es el germen de toda la economía redentora: en él Dios establece una enemistad radical, no simbólica ni relativa, sino ontológica, entre la serpiente —figura del pecado y de Satanás— y la mujer —figura de María, madre del Redentor—. Si Dios mismo establece esa enemistad, no puede haber, en el orden de la gracia, connivencia alguna entre el pecado y aquella mujer que, por disposición divina, está destinada a ser el receptáculo purísimo del Verbo encarnado. La enemistad no puede ser parcial ni meramente moral; debe ser total y esencial. Por tanto, el dogma de la Inmaculada Concepción no es una invención tardía, sino la consecuencia lógica y necesaria de la palabra divina pronunciada en el Génesis: si Dios ha puesto enemistad absoluta entre la mujer y la serpiente, esa mujer no puede haber estado jamás bajo el poder del pecado original, ni en un solo instante de su existencia.
Aquí radica la primera falacia del argumento protestante: confundir la universalidad del pecado con la universalidad del dominio de Satanás. El texto paulino (Rom 3,23) —“Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios”— no es una afirmación sin excepción teológica, sino una generalización moral en la que se exceptúa, por naturaleza, a Cristo, y por gracia, a la Virgen María. El protestante incurre en una falacia de composición al aplicar una afirmación general a un caso singular que las Escrituras y la Tradición claramente exceptúan. María no es una “mujer más” entre los hijos de Eva; es la nueva Eva, preservada por anticipación de los méritos de Cristo, como enseña el dogma definido por Pío IX en la bula Ineffabilis Deus (1854): “Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción [...] es una doctrina revelada por Dios y que por tanto debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles.”
El argumento protestante suele estructurarse así: si todos los hombres nacen pecadores, María también debió nacer bajo el pecado original; si María era pecadora, Cristo, al tomar carne de su carne, habría asumido carne pecadora; y si Cristo asumió carne pecadora, necesitó ser purificado mediante el bautismo de Juan. Esta cadena argumentativa contiene tres falacias graves: la primera, de falsa universalidad; la segunda, de transferencia indebida de cualidades; y la tercera, de ignorancia teológica sobre la naturaleza del bautismo de Cristo.
La primera falacia, ya señalada, consiste en entender que “todos” en Romanos 3,23 incluye a María, cuando en realidad el contexto paulino se refiere a la humanidad caída en general y no al caso excepcional de quienes fueron preservados del pecado por designio divino. Cristo mismo, que es verdadero hombre, no pecó; sin embargo, también es parte de la humanidad. Si aplicáramos la literalidad protestante, Cristo mismo quedaría incluido en “todos pecaron”, lo cual sería blasfemo. Por tanto, el texto debe leerse en su sentido teológico, no meramente gramatical.
La segunda falacia es la de transferencia indebida: suponer que, si María hubiese tenido pecado original, su Hijo habría heredado ese pecado. Pero el pecado original no es una sustancia material que se transmita por la generación física, sino una privación espiritual de la gracia santificante. En el caso de la Encarnación, la humanidad de Cristo no procede de varón alguno, sino de la acción directa del Espíritu Santo en el seno de la Virgen. Como enseña Santo Tomás de Aquino (S. Th., III, q. 31, a. 5): “La pureza de Cristo no dependía de la pureza corporal de la Virgen, sino de la santificación espiritual obrada por el Espíritu Santo, que fue causa de la concepción.” Sin embargo, esa santificación no se opone, sino que se armoniza con la preservación inmaculada de María, pues Dios, que todo lo ordena con sabiduría, quiso que la Madre del Verbo no sólo fuese purificada en el momento de la concepción de su Hijo, sino preservada desde su propio origen. Así se cumple la economía perfecta de la salvación: el Redentor nace de una naturaleza humana pura, tomada de una Madre sin mancha, preparada desde la eternidad.
La tercera falacia protestante consiste en afirmar que Cristo se bautizó “para purificarse”. Este error brota de una confusión entre el bautismo de Juan y el bautismo cristiano. El Bautismo de Juan era un rito penitencial y simbólico, no sacramental; era una preparación para la conversión. Cristo no se bautizó porque necesitara arrepentirse o purificarse, sino “para cumplir toda justicia” (Mt 3,15). En otras palabras, quiso santificar las aguas para que, mediante su contacto con Él, adquirieran virtud redentora. Como comenta San Ambrosio: “El Señor fue bautizado no porque necesitara ser purificado, sino para purificar las aguas” (De Mysteriis, III, 14). Así, lejos de ser Él quien recibiera algo del agua, fue el agua quien recibió de Él el poder de regenerar. Negar esto equivale a negar la divinidad de Cristo y su señorío sobre la creación.
A esta tríada de errores se suma una cuarta falacia más profunda: la de incompatibilidad moral entre Dios y el pecado. El protestante suele afirmar que Dios “puede habitar en medio del pecado” porque Cristo asumió carne humana y, por tanto, carne “pecadora”. Pero esto desconoce la distinción entre carne en sentido físico y carne en sentido moral. La carne de Cristo fue verdadera carne humana, sujeta a la debilidad, al dolor y a la muerte, pero no al pecado. San Pablo dice: “Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó el pecado en la carne” (Rom 8,3). El texto no dice que Cristo tuviera carne de pecado, sino en semejanza de carne de pecado; es decir, asumió una humanidad igual a la nuestra en todo menos en el pecado. San Juan Crisóstomo explica: “No dijo ‘en carne de pecado’, sino ‘en semejanza de carne de pecado’, porque su carne no era pecadora, sino semejante a la nuestra, que lo es.” La humanidad de Cristo es plenamente real, pero sin corrupción moral; por eso puede ser el nuevo Adán, aquel que repara lo que el primero destruyó.
De este modo, la Inmaculada Concepción y la impecabilidad de Cristo están intrínsecamente unidas. Si María no hubiese sido preservada del pecado original, habría existido una cierta connivencia, aunque mínima, entre su ser y el poder de la serpiente; en ese caso, la promesa del Génesis quedaría desmentida. Pero como la palabra de Dios es inmutable, la enemistad debía ser total. Esa enemistad absoluta implica que María nunca estuvo, ni siquiera por un instante, bajo el dominio del pecado. En ella se realiza por anticipación lo que en los demás hombres se realiza por redención: la plenitud de la gracia. El ángel Gabriel la saluda con un participio perfecto —κεχαριτωμένη— que significa “la que ha sido y sigue siendo llena de gracia” (Lc 1,28). Esta expresión, única en toda la Escritura, muestra que María no sólo recibió gracia en el momento de la Anunciación, sino que ya vivía en la plenitud de la gracia desde su origen. Negar esto es contradecir directamente el texto sagrado.
Otro argumento protestante suele ser de tipo genealógico: si María fue inmaculada, también debieron serlo sus padres. Pero esto confunde el modo de la transmisión de la gracia. La preservación inmaculada no consiste en una transmisión natural de la santidad, sino en una intervención singular de Dios en el instante mismo de la concepción de María. Como enseña Duns Escoto —precursor de la definición dogmática—, la Inmaculada Concepción no fue un privilegio heredado, sino un acto preventivo de redención: “Potuit, decuit, ergo fecit” —“Dios pudo hacerlo, convenía que lo hiciera, luego lo hizo.”* Convenía que la Madre del Redentor fuese redimida de modo más sublime, no después de caer, sino antes de caer. Por eso María también fue redimida por Cristo, pero en el modo más perfecto posible: preservada del pecado por anticipación de los méritos del Redentor.
La enemistad puesta por Dios entre la mujer y la serpiente implica también una enemistad entre sus descendencias. La descendencia de la mujer culmina en Cristo, “el fruto bendito de su vientre” (Lc 1,42), y en todos los que viven en Él por la gracia. La descendencia de la serpiente son los que permanecen en el pecado. Si todos los hijos de mujer naciesen en el dominio del pecado sin excepción, la promesa divina carecería de sentido, pues la enemistad sería imposible: todos pertenecerían a la misma parte. Pero al existir una mujer sin pecado y un Hijo nacido de ella sin mancha, la enemistad queda instaurada y la victoria asegurada: “Ella te aplastará la cabeza.” Por tanto, la Inmaculada Concepción no es un dogma accesorio, sino el punto de partida necesario de la cristología redentora. Sin María Inmaculada, no habría encarnación sin mancha, y sin encarnación sin mancha, no habría redención eficaz.
Desde la teología tomista, la Encarnación exige la absoluta pureza del instrumento humano por el cual el Verbo asume la naturaleza. El actus essendi del Verbo encarnado no puede coexistir con el ser del pecado, porque el pecado es privación del ser en cuanto bien ordenado a Dios. Así, ontológicamente, el Verbo no puede unirse hipostáticamente a una carne en la que subsista el desorden moral del pecado. La unión hipostática requiere la máxima disposición de pureza en la naturaleza asumida, lo cual se verifica en la carne virginal e inmaculada de María. Santo Tomás, aunque no formuló el dogma en su expresión final, lo anticipa al afirmar que María recibió una gracia tan grande que “la acercó cuanto es posible a la dignidad del Hijo de Dios” (S. Th., III, q. 27, a. 5). Esa disposición culmina en la plenitud de la gracia preservante.
Por último, el error protestante tiene también una raíz filosófica: el nominalismo subyacente a su teología, que separa los signos de las realidades y destruye la noción de participación. Al negar que María participe de la gracia redentora de modo especial, el protestante niega la causalidad ejemplar de Dios en la creación y la redención. Pero si Dios es causa ejemplar y eficiente de toda santidad, puede obrar en una criatura la gracia plena antes del tiempo ordinario de la redención. No hay contradicción, sino mayor perfección en la economía divina. Negar esta posibilidad es limitar el poder de Dios, lo cual es en sí mismo herético.
En conclusión, la cristología de la Inmaculada Concepción muestra que el plan de Dios es orgánico y perfecto. La enemistad puesta por Dios entre la mujer y la serpiente se cumple plenamente en María Inmaculada y su Hijo sin pecado. María no es una excepción arbitraria, sino el inicio visible de la victoria divina sobre el mal. Las falacias protestantes —de universalidad, transferencia, ignorancia sacramental y confusión ontológica— se disuelven ante la lógica interna de la revelación y la razón teológica. En María, Dios muestra la eficacia anticipada de la redención; en Cristo, su consumación. Y así se cumple la palabra eterna: “Ella te aplastará la cabeza.”
El error kenótico protestante y la imposibilidad de que Cristo se despojara de su divinidad
El protestante suele sostener que, en el misterio de la Encarnación, Cristo “se despojó” de sus cualidades divinas para hacerse hombre. A primera vista, parece basarse en la carta a los Filipenses (2,6-7): “El cual, siendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo.” Sin embargo, el error comienza por una lectura literalista y carnal del verbo ekenōsen (“se vació”), interpretándolo como pérdida ontológica o renuncia a la divinidad. Esta interpretación kenótica, aunque pueda parecer piadosa, es herética, pues destruye la unión hipostática y niega la plena divinidad de Cristo durante su vida terrena.
El texto paulino no significa que el Verbo haya dejado de ser lo que es —Dios verdadero— sino que, permaneciendo Dios, asumió la condición humana, ocultando la gloria de su divinidad bajo la apariencia de servidumbre. El despojo no fue de naturaleza, sino de manifestación; no fue de esencia, sino de forma exterior. San Agustín lo explica magistralmente: “Non amittens quod erat, sed accipiens quod non erat” —“No perdiendo lo que era, sino asumiendo lo que no era”* (Sermo 187, 1). Es decir, Cristo no dejó de ser Dios al hacerse hombre, sino que permaneciendo Dios, asumió una naturaleza humana verdadera. Negar esto implica dividir la Persona de Cristo o introducir cambio en la divinidad, ambos imposibles.
La herejía kenótica conduce a otra falacia: si Cristo se despojó de sus atributos divinos, entonces dejó de ser omnipotente, omnisciente, eterno o santo en su plenitud durante su vida terrena. Pero esto contradice toda la Escritura. Cristo, incluso encarnado, perdona pecados (Mc 2,10), conoce los pensamientos de los hombres (Mt 9,4), se proclama Señor del sábado (Mc 2,28), y declara: “Antes que Abraham naciera, Yo soy” (Jn 8,58). Todas estas afirmaciones revelan la subsistencia continua de la divinidad en su humanidad. El acto del despojo no suprime su ser divino, sino que manifiesta su humildad en la obediencia, que consiste no en pérdida de poder, sino en libre ocultamiento de la gloria.
Desde la teología escolástica, Santo Tomás explica que la kenosis debe entenderse secundum rationem dispensationis, no secundum substantiam (cf. S. Th., III, q. 2, a. 6): el Verbo no se transformó ni abandonó su divinidad, sino que asumió la humanidad “sin mutación de lo que era, sino unión con lo que no era”. Cristo no se “despojó” de sus cualidades divinas; se despojó del esplendor visible de su majestad. La omnipotencia, la omnisciencia y la impasibilidad divina no se suspenden, sino que actúan de modo oculto, conforme al misterio de la unión hipostática. La voluntad humana de Cristo, perfectamente unida a la divina, actúa siempre en armonía con la economía redentora, no en contradicción con ella.
El error protestante de la kenosis suele tener motivaciones antropológicas y no teológicas: busca hacer de Cristo un modelo moral de humildad y obediencia humana, pero a costa de su divinidad real. En su intento de acercar a Cristo al hombre, lo rebaja a la condición de mero profeta excepcional. Esta visión deriva de un fondo racionalista y naturalista, en el que lo divino no puede coexistir con lo humano sin que uno destruya al otro. Pero el cristianismo verdadero enseña lo contrario: que en Cristo, la divinidad asume y perfecciona la humanidad sin destruirla. Por tanto, el protestante incurre en una falacia de falsa dicotomía al oponer la divinidad y la humanidad como si fueran incompatibles en la misma Persona.
Además, la kenosis protestante destruye la soteriología cristiana. Si Cristo renunció a sus atributos divinos, no podía redimir, porque la redención exige un acto infinito de valor, y sólo Dios puede realizar un acto infinito. La pasión y muerte de Cristo tienen eficacia redentora precisamente porque son actos de la Persona divina del Verbo, no de un mero hombre. Como enseña San León Magno: “La humildad no disminuye la majestad, ni la majestad destruye la humildad” (Sermón 21). Cristo sufre realmente en su humanidad, pero su sufrimiento tiene valor infinito porque pertenece a la Persona divina que lo asume. Si Cristo se hubiera “vaciado” de su divinidad en sentido real, su sufrimiento habría sido sólo humano y, por tanto, limitado. El protestante, al negar la permanencia de la divinidad, niega implícitamente la eficacia infinita de la cruz.
Este error kenótico se enlaza con la negación de la Inmaculada Concepción, pues ambos derivan de un mismo principio: la imposibilidad, según ellos, de coexistencia entre lo divino y lo puro dentro de lo humano. Si Cristo, según el protestante, debió renunciar a su divinidad para encarnarse, y si María, según el mismo razonamiento, debió haber nacido pecadora, entonces todo el misterio de la Encarnación se reduce a un acto simbólico, no ontológico. Pero el misterio cristiano no es un símbolo, sino una realidad ontológica: Dios hecho carne, no por degradación, sino por exaltación de lo humano.
La pureza inmaculada de María se explica precisamente porque el Verbo no se despoja de su santidad ni de su poder. Si la divinidad del Verbo hubiese cesado de obrar, entonces habría sido indiferente que el seno que lo recibió fuera pecador o puro. Pero como el Verbo sigue siendo Dios, la carne que asume debe estar perfectamente ordenada a Él; y ese orden sólo se da en la pureza absoluta. Por tanto, la Inmaculada Concepción no es una “exageración mariana”, sino una exigencia cristológica. Si el Verbo permanece Dios, la carne que asume no puede provenir de una fuente manchada.
Filipenses 2,7 debe leerse, por tanto, a la luz de Juan 1,14: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.” No dice “el Verbo dejó de ser Dios”, sino “se hizo carne”; es decir, añadió a su naturaleza divina la naturaleza humana. San Cirilo de Alejandría, en el Concilio de Éfeso (431), condenó explícitamente la idea de una reducción de la divinidad en la Encarnación: “El Verbo, al unirse a la carne, no sufrió cambio alguno ni pérdida de lo que era, sino que permaneció lo que era y asumió lo que no era.” Esta es la fe católica: unión sin confusión, asunción sin mezcla, encarnación sin despojo.
El protestante incurre aquí en otra falacia: confundir la economía de la Encarnación con la ontología de la Persona. Cuando Cristo dice, por ejemplo, “el Padre es mayor que yo” (Jn 14,28), se refiere a su condición humana obediente, no a su naturaleza divina. Del mismo modo, cuando se muestra ignorante del día y la hora (Mc 13,32), no es que carezca de ciencia divina, sino que su humanidad no manifiesta esa ciencia en orden al plan redentor. Santo Tomás distingue entre la scientia beata, la scientia infusa y la scientia adquirida en Cristo, todas subordinadas a la persona del Verbo; negar una de ellas equivale a dividir a Cristo en dos sujetos.
Desde una perspectiva ontológica, Dios no puede despojarse de sus atributos sin dejar de ser Dios, porque sus atributos son idénticos a su esencia. La omnisciencia, la omnipotencia, la santidad y la eternidad no son cualidades accidentales, sino esenciales. Decir que el Hijo se despojó de ellas es decir que dejó de ser Dios, lo cual es imposible. Dios no puede dejar de ser lo que es, pues su ser es acto puro (actus essendi). El despojo real de la divinidad sería una contradicción ontológica: un “Dios no Dios”. Por tanto, el único modo posible de “vaciamiento” es por ocultamiento de la gloria, no por pérdida del ser.
La kenosis católica, en cambio, significa humildad en la manifestación, no pérdida en la sustancia. Cristo se humilla no porque renuncie a su ser, sino porque lo pone al servicio de la redención. Así, en la cruz, el que parece impotente es el mismo que sostiene el universo; el que calla ante Pilato es el que juzgará a vivos y muertos. Por eso dice San Pablo: “Por eso Dios lo exaltó y le dio un nombre que está sobre todo nombre” (Fil 2,9). El descenso no fue despojo de divinidad, sino ejercicio supremo de amor.
En conclusión, la afirmación protestante de que Cristo se despojó de sus cualidades divinas constituye una falacia teológica, bíblica y filosófica. Niega la unión hipostática, destruye la eficacia de la redención y contradice la inmutabilidad divina. Desde la cristología católica, Cristo, al encarnarse, no dejó de ser Dios ni perdió atributo alguno; permaneció el mismo Hijo eterno del Padre, que, por amor, asumió nuestra naturaleza sin contaminarse de pecado. En Él, la divinidad y la humanidad se unen sin confusión, y en María Inmaculada, esa unión encuentra su preparación perfecta. Dios no se vacía de sí mismo: se entrega plenamente sin dejar de ser plenitud.

