Análisis del “giro cartesiano” a la luz del realismo filosófico
Análisis
El célebre “cogito ergo sum” de René Descartes representa, en la historia del pensamiento, un verdadero giro metodológico que inaugura el idealismo moderno. Siguiendo la interpretación que ofrece el profesor García Morente en sus Lecciones preliminares de filosofía, el punto de partida cartesiano consiste en buscar lo inmediato, lo absolutamente indubitable, como fundamento del conocimiento. Al no confiar en la tradición aristotélico-tomista, Descartes halla en el pensamiento mismo, en el acto de pensar, el criterio supremo de certeza: puesto que pienso, debo existir. La existencia queda garantizada por la inmediatez del pensamiento, no por la realidad objetiva de las cosas.
A primera vista, este planteamiento parece atractivo porque ofrece un fundamento aparentemente sólido contra el escepticismo. Sin embargo, es aquí donde se introduce el error filosófico que la escolástica ya había prevenido y que el realismo tomista corrige. En efecto, para Santo Tomás de Aquino, el pensamiento no es el primer principio, sino que depende del ser. El pensamiento es un acto del ser pensante; es decir, es el ser quien piensa, no el pensamiento quien garantiza el ser. La ontología precede a la gnoseología: la verdad del ser es previa a cualquier certeza psicológica. De otro modo, se invierte el orden de la realidad, subordinando el ser al acto del pensar, lo cual abre la puerta al subjetivismo.
Este error cartesiano no surge de la nada. Tiene una raíz histórica en el voluntarismo de Duns Escoto, que coloca la voluntad divina por encima del Logos divino, debilitando el orden racional de la creación. De allí, el nominalismo de Guillermo de Ockham niega la existencia de los universales, es decir, de aquello que hace posible que el entendimiento humano conozca verdades universales y necesarias. Sin universales, la inteligencia queda reducida a captar singulares y a elaborar representaciones mentales sin garantía objetiva. El camino hacia el escepticismo y el subjetivismo estaba abierto. Descartes, recogiendo esta herencia, intenta asegurar la certeza a partir de la inmediatez del pensamiento, pero lo hace ya desde un horizonte en el que la objetividad de los universales ha sido negada.
El problema profundo es que, al situar la certeza en el “cogito”, se corre el riesgo de trivializar la realidad extramental. El pensamiento puede ser verdadero o falso, correcto o erróneo, pero en todo caso remite a algo que es más que el pensamiento mismo: remite al ser. Si se rompe esta relación de dependencia, la objetividad se diluye en subjetividad. Por eso, desde la perspectiva realista, no basta con afirmar que “pienso, luego existo”; lo correcto sería reconocer que “soy, y por eso puedo pensar”. El ser precede al pensar, y no al revés. Solo así se salvaguarda la primacía de la realidad objetiva y la capacidad de la inteligencia de adecuarse a ella (adaequatio rei et intellectus).
Los principios lógicos fundamentales —identidad, no contradicción, tercero excluido, causalidad— presuponen precisamente la objetividad del ser. Son principios que no dependen del pensamiento humano para ser verdaderos, sino que se enraízan en el ser mismo. El intelecto humano puede descubrirlos y formularlos, pero no los crea. Este es el núcleo del realismo: el ser es inteligible en sí mismo, y el pensamiento participa de esa inteligibilidad mediante los conceptos. Es decir, los conceptos no fabrican la realidad, sino que nos permiten entrar en contacto con ella.
García Morente, al interpretar a Descartes, subraya el fracaso del aristotelismo como sistema vigente en la escolástica decadente. Pero este “fracaso” no debe entenderse como la imposibilidad del realismo, sino como la insuficiencia de ciertas aplicaciones históricas de Aristóteles y Tomás, limitadas por la ciencia de su tiempo. No fracasó el principio realista, sino algunos de sus desarrollos históricos condicionados. Confundir esto con un fracaso intrínseco del aristotelismo conduce a aceptar la salida cartesiana como necesaria, cuando en realidad se trató de un desvío que generó consecuencias mucho más graves: el idealismo kantiano, el escepticismo humeano, y finalmente las ideologías modernas —desde el marxismo hasta el nihilismo nietzscheano—, todas ellas hijas de la inversión cartesiana.
El pensamiento cristiano siempre sostuvo que el actus essendi es anterior al pensar. Solo porque el ser existe en acto, puede desplegar operaciones como el pensar y el querer. Y en el Ser subsistente por esencia, Dios, pensamiento y ser se identifican sin distinción. Dios es ipsum esse subsistens y su acto de pensar es puro acto: en Él no hay posibilidad de error ni de falsedad. En cambio, en el hombre, criatura racional finita, el pensamiento es participación de esa luz intelectual divina, pero puede desviarse del ser y caer en falsedad. Por eso, fundamentar la certeza en el pensamiento mismo es inadecuado: lo que garantiza la verdad no es la mera inmediatez del pensar, sino la correspondencia de ese pensar con el ser.
El Concilio Vaticano II y la crisis posconciliar, reflejan también en parte las consecuencias de este giro antropocéntrico que proviene de la modernidad filosófica. El énfasis desplazado hacia el sujeto, en lugar de hacia Dios como centro, no es sino una reedición del error cartesiano: hacer del hombre y de su conciencia el fundamento de la certeza y del orden. La tradición de veinte siglos de la Iglesia siempre situó el centro en Dios, y cuando se sustituye este eje por el hombre, se corre el riesgo de transformar la teología en antropología, reduciendo lo sobrenatural a una proyección de lo humano. Karl Rahner y otros intentaron salvar el dato revelado desde categorías modernas, pero su punto de partida filosófico muchas veces hereda el error cartesiano: priorizar la inmanencia del sujeto sobre la trascendencia del ser divino.
En síntesis, el giro cartesiano representa un error filosófico porque invierte el orden real entre ser y pensar. El pensamiento no puede ser criterio último de verdad: es el ser, en su inteligibilidad objetiva, el que funda y garantiza la validez del pensamiento. Santo Tomás de Aquino permanece así como el gran maestro que nos recuerda que el conocimiento es participación en el ser y que la verdad no se define por la certeza subjetiva, sino por la adaequatio rei et intellectus. Solo sobre esta base puede edificarse una filosofía realista que abra al hombre hacia la contemplación de Dios, Ser subsistente, fuente de toda verdad.

